N° 30 ¿Sí vale la pena creer? 7 diciembre 2014

Antes y después de Nietzsche

Transmitido por Radio María el 7 de diciembre 2014

Reflexión 299 San Juan XXIII Doctrina Social

La equidad y la justicia entre los distintos sectores de la economía

 

En el recorrido de los documentos de los papas sobre la DSI, hemos estado estudiando la encíclica Mater et magistra, Madre y maestra, de San Juan XXIII. En la reflexión pasada comenzamos la tercera parte, que dedica a la relación entre los distintos sectores de la economía. La parte anterior de la encíclica se había dedicado especialmente a la relación entre los trabajadores y los empresarios, relaciones que deben estar reguladas por los preceptos de la equidad y la justicia. San Juan XXIII advierte ahora, que también los preceptos de la equidad y la justicia deben regular las relaciones entre los distintos sectores de la economía, entre las zonas de diverso nivel económico de cada nación y, dentro del plano mundial, entre los países que se encuentran en diferente grado de desarrollo económico y social.

Cómo se aplica ese criterio, de aplicar la justicia y la equidad en las relaciones en los diversos sectores de la economía, lo iremos viendo a medida que estudiemos lo que nos enseña la encíclica sobre esto.

Comienza con el sector de la agricultura, como sector deprimido. Veremos de cuánta estima de parte de San Juan XXIII gozaban los campesinos, los agricultores. Si el papa se refería a la agricultura como sector deprimido, en 1961, en Europa, podemos decir si duda, que una situación parecida vive el campo colombiano en nuestros días, cuando muchos agricultores campesinos abandonan el campo para buscar mejores condiciones de vida en las grandes ciudades o huyendo de la violencia. Si en esa época en que se escribió la encíclica M et m, en Europa disminuía la mano de obra dedicada a la agricultura y aumentaban en las ciudades las personas disponibles para trabajar en otras áreas de la economía, es lo mismo que vivimos hoy en nuestro país.

 

Soluciones para que los campesinos no abandonen el campo

 

Para que los campesinos no abandonaran el campo, el papa San Juan XXIII proponía en la encíclica algunas soluciones que contribuirían a reducir las diferencias entre el trabajo del campo y el trabajo en la industria, en el comercio y en los servicios. ¿Qué soluciones serían las adecuadas en nuestro país? Enseguida veremos las soluciones que el papa propone en M et m.

Afirma San Juan XXIII en M et m que hay que buscar (…) los medios más adecuados para que el nivel de vida de la población agrícola se distancie lo menos posible del nivel de vida de los ciudadanos que obtienen sus ingresos trabajando en los otros sectores aludidos.

Añade el papa Juan XXIII que hay que hacer algo para que los campesinos se persuadan de que también en el campo pueden consolidar y perfeccionar su propia personalidad mediante su trabajo y que pueden mirar tranquilamente el porvenir.

La emigración a las ciudades actualmente, no ofrece una vida urbana más digna que la vida en el campo, pero es un hecho que los campesinos que resuelven dejar su casa, sus fincas con sus animales, lo hacen porque, entre otras cosas, los atraen los beneficios que ofrece la vida urbana en salud, en educación, en entretenimiento…

 

Las mejoras necesarias en el campo

 

La semana pasada alcanzamos a estudiar hasta el N° 125 de M et m. Continuemos ahora en el N° 126 en donde Juan XXIII se refiere más concretamente a las mejoras necesarias en el campo. Leamos los números 126 y 127, en que introduce las condiciones que se deben tener en cuenta para aplicar los cambios que propone:

Nos parece, por lo mismo, muy oportuno indicar en esta materia algunas normas de valor permanente, a condición de que se apliquen, como es obvio, en consonancia con lo que las circunstancias concretas de tiempo y de lugar permitan, aconsejen o absolutamente exijan.

En primer lugar, es necesario que todos, y de modo especial las autoridades públicas, procuren con eficacia que en el campo adquieran el conveniente grado de desarrollo los servicios públicos más fundamentales, como, por ejemplo, caminos, transportes, comunicaciones, agua potable, vivienda, asistencia médica y farmacéutica, enseñanza elemental y enseñanza técnica y profesional, condiciones idóneas para la vida religiosa y para un sano esparcimiento y, finalmente, todo el conjunto de productos que permitan al hogar del agricultor estar acondicionado y funcionar de acuerdo con los progresos de la época moderna.

Cuando en los medios agrícolas faltan estos servicios, necesarios hoy para alcanzar un nivel de vida digno, el desarrollo económico y el progreso social vienen a ser en aquéllos o totalmente nulos o excesivamente lentos, lo que origina como consecuencia la imposibilidad de frenar el éxodo rural y la dificultad de controlar numéricamente la población que huye del campo.

Como podemos concluir del N° 127 de M et m, es indispensable una acción decidida, efectiva, del estado, para remediar el deterioro de la vida campesina y por lo tanto de loa agricultura, pues si los trabajadores del campo no encuentran soluciones para poder vivir una vida digna, seguirán buscando oportunidades en las ciudades. Se requiere en primer lugar el desarrollo de los servicios públicos para elevar el nivel de vida en el campo.

 

Conjugar el desarrollo del campo con el desarrollo gradual y armónico de todo el sistema económico

 

En el N° 128 a 130, San Juan XXIII conjuga el desarrollo del campo con el desarrollo gradual y armónico de todo el sistema económico. Leamos el N° 128:

128 Es indispensable, en segundo lugar, que el desarrollo económico de los Estados se verifique de manera gradual, observando la debida proporción entre los diversos sectores productivos. Hay que procurar así con especial insistencia que, en la medida permitida o exigida por el conjunto de la economía, tengan aplicación también en la agricultura los adelantos más recientes en lo que atañe a las técnicas de producción, la variedad de los cultivos y la estructura de la empresa agrícola, aplicación que ha de efectuarse manteniendo en lo posible la proporción adecuada con los sectores de la industria y de los servicios.

El papa propone entonces, una necesaria y decidida acción del estado, algo serio, programado. Más adelante propone dos objetivos y hasta seis líneas de acción. Qué se espera conseguir con la acción del estado, propuesta por el papa Juan XXIII lo dice en los números siguientes. Leamos el N° 129:

129 La agricultura, en consecuencia, no sólo consumirá una mayor cantidad de productos de la industria, sino que exigirá una más cualificada prestación de servicios generales. En justa reciprocidad, la agricultura ofrecerá a la industria, a los servicios y a toda la nación una serie de productos que en cantidad y calidad responderán mejor a las exigencias del consumo, contribuyendo así a la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda, la cual es uno de los elementos más valiosos para lograr un desarrollo ordenado de todo el conjunto de la economía.

Como vemos, se propone sumar el campo a la economía general del país, gozando de los mismos beneficios de la industria y del comercio en cuanto a tecnología, servicios y productos necesarios para la agricultura y la ganadería. En respuesta, el campo podrá ofrecer excelentes productos propios de su esfuerzo. Además la estabilidad de precios será una contribución más al desarrollo ordenado de la economía.

Se presenta pues, al campo como una organización que recibe aportes o insumos, como una inmensa fábrica, podríamos decir, que con los insumos que recibe, desarrolla el proceso de cultivar, cosechar y ofrecer los productos propios del campo. Es de tener en cuenta que no solo debe recibir el campo los insumos que necesita el cultivo de la tierra, sino que también son indispensables, los que el campesino necesita como persona, para mantener su salud, crecer intelectual y espiritualmente y vivir dignamente.

 

¿Qué se obtendría con la integración del campo a los demás sectores económicos?

 

130 Con estas medidas se obtendrá, entre otras, las siguientes ventajas: la primera, la de controlar con mayor facilidad, tanto en la zona de salida como en la de llegada, el movimiento de las fuerzas laborales que abandonan el campo, a consecuencia de la progresiva modernización de la agricultura; la segunda, la de proporcionarles una formación profesional adecuada para su provechosa incorporación a otros sectores productivos, y la tercera, la de brindarles ayuda económica y asistencia espiritual para su mejor integración en los nuevos grupos sociales.

De manera que al hacer la vida en el campo tan digna como la de las ciudades, ofrecer ventajas para un trabajo que goce de los beneficios de la tecnología, y donde se goce de oportunidades de educación, salud y vivienda, se autocontrolará la salida del campo y la llegada de fuerzas humanas a las ciudades que exigen servicios que no siempre les pueden bridar, por lo menos inmediatamente.

