Reflexión 283 Pío XII Doctrina Social abril 3 2014

El mensaje de Navidad de 1944

 

Vamos a continuar estudiando los aportes del papa Pío XII a la DSI. En el programa pasado nos referimos a su mensaje de navidad del 24 de diciembre de 1943. Fue un mensaje en estilo de homilía, en el cual consolaba a los que habían sufrido los horrores de la guerra y  las consecuencias de esos horrores  en su vida personal y familiar.

Hoy nos vamos a dedicar al mensaje de diciembre de 1944. Dijimos la semana pasada que cuando Pío XII dirigió el mensaje de la navidad de 1943, la segunda guerra mundial había tomado un camino que la acercaba a Roma. Los aliados invadían  a Italia, Mussolini había sido depuesto, pero Hitler, en un golpe de mano en los que era especialista el oficial comando Otto Skorzeni, de las SS, en septiembre de 1943 liberó al dictador italiano y lo trasladó a Alemania.  Sin embargo, la guerra parecía que no estaba lejos de su fin y que los aliados serían los triunfantes.

Sin duda pensando en la paz que se aproximaba, el tema escogido  por Pío XII para su mensaje en la  Navidad de 1944 fue el de las condiciones morales en los ciudadanos y en los que detectan el poder, para una sana democracia y la organización internacional con vistas a la paz.

En 1944 los ejércitos seguían entregados a una lucha feroz; las tropas alemanas incitadas por Hitler a luchar hasta el último hombre, eran sacrificadas inútilmente. En 1944, Francia fue liberada. Lo soldados alemanes que habían desfilado victoriosos por los campos elíseos, en París, tuvieron que salir  prisioneros, con los brazos en alto.

 Al comienzo de su mensaje se refirió Pío XII a estas circunstancias, lo mismo que a las reuniones de los jefes de estado de los aliados, que habían ido definiendo el nuevo mapa de Europa, acomodado a sus reclamaciones de territorios. Se reunieron en Teherán en 1943 y en 1944 en Yalta, en el Mar Negro, en territorio de la Unión Soviética. Esta última fue una reunión difícil; el presidente Roosevelt había hecho ese largo viaje a pesar de su precario estado de salud. Y parece que ese estado de salud había de veras minado el ánimo del presidente estadounidense, pues según historiadores creyó que Stalin era un verdadero demócrata (Cf Raymond Cartier, La Segunda guerra mundial).  El fuerte fue Churchill, pero Stalin estaba en su territorio y parece que se salió con sus pretensiones. Churchill no solo vio las ruinas de las ciudades arrasadas, sino, como dice el historiador francés Cartier, Churchill, como verdadero hombre de estado, vio las ruinas políticas, que tras el silencio del cañón, harían un vacío de Europa. Y recordemos que el presidente Roosevelt moriría antes del fin de la guerra.

Oigamos  la introducción del mensaje de navidad de Pío XII: el 24 de diciembre de 1944:

«Benignitas et humanitas apparuit Salvatoris nostri Dei» (Apareció la benignidad y humanidad de Dios nuestro salvador. (Tt 3, 4). Por sexta vez, desde el comienzo de la horrible guerra, la santa liturgia de Navidad saluda con estas palabras, que exhalan serena paz, la venida entre nosotros del Dios Salvador. La humilde y pobre cuna de Belén atrae, con aliciente inefable, la atención de todos los creyentes.

Hasta lo más profundo de los corazones, entenebrecidos, afligidos y abatidos  baja un torrente de luz y de alegría, invadiéndolos completamente. Vuelven a alzarse serenas las frentes inclinadas, porque Navidad es la fiesta de la dignidad humana, la fiesta del «admirable intercambio, por el cual el Creador del género humano, tomando un cuerpo vivo, se dignó nacer de la Virgen y con su venida nos donó su divinidad» (Ant. 1 in 1 Vesp. in Circumc. Dom.).

Pero nuestros ojos vuelan espontáneamente desde el esplendoroso Niño del portal al mundo que nos rodea, y la dolorida exclamación del Evangelista Juan sube a nuestros labios: «Lux in tenebris lucet et tenebrae eam non comprehenderunt » (Jn 1, 5): la luz resplandece en medio de las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.

Porque desgraciadamente también esta sexta vez la aurora de la Navidad se alza sobre campos de batalla cada vez más dilatados, sobre cementerios en donde se acumulan cada día más numerosos los despojos de las víctimas, sobre tierras desiertas en donde escasas torres vacilantes señalan con su silenciosa tristeza las ruinas de ciudades antes prósperas y florecientes y donde campanas derribadas o arrebatadas ya no despiertan a los habitantes con su alegre canto de Navidad. Son otros tantos testigos mudos, que denuncian esta mancha de la historia de la humanidad, que, voluntariamente ciega ante la claridad de Aquel que es esplendor y luz del Padre, voluntariamente alejada de Jesucristo, ha descendido y ha caído en la ruina y en la abdicación de su propia dignidad. Hasta la pequeña lámpara se ha apagado en muchos majestuosos templos, en muchas modestas capillas, donde, junto al Sagrario, había sido compañera en las vigilias del Huésped divino, mientras que el mundo dormía. ¡Qué desolación, que contraste! ¿No habría, pues, esperanza para la humanidad?

 

Jesús de Belén esperanza de una era nueva

 

A la desgarradora pregunta, de si no habría esperanza para la humanidad, la Navidad llevó a Pío XII a mirar a la luz de Cristo que iluminaba la oscuridad en que se envolvía el mundo en guerra, y continuó así su mensaje:

¡Bendito sea el Señor! Una aurora de esperanza se eleva de los lúgubres gemidos del dolor, del seno mismo de la angustia desgarradora de los individuos y de los pueblos oprimidos. Una idea, una voluntad cada día más clara y firme surge en una falange, cada vez mayor, de nobles espíritus: hacer de esta guerra mundial, de este universal desbarajuste el punto de partida de una era nueva, para la renovación profunda, la reordenación total del mundo. De esta manera, mientras siguen afanándose los ejércitos en luchas homicidas, con medios de combate cada día más crueles, los hombres de gobierno, representantes responsables de las naciones, se reúnen en coloquios y en conferencias, para determinar los derechos y los deberes fundamentales sobre los que se debería reedificar una unión de los Estados, para trazar el camino hacia un porvenir mejor, más seguro, más digno de la humanidad.

¡Extraña antítesis, la coincidencia de una guerra, cuya rudeza tiende a llegar al paroxismo, con el notable progreso de las aspiraciones y de los propósitos hacia el acuerdo para una paz sólida y duradera! Sin duda ninguna que se podrá discutir el valor, la posibilidad de aplicación, la eficacia de una o de otra propuesta; bien podría quedar en suspenso el juicio sobre ellas; pero siempre será verdad que el movimiento avanza.

No se conocían todavía los resultados de las conversaciones de las naciones vencedoras, pero Pío XII aparecía optimista y expresaba la necesidad de unas bases firmes para una democracia sana. Decía eso el papa, porque las intenciones de Stalin no las reconoció al principio ni siquiera una persona tan conocedora de la política internacional como el presidente Roosevelt, y el electorado inglés daría pronto la espalda a Churchill, quien  condujo a Inglaterra a la victoria, enseñándole a luchar en medio de sangre, sudor y lágrimas, como lo repetía en sus discursos.

 

Pensamiento de Pío XII sobre la democracia

 

Pío XII en la primera parte de su mensaje de navidad expuso su pensamiento sobre la democracia, que consideraba un derecho de los ciudadanos de hacerse escuchar y previno sobre el peligro de caer en el absolutismo.

Esto dijo el papa Pío XII:

(…) los pueblos, al siniestro resplandor de la guerra que les rodea, en medio del ardoroso fuego de los hornos que les aprisionan, se han como despertado de un prolongado letargo. Ante el Estado, ante los gobernantes han adoptado una actitud nueva, interrogativa, crítica, desconfiada. Adoctrinados por una amarga experiencia se oponen con mayor ímpetu a los monopolios de un poder dictatorial, incontrolable e intangible, y exigen un sistema de gobierno, que sea más compatible con la dignidad y con la libertad de los ciudadanos.

Estas multitudes, inquietas, trastornadas por la guerra hasta las capas más profundas, están hoy día penetradas por la persuasión —al principio tal vez vaga y confusa, pero ahora ya incoercible— de que, si no hubiera faltado la posibilidad de sindicar (denunciar) y corregir la actividad de los poderes públicos, el mundo no habría sido arrastrado por el torbellino desastroso de la guerra y de que, para evitar en adelante la repetición de semejante catástrofe, es necesario crear en el pueblo mismo eficaces garantías.

Siendo tal la disposición de los ánimos, ¿hay acaso que maravillarse de que la tendencia democrática inunde los pueblos y obtenga fácilmente la aprobación y el asenso de los que aspiran a colaborar más eficazmente en los destinos de los individuos y de la sociedad?

Apenas es necesario recordar que, según las enseñanzas de la Iglesia, «no está prohibido el preferir gobiernos moderados de forma popular, salva con todo la doctrina católica acerca del origen y el ejercicio del poder público», y que «la Iglesia no reprueba ninguna de las varias formas de gobierno, con tal de que se adapten por sí mismas a procurar el bien de los ciudadanos » (León XIII Encycl. «Libertas», 20 de junio de 1888, in fin.).

De manera que Pío XII estaba seguro de que gobiernos democráticos no arrojarían a sus pueblos a los horrores de otra guerra. A continuación el Papa Pío Pío XII se refirió al ser humano que debe ser el agente, fundamento y fin de la vida social. Recordemos que la dignidad del ser humano era pensamiento central en la doctrina social de Pío XII. Estas fueron sus palabras:

Si, pues, en esta solemnidad, que conmemora al mismo tiempo la benignidad del Verbo encarnado y la dignidad del hombre (dignidad entendida no sólo bajo el aspecto personal, sino también en la vida social), Nos dirigimos nuestra atención al problema de la democracia, para examinar según qué normas debe ser regulada para que se pueda llamar una verdadera y sana democracia, acomodada a las circunstancias de la hora presente; esto indica claramente que el cuidado y la solicitud de la Iglesia se dirige no tanto a su estructura y organización exterior —que dependen de las aspiraciones propias de cada pueblo—, cuanto al hombre como tal que, lejos de ser el objeto y como elemento pasivo de la vida social, es por el contrario, y debe ser y seguir siendo, su agente, su fundamento y su fin.

Supuesto que la democracia, entendida en sentido amplio, admite diversidad de formas y puede tener lugar tanto en las monarquías como en las repúblicas, dos cuestiones se presentan a nuestro examen: 1º) ¿Qué caracteres deben distinguir a los hombres, que viven en la democracia y bajo un régimen democrático? 2º) ¿Qué caracteres deben distinguir a los hombres, que en la democracia ejercitan el poder público?

Si nos preguntamos qué opina la DSI sobre la democracia, en este mensaje de Pío XII tenemos una fuente confiable. Sobre los caracteres propios de los ciudadanos en el régimen democrático, dijo Pío XII:

Manifestar su parecer sobre los deberes y los sacrificios que se le imponen; no verse obligado a obedecer sin haber sido oído: he ahí dos derechos del ciudadano que encuentran en la democracia, como lo indica su mismo nombre, su expresión. Por la solidez, armonía y buenos frutos de este contacto entre los ciudadanos y el gobierno del Estado se puede reconocer si una democracia es verdaderamente sana y equilibrada, y cuál es su fuerza de vida y de desarrollo. Además, por lo que se refiere a la extensión y naturaleza de los sacrificios pedidos a todos los ciudadanos —en nuestra época, cuando es tan vasta y decisiva la actividad del Estado—, la forma democrática de gobierno se presenta a muchos como postulado natural impuesto por la razón misma. Pero cuando se reclama «más democracia y mejor democracia», una tal exigencia no puede tener otra significación que la de poner al ciudadano cada vez más en condición de tener opinión personal propia, y de manifestarla y hacerla valer de manera conveniente para el bien común.

No hay duda de que estos derechos del ciudadano de tener su propia opinión y de ser escuchado, se derivan de su dignidad de ser humano y de su libertad. Luego, nos explica Pío XII, la diferencia entre pueblo y masa, como consecuencia de los derechos de los ciudadanos. Oigámoslo, que es muy claro. Dijo:

De esto se deduce una primera conclusión necesaria con su consecuencia práctica. El Estado no contiene en sí ni reúne mecánicamente en determinado territorio una aglomeración amorfa de individuos. Es y debe ser en realidad la unidad orgánica y organizadora de un verdadero pueblo.

Pueblo y multitud amorfa o, como se suele decir, «masa» son dos conceptos diversos. El pueblo vive y se mueve con vida propia; la masa es por sí misma inerte, y no puede recibir movimiento sino de fuera. El pueblo vive de la plenitud de la vida de los hombres que la componen, cada uno de los cuales —en su propio puesto y a su manera— es persona consciente de sus propias responsabilidades y de sus convicciones propias. La masa, por el contrario, espera el impulso de fuera, juguete fácil en las manos de un cualquiera que explota sus instintos o impresiones, dispuesta a seguir, cada vez una, hoy esta, mañana aquella otra bandera. De la exuberancia de vida de un pueblo verdadero, la vida se difunde abundante y rica en el Estado y en todos sus órganos, infundiendo en ellos con vigor, que se renueva incesantemente, la conciencia de la propia responsabilidad, el verdadero sentimiento del bien común. De la fuerza elemental de la masa, hábilmente manejada y usada, puede también servirse el Estado: en las manos ambiciosas de uno solo o de muchos agrupados artificialmente por tendencias egoístas, puede el mismo Estado, con el apoyo de la masa reducida a no ser más que una simple máquina, imponer su arbitrio a la parte mejor del verdadero pueblo: así el interés común queda gravemente herido y por mucho tiempo, y la herida es muchas veces difícilmente curable.

Con lo dicho aparece clara otra conclusión: la masa —como Nos la acabamos de definir— es la enemiga capital de la verdadera democracia y de su ideal de libertad y de igualdad.