En el N° 131 habla M et m de una adecuada política económica agraria:

  1. Ahora bien, para conseguir un desarrollo proporcionado entre los distintos sectores de la economía es también absolutamente imprescindible una cuidadosa política económica en materia agrícola por parte de las autoridades públicas, política económica que ha de atender a los siguientes capítulos: Imposición fiscal, crédito, seguros sociales, precios, promoción de industrias complementarias y, por último, el perfeccionamiento de la estructura de la empresa agrícola.

Las políticas en materia de impuestos 

 

  1. Por los que se refiere a los impuestos, la exigencia fundamental de todo sistema tributario justo y equitativo es que las cargas se adapten a la capacidad económica de los ciudadanos.

  2. Ahora bien, en la regulación de los tributos de los agricultores, el bien común exige que las autoridades tengan muy presente el hecho de que los ingresos económicos del sector agrícola se realizan con mayor lentitud y mayores riesgos, y, por tanto, es más difícil obtener los capitales indispensables para el aumento de estos ingresos.

Es muy clara la razón de los menores impuestos que se deben cobrar a los agricultores. Y no es menos importante la razón para conceder a los agricultores, préstamos con intereses más bajos que los que se cobran a la industria. Los riesgos que corre el agricultor son muy elevados; no es sino que pensemos en el clima, que el agricultor no puede controlar. Leamos el N° 134:

  1. De lo dicho se deriva una consecuencia: la de que los propietarios del capital prefieren colocarlo en otros negocios antes que en la agricultura. Por esta razón., los agricultores no pueden pagar intereses elevados. Más aún, ni siquiera pueden pagar, por lo regular, los intereses normales del mercado para procurarse los capitales que necesitan el desarrollo y funcionamiento normal de sus empresas. Se precisa, por tanto, por razones de bien común, establecer una particular política crediticia para la agricultura y crear además instituciones de crédito que aseguren a los agricultores los capitales a un tipo de interés moderado (asequible).

    La seguridad social de los campesinos

Tuvo también en cuenta la seguridad social, el papa San Juan XXIII. Sin duda en 1961 la seguridad social en nuestros países no existía con la organización de hoy. Si algún oyente nos puede comentar sería muy bueno. Yo me imagino que la seguridad social en el campo corría por cuenta de cada familia en esa época, en los años 60.

Al respecto dice M et m:

  1. Por otra parte, como los sistemas de los seguros sociales y de seguridad social, pueden contribuir eficazmente a una justa y equitativa redistribución de la renta total de la comunidad política, deben, por ello mismo, considerarse como vía adecuada para reducir las diferencias entre las distintas categorías de los ciudadanos.

  2. Seguridad en los precios de los productos agrícolas

En los números 137 a 140 de M et m, el papa Juan XXIII trata sobre los precios de los productos agrícolas. Aboga porque se garantice seguridad en los precios de los productos agrícolas, para lo cual advierte la necesidad de que intervengan los economistas con sus múltiples recursos, los mismos interesados, es decir los agricultores y la acción moderadora de los poderes públicos. Es este un punto delicado y difícil, pues por una parte, como lo observa el mismo papa, el precio de los productos agrícolas es la retribución al trabajo de quienes los cultivan, cuando él agricultor es al mismo tiempo su patrón, y como los productos del campo están ordenados principalmente a satisfacer las necesidades humanas fundamentales, sus precios deberían ser tales que puedan acceder todos a esos productos.

 

También el transporte de productos agrícolas

 

Cuando se observa los detalles en que se fija esta encíclica de San Juan XXIII no hay duda de que además de mostrar su sensibilidad con las dificultades por las que atraviesa el campesino, las conocía bien y se asesoró de expertos en la preparación de Mater et m. Y, claro se ve que apreciaba mucho la dignidad del campesino.

M et m no olvidó temas tan importantes para el campo como la conservación y el transporte de los productos agrícolas, lo cual es crítico en países como el nuestro donde no son muy comunes las grandes bodegas o silos que se ven en países económicamente avanzados, y las redes de carreteras que comunican municipios y veredas tan deficientes en nuestros países. En el N° 141 dice la encíclica:

  1. Es oportuno también promover, en las zonas campesinas, las industrias y los servicios relacionados con la conservación, transformación y transporte de los productos agrícolas. A lo cual hay que añadir necesariamente en dichas zonas la creación de actividades relacionadas con otros sectores de la economía y de las profesiones. Con la implantación de estas medidas se da a la familia agrícola la posibilidad de completar sus ingresos en los mismos ambientes en que vive y trabaja.

La empresa agrícola

 

Sobre la empresa agrícola, generalmente conformada por familias, tiene observaciones que vamos a leer a continuación:

  1. Por último, nadie puede establecer en términos genéricos las líneas fundamentales a que debe ajustarse la empresa agrícola, dada la extremada variedad que en este sector de la economía presentan las distintas zonas agrarias de una misma nación y, sobre todo, los diversos países del mundo. Esto no obstante, quienes tienen una concepción natural y, sobre todo, cristiana de la dignidad del hombre y de la familia, consideran a la empresa agrícola, y principalmente a la familiar, como una comunidad de personas en la cual las relaciones internas de los diferentes miembros y la estructura funcional de la misma han de ajustarse a los criterios de la justicia y al espíritu cristiano, y procuran, por todos los medios, que esta concepción de la empresa agrícola llegue a ser pronto una realidad, según las circunstancias concretas de lugar y de tiempo.

  2. La firmeza y la estabilidad de la empresa familiar dependen, sin embargo, de que puedan obtenerse de ella ingresos suficientes para mantener un decoroso nivel de vida en la respectiva familia. Para lo cual es de todo punto preciso que los agricultores estén perfectamente instruidos en cuanto concierne a sus trabajos, puedan conocer los nuevos inventos y se hallen asistidos técnicamente en el ejercicio de su profesión. Es indispensable, además, que los hombres del campo establezcan una extensa red de empresas cooperativas, constituyan asociaciones profesionales e intervengan con eficacia en la vida pública, tanto en los organismos de naturaleza administrativa como en las actividades de carácter político.

Empecemos por preguntarnos: ¿Por qué conviene que los campesinos no emigren a las ciudades? ¿Ustedes qué opinan? Otras preguntas pueden ser:

¿Por qué los campesinos abandonan el campo y emigran a las ciudades? Si conviene que los campesinos no emigren a las grandes ciudades, ¿qué hay que hacer para que los campesinos permanezcan en el campo, y sientan que también en el campo pueden progresar como personas y mirar tranquilamente el futuro?

N° 29 ¿Sí vale la pena creer? 30 de noviembre de 2014

Modernidad, postmodernidad y fe

Programa transmitido por Radio María el 30 de noviembre de 2014

N° 28 ¿Sí vale la pena creer? 23 de noviembre de 2014

¿Cómo ha llegado la Biblia a nuestro tiempo?

 

 

Programa transmitido por Radio María el 23 de noviembre de 2014

Reflexión 298 San Juan XXIII Doctrina Social Noviembre 6 2014

Repaso: sindicatos, propiedad privada, seguridad social

 

Continuemos nuestro estudio de la encíclica Mater et magistra, Madre y maestra, del papa San Juan XXIII, una de las encíclicas que enriquece la DSI. En el programa anterior recordamos el apoyo del santo padre a los sindicatos, como voz de los trabajadores frente a los empresarios y todos los órdenes de la comunidad política que dirigen los destinos de los países.

También vimos que al encontrar San Juan XXIII muchos cambios en la sociedad, que invitaban a profundizar en la doctrina sobre el derecho de propiedad. Se pregunta el papa Juan XXIII en Mater et magistra si, en ese momento había dejado de ser válido, o había perdido importancia, el principio de orden económico y social enseñado y defendido por sus predecesores, que establece que los hombres tienen un derecho natural a la propiedad privada de bienes, incluidos los de producción. Algunos de los cambios que llamaron la atención de Juan XXIII fueron la mayor importancia que se daba al trabajo, a las profesiones y los oficios, por encima de la posesión de un capital y los beneficios que todos los ciudadanos empezaban a tener en mayor medida que antes, a la seguridad social.

El papa Juan XXIII responde en M et M, en el N° 109, que esa duda carece en absoluto de fundamento, pues el derecho de propiedad sigue vigente porque es un derecho natural y añade que sería vano conceder al ciudadano el derecho de actuar libremente en el campo económico si no se le reconociera también la facultad de poseer las cosas necesarias para ejercer ese derecho.