En un pueblo digno de tal nombre, el ciudadano siente en sí mismo la conciencia de su personalidad, de sus deberes y de sus derechos, de su libertad unida al respeto de la libertad y de la dignidad de los demás. En un pueblo digno de tal nombre, todas las desigualdades que proceden no del arbitrio sino de la naturaleza misma de las cosas, desigualdades de cultura, de bienes, de posición social —sin menoscabo, por supuesto, de la justicia y de la caridad mutua—, no son de ninguna manera obstáculo a la existencia y al predominio de un auténtico espíritu de comunidad y de fraternidad. Más aún, esas desigualdades, lejos de lesionar en manera alguna la igualdad civil, le dan su significado legítimo, es decir, que ante el Estado cada uno tiene el derecho de vivir honradamente su existencia personal, en el puesto y en las condiciones en que los designios y la disposición de la Providencia lo han colocado.

Como antítesis de este cuadro del ideal democrático de libertad y de igualdad en un pueblo gobernado por manos honestas y próvidas, ¡que espectáculo presenta un Estado democrático dejado al arbitrio de la masa! La libertad, de deber moral de la persona se transforma en pretensión tiránica de desahogar libremente los impulsos y apetitos humanos con daño de los demás. La igualdad degenera en nivelación mecánica, en uniformidad monocroma: sentimiento del verdadero honor, actividad personal, respeto de la tradición, dignidad, en una palabra, todo lo que da a la vida su valor, poco a poco se hunde y desaparece. Y únicamente sobreviven, por una parte, las victimas engañadas por la fascinación aparatosa de la democracia, fascinación que se confunde ingenuamente con el espíritu mismo de la democracia, con la libertad e igualdad, y por otra, los explotadores más o menos numerosos que han sabido, mediante la fuerza del dinero o de la organización, asegurarse sobre los demás una posición privilegiada y aun el mismo poder.

La semana entrante continuaremos con el estudio del mensaje de Pío XII en la navidad de 1944. Después de exponernos los requisitos para una sana democracia de parte de los ciudadanos, veremos los requisitos de parte de los gobernantes para que pueda existir una sana democracia.

Reflexión 286 San Juan XXIII Doctrina Social Mayo 15 2014

 

Comentario final sobre Pío XII y la DSI

 

En el programa pasado terminamos de estudiar la doctrina social expuesta por Pío XII en sus alocuciones. Seguimos el orden que propone el Compendio de la DSI desde el N° 87 en adelante con el título general LA DOCTRINA SOCIAL EN NUESTRO TIEMPO APUNTES HISTÓRICOS. Sobre Pío XII dice el Compendio en el N° 93:

Los Radiomensajes navideños de Pío XII, junto a otras de sus importantes intervenciones en materia social, profundizan la reflexión magisterial sobre un nuevo orden social, gobernado por la moral y el derecho, y centrado en la justicia y en la paz. Durante su Pontificado, Pío XII atravesó los años terribles de la Segunda Guerra Mundial y los difíciles de la reconstrucción. No publicó encíclicas sociales, sin embargo manifestó constantemente, en numerosos contextos, su preocupación por el orden internacional trastornado: «En los años de la guerra y de la posguerra el Magisterio social de Pío XII representó para muchos pueblos de todos los continentes y para millones de creyentes y no creyentes la voz de la conciencia universal, interpretada y proclamada en íntima conexión con la Palabra de Dios. Con su autoridad moral y su prestigio, Pío XII llevó la luz de la sabiduría cristiana a un número incontable de hombres de toda categoría y nivel social».

Cita a continuación el Compendio lo que dijo la Congregación para la Educación Católica, en sus orientaciones para el estudio y enseñanza de la doctrina social de la Iglesia en la formación de los sacerdotes, en el N° 22. Estas son sus palabras:

Una de las características de las intervenciones de Pío XII es el relieve dado a la relación entre moral y derecho. El Papa insiste en la noción de derecho natural, como alma del ordenamiento que debe instaurarse en el plano nacional e internacional. Otro aspecto importante de la enseñanza de Pío XII es su atención a las agrupaciones profesionales y empresariales, llamadas a participar de modo especial en la consecución del bien común: «Por su sensibilidad e inteligencia para captar “los signos de los tiempos”, Pío XII puede ser considerado como el precursor inmediato del Concilio Vaticano II y de la enseñanza social de los Papas que le han sucedido».

 

La Doctrina Social en San Juan XXIII

 

Como introducción a la doctrina social expuesta por el sucesor de Pío XII el Compendio de la DSI desde el N° 94 dice:

Los años Sesenta abren horizontes prometedores: la recuperación después de las devastaciones de la guerra, el inicio de la descolonización, las primeras tímidas señales de un deshielo en las relaciones entre los dos bloques, americano y soviético. En este clima, el beato Juan XXIII lee con profundidad los «signos de los tiempos». La cuestión social se está universalizando y afecta a todos los países: junto a la cuestión obrera y la revolución industrial, se delinean los problemas de la agricultura, de las áreas en vías de desarrollo, del incremento demográfico y los relacionados con la necesidad de una cooperación económica mundial. Las desigualdades, advertidas precedentemente al interno de las Naciones, aparecen ahora en el plano internacional y manifiestan cada vez con mayor claridad la situación dramática en que se encuentra el Tercer Mundo.

Juan XXIII, en la encíclica « Mater et magistra», «trata de actualizar los documentos ya conocidos y dar un nuevo paso adelante en el proceso de compromiso de toda la comunidad cristiana». Las palabras clave de la encíclica son comunidad y socialización: la Iglesia está llamada a colaborar con todos los hombres en la verdad, en la justicia y en el amor, para construir una auténtica comunión. Por esta vía, el crecimiento económico no se limitará a satisfacer las necesidades de los hombres, sino que podrá promover también su dignidad.

 

La elección de Juan XXIII

 

La elección de Juan XXIII como sucesor de la gran figura internacional de Pío XII fue, a los ojos humanos, una sorpresa. El pontificado de Pío XII fue largo; desde el 2 de marzo de 1939 hasta el 9 de octubre de 1958, es decir casi 20 años. Cuando fue elegido papa Pío XII, tenía 63 años. Falleció pues, a los 83. Juan XXIII fue elegido el 28 de octubre de 1958,  veinte días después del fallecimiento de Pío XII. Tenía Juan XXIII casi 77 años. Esa edad que hoy nos parece normal por la edad a la que fueron elegidos Benedicto VI, a los 78 años y el papa Francisco a los 77, cuando fue elegido San Juan XXIII, era para los ojos humanos, por lo menos inusual; por eso se comentó entonces que se había elegido un papa de transición, como quien dice, para pasar el momento. A los ojos de Dios que dirige a la Iglesia, Juan XXIII llegaba a gobernar a su pueblo, el de Dios, trayendo un aire fresco de renovación, de puesta al día la Iglesia en el mundo moderno. Su gran obra sería el Concilio Vaticano II.

Dos grandes encíclicas: Mater et magistra (Madre y maestra) y Pacen in terris (Paz en la tierra), marcan su indeleble contribución a la DSI. Vamos a estudiar primero la encíclica Mater et magistra y luego seguiremos con Pacem in terris que nos señala el camino para la construcción de la paz mundial.

Claro está que la contribución de San Juan XXIII a la DSI no es solo la que se encuentra en esas dos encíclicas; debemos tener muy en cuenta lo que significó el Concilio Vaticano II convocado por el papa Juan y que aclaró la posición de la Iglesia frente a la sociedad en el mundo moderno. La Iglesia llega en el Concilio a una manera remozada de comprender su papel en la sociedad, por lo tanto de entender también la DSI, que no es otra cosa la doctrina cristiana acerca de la sociedad. Como es natural, más adelante tendremos que detenernos en la constitución Gaudium et spes, Gozo y esperanza, ya en tiempo de Pablo VI. Nos espera pues un largo camino lleno de gozo y esperanza.

 

Mater et magistra, Madre y maestra

 

Empecemos por Mater et magistra.  La ocasión para esta encíclica se presentó en la conmemoración del septuagésimo aniversario de la Rerum novarum. Juan XXIII no se limitará a conmemorar ese importante acontecimiento sino a enfrentar con espíritu joven los problemas sociales de la época, nuevos si se comparan con los las injusticias de la revolución industrial, a las cuales en su momento enfrentó León XIII.

Si por transición se entiende paso, puente, puede ser una manera de entender esta encíclica, como un documento doctrinal que hace de puente para que comprendamos la DSI ante los problemas de la sociedad moderna, doctrina que abordará y presentará fortalecida el Concilio Vaticano II. La DSI detecta problemas nuevos, como las desigualdades que se agudizan una vez superadas las consecuencias de la guerra. La política internacional adquiere una nueva dirección, como se verá en Pacem in terris y Mater et  magistra que son la comprensión de un mundo que es ahora más optimista.

Es importante entonces, comprender el contexto histórico. Con Juan XXIII estamos en 1961. Setenta años antes, cuando León XIII escribió la Rerum novarum, la situación era distinta. Esa encíclica fue firmada por León XIII el 15 de mayo de 1891.

La industria no tuvo su época de consolidación y desarrollo sin traumas. Los trabajadores tuvieron que empezar la lucha por sus derechos fundamentales: las injusticias contra las mujeres y los niños en las minas de carbón y en las hilanderías empiezan a tener algunas correcciones de gobiernos como el de Inglaterra que en 1874 introdujo la semana laboral de 56 horas y media (por lo menos ponía un límite), Francia, ese mismo año prohibió el trabajo subterráneo de las mujeres y el trabajo de los niños y los sindicatos empezaronn a organizarse para defender a los trabajadores.

La situación de injusticia en la revolución industrial no se corrigió inmediatamente; por eso León XIII en 1891 presentó la Rerum novarum, sobre la situación de los trabajadores. Por cierto en estos días está presentando el canal de TV internacional F&A (Film and arts), una serie sobre el Titanic. Se titula Titanic sangre y acero. Nos muestra la serie, el contexto de esa construcción en Belfast, Irlanda del Norte, donde se discriminaba a los católicos en el astillero y en la siderúrgica que les producía el acero. No se permitía a los católicos acceder a cargos directivos y a los trabajadores rasos, católicos, los trataban mal. Es una serie interesante para comprender la lucha de los trabajadores por sus derechos, hace 100 años.

Contexto histórico

 

Era otra la época cuando Juan XXIII presentó la Mater et magistra, Madre y maestra. El nuevo papa, de origen campesino, vive en un mundo moderno, la bomba atómica había horrorizado con la destrucción de Nagasaki y de Hiroshima en agosto de 1945. Ya otros países tenían esas horribles armas nucleares: la Unión Soviética desde 1949, Inglaterra desde 1952. Los EE.UU. probaron la primera bomba de hidrógeno también el año 1952 y al año siguiente la Unión Soviética y la seguiría Inglaterra. En 1960 Francia se unía a esas naciones atómicas.

El invento de los cohetes comenzó la era aeroespacial: en 1957, el Sputnik ruso vuela fuera del espacio terrestre, en 1958 el  Explorer I norteamericano. Estábamos en la carrera aeroespacial. El mismo año de la Mater et magistra, es decir 1961, el cosmonauta soviético Yuri Gagarin hizo el primer vuelo espacial humano.

En esa época los pueblos de Asia y África que habían sido sometidos como colonias por los países europeos comienzan la lucha por su independencia. La Organización de las Naciones Unidas fundada en 1945 por 51 países a alcanzado ya en el pontificado de Juan XXIII, 110 miembros.

En toda esa situación que algunos calificaban como llena de esperanza y de temor por una guerra nuclear, al mismo tiempo se podía observar que la distancia entre ricos y pobres dividía y aún divide en el siglo XXI, a los pueblos desarrollados y a los llamados subdesarrollados; o para hacer menos denigrante el calificativo, en países en vías de desarrollo. Esa situación solo presentada en gráficas, en cifras, no llega tanto al corazón, pero cuando se considera que eso significa centenares de millones de personas con hambre, sin empleo, con enfermedades no atendidas o a las que llega una medicina insuficiente, se nos sacude el alma. A esa sociedad, Juan XXIII le llama la atención con su encíclica Madre y maestra sobre la cuestión social a la luz de la DSI.

Veremos las antiguas ideas expuestas ya, reforzadas por la palabra de Juan XXIII, por ejemplo el ser humano y no el Estado, como centro de la vida social; el principio de subsidiaridad, el derecho de propiedad y al mismo tiempo la subordinación del bien privado al bien común. 

Juan XXIII presentó también ideas nuevas: el concepto de bien común no solo aplicado en el contexto interno de los países sino aplicado a las relaciones internacionales; la consideración de la justicia con las países menos desarrollados, la descripción de la existencia de un colonialismo disfrazado y las primeras alusiones a la regulación moral del crecimiento demográfico.

La reacción del mundo secular con la encíclica Madre y maestra fue de asombro y la recibieron, unos con agradecimiento y otros con recelo. La prensa rusa interpretó la encíclica como un intento de la Iglesia de recuperar a los pobres que según el mundo comunista, antes había abandonado, por otra parte, el capitalismo callaba. Los obispos de África escribieron una declaración de agradecimiento al santo padre.

Una de las lecciones que parecía haber aprendido el mundo occidental fue que las dictaduras no eran convenientes. Las experiencias de Alemania y de Italia con los gobiernos de Hitler y de Mussolini fueron que las soluciones totalitarias se vuelven contra los pueblos que permiten que se implanten, o que las toleran. Sin embargo no es la misma reacción la que se produce en los países que pasaron a depender de la Unión Soviética. Solo más tarde se liberarían del yugo comunista los países que quedaron detrás de la cortina de hierro.

El mundo democrático occidental se prestó más para el desarrollo económico que fue manifiesto en la recuperación de Alemania y demás países europeos donde se generó un mayor crecimiento económico. Esa situación significó mayor bienestar social: los bienes de consumo de que se había tenido que privar la población durante la guerra empezaron estar al alcance de mayores segmentos de la población.