Cita también el papa Juan XXIII la mala experiencia padecida en los regímenes políticos en los que no se reconoce a los ciudadanos el derecho de propiedad; en esos países se viola o se suprime totalmente el ejercicio de la libertad humana aun en las cosas más fundamentales.

 

Administradores, no dueños absolutos

Deja claramente sentado San Juan XXIII en M et M que el hecho de mantener la doctrina católica sobre la propiedad privada no significa que seamos dueños absolutos, y que podamos ignorar a los demás, que no tienen acceso a los bienes, o que podamos desconocer el bien común.

Juan XXIII cita las palabras de su antecesor Pío XII quien afirmó: «Al defender la Iglesia el principio de la propiedad privada, persigue un alto fin ético-social. No pretende sostener pura y simplemente el actual estado de cosas, como si viera en él la expresión de la voluntad divina; ni proteger por principio al rico y al plutócrata contra el pobre e indigente. Todo lo contrario: La Iglesia mira sobre todo a lograr que la institución de la propiedad privada sea lo que debe ser, de acuerdo con los designios de la divina Sabiduría y con lo dispuesto por la naturaleza». Es decir, la propiedad privada debe asegurar los derechos que la libertad concede a la persona humana y, al mismo tiempo, prestar su necesaria colaboración para restablecer el recto orden de la sociedad.

Juan XXIII añade que aprovechando las oportunidades del desarrollo de las naciones se debe procurar con toda energía, que se extienda a todas las clases sociales el ejercicio del derecho de propiedad. Y citando una vez más a Pío XII afirma que la dignidad de la persona humana «exige necesariamente, como fundamento natural para vivir, el derecho al uso de los bienes de la tierra, al cual corresponde la obligación fundamental de otorgar una propiedad privada, en cuanto sea posible, a todos» y, por otra parte, la nobleza intrínseca del trabajo exige, además de otras cosas, la conservación y el perfeccionamiento de un orden social que haga posible una propiedad segura, aunque sea modesta, a todas las clases del pueblo.

También Juan XXIII dejó clara la doctrina social católica sobre el derecho que el estado y demás instituciones públicas tienen de poseer bienes, de modo especial cuanto estos «llevan consigo tal poder económico, que no es posible dejarlo en manos de personas privadas sin peligro del bien común. Y pone bien claro que de todos modos se debe excluir el peligro de que la propiedad privada se reduzca en exceso o lo que sería todavía peor, que se suprima del todo.

 

Entregar los bienes del estado a personas competentes y honradas  para su administración

 

Recordemos el N° 118 de M et M, que afirma: que las empresas económicas del Estado o de las instituciones públicas deben ser confiadas a aquellos ciudadanos que sobresalgan por su competencia técnica y su probada honradez y que cumplan con suma fidelidad sus deberes con el país. Enseguida dice que la labor de administración de esas propiedades el estado debe estar sometida a un asiduo y cuidadoso control y que se debe evitar que en el seno de la administración del propio Estado el poder económico quede en manos de unos pocos, lo cual sería totalmente contrario al bien supremo de la nación.

En resumen, las tres exigencias de la propiedad privada, según la encíclica M et M son: la necesidad de conseguir que a la propiedad privada tengan acceso todos los ciudadanos; que la propiedad privada y la propiedad pública son compatibles, como consecuencia del bien común. La tercera, que se encuentra en los números 119 a 121, es la función social de la propiedad, como aplicación del destino universal de los bienes.

 

Tampoco somos dueños absolutos de los bienes intelectuales o espirituales

 

Pero nuestros predecesores han enseñado también de modo constante el principio de que al derecho de propiedad privada le es intrínsecamente inherente una función social. En realidad, dentro del plan de Dios Creador, todos los bienes de la tierra están destinados, en primer lugar, al decoroso sustento de todos los hombres, como sabiamente enseña nuestro predecesor de feliz memoria León XIII en la encíclica Rerum novarum: «Los que han recibido de Dios mayor abundancia de bienes, ya sean corporales o externos, ya internos y espirituales, los han recibido para que con ellos atiendan a su propia perfección y, al mismo tiempo, como ministros de la divina Providencia, al provecho de los demás. “Por lo tanto, el que tenga aliento, cuide de no callar; el que abunde en bienes, cuide de no ser demasiado duro en el ejercicio de la misericordia; quien posee un oficio de qué vivir, afánese por compartir su uso y utilidad con el prójimo”».

Me parece digna de destacar la insistencia de la DSI, en que no somos dueños absolutos de los bienes que poseemos. Somos solo administradores. Habían sido claras las palabras de Pío XII y lo son las de León XIII que en el N° 119 cita Juan XXIII: dentro del plan de Dios Creador, todos los bienes de la tierra están destinados, en primer lugar, al decoroso sustento de todos los hombres. Me parece que, en teoría, todos aceptamos que el dueño de todos los bienes es Dios, pero cuando se actúa sobre los bienes que cada uno posee, es muy común escuchar frases como “es mi plata y hago con ella lo que quiera”. Como lo he repetido más de una vez, no podemos desperdiciar nuestros bienes mientras tengamos hermanos en la miseria.

Es interesante que León XIII no se refiere solo a los bienes materiales, como el dinero, cuando enseña que somos solo administradores de esos bienes, sino también a los bienes que llama internos y los bienes espirituales. Los bienes internos supongo que son los intelectuales y las habilidades, lo cual es perfectamente coherente con la exigencia de las obras de misericordia como enseñar al que no sabe y como nuestra obligación de bautizados, de ser discípulos evangelizadores. Cualquier bien, sea material, intelectual o espiritual, no nos ha sido dado por Dios solo para nuestro bien particular. Esos bienes tienen que estar también al servicio de los demás. Aquella parábola de los talentos, aquellas palabras del Señor en que nos advierte que al que mucho se la ha dado mucho se le pedirá, nos deben invitar a examinarnos si damos lo suficiente de lo que se nos ha dado.

Cumplen con ese deber los poseedores de bienes como la educación y dedican su vida a la enseñanza. Cuántos hay ya pensionados. Hay ahora una bella fundación privada que organiza la educación en los sectores más abandonados del país y lleva allá profesionales jóvenes que dedican un año a enseñar, después de haber sido entrenados. Porque son profesionales de diversas carreras y no tienen experiencia en la enseñanza.

 

 M et M  trata sobre la función social de la propiedad

 

Continuemos ahora con la lectura del el N° 120 de Mater et magistra, que trata sobre la función social de la propiedad:Aunque, en nuestro tiempo, tanto el Estado como las instituciones públicas han extendido y siguen extendiendo el campo de su intervención, no se debe concluir en modo alguno que ha desaparecido, como algunos erróneamente opinan, la función social de la propiedad privada, ya que esta función toma su fuerza del propio derecho de propiedad.

Añádase a esto el hecho complementario de que hay siempre una amplia gama de situaciones angustiosas, de necesidades ocultas y al mismo tiempo graves, a las cuales no llegan las múltiples formas de la acción del Estado, y para cuyo remedio se halla ésta totalmente incapacitada; por lo cual, siempre quedará abierto un vasto campo para el ejercicio de la misericordia y de la caridad cristiana por parte de los particulares. Por último, es evidente que para el fomento y estímulo de los valores del espíritu resulta más fecunda la iniciativa de los particulares o de los grupos privados que la acción de los poderes públicos.

En el N° 121 de M et M nos recuerda precisamente que la función social de la propiedad está arraigada en el Evangelio. Leamos:

  1. Es ésta ocasión oportuna para recordar, finalmente, cómo la autoridad del sagrado Evangelio sanciona, sin duda, el derecho de propiedad privada de los bienes, pero, al mismo tiempo, presenta, con frecuencia, a Jesucristo ordenando a los ricos que cambien en bienes espirituales los bienes materiales que poseen y los den a los necesitados: «No alleguéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones horadan y roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre corroen y donde los ladrones no horadan ni roban» (Mt 6, 19-20). Y el Divino Maestro declara que considera como hecha o negada a sí mismo la caridad hecha o negada a los necesitados: «Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).

El Concilio Vaticano II avanzará aún más en la doctrina social de la Iglesia, lo mismo que los pontífices que desde entonces han gobernado a la Iglesia. Estamos ahora estudiando estas encíclicas que fueron abriendo el camino y reafirmando la DSI. Han quedado muy firmes, principios como la prioridad de la persona, las exigencias inherentes a la propiedad privada y ya Pío XII había fijado como fundamento de esas exigencia de la sociedad privada, el destino universal de los bienes. Es decir, que Dios no creó la tierra solo para unos pocos.

A propósito de las exigencias inherentes a la propiedad, creo oportuno recordar que en Colombia, la Constitución del 91, en el artículo 58, afirma que la propiedad es “una función social que implica obligaciones”. Recuerdo que en la constituyente se discutió si la redacción debería ser “la propiedad tiene una función social” y no como finalmente quedó: es una función social. Yo estoy de acuerdo con los que opinan que esa frase, es una función social, es gramaticalmente incorrecta.

El abogado nariñense, Vicente Pérez Silva, escribió hace años, en el 2002, una columna en el diario El Tiempo, que tituló “Constitución y gramática” en esa columna cita al conocido experto en economía y hacienda pública, el doctor Esteban Jaramillo, quien en la conferencia La gramática y la economía dijo:

La propiedad puede tener, desempeñar, cumplir o ejercer una función social, pero no es por sí misma una función social. La función es el ejercicio de un órgano, la acción y ejercicio de un empleo, facultad u oficio. La propiedad es un derecho individual que tiene y debe tener fines sociales…

La afirmación del doctor Esteban Jaramillo, de que La propiedad es un derecho individual que tiene y debe tener fines sociales, concuerda con la afirmación de Mater et magistra cuando dice que la propiedad privada tiene exigencias inherentes, es decir, que quien posea bienes, tiene obligaciones con los demás, tiene su propiedad una función social.

Quizás algunos piensen que quita fuerza a la doctrina católica sobre la función social de la propiedad, el presentar la obligación de compartir los bienes con los demás, como un ejercicio de la misericordia y la caridad cristianas. Eso lo dice M et M en el N° 120, pero por qué no se puede ejercitar al tiempo, una obligación inherente a la propiedad y una obra de misericordia. Me parece que eso depende de la actitud e intención de quien comparte sus bienes.

Relación entre los distintos sectores de la economía

 

Pasamos ahora a estudiar la tercera parte de la encíclica Mater et magistra. Los títulos que componen esta sección son: Relación entre los distintos sectores de la economía, Relación entre zonas de desigual desarrollo dentro del mismo país, Relación entre países de desigual desarrollo económico, Incremento demográfico y desarrollo económico y Colaboración en el plano mundial. Vamos pues a acometer unos temas largos: desde el N° 122 al 211. Creo que de todos modos es mejor ir despacio, a fondo, en cuanto podamos, para que nos queden bases firmes de la DSI.

San Juan XXIII dedica una parte importante de Mater et magistra a la agricultura, como sector deprimido. Algunos pensaron en su momento que se refería la encíclica sobre todo a la depresión del sector agrícola en los países industrializados, pero si observamos lo que suceden hoy en el campo colombiano, las palabras de Juan XXIII parecerían proféticas.

Vayamos directamente a los N° 122 y 123 de M et m:

  1. El desarrollo histórico de la época actual demuestra, con evidencia cada vez mayor, que los preceptos de la justicia y de la equidad no deben regular solamente las relaciones entre los trabajadores y los empresarios, sino además las que median entre los distintos sectores de la economía, entre las zonas de diverso nivel de riqueza en el interior de cada nación y, dentro del plano mundial, entre los países que se encuentran en diferente grado de desarrollo económico y social.

  2. La agricultura sector deprimido

Y empieza luego la encíclica M et m con cada sector de la economía. Empieza con La agricultura, sector deprimido:

  1. Comenzaremos exponiendo algunos puntos sobre la agricultura. Advertimos, ante todo, que la población rural, en cifras absolutas, no parece haber disminuido. Sin embargo, indudablemente son muchos los campesinos que abandonan el campo para dirigirse a poblaciones mayores e incluso centros urbanos. Este éxodo rural, por verificarse en casi todos los países y adquirir a veces proporciones multitudinarias, crea problemas de difícil solución por lo que toca a nivel de vida digno de los ciudadanos.

Recordemos que Juan XXIII escribía esta encíclica en 1961. Si pensamos en nuestro país, Colombia era todavía un país agrícola. Hoy dicen que Colombia tiene “vocación agrícola”, pero no parece estar siguiendo esa vocación, por diversas razones. Una muestra de ese cambio de rumbo es el éxodo rural del que habla el papa. En Colombia, la violencia ha llenado las ciudades grandes de campesinos que debieron abandonar sus parcelas para salvar su vida y las de sus familias. Las ciudades encaran problemas de vivienda y servicios muy difíciles de solucionar, y qué decir de la falta de trabajo para personas no preparadas para la vida urbana, y cómo el campo se queda sin las personas que lo quieren y sin las manos que lo entienden y saben cultivarlo…

En el N° 124 continúa M et m:

  1. A la vista de todos está el hecho de que, a medida que progresa la economía, disminuye la mano de obra dedicada a la agricultura, mientras crece el porcentaje de la consagrada a la industria y al sector de los servicios. Juzgamos, sin embargo, que el éxodo de la población agrícola hacia otros sectores de la producción se debe frecuentemente a motivos derivados del propio desarrollo económico. Pero en el inmensa mayoría de los casos responde a una serie de estímulos, entre los que han de contarse como principales el ansia de huir de un ambiente estrecho sin perspectivas de vida más cómoda; el prurito de novedades y aventuras de que tan poseída está nuestra época; el afán por un rápido enriquecimiento; la ilusión de vivir con mayor libertad, gozando de los medios y facilidades que brindan las poblaciones más populosas y los centros urbanos. Pero también es indudable que el éxodo del campo se debe al hecho de que el sector agrícola es, en casi todas partes, un sector deprimido, tanto por lo que toca al índice de productividad del trabajo como por lo que respecta al nivel de vida de las poblaciones rurales.

Me parece que M et M retrata nuestra situación. No creo que la mayoría de nuestros campesinos encuentren un buen trabajo en la industria, porque la industria está deprimida también en nuestro país. China, la India, Corea, llenan los estantes colombianos con sus productos. Resultan más económicos. ¿En qué trabajan nuestros campesinos emigrados a las ciudades? En el comercio, en la construcción, ¿en qué más?

 

Soluciones para los problemas de la agricultura

Veamos las soluciones que propone Juan XXIII, a ver si serían hoy convenientes para nuestro país:

  1. Por ello, ante un problema de tanta importancia que afecta a casi todos los países, es necesario investigar, primeramente, los procedimientos más idóneos para reducir las enormes diferencias que en materia de productividad se registran entre el sector agrícola y los sectores de la industrial y de los servicios; hay que buscar, en segundo término, los medios más adecuados para que el nivel de vida de la población agrícola se distancie lo menos posible del nivel de vida de los ciudadanos que obtienen sus ingresos trabajando en los otros sectores aludidos; hay que realizar, por último, los esfuerzos indispensables para que los agricultores no padezcan un complejo de inferioridad frente a los demás grupos sociales, antes, por el contrario, vivan persuadidos de que también dentro del ambiente rural pueden no solamente consolidar y perfeccionar su propia personalidad mediante el trabajo del campo, sino además mirar tranquilamente el porvenir.

N° 27 ¿Sí vale la pena creer? 16 de noviembre 2014

El lenguaje de la Biblia en que Dios nos habla

Programa ¿Sí vale la pena creer? transmitido por Radio María el 16 de noviembre de 2014

N° 26 ¿Sí vale la pena creer? 9 de noviembre de 2014

Y la Palabra se hizo ser humano…

¿Sí vale la pena creer? 9 de noviembre de 2014

Reflexión 297 San Juan XXIII Doctrina Social (Oct. 23 2014)

Un breve repaso

En nuestro estudio de la DSI, vamos a continuar con la encíclica Mater et magistra, Madre y maestra, de San Juan XXIII. Recordemos lo que vimos en la reflexión pasada.

Los sindicatos recibieron un fuerte impulso en M et M. Nos dice San Juan XXIII, que, por medio de los sindicatos, los trabajadores tienen un canal de comunicación con los empresarios y con los que toman las decisiones más importantes en la economía del país. La finalidad de los sindicatos, como voz de los trabajadores dice el papa, no es en favor de la lucha de clases, sino por el contrario, su finalidad es llegar a acuerdos con las asociaciones de empresarios, y en todos los órdenes de la comunidad política, expresar su parecer e interponer su influencia.