El crecimiento económico apoyado por los poderes públicos dio nacimiento al llamado Estado de bienestar, en el cual el Estado contribuyó económicamente a la satisfacción de las necesidades de sus ciudadanos, especialmente en salud y educación. Al mismo tiempo los Estados crearon sistemas tributarios potentes que les permitían recaudar los fondos necesarios para los gastos sociales y al mismo tiempo esa imposición tenía cierta función redistributiva para corregir la tendencia poco equitativa de los ingresos de la población.

En los Estados dominados por el comunismo la consolidación de la economía fue de acuerdo con su filosofía: su esfuerzo no se orientó a facilitar el acceso de la población a los bienes de consumo cuya producción controlaba, sino a una planificación centralizada que buscaba la satisfacción de las necesidades básicas de la población. Se supone que en esa filosofía todos pueden llegar a cubrir sus necesidades básicas y ningún ciudadano podrá alcanzar un nivel de consumo mayor que los demás. La experiencia mostró con el tiempo que esa idea era solo teórica, que los jefes sí tenían acceso a bienes que los demás no podían obtener y que no solo que la política de la igualdad era para los de abajo, sino que los demás, según sus habilidades podían prosperar unos más que otros.

El manejo de la economía en los países comunistas los obligaba a dirigir de manera centralizada la producción, a canalizar los recursos, que siempre eran públicos, a determinados sectores y a fijar artificialmente los precios. Es lo que seguimos oyendo que sucede en Cuba y ahora tratan de hacerlo en Venezuela.

Los países de Asia y África

 

A esta ola de nuevo desarrollo de la economía querían acceder también los países de América Latina y los cerca de 40 países de África y Asia que habían conseguido su independencia. Esto significó sumar 800 millones de personas que aspiraban alcanzar los niveles de bienestar de que parecían gozar los demás países.

A esta evolución del mundo hay que sumar los pasos de progreso material que se empezaron a manifestar en la Unión Soviética y los primeros pasos de la revolución china bajo el mando de Mao. Los nuevos países independientes no solo se sintieron libres, con una dignidad igual a la de los países que los habían colonizado, sino que empezaron por esa razón a defender su derecho a ser tratados de manera igualitaria, formando un frente común.

En 1955 se reunió la Conferencia Afroasiática de Bandung, Indonesia, que reunió a 24 países  de esos dos continentes. Firmaron un acuerdo sobre la dignidad de los pueblos coloniales y su igualdad con los países ricos. Ese acuerdo tuvo como base los cinco principios de Nehru, el líder indio: respeto a la soberanía, no agresión, no interferencia en asuntos internos, igualdad y beneficio mutuo y coexistencia pacífica.

Teniendo ya claro el contexto histórico en que comenzó San Juan XXIII su pontificado, en el próximo programa, Dios mediante, seguiremos con el enfoque general y el contenido de la encíclica Mater et magistra, Madre y maestra.

Reflexión 285 Pío XII Doctrina Social Mayo 8 2014

Pío XII pensaba en la posguerra

 

Hemos venido estudiando la DSI en las enseñanzas del papa Pío XII. En el programa pasado continuamos el estudio de la alocución de Pío XII en la Navidad de 1944.  Pío XII en su discurso pensaba ya en la posguerra, época en la que habría que reconstruir gran parte de Europa y no solo en lo material sino también en  su organización política. El absolutismo reinante en países como Alemania e Italia, gobernada por esos personajes Hitler y Mussolini había llevado al mundo a una catástrofe, a millones de muertos, a sacrificios como el holocausto del pueblo judío, a  ciudades, pueblos y vías de comunicación destruidas por los bombardeos. Políticamente, los límites de algunos de los países se moverían, países como Yugoeslavia volvería a descomponerse en diversos estados de acuerdo con sus orígenes étnicos y religiosos, Checoselovaquia se convertiría en dos naciones, la República Checa y Eslovaquia. En la Unión Soviética, terminada la guerra seguiría mandando el absolutismo de Stalin que pretendió extender el comunismo por el mundo.. Todos esos movimientos necesitarían un organismo multinacional que interviniera para evitar los conflictos.

 

La democracia garantía de paz

 

Para Pío XII una democracia sana era una garantía para la construcción de la paz y por eso expuso en su alocución de Navidad lo que consideró las bases de la democracia. En lo que toca a los ciudadanos, las bases de la democracia consisten en su derecho a manifestar su parecer sobre los deberes y sacrificios que se le imponen. Una democracia sana y equilibrada, dijo Pío XII, se reconoce en la solidez y armonía entre los ciudadanos y el gobierno.

Otro aporte muy interesante de Pío XII a la idea de democracia en su discurso de la Navidad de 1944 fue su explicación de la diferencia entre pueblo y masa. La masa es según Pío XII, una aglomeración amorfa de individuos que no tiene vida propia y que puede ser juguete fácil en manos de cualquiera que explote sus instintos. La masa por eso cambia de bando, dependiendo de la habilidad de quien la maneje. En cambio el pueblo es consciente de sus propias responsabilidades, tiene sus propias convicciones y por eso no sería fácilmente manejable por cualquier hábil político capaz de explotar sus sentimientos y pasiones. En el pueblo digno de tal nombre, dijo Pío XII,  el ciudadano siente en sí mismo la conciencia de su personalidad, de sus deberes y de sus derechos, de su libertad unida al respeto de la libertad y de la dignidad de los demás.

Necesidad de una autoridad y la DSI y la política

 

Pío XII también afirmó la necesidad de la autoridad, de una autoridad verdadera y efectiva, sin la cual la sociedad no podría existir ni vivir, y nos recordó el origen de la autoridad legítima que es Dios, como ya nos lo había enseñado el papa León XIII. Este papa, en la encíclica Immortale Dei sobre la constitución cristiana del estado,  presenta las dos concepciones del estado: la cristiana y la que estaba en boga y se imponía en su tiempo, y que llamaban un “derecho nuevo”, porque presentaba una concepción nueva del estado. Esa nueva idea sobre el estado presentaba un obstáculo serio a la labor de la Iglesia en el mundo, porque le atribuía un papel muy limitante para la evangelización, que es su razón de existir.

Este es un asunto que tiene que ver con la DSI, porque se trata de la organización de la sociedad influida fuertemente por la idea que se tenga de lo que es el estado y de las funciones que le corresponden. Por eso se trata sobre la política, en la DSI.

La concepción del estado, que se abrió camino especialmente desde la revolución francesa, y se conocía con el nombre de “derecho nuevo”, tenía como fundamento la filosofía de la libertad absoluta que no aceptaba ninguna autoridad que la reglamentara fuera de su propia razón. Es la libertad que defendía el liberalismo radical y que todavía profesan los que se presentan como liberales radicales. Hoy existen diferentes matices de liberalismo y más que en la completa autonomía del ser humano que defendía el radicalismo, se diferencian de otros por sus ideas en el manejo de la economía.

Como ya vimos, en las consecuencias prácticas de la concepción del estado que desde el siglo XIX llaman el estado liberal, se aprecian diferencias con la doctrina católica, desde la comprensión misma de la comunidad formada por seres humanos, porque según la doctrina católica, estamos ordenados naturalmente a asociarnos con nuestros semejantes. Las razones nos las da León XIII con estas palabras en el N° 2 de Immortale Dei:

El hombre no puede procurarse en la soledad todo aquello que la necesidad y la utilidad de la vida corporal exigen, como tampoco lo conducente a la perfección de su espíritu. Por esto la providencia de Dios ha dispuesto que el hombre nazca inclinado a la unión y asociación con sus semejantes, tanto doméstica como civil, la cual es la única que puede proporcionarle la perfecta suficiencia para la vida.

Pío XII siguió el desarrollo de esta doctrina con la explicación de por qué la autoridad es necesaria, con estas palabras en la alocución de Navidad de 1944: si los hombres, valiéndose de su libertad personal, negasen toda dependencia de una autoridad superior provista del derecho de coacción, por el mismo hecho socavarían el fundamento de su propia dignidad y libertad, o lo que es lo mismo, aquel orden absoluto de los seres y de los fines.

Pío XII nos explicó la necesidad de la autoridad. Una sociedad organizada, no anárquica, necesita la guía de una autoridad legítima. La sociedad tiene como fundamento la dignidad de todas las personas que la conforman, pues fueron creadas a imagen de Dios. La autoridad viene de Dios quien la delega para que esa autoridad dirija una comunidad moral como la quiere el Creador de la persona humana.

Es muy importante que tengamos ideas claras sobre lo que es la política, como una labor de ordenar a la sociedad según los planes, los designios de Dios.

 

Católicos y las elecciones

 

Este mes de mayo vamos a elecciones presidenciales. Para decidir por quién votar, preguntemos a los candidatos su opinión sobre temas muy importantes  a favor o en contra de una sociedad como Dios la quiere: qué piensan ellos sobre la familia, constituida en el matrimonio de un hombre y una mujer, como aparece desde el primer capítulo de la Biblia. Cómo defenderían los candidatos la vida, bien sea de los niños todavía en el vientre de sus madres, de los enfermos o ancianos a quienes se pretende aplicar la eutanasia o ante la violencia y el asesinato que se practica todos los días en el campo y las ciudades.

Repitamos las palabras de Pío XII que leímos en el programa pasado:

Únicamente la clara inteligencia de los fines señalados por Dios a todas las sociedades humanas, unida al sentimiento profundo de los deberes sublimes de la labor social, puede poner a los que se les ha confiado el poder, en condición de cumplir sus propias obligaciones de orden legislativo, judicial o ejecutivo, con aquella conciencia de la propia responsabilidad, con aquella generosidad, con aquella incorruptibilidad, sin las que un gobierno democrático difícilmente lograría obtener el respeto, la confianza y la adhesión de la parte mejor del pueblo.

Vimos también en el programa anterior lo que nos enseña Pío XII sobre cuáles deberían ser las cualidades de los políticos a quienes elegimos en las democracias para que nos gobiernen. Recordemos sus palabras en la misma alocución del 24 de diciembre de 1944:

Una selección de hombres no limitada a una profesión o a una condición determinada, sino imagen de la múltiple vida de todo el pueblo. Una selección de hombres de sólidas convicciones cristianas, de juicio justo y seguro, de sentido práctico y ecuánime, coherente consigo mismo en todas las circunstancias; hombres de doctrina clara y sana, de designios firmes y rectilíneos; hombres, sobre todo, capaces, en virtud de la autoridad que emana de su conciencia pura y ampliamente se irradia y se extiende en su derredor, de ser guías y dirigentes, sobre todo en tiempos en que urgentes necesidades sobreexcitan la impresionabilidad del pueblo, y lo hacen propenso a la desorientación y extravío; hombres que en los periodos de transición, atormentados generalmente y lacerados por las pasiones, por opiniones divergentes y por opuestos programas, se sienten doblemente obligados a hacer circular por las venas del pueblo y del Estado, quemadas por mil fiebres, el antídoto espiritual de las visiones claras, de la bondad solícita, de la justicia que favorece a todos igualmente, y la tendencia de la voluntad hacia la unión y la concordia nacional en un espíritu de sincera fraternidad.

 

Necesidad de una organización internacional

 

Recordamos también en el programa anterior a qué se refirió Pío XII cuando expuso la necesidad de una organización internacional  a través de la cual las naciones puedan resolver sus disputas por medios pacíficos y evitar así una nueva guerra. Comentamos que la ONU reemplazó a la fracasada Sociedad de las naciones, pero que sus frutos tampoco han sido lo que se esperaba de ella. Conflictos como los actuales de Siria, y de Ucrania pasan por el Consejo de Seguridad de la ONU y allí se hunden en su ineficacia. El Secretario de Estado del Vaticano calificó a la ONU de un organismo meritorio pero que es necesaria una reforma para que sea una organización “fuerte pero democrática”, que no concentre “su poder en manos de unos pocos países” y mantenga “la paz en el mundo”.

El P. Ildefonso Camacho en su comentario de la alocución del la Navidad de 1944, que aparece en el libro que he citado varias veces y cuyo título es Doctrina social de la Iglesia, una aproximación histórica, dice que aunque estrictamente solo se podría hablar de régimen democrático en el ámbito  individual de los estados, Pío XII lo extiende al ámbito internacional y lo basa en la igualdad de todos los hombres y en la unidad del género humano; como esa igualdad es el fundamento de la democracia en la política de cada país, debe inspirar también a una organización internacional como es la ONU; sin embrago no se practica la doctrina de Pío XII en la actualidad.

En la ONU, el veto de los países más poderosos, sigue definiendo la acción o inacción de esa organización. Eso en la práctica significa que si a los Estados Unidos, a Rusia o a China no les conviene políticamente una posición firme frente a la agresión de alguno de sus aliados, la ONU se cruza de brazos o se limita a una amonestación que se convierte en palabras que se lleva el viento.

Estas fueron las palabras de Pío XII, que explican claramente su propuesta de la una organización mundial:

…la autoridad de una tal sociedad de los pueblos tendrá que ser verdadera y efectiva sobre los Estados que son miembros de ella, pero de modo que cada uno de ellos conserve igual derecho a su relativa soberanía. Únicamente así el espíritu de sana democracia podrá también entrar en el vasto y escabroso campo de la política exterior.

Y claro, una organización así solo es posible con el consentimiento de todos sus miembros y su principal función deberá ser el mantenimiento de la paz y deberá intervenir para frenar cualquier amenaza de agresión. Pío XII deseaba una organización internacional dedicada a evitar la guerra y por eso, una de sus tareas primordiales debería ser resolver los conflictos entre los pueblos que estarían comprometidos a reconocer su autoridad.

La guerra de agresión

 

La iglesia rechaza la guerra de agresión como la manera de resolver los conflictos. Esta doctrina guió a Juan Pablo II cuando expuso claramente su oposición a la guerra desatada en Irak por los EE.UU. Pío XII había expuesto así esta doctrina:

Nadie podría saludar con mayor gozo esta evolución que quien desde hace largo tiempo ha defendido el principio de que la teoría de la guerra como medio apto y proporcionado para resolver los conflictos internacionales está ya sobrepasada.

La doctrina de Pío XII sobre la guerra justa llamaba a la reflexión. Sería muy interesante leer también el discurso de Pío XII con ocasión de la Navidad de 1954, en plena guerra fría. En ese mensaje tocó temas tan interesantes como la paz y las armas nucleares y el control de los armamentos, además de otros temas de interés de todos los países. Creo que ya es suficiente lo que hemos visto para comprender la orientación que dio Pío XII a la DSI en cuanto se refiere a la política internacional y debemos pasar a la doctrina del sucesor de Pío XII, San Juan XXIII, con quien seguiremos en el próximo programa.

 

Un breve resumen de la alocución de Navidad de 1944

 

Hagamos un breve resumen de la trascendental alocución de Pío XII en la Navidad de 1944, quien al ver próximo el fin de la guerra, exponía la doctrina social católica sobre la paz, la política nacional e internacional.

Pío XII expone en esa alocución las razones para preferir la democracia frente al absolutismo. En esos criterios es claro que el papel del ciudadano está fundado en su dignidad y que por eso cada persona tiene derecho a que lo oigan y que pueda opinar sobre los deberes que se le exigen y los derechos que se le reconocen.

En cuanto a los gobernantes, se confirma la doctrina expuesta por León XIII sobre el fundamento de la autoridad, que es la autoridad de Dios que la delega en ellos para que hagan realidad los planes divinos con la sociedad. De ahí que cuando vamos a elegir a los que van a conducir a nuestra sociedad, nos debamos preguntar si esas personas son idóneas para ese cometido o si se apartan de los designios de Dios sobre temas tan importantes como la defensa de la vida, la justicia, la paz y la familia.

Pío XII extiende las bondades de la democracia también a la política internacional con la idea de   que esos sistemas de gobierno, los democráticos, dan garantías para la paz. Se fundamenta el derecho a la democracia también en la política internacional, en la unidad del género humano. El espíritu democrático, si reina en los países independientes, se debe extender a las relaciones entre las naciones.

Expone Pío XII la necesidad de un organismo que reemplace a la fracasada Sociedad de las naciones, un organismo internacional que debe prevenir nuevas guerras, procurando que los conflictos entre los países se resuelvan pacíficamente con su mediación. Una organización reconocida por todos y por eso con autoridad para dirimir eficazmente los conflictos entre países.

Desde el próximo programa entraremos a estudiar la Doctrina Social con los importantes aportes del papa San Juan XXIII y el Concilio Vaticano II.

Ha escuchado usted el programa de los domingos, llamado ¿Si vale la pena creer? Programa para creyentes y no creyentes. Como la duración de ese programa es de 25 minutos, en él no hay tiempo para abrir micrófonos a los oyentes. Les recuerdo que los 11 programas de la serie ¿Si vale la pena creer?, además del domingo a las 9:35 a.m. por Radio María, lo pueden escuchar a cualquier hora, cualquier día, en el blog www.reflexionesdsi.org

Reflexión 284 Pío XII Doctrina Social abril 24 2014

Mensaje de Navidad 1944

En nuestro estudio de la DSI en los documentos del papa Pío XII, estudiamos en el programa pasado el mensaje del santo padre en la navidad de 1944. El Papa Pío XII se dirigió al mundo cuando podía vislumbrar el comienzo del final de la segunda guerra mundial. Los jefes de estado de los países aliados habían tenido más de una reunión, para discutir la situación de la posguerra. Pío XII expuso en su mensaje la necesidad de sentar las bases de una sana democracia.

La alegría de la navidad sirvió de marco para reflexionar en medio de los horrores de la guerra, las ruinas de las ciudades y pueblos, en donde las torres derribadas de las iglesias eran testigos mudos de la que el papa llamó mancha de la historia de la humanidad, que, voluntariamente ciega ante la claridad de Aquel que es esplendor y luz del Padre, voluntariamente alejada de Jesucristo, ha descendido y ha caído en la ruina y en la abdicación de su propia dignidad.  Ante esa desolación causada por la guerra, Pío XII se preguntó si no habría esperanza para la humanidad, y respondió con la ilusión que despertaba la navidad, de una legión de personas de buena voluntad que querían hacer del fin de esa guerra el punto de partida de una era nueva, en la cual se debería trazar el camino hacia un porvenir mejor y más digno para la humanidad.

Pío XII veía en una democracia sana, una esperanzadora garantía para la construcción de la paz en el mundo de la posguerra;   confiaba también en que la democracia ayudaría a prevenir que  se volviera a caer en el absolutismo. La Alemania nazi y los sufrimientos de la población de la Unión Soviética habían sido consecuencias de decisiones de gobernantes absolutistas como lo fueron Hitler y Stalin.

Para Pío XII las bases de la democracia consisten en el derecho de los ciudadanos de hacerse escuchar. El derecho de los ciudadanos a hacerse escuchar está fundado en su dignidad de seres humanos. Fue claro Pío XII en cuanto a los derechos de los ciudadanos en la democracia: tener el derecho de manifestar su parecer sobre los deberes y sacrificios que se le imponen; no verse obligados a obedecer sin haber sido oídos. Pío XII dice que se reconoce una democracia sana y equilibrada, en la solidez y armonía entre los ciudadanos y el gobierno.

Pueblo y masa

 

Vimos también que para Pío XII la enemiga capital de la verdadera democracia y de su ideal de libertad y de igualdad es la masa, que el papa describe como esa aglomeración amorfa de individuos que no tiene vida propia sino que es llevada y traída por fuerzas externas. De esa masa Pío XII dice que es juguete fácil en manos de cualquiera que explota sus instintos y está dispuesta a seguir hoy una bandera y mañana otra. El pueblo a diferencia de la masa, es consciente de sus propias responsabilidades y tiene sus propias convicciones.

En palabras textuales de Pío XII,  así describe al pueblo, a diferencia de la masa: En un pueblo digno de tal nombre, el ciudadano siente en sí mismo la conciencia de su personalidad, de sus deberes y de sus derechos, de su libertad unida al respeto de la libertad y de la dignidad de los demás.

Después de exponer los requisitos de parte de los ciudadanos para una sana democracia, que se pueden resumir en su derecho a hacerse oír y manifestar su parecer sobre los sacrificios y deberes que se le imponen, Pío XII expuso los requisitos de parte de los gobernantes.

 

Dios es fundamento de la autoridad

 

De ellos dijo el papa que es necesaria la autoridad, que tiene su fundamento en Dios; expuso el papel del órgano legislativo y previno sobre el peligro de que la democracia derive en el absolutismo. Esto se encuentra en el mensaje de Navidad de 1944 de los números 20 a 30. Veamos el texto mismo de la alocución:

El Estado democrático, monárquico o republicano, como cualquier otra forma de gobierno, debe estar investido con el poder de mandar con autoridad verdadera y efectiva. El orden mismo absoluto de los seres y de los fines, que presenta al hombre como persona autónoma, es decir, como sujeto de deberes y de derechos inviolables, raíz y término de su vida social, abraza igualmente al Estado como sociedad necesaria, revestida de la autoridad, sin la cual no podría ni existir ni vivir. Porque si los hombres, valiéndose de su libertad personal, negasen toda dependencia de una autoridad superior provista del derecho de coacción, por el mismo hecho socavarían el fundamento de su propia dignidad y libertad, o lo que es lo mismo, aquel orden absoluto de los seres y de los fines.

Establecidos, sobre esta base común, la persona, el Estado y el poder público, con sus respectivos derechos, están tan unidos o conexos, que o se sostienen o se destruyen juntamente.

Como vemos, un estado puede ser democrático siendo república o en un régimen monárquico. Eso lo vemos hoy posible en las pocas monarquías que quedan y que no son gobiernos despóticos sino democráticos como Inglaterra, España, Suecia, Holanda, para nombrar algunos países. El Papa defiende la necesidad de la autoridad legítima, que haga respetar los derechos y exija el cumplimiento de sus deberes a los ciudadanos. Y veamos lo que Pío XII nos enseña sobre el fundamento en Dios de la autoridad legítima:

Y puesto que aquel orden absoluto, a la luz de la sana razón, y especialmente a la luz de la fe cristiana, no puede tener otro origen que un Dios personal, Criador nuestro, se sigue que la dignidad del hombre es la dignidad de la imagen de Dios, la dignidad del Estado es la dignidad de la comunidad moral que Dios ha querido, y que la dignidad de la autoridad política es la dignidad de su participación de la autoridad de Dios.

Es claro que Dios es origen de la dignidad del ser humano, de la dignidad del Estado y de la autoridad. Sin embargo en nuestros días, se rechaza a Dios que es fundamento de la dignidad de la persona, del Estado y de la autoridad.

Ninguna forma de Estado puede dejar de tener cuenta de esta conexión intima e indisoluble; y mucho menos la democracia. Por consiguiente, si quien ejercita el poder público no la ve o más o menos la descuida, remueve en sus mismas bases su propia autoridad. Igualmente, si no da la debida importancia a esta relación y no ve en su cargo la misión de actuar el orden establecido por Dios, surgirá el peligro de que el egoísmo del dominio o de los intereses prevalezca sobre las exigencias esenciales de la moral política y social y de que las vanas apariencias de una democracia de pura fórmula sirvan no pocas veces para enmascarar lo que es en realidad lo menos democrático.

 

Los fines que Dios se ha propuesto para la sociedad deben ser entendidos y respetados por los gobernantes

 

Y así continuó Pío XII su explicación sobre un régimen democrático, en el cual los fines que Dios se ha propuesto para la sociedad deben ser entendidos y respetados por los gobernantes:

Únicamente la clara inteligencia de los fines señalados por Dios a todas las sociedades humanas, unida al sentimiento profundo de los deberes sublimes de la labor social, puede poner a los que se les ha confiado el poder, en condición de cumplir sus propias obligaciones de orden legislativo, judicial o ejecutivo, con aquella conciencia de la propia responsabilidad, con aquella generosidad, con aquella incorruptibilidad, sin las que un gobierno democrático difícilmente lograría obtener el respeto, la confianza y la adhesión de la parte mejor del pueblo.

Yo me pregunto si nuestros gobernantes, legisladores y jueces por  lo menos se han preguntado alguna vez, cuáles son los fines señalados por Dios a todas las sociedades humanas y cuál debe ser su  papel como gobernantes, legisladores y jueces para que esos fines sean realidad en la sociedad de la cual ellos son responsables.

El profundo sentimiento de los principios de un orden político y social sano y conforme a las normas del derecho y de la justicia, es de particular importancia en quienes, sea cual fuere la forma de régimen democrático, ejecutan, como representantes del pueblo, en todo o en parte, el poder legislativo. Y ya que el centro de gravedad de una democracia normalmente constituida reside en esta representación popular, de la que irradian las corrientes políticas a todos los campos de la vida pública —tanto para el bien como para el mal—, la cuestión de la elevación moral, de la idoneidad práctica, de la capacidad intelectual de los designados para el parlamento, es para cualquier pueblo de régimen democrático, cuestión de vida o muerte, de prosperidad o de decadencia, de saneamiento o de perpetuo malestar.

 

Calidad de los candidatos que elijamos

 

Oigamos lo que la DSI enseña sobre la calidad que deben tener los legisladores, es decir, el Congreso, que en una democracia elegimos los ciudadanos. Nuestra responsabilidad en la clase de personas que llevamos al Congreso es grande. No podemos obrar con ligereza. Dijo Pío XII:

Para llevar a cabo una acción fecunda, para obtener la estima y la confianza, todo cuerpo legislativo —la experiencia lo demuestra indudablemente— debe recoger en su seno una selección de hombres espiritualmente eminentes y de carácter firme, que se consideren como los representantes de todo el pueblo y no ya como los mandatarios de una muchedumbre, a cuyos intereses particulares muchas veces, por desgracia, se sacrifican las reales necesidades y exigencias del bien común. Una selección de hombres no limitada a una profesión o a una condición determinada, sino imagen de la múltiple vida de todo el pueblo. Una selección de hombres de sólidas convicciones cristianas, de juicio justo y seguro, de sentido práctico y ecuánime, coherente consigo mismo en todas las circunstancias; hombres de doctrina clara y sana, de designios firmes y rectilíneos; hombres, sobre todo, capaces, en virtud de la autoridad que emana de su conciencia pura y ampliamente se irradia y se extiende en su derredor, de ser guías y dirigentes, sobre todo en tiempos en que urgentes necesidades sobreexcitan la impresionabilidad del pueblo, y lo hacen propenso a la desorientación y extravío; hombres que en los periodos de transición, atormentados generalmente y lacerados por las pasiones, por opiniones divergentes y por opuestos programas, se sienten doblemente obligados a hacer circular por las venas del pueblo y del Estado, quemadas por mil fiebres, el antídoto espiritual de las visiones claras, de la bondad solícita, de la justicia que favorece a todos igualmente, y la tendencia de la voluntad hacia la unión y la concordia nacional en un espíritu de sincera fraternidad.

Los pueblos cuyo temperamento espiritual y moral es suficientemente sano y fecundo, encuentran en sí mismos y pueden dar al mundo los heraldos y los instrumentos de la democracia que viven con aquellas disposiciones y las saben de hecho llevar a la práctica. En cambio, donde faltan semejantes hombres, vienen otros a ocupar su puesto para convertir la actividad política en campo de su ambición y afán de aumentar sus propias ganancias, las de su casta y clase, mientras la búsqueda de los intereses particulares hace perder de vista y pone en peligro el verdadero bien común.

 

El estado no tiene un poder ilimitado

 

Sobre el peligro de que la democracia derive hacia el absolutismo previno así Pío XII en su alocución del 24 de diciembre de 1944:

Una sana democracia fundada sobre los principios inmutables de la ley natural y de la verdad revelada, será resueltamente contraria a aquella corrupción que atribuye a la legislación del Estado un poder sin frenos y sin límites, y que hace también del régimen democrático, a pesar de las apariencias contrarias, pero vanas, puro y simple sistema de absolutismo.

El absolutismo de Estado (no hay que confundir este absolutismo con la monarquía absoluta de la que ahora no hablamos) consiste de hecho en el principio erróneo que la autoridad del Estado es ilimitada, y que frente a ella —aun cuando da rienda suelta a sus miras despóticas, traspasando los límites del bien y del mal— no cabe apelación alguna a una ley superior que obliga moralmente.