Decíamos que los sindicatos bien manejados tienden, no a crear conflictos sino a servir de puentes, a ser plenipotenciarios de sus compañeros trabajadores en las negociaciones y demás pactos que se convienen para satisfacer sus inquietudes y necesidades. Defienden los derechos de los trabajadores porque son más fácilmente escuchados si están organizados. La voz de los trabajadores, individualmente considerada no siempre tiene la fuerza que infunde el apoyo de todos sus demás compañeros. Estos aspectos del sindicalismo lo exalta Juan XXIII.

 

Papel de los sindicalistas de orientación cristiana

 

Comentamos que la Iglesia fomentó la preparación de los trabajadores, para que tomaran parte en los sindicatos de inspiración cristiana, en una época en que algunos gobiernos, comunistas y fascistas, quisieron hacer de los sindicatos un instrumento de su acción política partidista. Como no en todas partes era posible formar sindicatos de orientación cristiana, San Juan XXIII, anima y alaba también a los trabajadores que sin pertenecer a sindicatos de orientación cristiana, procuran con energía la reivindicación de los derechos del trabajador, de acuerdo con los principios de la doctrina cristiana.

Sigue luego la encíclica M et M, al final de la segunda parte, con la explicación de la doctrina sobre la propiedad. Juan XXIII hace nuevos aportes a la doctrina católica sobre la propiedad, como ya lo había hecho su antecesor Pío XII, quien nos enseñó que no somos dueños absolutos, sino administradores, de los bienes que poseemos.

 

¿Hay que cambiar la doctrina sobre la propiedad privada?

San Juan XXIII encontró al llegar al pontificado, que había cambios en el manejo de la sociedad que hacían pensar en la conveniencia de profundizar en la doctrina sobre la propiedad. Entre los cambios que invitaban a esa profundización estaba el mayor desarrollo de la seguridad social y el que se daba más importancia a la preparación y desempeño de un oficio o de una profesión, que a la de acumular un capital para el futuro.

Vimos que en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, en los países de Europa occidental, los movimientos sociales y los reclamos de los ciudadanos, movieron a los gobiernos a poner más atención a la condición de los trabajadores, y en consecuencia impulsaron la organización de la seguridad social; es decir, vieron la necesidad de tener en cuenta los derechos de los trabajadores a la salud, a la pensión, al empleo, a la educación, a la cultura. Estos derechos aplicados a todos los ciudadanos, definieron la política del bienestar social como característica de las democracias más avanzadas de la Europa de la posguerra.

El derecho a la seguridad social tuvo un mayor desarrollo en el mundo en la segunda mitad del siglo XX, tanto que la ONU lo incluyó en la Declaración de los Derechos Humanos.

La seguridad social en Colombia

 

A propósito de la seguridad social, una oyente me preguntó en el programa pasado cuándo se había establecido en Colombia. Como yo no recordaba los años, era mi obligación informarme para tener hoy la respuesta. Una oyente me llamó después del programa y me aportó su experiencia personal, cuando ella laboró en una empresa. Me recordó que el Instituto Colombiano de Seguridad Social fue creado en el gobierno de Mariano Ospina Pérez o sea entre 1946 y 1950, y la pensión de vejez en el gobierno de Carlos Lleras Restrepo, que fue presidente entre 1966 y 1970.

Por la información que he encontrado, la seguridad social en Colombia se ha desarrollado a lo largo de muchos años, empezando por conceder algún tipo de pensión a los militares, a sus viudas y a los educadores. La primera organización formal dedicada a la seguridad social, específicamente a las pensiones, fue la caja de retiro de las fuerzas militares que se creó en 1925. La radioyente que comentó cómo funcionaba la seguridad social en su época laboral me decía, que las empresas atendían a los trabajadores por medio de un servicio médico que esas empresas contrataban. Antes de crear el seguro social obligatorio, en lo concerniente a la salud, la obligación de las empresas era atender a sus empleados.

Me he dado cuenta de que la información sobre la historia de la seguridad social en Colombia es difícil de integrar. Sus primeros balbuceos, llamémoslos así, estuvieron ya en el famoso discurso del Libertador Simón Bolívar, en el Congreso de Angostura, en 1919, cuando dijo: El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política.

Que no hemos tenido un sistema de gobierno perfecto, como el señalado por el Libertador, nos lo dicen las vicisitudes por las que ha pasado la seguridad social en Colombia con los innumerables cambios por medio de repetidos nuevos decretos y leyes. Antes de la creación del Instituto de Seguros Sociales, como decíamos, las empresas debían prestar los seguridad social. En 1946, tomando como modelo el seguro social alemán, le Ley 90 creó el Instituto de Seguros sociales que asumió las prestaciones sociales y se definieron las contribuciones a la seguridad social de parte del empleador, del trabajador y del estado, para financiar los riegos amparados.

Parece, por la información que pude encontrar, que inicialmente, la seguridad social se dirigía a atender la salud y que la Caja de previsión Social, creada también en 1946, atendía el régimen de pensiones solo de los empleados del sector público. En 1967, las pensiones de los empleados privados se reglamentaron y su administración se encargó al Instituto Colombiano de los Seguros Sociales (ICSS), que en 1977 cambiaría su nombre al Instituto de Seguros Sociales (ISS) y hoy reemplazado por COLPENSIONES.

Dejo el encargo de estudiar la historia de nuestro seguro social a alguien que quiera hacer una tesis sobre esta difícil historia, pues su desarrollo ha sido a lo largo de muchos años, en diversos gobiernos que lo han ido modificando. Por ahora continuemos.

 

La doctrina tradicional no ha perdido nada de su validez

 

Volviendo a la encíclica M et M, si las nuevas condiciones de la sociedad, después de la guerra mundial, reclamaban replantear la doctrina sobre la propiedad, como se pregunta Juan XXIII en el número 108 de Mater et magistra, la respuesta es tajante: la doctrina tradicional no ha perdido nada de su validez. Leamos el número 108:

Tales nuevos aspectos de la economía moderna han contribuido a divulgar, la duda sobre si, en la actualidad, ha dejado de ser válido, o ha perdido, al menos, importancia, un principio de orden económico y social enseñado y propugnado firmemente por nuestros predecesores; esto es, el principio que establece que los hombres tienen un derecho natural a la propiedad privada de bienes, incluidos los de producción.

En el N° 109 responde a esta duda sobre el derecho a la propiedad privada, San Juan XXIII:

Esta duda carece en absoluto de fundamento. Porque el derecho de propiedad privada, aun en lo tocante a bienes de producción, tiene un valor permanente, ya que es un derecho contenido en la misma naturaleza, la cual nos enseña la prioridad del hombre individual sobre la sociedad civil, y , por consiguiente, la necesaria subordinación teológica de la sociedad civil al hombre.

Por otra parte, en vano se reconocería al ciudadano el derecho de actuar con libertad en el campo económico si no le fuese dada al mismo tiempo la facultad de elegir y emplear libremente las cosas indispensables para el ejercicio de dicho derecho.

Además, la historia y la experiencia demuestran que en los regímenes políticos que no reconocen a los particulares la propiedad, incluida la de los bienes de producción, se viola o suprime totalmente el ejercicio de la libertad humana en las cosas más fundamentales, lo cual demuestra con evidencia que el ejercicio de la libertad tiene su garantía y al mismo tiempo su estímulo en el derecho de propiedad.

De manera que la doctrina tradicional sobre la propiedad privada no ha perdido su validez aunque haya habido cambios en la sociedad. San Juan XXIII acude a argumentos filosóficos sobre la persona y la sociedad, cuando nos dice que el individuo está por encima de la sociedad y se apoya además en el ejercicio de la libertad que se manifiesta en el derecho del ciudadano a elegir y emplear libremente en el campo económico… las cosas indispensables para el ejercicio de dicho derecho.

En el N° 109 acude San Juan XXIII a la experiencia de lo que ha ocurrido en los regímenes políticos que han impuesto la abolición de la propiedad privada. Por eso en el N° 112 resalta la importancia de la propiedad privada, cuando se refiere a los países donde no se reconoce tal derecho. Dice:

Resulta, por tanto, extraña la negación que algunos hacen del carácter natural del derecho de propiedad, que halla en la fecundidad del trabajo la fuente perpetua de la eficacia; constituye, además, un medio eficiente para garantizar la dignidad de la persona humana y el ejercicio libre de la propia misión en todos los campos de la actividad económica; y es, finalmente, un elemento de tranquilidad y de consolidación para la vida familiar, con el consiguiente aumento de paz y prosperidad en el Estado.

 

No absolutos poseedores. No podemos ignorar las necesidades de los demás

 

San Juan XXIII continuó con la doctrina de su antecesor Pío XII sobre la propiedad privada, de la cual hemos hablado más de una vez. En M et M también aclara, como Pío XII, que el que se mantenga la doctrina del derecho de propiedad no significa que seamos absolutos poseedores, y que podamos ignorar a los demás, que no tienen acceso a los bienes, o que podamos ignorar el bien común.

En el número 111 de M et M cita San Juan XXIII el célebre radiomensaje de Pío XII, del 1 de septiembre de 1944. Dice San Juan XXIII:

Nos es grato, por tanto, repetir las observaciones que en esta materia hizo nuestro predecesor, de feliz memoria, Pío XII: «Al defender la Iglesia el principio de la propiedad privada, persigue un alto fin ético-social. No pretende sostener pura y simplemente el actual estado de cosas, como si viera en él la expresión de la voluntad divina; ni proteger por principio al rico y al plutócrata contra el pobre e indigente. Todo lo contrario: La Iglesia mira sobre todo a lograr que la institución de la propiedad privada sea lo que debe ser, de acuerdo con los designios de la divina Sabiduría y con lo dispuesto por la naturaleza». Es decir, la propiedad privada debe asegurar los derechos que la libertad concede a la persona humana y, al mismo tiempo, prestar su necesaria colaboración para restablecer el recto orden de la sociedad.

 

Necesidad de hacer llegar la propiedad a todos

 

A continuación, en los números 113 a 115, Juan XXIII nos instruye sobre la necesidad de hacer llegar la propiedad a todos, aprovechando las oportunidades del desarrollo económico. Leámoslos:

No basta, sin embargo, afirmar que el hombre tiene un derecho natural a la propiedad privada de los bienes, incluidos los de producción, si, al mismo tiempo, no se procura, con toda energía, que se extienda a todas las clases sociales el ejercicio de este derecho.Como acertadamente afirma nuestro predecesor, de feliz memoria, Pío XII, por una parte, la dignidad de la persona humana «exige necesariamente, como fundamento natural para vivir, el derecho al uso de los bienes de la tierra, al cual corresponde la obligación fundamental de otorgar una propiedad privada, en cuanto sea posible, a todos» (Radiomensaje de Navidad, 24 de diciembre de 1942; cf. Acta Apostolicae Sedis 34 (1942) p. 17), y, por otra parte, la nobleza intrínseca del trabajo exige, además de otras cosas, la conservación y el perfeccionamiento de un orden social que haga posible una propiedad segura, aunque sea modesta, a todas las clases del pueblo (Ibíd., p.20).Hoy, más que nunca, hay que defender la necesidad de difundir la propiedad privada, porque, en nuestros tiempos, como ya hemos recordado, los sistemas económicos de un creciente número de países están experimentando un rápido desarrollo.

Por lo cual, con el uso prudente de los recursos técnicos, que la experiencia aconseje, no resultará difícil realizar una política económica y social, que facilite y amplíe lo más posible el acceso a la propiedad privada de los siguientes bienes: bienes de consumo duradero; vivienda; pequeña propiedad agraria; utillaje necesario para la empresa artesana y para la empresa agrícola familiar; acciones de empresas grandes o medianas; todo lo cual se está ya practicando con pleno éxito en algunas naciones, económicamente desarrolladas y socialmente avanzadas.

Son perfectamente compatibles la propiedad pública y la privada

 

Porque los todos particulares tengamos derecho a la propiedad privada en ninguna forma quiere decir que el estado no pueda poseer bienes, y Juan XXIII por el contrario sugiere que, algunos bienes, por el poder económico que representan, no conviene que se dejen en manos privadas. Se refiere allí al bien común, en la encíclica M et M, del número 116 al 118. Explica allí que son perfectamente compatibles la propiedad pública y la privada, como consecuencia del bien común. Oigamos sus palabras:

Lo que hasta aquí hemos expuesto no excluye, como es obvio, que también el Estado y las demás instituciones públicas posean legítimamente bienes de producción, de modo especial cuanto éstos «llevan consigo tal poder económico, que no es posible dejarlo en manos de personas privadas sin peligro del bien común» (Quadragesimo anno).

Nuestra época registra una progresiva ampliación de la propiedad del Estado y de las demás instituciones públicas. La causa de esta ampliación hay que buscarla en que el bien común exige hoy de la autoridad pública el cumplimiento de una serie creciente de funciones.

Sin embargo, también en esta materia ha de observarse íntegramente el principio de la función subsidiaria, ya antes mencionado, según el cual la ampliación de la propiedad del Estado y de las demás instituciones públicas solo es lícita cuando la exige una manifiesta y objetiva necesidad del bien común y se excluye el peligro de que la propiedad privada se reduzca en exceso, o, lo que sería aún peor, se la suprima completamente.

 

Confiar los bienes públicos a personas competentes y honradas

Hay que afirmar, por último, que las empresas económicas del Estado o de las instituciones públicas deben ser confiadas a aquellos ciudadanos que sobresalgan por su competencia técnica y su probada honradez y que cumplan con suma fidelidad sus deberes con el país.

Más aún, la labor de estos hombres debe quedar sometida a un cuidadoso y asiduo control, a fin de evitar que, en el seno de la administración del propio Estado, el poder económico quede en manos de unos pocos, lo cual sería totalmente contrario al bien supremo de la nación.

Me llama la atención la visión de San Juan XXIII, como se refleja en los números que acabamos de leer. Nos enseña que el estado puede lícitamente poseer bienes cuando el bien común lo exige. Se habla del estado, no del gobierno. Los gobiernos cambian cada vez que hay elecciones. Los bienes del estado son de todos los ciudadanos, de manera que son administrados por los gobiernos y deben hacerlo, no con el criterio de favorecer sus copartidarios, sino a todos. Y dice San Juan XXIII que las instituciones públicas deben ser confiadas a aquellos ciudadanos que sobresalgan por su competencia técnica y su probada honradez y que cumplan con suma fidelidad sus deberes con el país. Si se siguiera esa orientación de San Juan XXIII no estaríamos oyendo tantas quejas de corrupción en el manejo de los dineros públicos. Y volvamos a leer último párrafo del N° 118:

Más aún, la labor de estos hombres debe quedar sometida a un cuidadoso y asiduo control, a fin de evitar que, en el seno de la administración del propio Estado, el poder económico quede en manos de unos pocos, lo cual sería totalmente contrario al bien supremo de la nación.

Resumamos cuáles son las exigencias de la propiedad privada en según la encíclica Mater et magistra: es necesario conseguir que a la propiedad privada tengan acceso todos los ciudadanos; la propiedad privada y la propiedad pública son compatibles, como consecuencia del bien común. En los números 119 a 121 veremos cuál es la función social de la propiedad, como aplicación del destino universal de los bienes.

N° 25 ¿Sí vale la pena creer? 2 de noviembre de 2014

La Biblia: mensajes de Dios en lenguaje humano

¿Sí vale la pena creer? Noviembre 2, 2014

Reflexión 296 San Juan XXIII Doctrina Social (Oct.16 2014)

Repasemos

Continuamos hoy el estudio de la encíclica Mater et magistra, Madre y maestra, de San Juan XXIII. En la reflexión anterior terminamos de comentar las enseñanzas de M et M sobre las empresas artesanales y cooperativas, la pequeña y mediana propiedad en la agricultura, el comercio y la industria, en las cuales los trabajadores son al mismo tiempo sus dueños.

Siguiendo las enseñanzas de Pío XII, San Juan XXIII pide al estado que proteja ese tipo de empresas. Señala M et M que son indispensables unas políticas económicas de estado, adecuadas, que beneficien a estas empresas en cuanto a la capacitación y el crédito y que les otorgue beneficios tributarios.

 

Juan XXIII y la utilización del mercadeo

La encíclica no solo se refiere al papel del estado en el fomento y protección de las pequeñas empresas, sino que a esas mismas empresas, la artesanal y las cooperativas, les aconseja que para tener éxito, utilicen los avances de la ciencia y de la técnica tanto en su organización como en su funcionamiento y métodos de trabajo. Algo más, les ofrece orientación sobre la utilización del mercadeo, pues les aconseja que tengan en cuenta las necesidades y preferencias de los consumidores. Es decir que las empresas pequeñas para tener éxito se deben manejar como lo hacen las empresas grandes exitosas, con la utilización de los adelantos científicos y técnicos y del mercadeo bien entendido.