A un hombre posesionado de ideas rectas sobre el Estado y la autoridad y el poder de que está revestido, en cuanto que es custodio del orden social, jamás se le ocurrirá ofender la majestad de la ley positiva dentro de los límites de sus naturales atribuciones. Pero esta majestad del derecho positivo humano es inapelable únicamente cuando se conforma —o al menos no se opone— al orden absoluto, establecido por el Criador, y presentado con nueva luz por la revelación del Evangelio. Y esa majestad no puede subsistir sino en cuanto respeta el fundamento sobre el cual se apoya la persona humana, no menos que el Estado y el poder público. Este es el criterio fundamental de toda forma de gobierno sana y aun de la democracia, criterio con el cual se debe juzgar el valor moral de todas las leyes particulares.

Vemos que la doctrina social se refiere a la organización política de la sociedad y no solo a los deberes sociales de los particulares. Por eso la Iglesia tiene no solo el derecho sino la obligación de exponer el punto de vista de la fe católica en temas que algunos creen equivocadamente que son vedados a la Iglesia. La Iglesia no debe intervenir en política partidista, pero sí debe hacerlo en política, cuando se entiende como política la organización y administración de la sociedad, de acuerdo con el bien común y que tiene unos fines establecidos por el mismo Dios.

 

La democracia en la política internacional

 

En la siguiente parte de su mensaje del 24 de diciembre de 1944, Pío XII se refirió a las consecuencias de la democracia para la paz internacional. Esto se encuentra desde el N° 31 hasta el 41 del discurso. Se refiere primero a la unidad del género humano y las exigencias morales que se deducen de esa unidad: necesidad de un organismo internacional para resolver los conflictos y que aproveche la experiencia de la fracasada Sociedad de las naciones, y  el rechazo a la guerra de agresión.

Recordemos qué fue eso de la Sociedad de las naciones. Cuando terminó la primera guerra mundial, el presidente Woodrow Wilson, de los Estados Unidos, propuso que para superar los efectos de la guerra y conseguir una paz duradera, era conveniente fundar un organismo a través del cual las naciones pudieran resolver sus disputas por medios pacíficos y evitar así una nueva guerra. La exposición de motivos del Pacto de la Sociedad de Naciones fue la siguiente:

Las Altas Partes contratantes: considerando que para fomentar la cooperación entre las naciones y para garantizar la paz y la seguridad, importa: aceptar ciertos compromisos de no recurrir a la guerra; mantener a la luz del día relaciones internacionales, fundadas sobre la justicia y el honor; observar rigurosamente las prescripciones del Derecho internacional, reconocidas de aquí en adelante como regla de conducta efectiva de los Gobiernos; hacer que reine la justicia y respetar escrupulosamente todas las obligaciones de los Tratados en las relaciones mutuas de los pueblos organizados; Adoptan el presente Pacto.

La Sociedad de las naciones se instaló en Ginebra, Suiza el 15 de noviembre de 1920. En esa ciudad tuvo su sede. ¿Por qué fracasó esa organización? Los motivos de su fracaso las exponen así en Wikipedia: el senado de los Estados Unidos negó la aprobación d el tratado, de manera que quedó por fuera de la Sociedad de las naciones una de las potencias mundiales. Parece increíble, porque fue el presidente Wilson, de los Estados Unidos, quien propuso la creación  de ese organismo. Por lo visto no contaba con el apoyo de su propio congreso. Wilson era un pacifista. Vale la pena decir algo más sobre ese personaje, el presidente Wilson, quien ocupó la presidencia de los EE.UU. por segunda vez hace 100 años, para que comprendamos mejor el contexto en que Pío XII gobernaba la Iglesia al final de la segunda guerra. Ahora era el Papa quien exponía la necesidad de un organismo internacional para evitar otra guerra.

 En comentario sobre una biografía del presidente Wilson, el profesor Nicholas Cafardi escribe que Wilson fue un fuerte amigo de la neutralidad y que en la campaña por su reelección adoptó como lema la frase  “He kept us out of war”. “Él nos mantuvo fuera de la guerra”;  sin embargo a menos de un  mes de la posesión para su segundo mandato, después de que el Imperio Alemán había hundido más buques norteamericanos, Wilson  no encontró otra solución que la guerra; fue al Congreso y pidió autorización para declararla. Fue una terrible decisión personal, que lo afectó mucho. Su biógrafo asegura que su predilección era la paz y que después de pronunciar el discurso en el que anunció al país la guerra, lloró a su regreso a la Casa Blanca. Poco tiempo después Wilson sufrió un derrame cerebral que adjudican a su estrés por su fracaso. Preguntábamos por qué fracasó la Sociedad de las naciones, además de la ausencia de una potencia como los EE.UU. Veamos:

Se excluyó de la sociedad a Alemania y a Turquía, países derrotados en la guerra. Durante varios años se excluyó también a la Unión Soviética que finalmente se aceptó en 1930. Se cometieron abusos sin que la Sociedad de las naciones adoptara una posición firme ante esos hechos: por ejemplo Francia ocupó la región alemana del Ruhr para exigir reparaciones de guerra; el Japón invadió parte de Manchuria en 1931. Alemania había sido admitida en 1926, pero ya en 1933 ascendió al poder el nazismo y se retiró de la Sociedad de las naciones.

Otras acciones como la invasión de Abisinia por  la Italia fascista  en 1935 mostraron que la Sociedad de las naciones carecía de la autoridad necesaria para impedir las acciones agresivas de sus miembros. Aunque la sociedad aprobó sanciones económicas contra Italia, muchos países no las apoyaron y así fueron inútiles. Uno puede ver con preocupación que en nuestros días,  la ONU, que reemplazó a la Sociedad de las naciones, también ha resultado ineficaz en casos como el de Siria, el conflicto árabe israelí, las pretensiones de Rusia de parte del territorio de Ucrania, y otros…

A este propósito, es conveniente tener en cuenta lo que dijo el Secretario de Estado del Papa Francisco sobre la necesidad de reformar a la ONU. El secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin, considera necesaria una reforma de la ONU para que sea una organización “fuerte pero democrática”, que no concentre “su poder en manos de unos pocos países” y mantenga “la paz en el mundo”.

“La ONU es un organismo meritorio y, a pesar de sus limitaciones, es mejor que exista a que no”, afirma Parolin en una entrevista difundida hoy por “L’Osservatore Romano”, diario oficial del Vaticano, y extractada del libro inédito “El Papa de la paz. La herencia de los Santos (Angelo Giuseppe) Roncalli y (Karol) Wojtyla para el papa Francisco”, de Nina Fabrizio y Fausto Gasparrone.

Reflexión 283 Pío XII Doctrina Social abril 3 2014

 

Circunstancias del mensaje pontificio de diciembre de 1944

 

Vamos a continuar estudiando los aportes del papa Pío XII a la DSI. En el programa pasado nos referimos a su mensaje de navidad del 24 de diciembre de 1943. Fue un mensaje en estilo de homilía, en el cual consolaba a los que habían sufrido los horrores de la guerra y  las consecuencias de esos horrores  en su vida personal y familiar.

Hoy nos vamos a dedicar al mensaje de diciembre de 1944. Dijimos la semana pasada que cuando Pío XII dirigió el mensaje de la navidad de 1943, la segunda guerra mundial había tomado un camino que la acercaba a Roma. Los aliados invadían  Italia, Mussolini había sido depuesto, pero Hitler, en un golpe de mano en los que era especialista el oficial comando Otto Skorzeni, de las SS, en septiembre de 1943 liberó al dictador italiano y lo trasladó a Alemania.  Sin embargo, la guerra parecía que no estaba lejos de su fin y que los aliados serían los triunfantes.

Sin duda pensando en la paz que se aproximaba, el tema escogido  por Pío XII para su mensaje en la  Navidad de 1944 fue el de las condiciones morales en los ciudadanos y en los que detectan el poder, para una sana democracia y la organización internacional con vistas a la paz.

En 1944 los ejércitos seguían entregados a una lucha feroz; las tropas alemanas incitadas por Hitler a luchar hasta el último hombre, eran sacrificadas inútilmente. En 1944, Francia fue liberada. Lo soldados alemanes que habían desfilado victoriosos por los campos elíseos, en París, tuvieron que salir  prisioneros, con los brazos en alto.

 Al comienzo de su mensaje se refirió Pío XII a estas circunstancias, lo mismo que a las reuniones de los jefes de estado de los aliados, que habían ido definiendo el nuevo mapa de Europa, acomodado a sus reclamaciones de territorios. Se reunieron en Teherán en 1943 y en 1944 en Yalta, en el Mar Negro, en territorio de la Unión Soviética. Esta última fue una reunión difícil; el presidente Roosevelt había hecho ese largo viaje a pesar de su precario estado de salud. Y parece que ese estado de salud había de veras minado el ánimo del presidente estadounidense, pues según historiadores creyó que Stalin era un verdadero demócrata (Cf Raymond Cartier, La Segunda guerra mundial).  El fuerte fue Churchill, pero Stalin estaba en su territorio y parece que se salió con sus pretensiones. Churchill no solo vio las ruinas de las ciudades arrasadas, sino, como dice el historiador francés Cartier, Churchill, como verdadero hombre de estado, vio las ruinas políticas, que tras el silencio del cañón, harían un vacío de Europa. Y recordemos que el presidente Roosevelt moriría antes del fin de la guerra.

 

Mensaje de Pío XII

 

Oigamos  la introducción del mensaje de navidad de Pío XII: el 24 de diciembre de 1944:

«Benignitas et humanitas apparuit Salvatoris nostri Dei» (Apareció la benignidad y humanidad de Dios nuestro salvador. (Tt 3, 4). Por sexta vez, desde el comienzo de la horrible guerra, la santa liturgia de Navidad saluda con estas palabras, que exhalan serena paz, la venida entre nosotros del Dios Salvador. La humilde y pobre cuna de Belén atrae, con aliciente inefable, la atención de todos los creyentes.

Hasta lo más profundo de los corazones, entenebrecidos, afligidos y abatidos / baja un torrente de luz y de alegría, invadiéndolos completamente. Vuelven a alzarse serenas las frentes inclinadas, porque Navidad es la fiesta de la dignidad humana, la fiesta del «admirable intercambio, por el cual el Creador del género humano, tomando un cuerpo vivo, se dignó nacer de la Virgen y con su venida nos donó su divinidad» (Ant. 1 in 1 Vesp. in Circumc. Dom.).

Pero nuestros ojos vuelan espontáneamente desde el esplendoroso Niño del portal al mundo que nos rodea, y la dolorida exclamación del Evangelista Juan sube a nuestros labios: «Lux in tenebris lucet et tenebrae eam non comprehenderunt » (Jn 1, 5): la luz resplandece en medio de las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.

Porque desgraciadamente también esta sexta vez la aurora de la Navidad se alza sobre campos de batalla cada vez más dilatados, sobre cementerios en donde se acumulan cada día más numerosos los despojos de las víctimas, sobre tierras desiertas en donde escasas torres vacilantes señalan con su silenciosa tristeza las ruinas de ciudades antes prósperas y florecientes y donde campanas derribadas o arrebatadas ya no despiertan a los habitantes con su alegre canto de Navidad. Son otros tantos testigos mudos, que denuncian esta mancha de la historia de la humanidad, que, voluntariamente ciega ante la claridad de Aquel que es esplendor y luz del Padre, voluntariamente alejada de Jesucristo, ha descendido y ha caído en la ruina y en la abdicación de su propia dignidad. Hasta la pequeña lámpara se ha apagado en muchos majestuosos templos, en muchas modestas capillas, donde, junto al Sagrario, había sido compañera en las vigilias del Huésped divino, mientras que el mundo dormía. ¡Qué desolación, que contraste! ¿No habría, pues, esperanza para la humanidad?

 

Una aurora de esperanza en medio de la oscuridad de la guerra

 

A la desgarradora pregunta, de si no habría esperanza para la humanidad, la Navidad llevó a Pío XII a mirar a la luz de Cristo que iluminaba la oscuridad en que se envolvía el mundo en guerra, y continuó así su mensaje:

¡Bendito sea el Señor! Una aurora de esperanza se eleva de los lúgubres gemidos del dolor, del seno mismo de la angustia desgarradora de los individuos y de los pueblos oprimidos. Una idea, una voluntad cada día más clara y firme surge en una falange, cada vez mayor, de nobles espíritus: hacer de esta guerra mundial, de este universal desbarajuste / el punto de partida de una era nueva, para la renovación profunda, la reordenación total del mundo. De esta manera, mientras siguen afanándose los ejércitos en luchas homicidas, con medios de combate cada día más crueles, los hombres de gobierno, representantes responsables de las naciones, se reúnen en coloquios y en conferencias, para determinar los derechos y los deberes fundamentales sobre los que se debería reedificar una unión de los Estados, para trazar el camino hacia un porvenir mejor, más seguro, más digno de la humanidad.

¡Extraña antítesis, la coincidencia de una guerra, cuya rudeza tiende a llegar al paroxismo, con el notable progreso de las aspiraciones y de los propósitos hacia el acuerdo para una paz sólida y duradera! Sin duda ninguna que se podrá discutir el valor, la posibilidad de aplicación, la eficacia de una o de otra propuesta; bien podría quedar en suspenso el juicio sobre ellas; pero siempre será verdad que el movimiento avanza.

No se conocían todavía los resultados de las conversaciones de las naciones vencedoras, pero Pío XII aparecía optimista y expresaba la necesidad de unas bases firmes para una democracia sana. Decía eso el papa, porque las intenciones de Stalin no las reconoció al principio ni siquiera una persona tan conocedora de la política internacional como el presidente Roosevelt, y el electorado inglés daría pronto la espalda a Churchill, quien  condujo a Inglaterra a la victoria, enseñándole a luchar en medio de sangre, sudor y lágrimas, como lo repetía en sus discursos.

 

La democracia y los derechos de los ciudadanos

 

Pío XII en la primera parte de su mensaje de navidad expuso su pensamiento sobre la democracia, que consideraba un derecho de los ciudadanos de hacerse escuchar y previno sobre el peligro de caer en el absolutismo.

Esto dijo el papa Pío XII:

(…) los pueblos, al siniestro resplandor de la guerra que les rodea, en medio del ardoroso fuego de los hornos que les aprisionan, se han como despertado de un prolongado letargo. Ante el Estado, ante los gobernantes han adoptado una actitud nueva, interrogativa, crítica, desconfiada. Adoctrinados por una amarga experiencia se oponen con mayor ímpetu a los monopolios de un poder dictatorial, incontrolable e intangible, y exigen un sistema de gobierno, que sea más compatible con la dignidad y con la libertad de los ciudadanos.

Estas multitudes, inquietas, trastornadas por la guerra hasta las capas más profundas, están hoy día penetradas por la persuasión —al principio tal vez vaga y confusa, pero ahora ya incoercible— de que, si no hubiera faltado la posibilidad de sindicar (denunciar) y corregir la actividad de los poderes públicos, el mundo no habría sido arrastrado por el torbellino desastroso de la guerra y de que, para evitar en adelante la repetición de semejante catástrofe, es necesario crear en el pueblo mismo eficaces garantías.

Siendo tal la disposición de los ánimos, ¿hay acaso que maravillarse de que la tendencia democrática inunde los pueblos y obtenga fácilmente la aprobación y el asenso de los que aspiran a colaborar más eficazmente en los destinos de los individuos y de la sociedad?

Apenas es necesario recordar que, según las enseñanzas de la Iglesia, «no está prohibido el preferir gobiernos moderados de forma popular, salva con todo la doctrina católica acerca del origen y el ejercicio del poder público», y que «la Iglesia no reprueba ninguna de las varias formas de gobierno, con tal de que se adapten por sí mismas a procurar el bien de los ciudadanos » (León XIII Encycl. «Libertas», 20 de junio de 1888, in fin.).

 

Dignidad del se humano no solo individualmente considerado

 

Der manera que Pío XII estaba seguro de que gobiernos democráticos no arrojarían a sus pueblos a los horrores de otra guerra. A continuación el Papa Pío Pío XII se refirió al ser humano que debe ser el agente, fundamento y fin de la vida social. Recordemos que la dignidad del ser humano era pensamiento central en la doctrina social de Pío XII. Estas fueron sus palabras:

Si, pues, en esta solemnidad, que conmemora al mismo tiempo la benignidad del Verbo encarnado y la dignidad del hombre (dignidad entendida no sólo bajo el aspecto personal, sino también en la vida social), Nos dirigimos nuestra atención al problema de la democracia, para examinar según qué normas debe ser regulada para que se pueda llamar una verdadera y sana democracia, acomodada a las circunstancias de la hora presente; esto indica claramente que el cuidado y la solicitud de la Iglesia se dirige no tanto a su estructura y organización exterior —que dependen de las aspiraciones propias de cada pueblo—, cuanto al hombre como tal que, lejos de ser el objeto y como elemento pasivo de la vida social, es por el contrario, y debe ser y seguir siendo, su agente, su fundamento y su fin.

Supuesto que la democracia, entendida en sentido amplio, admite diversidad de formas y puede tener lugar tanto en las monarquías como en las repúblicas, dos cuestiones se presentan a nuestro examen: 1º) ¿Qué caracteres deben distinguir a los hombres, que viven en la democracia y bajo un régimen democrático? 2º) ¿Qué caracteres deben distinguir a los hombres, que en la democracia ejercitan el poder público?

Si nos preguntamos qué opina la DSI sobre la democracia, en este mensaje de Pío XII tenemos una fuente confiable. Sobre los caracteres propios de los ciudadanos en el régimen democrático, dijo Pío XII:

Manifestar su parecer sobre los deberes y los sacrificios que se le imponen; no verse obligado a obedecer sin haber sido oído: he ahí dos derechos del ciudadano que encuentran en la democracia, como lo indica su mismo nombre, su expresión. Por la solidez, armonía y buenos frutos de este contacto entre los ciudadanos y el gobierno del Estado se puede reconocer si una democracia es verdaderamente sana y equilibrada, y cuál es su fuerza de vida y de desarrollo. Además, por lo que se refiere a la extensión y naturaleza de los sacrificios pedidos a todos los ciudadanos —en nuestra época, cuando es tan vasta y decisiva la actividad del Estado—, la forma democrática de gobierno se presenta a muchos como postulado natural impuesto por la razón misma. Pero cuando se reclama «más democracia y mejor democracia», una tal exigencia no puede tener otra significación que la de poner al ciudadano cada vez más en condición de tener opinión personal propia, y de manifestarla y hacerla valer de manera conveniente para el bien común.

 

El estado es y debe ser la unidad orgánica y organizadora de un verdadero pueblo

 

No hay duda de que estos derechos del ciudadano de tener su propia opinión y de ser escuchado, se derivan de su dignidad de ser humano y de su libertad. Luego, nos explica Pío XII, la diferencia entre pueblo y masa, como consecuencia de los derechos de los ciudadanos. Oigámoslo, que es muy claro. Dijo:

De esto se deduce una primera conclusión necesaria con su consecuencia práctica. El Estado no contiene en sí ni reúne mecánicamente en determinado territorio una aglomeración amorfa de individuos. Es y debe ser en realidad la unidad orgánica y organizadora de un verdadero pueblo.

Pueblo y multitud amorfa o, como se suele decir, «masa» son dos conceptos diversos. El pueblo vive y se mueve con vida propia; la masa es por sí misma inerte, y no puede recibir movimiento sino de fuera. El pueblo vive de la plenitud de la vida de los hombres que la componen, cada uno de los cuales —en su propio puesto y a su manera— es persona consciente de sus propias responsabilidades y de sus convicciones propias. La masa, por el contrario, espera el impulso de fuera, juguete fácil en las manos de un cualquiera que explota sus instintos o impresiones, dispuesta a seguir, cada vez una, hoy esta, mañana aquella otra bandera. De la exuberancia de vida de un pueblo verdadero, la vida se difunde abundante y rica en el Estado y en todos sus órganos, infundiendo en ellos con vigor, que se renueva incesantemente, la conciencia de la propia responsabilidad, el verdadero sentimiento del bien común. De la fuerza elemental de la masa, hábilmente manejada y usada, puede también servirse el Estado: en las manos ambiciosas de uno solo o de muchos agrupados artificialmente por tendencias egoístas, puede el mismo Estado, con el apoyo de la masa reducida a no ser más que una simple máquina, imponer su arbitrio a la parte mejor del verdadero pueblo: así el interés común queda gravemente herido y por mucho tiempo, y la herida es muchas veces difícilmente curable.

Con lo dicho aparece clara otra conclusión: la masa —como Nos la acabamos de definir— es la enemiga capital de la verdadera democracia y de su ideal de libertad y de igualdad.

En un pueblo digno de tal nombre, el ciudadano siente en sí mismo la conciencia de su personalidad, de sus deberes y de sus derechos, de su libertad unida al respeto de la libertad y de la dignidad de los demás. En un pueblo digno de tal nombre, todas las desigualdades que proceden no del arbitrio sino de la naturaleza misma de las cosas, desigualdades de cultura, de bienes, de posición social —sin menoscabo, por supuesto, de la justicia y de la caridad mutua—, no son de ninguna manera obstáculo a la existencia y al predominio de un auténtico espíritu de comunidad y de fraternidad. Más aún, esas desigualdades, lejos de lesionar en manera alguna la igualdad civil, le dan su significado legítimo, es decir, que ante el Estado cada uno tiene el derecho de vivir honradamente su existencia personal, en el puesto y en las condiciones en que los designios y la disposición de la Providencia lo han colocado.

Como antítesis de este cuadro del ideal democrático de libertad y de igualdad en un pueblo gobernado por manos honestas y próvidas, ¡que espectáculo presenta un Estado democrático dejado al arbitrio de la masa! La libertad, de deber moral de la persona se transforma en pretensión tiránica de desahogar libremente los impulsos y apetitos humanos con daño de los demás. La igualdad degenera en nivelación mecánica, en uniformidad monocroma: sentimiento del verdadero honor, actividad personal, respeto de la tradición, dignidad, en una palabra, todo lo que da a la vida su valor, poco a poco se hunde y desaparece. Y únicamente sobreviven, por una parte, las victimas engañadas por la fascinación aparatosa de la democracia, fascinación que se confunde ingenuamente con el espíritu mismo de la democracia, con la libertad e igualdad, y por otra, los explotadores más o menos numerosos que han sabido, mediante la fuerza del dinero o de la organización, asegurarse sobre los demás una posición privilegiada y aun el mismo poder.

La semana entrante continuaremos con el estudio del mensaje de Pío XII en la navidad de 1944. Después de exponernos los requisitos para una sana democracia de parte de los ciudadanos, veremos los requisitos de parte de los gobernantes para que pueda existir una sana democracia.

Reflexión 284 Pío XII Doctrina Social abril 24 2014

Repaso de la alocución de Navidad 1944

 

En nuestro estudio de la DSI en los documentos del papa Pío XII, estudiamos en el programa pasado el mensaje del santo padre en la navidad de 1944. El Papa Pío XII se dirigió al mundo cuando podía vislumbrar el comienzo del final de la segunda guerra mundial. Los jefes de estado de los países aliados habían tenido más de una reunión, para discutir la situación de la posguerra. Pío XII expuso en su mensaje la necesidad de sentar las bases de una sana democracia.

La alegría de la navidad sirvió de marco para reflexionar en medio de los horrores de la guerra, las ruinas de las ciudades y pueblos, en donde las torres derribadas de las iglesias eran testigos mudos de la que el papa llamó mancha de la historia de la humanidad, que, voluntariamente ciega ante la claridad de Aquel que es esplendor y luz del Padre, voluntariamente alejada de Jesucristo, ha descendido y ha caído en la ruina y en la abdicación de su propia dignidad.  Ante esa desolación causada por la guerra, Pío XII se preguntó si no habría esperanza para la humanidad, y respondió con la ilusión que despertaba la navidad, de una legión de personas de buena voluntad que querían hacer del fin de esa guerra el punto de partida de una era nueva, en la cual se debería trazar el camino hacia un porvenir mejor y más digno para la humanidad.

Pío XII veía en una democracia sana, una esperanzadora garantía para la construcción de la paz en el mundo de la posguerra;   confiaba también en que la democracia ayudaría a prevenir que  se volviera a caer en el absolutismo. La Alemania nazi y los sufrimientos de la población de la Unión Soviética habían sido consecuencias de decisiones de gobernantes absolutistas como lo fueron Hitler y Stalin.

Para Pío XII las bases de la democracia consisten en el derecho de los ciudadanos de hacerse escuchar. El derecho de los ciudadanos a hacerse escuchar está fundado en su dignidad de seres humanos. Fue claro Pío XII en cuanto a los derechos de los ciudadanos en la democracia: tener el derecho de manifestar su parecer sobre los deberes y sacrificios que se le imponen; no verse obligados a obedecer sin haber sido oídos. Pío XII dice que se reconoce una democracia sana y equilibrada, en la solidez y armonía entre los ciudadanos y el gobierno.

 

Diferencia entre masa y pueblo

 

Vimos también que para Pío XII la enemiga capital de la verdadera democracia y de su ideal de libertad y de igualdad es la masa, que el papa describe como esa aglomeración amorfa de individuos que no tiene vida propia sino que es llevada y traída por fuerzas externas. De esa masa Pío XII dice que es juguete fácil en manos de cualquiera que explota sus instintos y está dispuesta a seguir hoy una bandera y mañana otra. El pueblo a diferencia de la masa, es consciente de sus propias responsabilidades y tiene sus propias convicciones.

En palabras textuales de Pío XII,  así describe al pueblo, a diferencia de la masa: En un pueblo digno de tal nombre, el ciudadano siente en sí mismo la conciencia de su personalidad, de sus deberes y de sus derechos, de su libertad unida al respeto de la libertad y de la dignidad de los demás.

Después de exponer los requisitos de parte de los ciudadanos para una sana democracia, que se pueden resumir en su derecho a hacerse oír y manifestar su parecer sobre los sacrificios y deberes que se le imponen, Pío XII expuso los requisitos de parte de los gobernantes.

 

¿Es necesaria la autoridad? ¿Cuál es su origen?

 

De ellos dijo el papa que es necesaria la autoridad, que tiene su fundamento en Dios; expuso el papel del órgano legislativo y previno sobre el peligro de que la democracia derive en el absolutismo. Esto se encuentra en el mensaje de Navidad de 1944 de los números 20 a 30. Veamos el texto mismo de la alocución:

El Estado democrático, monárquico o republicano, como cualquier otra forma de gobierno, debe estar investido con el poder de mandar con autoridad verdadera y efectiva. El orden mismo absoluto de los seres y de los fines, que presenta al hombre como persona autónoma, es decir, como sujeto de deberes y de derechos inviolables, raíz y término de su vida social, abraza igualmente al Estado como sociedad necesaria, revestida de la autoridad, sin la cual no podría ni existir ni vivir. Porque si los hombres, valiéndose de su libertad personal, negasen toda dependencia de una autoridad superior provista del derecho de coacción, por el mismo hecho socavarían el fundamento de su propia dignidad y libertad, o lo que es lo mismo, aquel orden absoluto de los seres y de los fines.

Establecidos, sobre esta base común, la persona, el Estado y el poder público, con sus respectivos derechos, están tan unidos o conexos, que o se sostienen o se destruyen juntamente.

Como vemos, un estado puede ser democrático siendo república o en un régimen monárquico. Eso lo vemos hoy posible en las pocas monarquías que quedan y que no son gobiernos despóticos sino democráticos como Inglaterra, España, Suecia, Holanda, para nombrar algunos países. El Papa defiende la necesidad de la autoridad legítima, que haga respetar los derechos y exija el cumplimiento de sus deberes a los ciudadanos. Y veamos lo que Pío XII nos enseña sobre el fundamento en Dios de la autoridad legítima:

Y puesto que aquel orden absoluto, a la luz de la sana razón, y especialmente a la luz de la fe cristiana, no puede tener otro origen que un Dios personal, Criador nuestro, se sigue que la dignidad del hombre es la dignidad de la imagen de Dios, la dignidad del Estado es la dignidad de la comunidad moral que Dios ha querido, y que la dignidad de la autoridad política es la dignidad de su participación de la autoridad de Dios.