Me refiero al mercadeo bien entendido y no a la publicidad engañosa que a veces se utiliza. El mercadeo es una buena herramienta tanto técnica como ética, si estudia las necesidades del consumidor al que pretende llegar, y da a conocer verazmente, por medio de la publicidad, los productos que ofrece para satisfacer las necesidades y preferencias de sus consumidores.

 

Las empresas, comunidades humanas

 

San Juan XXIII no duda en afirmar que a los trabajadores se les debe dar una participación activa en los asuntos de la empresa donde trabajan, sean públicas o privadas, grandes o pequeñas. Destaca así mismo M et M, que las empresas deben llegar a ser auténticas comunidades humanas. Un rasgo que debe distinguir a la empresa que se precie de ser una auténtica comunidad humana, es el de las buenas relaciones entre todos sus miembros. Unas relaciones respetuosas y justas entre todos.

A más de un empresario le debe parecer extraño que la DSI señale a las compañías el camino de ser auténticas comunidades humanas. Muchos dueños y administradores de negocios, hasta me atrevo a pensar que la mayoría, creen que las empresas se fundan únicamente para producir beneficios económicos a sus dueños. Pareciera un pensamiento muy atrevido, que no tiene que ver nada con los negocios, esperar de ellas que se distingan por el trato verdaderamente humano entre sus integrantes: jefes y demás trabajadores. Los negocios que se manejan con ese ideal, que las hay, se dan cuenta de que funcionan mucho mejor, producen más beneficios económicos, si todos sus integrantes se sienten bien trabajando allí, si tienen lo que se suele llamar sentido de pertenencia, si sienten que son miembros de una auténtica comunidad humana.

 

¿Qué opina la DSI sobre los sindicatos?

 

Pasamos ahora al tema de los sindicatos, que reciben un fuerte impulso en la encíclica Mater et magistra, en los números 97 y siguientes. Esta encíclica considera a los sindicatos, muy importantes en la orientación económica de un país, porque por medio de ellos tienen los trabajadores un canal de comunicación para hacerse escuchar de los que toman las grandes decisiones de la economía. El papa trata sobre la presencia activa de los trabajadores en todos los niveles.

Leamos las palabras de la encíclica en los números 97 y 98:

Es una realidad evidente que, en nuestra época, las asociaciones de trabajadores han adquirido un amplio desarrollo, y, generalmente han sido reconocidas como instituciones jurídicas en los diversos países e incluso en el plano internacional. Su finalidad no es ya la de movilizar al trabajador para la lucha de clases, sino la de estimular más bien la colaboración, lo cual se verifica principalmente por medio de acuerdos establecidos entre las asociaciones de trabajadores y de empresarios.

Hay que advertir, además, que es necesario, o al menos muy conveniente, que a los trabajadores se les dé la posibilidad de expresar su parecer e interponer su influencia fuera del ámbito de su empresa, y concretamente en todos los órdenes de la comunidad política.La razón de esta presencia obedece a que las empresas particulares, aunque sobresalgan en el país por sus dimensiones, eficiencia e importancia, están, sin embargo, estrechamente vinculadas a la situación general económica y social de cada nación, ya que de esta situación depende su propia prosperidad.

Como vemos, la clase de sindicatos que promueve la encíclica M et M no es la de sindicatos politizados, que entienden como su fin el movilizar a los trabajadores para una lucha de clases, sino como unos organismos que sean estímulo a la colaboración. Si los trabajadores son miembros de una comunidad humana, como deben ser las empresas, se organizan en sindicatos para funcionar mejor y comunicarse con los empresarios. Un sindicato que funcione bien no tiene por qué ser una piedra en el zapato, sino una pieza en el engranaje de esa organización de personas a la cual pertenece. Claro que las dos piezas, la de los empresarios y la de los trabajadores, deben estar bien aceitadas y no hay mejor aceite que el buen trato. Nosotros los creyentes diríamos que no hay mejor aceite que el amor cristiano.

Los sindicatos bien manejados tienden a esa relación de entendimiento y colaboración. No a crear conflictos sino a servir de puentes, a ser plenipotenciarios de sus compañeros trabajadores en las negociaciones y demás pactos que se convienen para satisfacer las inquietudes y necesidades de los trabajadores. Los trabajadores serán más fácilmente escuchados si están organizados. Claro que, yo pienso que un sindicato así, debería servir también de canal para que los patronos presenten sus reclamaciones, si las tienen. La comunicación es efectiva cuando es en doble vía, cuando hay diálogo.

El P. Camacho en su libro Doctrina social de la iglesia, una aproximación histórica, dice en la Pg. 239:

Así concebido, el sindicalismo recibe un fuerte apoyo de Juan XXIII, al margen de su inspiración ideológica. En la Mater et magistra se alaban tanto los sindicatos de inspiración cristiana como los de carácter neutro… Esto supone un paso adelante, que supera las reservas tradicionales de los papas frente a la incorporación de trabajadores cristianos en sindicatos no confesionales.

 

Los sindicatos de inspiración cristiana en Colombia

 

Como en alguna ocasión mencionamos en este programa, la iglesia intentó fomentar la creación de sindicatos fundados en la doctrina cristiana. Aquí en Colombia la conferencia episcopal encargó a la Compañía de Jesús ese difícil trabajo. A esa labor se dedicaron, entre otros, los PP. Vicente Andrade Valderrama y Francisco Javier Mejía en la formación cristiana de los dirigentes de la UTC y el P. Adán Londoño quien se dedicó especialmente a la formación de los jóvenes que más adelante ingresarían a los sindicatos, preparándose en la JTC. A ese tipo de organizaciones se refiere Juan XXIII sin duda, en los números 100 a 102. Léamoslos:

Es natural, por tanto, que nuestro pensamiento y nuestro paterno afecto se dirijan de modo principal a las asociaciones que abarcan profesiones diversas y a los movimientos sindicales que, de acuerdo con los principios de la doctrina cristiana, están trabajando en casi todos los continentes del mundo.

Conocemos las muchas y graves dificultades en medio de las cuales estos queridos hijos nuestros han procurado con eficacia y siguen procurando con energía la reivindicación de los derechos del trabajador, así como su elevación material y moral, tanto en el ámbito nacional como en el plano mundial.

Pero, además, queremos tributar a la labor de estos hijos nuestros la alabanza que merece, porque no se limita a los resultados inmediatos y visibles que obtiene, sino que repercute también en todo el inmenso mundo del trabajo humano, con la propagación general de un recto modo de obrar y de pensar y con el aliento vivificador de la religión cristiana.

Idéntica alabanza paternal queremos rendir asimismo a aquellos de nuestros amados hijos que, imbuidos en las enseñanzas cristianas, prestan un admirable concurso en otras asociaciones profesionales y movimientos sindicales que respetan la ley natural y la libertad personal en materia de religión y moral.

Ese último párrafo se refiere a los sindicalistas que militaban en sindicatos que no tenían la orientación de la Iglesia, pero los trabajadores afiliados obraban de acuerdo con sus enseñanzas.

 

Los sindicatos políticos

 

El esfuerzo de la Iglesia por la formación cristiana de los trabajadores era indispensable cuando el comunismo por una parte y el fascismo por otra, habían hecho de los sindicatos un arma política en la lucha de clases, el comunismo, y un arma política de apoyo al gobierno en los gobiernos fascistas. En esos sindicatos se desvirtuaba su naturaleza que debía ser para favorecer a los trabajadores y no para promover partidos o movimientos políticos.

Los trabajadores católicos tenían que estar muy bien formados en su fe y en particular en la DSI. Como dice Juan XXIII, de esos trabajadores se esperaba que propagaran con su ejemplo, un recto modo de obrar y de pensar con el aliento vivificador de la religión cristiana. No en todos los países permitían la formación de sindicatos orientados por la Iglesia, por eso Juan XXIII alaba a los que imbuidos en las enseñanzas cristianas prestan su concurso en otros movimientos sindicales respetuosos de la ley natural y de la libertad personal en materia de religión y de moral.

Mater et magistra y la doctrina sobre la propiedad

 

El fin de la segunda parte de la encíclica M et M se dedica a la doctrina sobre la propiedad. Ya Pío XII había enseñado que no se puede pretender que seamos propietarios absolutos de los bienes que poseamos, pues de lo que tenemos somos solo administradores, como lo vimos antes. Juan XXIII hace nuevos aportes al desarrollo de esta doctrina. La DSI está en permanente avance, de acuerdo con las necesidades de la sociedad.