Es claro que Dios es origen de la dignidad del ser humano, de la dignidad del Estado y de la autoridad. Sin embargo en nuestros días, se rechaza a Dios que es fundamento de la dignidad de la persona, del Estado y de la autoridad.

Ninguna forma de Estado puede dejar de tener cuenta de esta conexión intima e indisoluble; y mucho menos la democracia. Por consiguiente, si quien ejercita el poder público no la ve o más o menos la descuida, remueve en sus mismas bases su propia autoridad. Igualmente, si no da la debida importancia a esta relación y no ve en su cargo la misión de actuar el orden establecido por Dios, surgirá el peligro de que el egoísmo del dominio o de los intereses prevalezca sobre las exigencias esenciales de la moral política y social y de que las vanas apariencias de una democracia de pura fórmula sirvan no pocas veces para enmascarar lo que es en realidad lo menos democrático.

 

¿Qué clase de sociedad quiere Dios?

 

Y así continuó Pío XII su explicación sobre un régimen democrático, en el cual los fines que Dios se ha propuesto para la sociedad deben ser entendidos y respetados por los gobernantes:

Únicamente la clara inteligencia de los fines señalados por Dios a todas las sociedades humanas, unida al sentimiento profundo de los deberes sublimes de la labor social, puede poner a los que se les ha confiado el poder, en condición de cumplir sus propias obligaciones de orden legislativo, judicial o ejecutivo, con aquella conciencia de la propia responsabilidad, con aquella generosidad, con aquella incorruptibilidad, sin las que un gobierno democrático difícilmente lograría obtener el respeto, la confianza y la adhesión de la parte mejor del pueblo.

Yo me pregunto si nuestros gobernantes, legisladores y jueces por  lo menos se han preguntado alguna vez, cuáles son los fines señalados por Dios a todas las sociedades humanas y cuál debe ser su  papel como gobernantes, legisladores y jueces para que esos fines sean realidad en la sociedad de la cual ellos son responsables.

El profundo sentimiento de los principios de un orden político y social sano y conforme a las normas del derecho y de la justicia, es de particular importancia en quienes, sea cual fuere la forma de régimen democrático, ejecutan, como representantes del pueblo, en todo o en parte, el poder legislativo. Y ya que el centro de gravedad de una democracia normalmente constituida reside en esta representación popular, de la que irradian las corrientes políticas a todos los campos de la vida pública —tanto para el bien como para el mal—, la cuestión de la elevación moral, de la idoneidad práctica, de la capacidad intelectual de los designados para el parlamento, es para cualquier pueblo de régimen democrático, cuestión de vida o muerte, de prosperidad o de decadencia, de saneamiento o de perpetuo malestar.

Calidad de los legisladores que elijamos

 

Oigamos lo que la DSI enseña sobre la calidad que deben tener los legisladores, es decir, el Congreso, que en una democracia elegimos los ciudadanos. Nuestra responsabilidad en la clase de personas que llevamos al Congreso es grande. No podemos obrar con ligereza. Dijo Pío XII:

Para llevar a cabo una acción fecunda, para obtener la estima y la confianza, todo cuerpo legislativo —la experiencia lo demuestra indudablemente— debe recoger en su seno una selección de hombres espiritualmente eminentes y de carácter firme, que se consideren como los representantes de todo el pueblo y no ya como los mandatarios de una muchedumbre, a cuyos intereses particulares muchas veces, por desgracia, se sacrifican las reales necesidades y exigencias del bien común. Una selección de hombres no limitada a una profesión o a una condición determinada, sino imagen de la múltiple vida de todo el pueblo. Una selección de hombres de sólidas convicciones cristianas, de juicio justo y seguro, de sentido práctico y ecuánime, coherente consigo mismo en todas las circunstancias; hombres de doctrina clara y sana, de designios firmes y rectilíneos; hombres, sobre todo, capaces, en virtud de la autoridad que emana de su conciencia pura y ampliamente se irradia y se extiende en su derredor, de ser guías y dirigentes, sobre todo en tiempos en que urgentes necesidades sobreexcitan la impresionabilidad del pueblo, y lo hacen propenso a la desorientación y extravío; hombres que en los periodos de transición, atormentados generalmente y lacerados por las pasiones, por opiniones divergentes y por opuestos programas, se sienten doblemente obligados a hacer circular por las venas del pueblo y del Estado, quemadas por mil fiebres, el antídoto espiritual de las visiones claras, de la bondad solícita, de la justicia que favorece a todos igualmente, y la tendencia de la voluntad hacia la unión y la concordia nacional en un espíritu de sincera fraternidad.

Los pueblos cuyo temperamento espiritual y moral es suficientemente sano y fecundo, encuentran en sí mismos y pueden dar al mundo los heraldos y los instrumentos de la democracia que viven con aquellas disposiciones y las saben de hecho llevar a la práctica. En cambio, donde faltan semejantes hombres, vienen otros a ocupar su puesto para convertir la actividad política en campo de su ambición y afán de aumentar sus propias ganancias, las de su casta y clase, mientras la búsqueda de los intereses particulares hace perder de vista y pone en peligro el verdadero bien común.

 

Peligro del absolutismo

 

Sobre el peligro de que la democracia derive hacia el absolutismo previno así Pío XII en su alocución del 24 de diciembre de 1944:

Una sana democracia fundada sobre los principios inmutables de la ley natural y de la verdad revelada, será resueltamente contraria a aquella corrupción que atribuye a la legislación del Estado un poder sin frenos y sin límites, y que hace también del régimen democrático, a pesar de las apariencias contrarias, pero vanas, puro y simple sistema de absolutismo.

El absolutismo de Estado (no hay que confundir este absolutismo con la monarquía absoluta de la que ahora no hablamos) consiste de hecho en el principio erróneo que la autoridad del Estado es ilimitada, y que frente a ella —aun cuando da rienda suelta a sus miras despóticas, traspasando los límites del bien y del mal— no cabe apelación alguna a una ley superior que obliga moralmente.

A un hombre posesionado de ideas rectas sobre el Estado y la autoridad y el poder de que está revestido, en cuanto que es custodio del orden social, jamás se le ocurrirá ofender la majestad de la ley positiva dentro de los límites de sus naturales atribuciones. Pero esta majestad del derecho positivo humano es inapelable únicamente cuando se conforma —o al menos no se opone— al orden absoluto, establecido por el Criador, y presentado con nueva luz por la revelación del Evangelio. Y esa majestad no puede subsistir sino en cuanto respeta el fundamento sobre el cual se apoya la persona humana, no menos que el Estado y el poder público. Este es el criterio fundamental de toda forma de gobierno sana y aun de la democracia, criterio con el cual se debe juzgar el valor moral de todas las leyes particulares.

Vemos que la doctrina social se refiere a la organización política de la sociedad y no solo a los deberes sociales de los particulares. Por eso la Iglesia tiene no solo el derecho sino la obligación de exponer el punto de vista de la fe católica en temas que algunos creen equivocadamente que son vedados a la Iglesia. La Iglesia no debe intervenir en política partidista, pero sí debe hacerlo en política, cuando se entiende como política la organización y administración de la sociedad, de acuerdo con el bien común y que tiene unos fines establecidos por el mismo Dios.

 

Necesidad de un organismo internacional para evitar la guerra

 

En la siguiente parte de su mensaje del 24 de diciembre de 1944, Pío XII se refirió a las consecuencias de la democracia para la paz internacional. Esto se encuentra desde el N° 31 hasta el 41 del discurso. Se refiere primero a la unidad del género humano y las exigencias morales que se deducen de esa unidad: necesidad de un organismo internacional para resolver los conflictos y que aproveche la experiencia de la fracasada Sociedad de las naciones, y  el rechazo a la guerra de agresión.

Recordemos qué fue eso de la Sociedad de las naciones. Cuando terminó la primera guerra mundial, el presidente Woodrow Wilson, de los Estados Unidos, propuso que para superar los efectos de la guerra y conseguir una paz duradera, era conveniente fundar un organismo a través del cual las naciones pudieran resolver sus disputas por medios pacíficos y evitar así una nueva guerra. La exposición de motivos del Pacto de la Sociedad de Naciones fue la siguiente:

Las Altas Partes contratantes: considerando que para fomentar la cooperación entre las naciones y para garantizar la paz y la seguridad, importa: aceptar ciertos compromisos de no recurrir a la guerra; mantener a la luz del día relaciones internacionales, fundadas sobre la justicia y el honor; observar rigurosamente las prescripciones del Derecho internacional, reconocidas de aquí en adelante como regla de conducta efectiva de los Gobiernos; hacer que reine la justicia y respetar escrupulosamente todas las obligaciones de los Tratados en las relaciones mutuas de los pueblos organizados; Adoptan el presente Pacto.

La Sociedad de las naciones se instaló en Ginebra, Suiza el 15 de noviembre de 1920. En esa ciudad tuvo su sede. ¿Por qué fracasó esa organización? Los motivos de su fracaso las exponen así en Wikipedia: el senado de los Estados Unidos negó la aprobación d el tratado, de manera que quedó por fuera de la Sociedad de las naciones una de las potencias mundiales. Parece increíble, porque fue el presidente Wilson, de los Estados Unidos, quien propuso la creación  de ese organismo. Por lo visto no contaba con el apoyo de su propio congreso. Wilson era un pacifista. Vale la pena decir algo más sobre ese personaje, el presidente Wilson, quien ocupó la presidencia de los EE.UU. por segunda vez hace 100 años, para que comprendamos mejor el contexto en que Pío XII gobernaba la Iglesia al final de la segunda guerra. Ahora era el Papa quien exponía la necesidad de un organismo internacional para evitar otra guerra.

 En comentario sobre una biografía del presidente Wilson, el profesor Nicholas Cafardi escribe que Wilson fue un fuerte amigo de la neutralidad y que en la campaña por su reelección adoptó como lema la frase  “He kept us out of war”. “Él nos mantuvo fuera de la guerra”;  sin embargo a menos de un  mes de la posesión para su segundo mandato, después de que el Imperio Alemán había hundido más buques norteamericanos, Wilson  no encontró otra solución que la guerra; fue al Congreso y pidió autorización para declararla. Fue una terrible decisión personal, que lo afectó mucho. Su biógrafo asegura que su predilección era la paz y que después de pronunciar el discurso en el que anunció al país la guerra, lloró a su regreso a la Casa Blanca. Poco tiempo después Wilson sufrió un derrame cerebral que adjudican a su estrés por su fracaso. Preguntábamos por qué fracasó la Sociedad de las naciones, además de la ausencia de una potencia como los EE.UU. Veamos:

Se excluyó de la sociedad a Alemania y a Turquía, países derrotados en la guerra. Durante varios años se excluyó también a la Unión Soviética que finalmente se aceptó en 1930. Se cometieron abusos sin que la Sociedad de las naciones adoptara una posición firme ante esos hechos: por ejemplo Francia ocupó la región alemana del Ruhr para exigir reparaciones de guerra; el Japón invadió parte de Manchuria en 1931. Alemania había sido admitida en 1926, pero ya en 1933 ascendió al poder el nazismo y se retiró de la Sociedad de las naciones.

Otras acciones como la invasión de Abisinia por  la Italia fascista  en 1935 mostraron que la Sociedad de las naciones carecía de la autoridad necesaria para impedir las acciones agresivas de sus miembros. Aunque la sociedad aprobó sanciones económicas contra Italia, muchos países no las apoyaron y así fueron inútiles. Uno puede ver con preocupación que en nuestros días,  la ONU, que reemplazó a la Sociedad de las naciones, también ha resultado ineficaz en casos como el de Siria, el conflicto árabe israelí, las pretensiones de Rusia de parte del territorio de Ucrania, y otros…

A este propósito, es conveniente tener en cuenta lo que dijo el Secretario de Estado del Papa Francisco sobre la necesidad de reformar a la ONU. El secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin, considera necesaria una reforma de la ONU para que sea una organización “fuerte pero democrática”, que no concentre “su poder en manos de unos pocos países” y mantenga “la paz en el mundo”.

“La ONU es un organismo meritorio y, a pesar de sus limitaciones, es mejor que exista a que no”, afirma Parolin en una entrevista difundida hoy por “L’Osservatore Romano”, diario oficial del Vaticano, y extractada del libro inédito “El Papa de la paz. La herencia de los Santos (Angelo Giuseppe) Roncalli y (Karol) Wojtyla para el papa Francisco”, de Nina Fabrizio y Fausto Gasparrone.

Reflexión 282 Pío XII Doctrina Social marzo 27 2014

El orden interno de los Estados como Dios lo quiere

 

Continuamos el estudio de los aspectos de la DSI expuestos por el papa Pío XII en sus mensajes en tiempos de la segunda guerra mundial. Hace una semana recorrimos el mensaje de Pío XII en la navidad de 1942, que tuvo como tema central los Fundamentos del orden interno de los Estados. Vimos que esos fundamentos, en palabras de Pío XII, son la dignidad de la persona humana, la defensa de la unidad social y de la familia, la dignidad del trabajo, la restauración del orden jurídico y la concepción cristiana del Estado.

Es interesante observar que uno de los fundamentos del orden interno de los estados, como lo expuso Pío XII, es un orden jurídico que esté de acuerdo con la concepción cristiana del Estado. La Iglesia no pretende que se instaure un estado confesional, porque se debe respetar la libertad de todos los ciudadanos que en una democracia tienen derecho a acceder al gobierno y no solo los cristianos. Las consecuencias de los estados confesionales modernos las vemos hoy en los países gobernados por el islamismo; en algunos de ellos no se respetan los derechos de los no pertenecientes a esa religión y se  restringe su libertad religiosa.

El pensamiento expuesto por Pío XII, que nos enseña que uno de los fundamentos del orden interno de los estados es un orden jurídico que esté de acuerdo con la concepción cristiana del estado, se ha seguido desarrollando por sucesores suyos y por el Concilio Vaticano II.

En Colombia la Constitución de 1991 no reconoce a la religión católica como la religión del Estado. La Iglesia no pretende que se le reconozca su papel como el de la religión del Estado, sino que defiende su derecho de ser una Iglesia libre en un estado libre. ( Cf Cardenal Ratziger, en el libro La sal de la tierra,  Iglesia, Estado y Sociedad, Pg 258ss). Sin embargo, esa posición jurídica no exime a los católicos que intervienen en cargos del estado, de tomar decisiones que ordenen la sociedad al verdadero bien del hombre, como dice Christifideles laici, el documento de Juan Pablo II sobre los laicos católicos (N° 14), o como dice el documento del Concilio Vaticano II Lumen gentium, Luz de los pueblos, en el número 36: A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena.

 

¿Cuál debe ser el papel de los católicos en cargos de manejo del Estado?

 

¿Cuándo tienen la oportunidad de colaborar los laicos en que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena, sino cuando son legisladores o magistrados? Los fieles no están eximidos de las obligaciones de su fe. Tenemos que ser siempre coherentes. Cuando fieles católicos llegan a cargos de legisladores o de magistrados de las altas cortes, cargos en los cuales sus decisiones tienen peso en la ordenación de la nación, no pueden sacudirse de su obligación de bautizados, de aportar para que se ordene la sociedad según el bien del hombre.

La constitución Gaudium et spes, Gozo y esperanza, sobre la Iglesia en el mundo moderno, en el N° 43 expone ampliamente cuál es el papel del cristiano en la sociedad y tiene esta frase muy clara citada antes: A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena. Y más adelante dice: Los laicos, que desempeñan parte activa en toda la vida de la Iglesia, no solamente están obligados a cristianizar el mundo, sino que además su vocación se extiende a ser testigos de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana.

En este programa he insistido en la obligación que tienen los católicos que ocupan cargos públicos, de cumplir con esas obligaciones de ser testigos. A veces tendrán que sufrir incomprensiones, y como en el caso del Procurador, persecuciones de los políticos y de su prensa. No les podemos pedir que defiendan sus argumentos con doctrina moral católica, pero sí con la ética, con las leyes, con la Constitución. Aun así,  cuando no les dé miedo presentarse en su vida como creyentes, los atacan no por los argumentos en que se basen sino por ser creyentes. Creo que es un ejemplo el Procurador. Él, por ejemplo no defiende la familia, ni la vida de los no nacidos, con  argumentos de la moral ni de la teología, sino con los argumentos de nuestra Constitución. Por su parte, no faltan los enemigos de la fe que confunden a sus colegas magistrados y a algunos católicos, y se las ingenian para ir construyendo interpretaciones nuevas que faciliten sus ataques a la fe cristiana.  Ya había dicho el Señor que los hijos amigos de la oscuridad son más astutos que los hijos de la luz.

 

Cada uno decide según su conciencia…

 

Quizás alguien diga que ese es un asunto de conciencia, que cada uno decide según lo dicte su conciencia. Sí, la conciencia ocupa un lugar predominante en nuestras decisiones. ¿La tenemos bien formada? Porque lo que nuestra conciencia dicte no es necesariamente lo que nos parezca mejor según nuestro interés particular.

Es el papel de la conciencia bien formada de sus ciudadanos, sobre lo que descansa la calidad de la vida social y civil, la calidad de la democracia, del bien común. Benedicto XVI afirmó que Si la conciencia, según el pensamiento moderno más en boga, se reduce al ámbito de lo subjetivo, al que se relegan la religión y la moral, la crisis de occidente no tiene remedio. En cambio, si la conciencia vuelve a descubrirse como lugar de escucha de la verdad y del bien, lugar de la responsabilidad ante Dios y los hermanos en humanidad, que es la fuerza contra cualquier dictadura, entonces hay esperanza de futuro (A representantes de la sociedad civil del los mundos político, académico, cultural y empresarial, cuerpo diplomático y líderes religiosos en Zagreb, capital de Croacia, el 4 de junio de 2011). 

¿Dónde encontrar los planes de Dios para la sociedad?

 

Volvamos a Pío XII, quien en su mensaje en la Navidad de 1942 había alertado sobre los fundamentos del orden interno de los estados y señaló como uno de esos fundamentos, la concepción cristiana del Estado. Eso quiere decir, un Estado que se conciba, cuyas leyes orienten a la sociedad, según los planes de Dios. ¿Y dónde se encuentran los planes de Dios para la sociedad, si no en su Palabra, en la Sagrada Escritura y muy en particular en el Evangelio. Los fieles católicos encontramos allí, en la Palabra, el diseño que Dios tiene de la vida, de la familia, de la sociedad. Esa es la sociedad por la que debemos trabajar, porque ninguna otra, concebida por solo la inteligencia humana, puede ser mejor. Y si tenemos dudas, acudamos al Magisterio, que Jesucristo le encomendó esa tarea. Nuestra Constitución y nuestras leyes no están escritas todavía contra el plan de Dios, pero las quieren modificar, precisamente tratando de abrir el camino a la sociedad sin Dios. ¿Elegimos a esa clase de personas? Tenemos una grave responsabilidad.

Los cristianos podemos estar tranquilos cuando defendemos la sociedad querida por Dios, porque esa manera de pensar es constructiva. No buscamos muerte sino vida, no buscamos disolución de la familia sino su consolidación, no tenemos como arma el insulto y mucho menos la muerte, sino que esgrimimos el amor y la verdad. Profesamos una fe libre, basada en la verdad y en el derecho.

Soy consciente de que vivimos en un mundo raro, en el que no son las leyes divinas ni humanas las que mandan, sino la opinión de los que dominan los medios. Si se quiere presentar el lado positivo de la Iglesia, lo hacen sobre el estilo amable y sencillo del Papa y no sobre las verdades que predica. Si quieren atacar la fe, publican en grandes titulares y con gran cubrimiento las caídas de servidores eclesiásticos que nunca parecen suficientemente sancionados, aunque la Iglesia lo haga con severidad. A la fe la tratan de intolerante.

Tenemos que vivir alerta, porque lo de la tiranía de los medios es verdad y esa tiranía nos domestica. Invade todos los ámbitos, la publicidad es la paga de decir lo que los políticos quieren que divulguen y que callen lo que no les conviene que salga a la luz.

 

La familia, el trabajo, el uso de los bienes materiales

 

Regresemos a la doctrina expuesta por Pío XII. Lo mismo que a la doctrina sobre asuntos tan importantes como la familia, el trabajo, el uso de los bienes materiales, Pío XII abrió la puerta a temas como los fundamentos del orden del estado, que sus sucesores han seguido ampliando y profundizando.

Pasemos ahora a otro mensaje de Pío XII; el del 24 de diciembre de 1943. Ese mensaje cambió de estilo; utilizó el Papa más bien un estilo de homilía y lo dirigió al mundo entero que continuaba en guerra. Se dirigió en particular a los desilusionados y a los que permanecían fieles. Era un año difícil; aunque Italia había capitulado, Mussolini había sido depuesto y detenido, su amigo Hitler se valió de uno de sus ingeniosos ayudantes para liberarlo y lo transportó desde Italia, primero a Viena y luego a Alemania. La abadía de Montecasino fue destruida. Los Aliados habían comenzado por Sicilia la invasión de Italia y una toma sangrienta de Roma se vislumbraba como posible.

Infortunadamente solo pude conseguir este mensaje de la Navidad de 1943, en lengua italiana, de modo que no puedo ofrecerles el texto. Resumiré en mis palabras algunos de los pensamientos de Pío XII. Como lo dije fue éste un mensaje  a los pueblos del mundo entero. Se dirige a los desilusionados, que  han tenido la falaz ilusión y penosa desilusión cuando han confiado en una felicidad que se apaga en esta vida y han cerrado la vía a toda esperanza. Exhorta a que encontremos el camino al pesebre y hacia aquella consolación que hace sobreabundar del gozo que brota de la fe en toda tribulación.

Pío XII vio cómo, en medio de la guerra se multiplicaba el comercio, crecía la economía y deseaba que eso superara el espacio y el tiempo y llegara a todos. Dice que no quiere imaginarse que eso termine en una indigna humillación de la persona humana ni en una triste y  pavorosa indigencia de una parte, mientras aparezca una soberbia y provocadora opulencia  de otra, efecto infortunado, afirmó, que ha conducido a la inmensa tragedia del día de hoy.

Pide que la potencia de la ciencia y de la economía se presenten al pesebre del Hijo de Dios. ¿Qué cosa dirá el Niño, dice el Papa, nacido y adorado por María, por José, los pastores y los ángeles?  Sin duda la pobreza en el establo de Belén es una condición escogida por Él y no pretendió ninguna condena de la vida económica en aquello que es necesario para el progreso y el perfeccionamiento físico y natural del ser humano.  Pero esa pobreza que el Señor y Creador del mundo ha libremente querido, la que lo acompañará al taller de Nazaret y durante todo el tiempo de su vida pública, significa y manifiesta la superioridad de esa pobreza, frente a las cosas materiales; indicando así con poderosa eficacia el ordenamiento esencial de los bienes terrenos a la vida del espíritu y a una más alta perfección cultural, moral y religiosa, necesarias al hombre.

Espera Pío XII que no nos convirtamos en esclavos de las riquezas materiales; que nos sirvamos de ellas para los fines superiores del ser humano y que no hagamos de las riquezas un fin en sí mismas.

 

La ciencia que rechaza la necesidad de Dios

 

 Nos previene luego Pío XII que no confiemos la felicidad y el bienestar a una clase de ciencia y de cultura que rechace el reconocimiento del Creador del universo. Es una profética advertencia. Hoy los nuevos descubrimientos de la astronomía, en vez de invitar a muchos a elevar los ojos a Dios, se envalentonan diciendo que lo que no se ha descubierto aún, algún día la ciencia lo encontraré. Creen que Dios no les hace falta.

Pero semejante ciencia no puede ofrecer la felicidad, dijo Pío XII. La apostasía del Verbo divino, por el cual fueron hechas todas las cosas, ha conducido al ser humano a la apostasía del espíritu, lo cual hace difícil alcanzar ideales altamente intelectuales y morales.

De ese modo la ciencia apostata de la vida espiritual, mientras se envanece de haber conquistado la plena libertad y autonomía, renegando de Dios, se ve hoy castigada con una servidumbre humillante, convirtiéndola en esclava y como automática ejecutora de órdenes que no tienen en cuenta el derecho a la verdad ni a la persona humana.

Esa ciencia no retornará a la dignidad primitiva sin con un regreso al Verbo eterno, fuente de sabiduría tan penosamente abandonada y olvidada.

Se dirige Pío XII luego a los desolados y sin esperanza, aquellos que habían fijado su objetivo en el trabajo. La guerra, no cabe duda, había truncado a muchos su ideal de vida. A la mayoría la guerra les había impedido el trabajo, con el cual podían llevar una vida cómoda ellos y sus familias, y otros se había visto obligados a postergar la consideración de la vida religiosa. La guerra los separó de su amada actividad en el trabajo que era el precio que pagaban por su sostenimiento. Tuvieron que enfrentar un vacío de miedo.

Pío XII pensó en todos los que sufrieron los horrores de la guerra. Los que no hemos tenido esa prueba no nos imaginamos esos detalles del sufrimiento. Sí, las heridas y la muerte, pero además los vivos tuvieron que dejar a sus familias, abandonar su trabajo, atrasar sus proyectos, al final, si regresaron vivos y sin graves discapacidades, volver a comenzar. El Padre común pensó en todos ellos.

Piensa el Papa en la Sagrada Familia Trabajadora. El Hijo de Dios nos dice, escogió el medio a donde llegó. El Papa nombra a María, Virgen y Madre de familia trabajadora, José, el padre de familia trabajador, los pastores de su grey, los sabios llegados de oriente; y dice: trabajadores de las manos, de la vigilia y del pensamiento, que se inclinaron y adoraron al Hijo de Dios, quien con su consciente y amable silencio, más fuerte que la palabra, despliega todo el sentido y la virtud del trabajo. Es verdad, cuánto dice el silencio del Niño de Belén. El trabajo del Verbo fue inmenso, alcanzable solo por el poder omnipotente de Dios.

Y dice Pío XII: Levantad y tened la frente alta, trabajadores. Mirad al Hijo de Dios, que con su Eterno Padre creó y ordenó el universo, se ha hecho hombre, igual a nosotros en todo menos en el pecado, ha crecido en edad, entró en la gran comunidad del trabajo, y así comenzó su misión salvadora, viviendo su vida terrena. Él, Redentor del género humano, que con su gracia penetró nuestro ser y nuestro actuar, eleva y ennoblece el trabajo, todo trabajo: el alto y el humilde, el grande y el pequeño, el suave y el pesado, el material y el intelectual, añade un valor meritorio y sobrenatural delante de Dios, uniendo así toda la variedad de trabajos humanos en una única glorificación del Padre del cielo.

Son maravillosas las palabras de Pío XII que tan pocas oportunidades tenemos de leerlas y menos de escucharlas. Vamos a dejar aquí hoy. Quisiera que pensaron en alguno de los bellos pensamientos de Pío XII que hemos traído hoy y ayúdennos a reflexionar sobre ellos que sin duda nos ayudarán a crecer espiritualmente a todos.

Quiero mencionarles una vez más el programa ¿Sí vale la pena creer?, que se transmite los domingos a las 9:30 a.m. Dura solo media hora y quisiera alcanzar a los católicos vacilantes también y a los no creyentes. El próximo programa será el noveno. Los anteriores, todos, los pueden escuchar en el blog donde se encuentran los textos del programa sobre la DSI. Estos programas de los jueves, los encuentran escritos; los del domingo el audio. Los pueden escuchar. Les recuerdo la dirección en internet: www.reflexionesdsi.org