Juan XXIII expone en la M et M que hay cambios en la sociedad que invitan a profundizar en la doctrina sobre la propiedad. El texto de M et M destaca tres aspectos nuevos en la comprensión y uso de la propiedad. Uno de ellos aparecen en la creciente separación de funciones entre el propietario de los medios de producción y los dirigentes de la empresa; el segundo aspecto nuevo es el desarrollo de los sistemas de seguridad social, lo cual disminuye el valor del patrimonio como fuente de seguridad frente al futuro y el tercer aspecto es la mayor importancia que se da al desempeño de una profesión, por encima de la importancia que se adjudica a la posesión de un capital. Estos asuntos se encuentran del N° 112 al 120 de M et M.

Expliquemos de qué se trata. Juan XXIII encontró cambios en la conducción de la sociedad: en las empresas privadas, los que las administraban, ya no eran necesariamente sus propietarios; por otra parte, los ciudadanos empezaban a tener una mejor atención en salud, en educación y en las posibilidades de gozar de una pensión cuando por la edad se retiraran del trabajo y en tercer lugar, ya no se confiaba en que para garantizar el propio futuro fuera indispensable ser propietario, sino que se daba más importancia a estar capacitado y desempeñar un oficio o una profesión.

Juan XXIII descubre algo muy positivo en la forma como se iba desarrollando la sociedad, que ha ido descubriendo el valor inmenso del trabajo, superior a la posesión de bienes. Los bienes son algo externo a la persona humana, son instrumentos, mientras que el valor del trabajo es superior. Quizás por eso, también hoy el papa Francisco se refiere con tanta frecuencia al trabajo, como algo que da dignidad a la persona.

 

El papa Francisco y la dignidad del trabajo

 

La importancia del trabajo la aprendió el papa Francisco cuando era joven, hijo de inmigrantes. Entre los varios libros que publicaron cuando Mario Bergoglio, arzobismo de Buenos Aires fue elegido papa, hay uno que se titula “El Jesuita”. Cuenta allí en las páginas 34 y 35, que cuando el joven Bergoglio empezó los estudios de secundaria, su papá le dijo que convenía que trabajara en vacaciones. Y observa el entonces cardenal Bergoglio: Le agradezco tanto a mi padre que me haya mandado a trabajar. El trabajo fue una de las cosas que mejor me hizo en la vida… Hoy como papa con frecuencia habla del trabajo en la misma forma como lo hacía de arzobispo de Buenos Aires. A la pregunta de cuál era su experiencia pastoral, al ver tanta gente desocupada, respondió:

Son gente que no se siente persona. Y que, por más que sus familias y sus amigos les ayuden, quieren trabajar, quieren ganarse el pan con el sudor de su frente. Es que, en última instancia, el trabajo unge de dignidad a una persona. La unción de la dignidad no la otorga ni el abolengo, ni la formación familiar, ni la educación. La dignidad como tal solo viene del trabajo… Podemos tener una fortuna, pero si no trabajamos, la dignidad se viene abajo.

Menciono al papa Francisco, cuando estudiamos la doctrina social en Juan XXIII, porque es importante que seamos conscientes de que la Iglesia siempre predica la doctrina del evangelio en que se funda su doctrina social. Podríamos ir muy atrás en la historia de la Iglesia y siempre encontraríamos coherencia en sus enseñanzas sociales.

Los cambios que encontró Juan XXIII en la sociedad

 

Volvamos a Juan XXIII. Se pregunta en M et M, si los cambios en lo referente a la propiedad, que eran más notorios en su época, y se manifestaban en la separación de las funciones entre el propietario y los dirigentes de la empresa, el desarrollo de los sistemas de seguridad social y el desempeño de una profesión, como superior a la posesión de bienes, si esos cambios en la sociedad, daban lugar a replantear la doctrina sobre la propiedad privada.

Veamos a qué se refiera M et M cuando trata de esos tres aspectos: primero sobre la separación de las funciones del propietario y de los dirigentes de la empresa. Apareció claro entonces, como lo es ahora, que ya, los dueños del capital no son necesariamente quienes lo administran. Prefieren nombrar una junta directiva que les ayude en la orientación de la empresa y confían a administradores preparados y confiables: presidente, gerentes, que no son de la familia de los dueños, el manejo de las distintas áreas de la empresa. En el segundo aspecto, el de la seguridad social, después de la segunda guerra mundial, empezó un fuerte desarrollo de los estados bienestar. Detengámonos un momento en recordar que es eso de los estados bienestar.

 

La política de bienestar social en los siglos XIX y XX

En la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, en los países de Europa occidental, quizás movidos por el temor de que se extendiera la revolución, los movimientos sociales y los reclamos de los ciudadanos, impulsaron a los gobiernos a poner más atención a la condición de los trabajadores, en la organización de lo que hoy llamamos la seguridad social; es decir, vieron la necesidad de tener en cuenta los derechos de los trabajadores a la salud, a la pensión, al empleo, a la educación, a la cultura. Estos derechos aplicados a todos los ciudadanos, definieron la política del bienestar social como característica de las democracias más avanzadas de la Europa de la posguerra.

Luego de la crisis económica que atacó al mundo como consecuencia de la segunda guerra mundial, hubo movimientos sociales y fuerzas políticas que favorecieron esquemas de seguridad social, leyes de protección al trabajo, establecimiento de un salario mínimo, reconocimiento de los sindicatos como legítimos representantes de los trabajadores. Entre esas fuerzas políticas que favorecieron el desarrollo de la seguridad social en Europa, no podemos dejar de mencionar a la democracia cristiana en Alemania, con su máximo dirigente Konrad Adenauer. Todavía hoy existe la Fundación Konrad Adenauer, que promueve la acción social.

 

¿El mayor gasto en seguridad social perjudicó a las empresas?

Quizás alguien se pregunte si el mayor gasto público y las cargas tributarias, consecuencia de las nuevas políticas socioeconómicas a favor de todos los ciudadanos, fueron en deterioro del capitalismo. Porque, como vimos la semana pasada, en nuestro país, al solo intento de volver a considerar el pago de horas nocturnas desde las 6 de la tarde, como era antes, y no solo desde las 10 de la noche, los empresarios manifestaron que no tenían el dinero para esa carga. Temen ganar menos, pero seguramente por eso no dejarían de ser rentables sus empresas.

No fue mala experiencia de las empresas por el impulso a la seguridad social en la primera mitad del siglo XX, en Europa; antes por el contrario, fue benéfico, como lo demuestra el análisis del crecimiento económico publicado por el Fondo Monetario Internacional en mayo del año 2000. En la Pg. 154 del capítulo quinto, publica una gráfica sobre el crecimiento económico en el siglo XX. La conclusión de ese estudio fue que el período de 1950 a 1973, fue el mayor crecimiento, más del doble de los otros períodos. Con razón el historiador marxista Eric Hobsbawm, llama a esa época “La edad de oro del capitalismo” (Cf Historia del siglo XX, Cap. IX, Los años dorados).

En la Pg 264 dice Hobsbawm sobre la que él llama la edad de oro: La economía mundial crecía, pues, a un ritmo explosivo. Al llegar los años sesenta, era evidente que nunca había existido algo semejante. La producción mundial de manufacturas se cuadruplicó entre principios de los cincuenta y principios de los setenta, y, algo todavía más impresionante, el comercio mundial der productos elaborados se multiplicó por diez.

Recordemos que San Juan XXIII sucedió a Pío XII en octubre de 1958 y murió en junio de 1963. Pío XII gobernó a la Iglesia durante la segunda guerra mundial. Juan XXIII a su llegada encontró situaciones nuevas, producto de una guerra devastadora y fue testigo de cómo los países se empeñaban en su reconstrucción. El mundo trabajaba con entusiasmo, estaba optimista y llegó él, un papa también optimista. El mundo occidental había optado por la democracia y las antiguas colonias empezaban su proceso de desligarse de sus naciones dominantes.

Claro que no todos los países gozaron del mismo nivel de prosperidad desde 1950. Dependió de la situación en que quedaron después de la destrucción que dejó a su paso la guerra. Recordemos que la guerra terminó en 1945, pero en los años sesenta ya Europa se encontraba en medio de la prosperidad. Tampoco se puede afirmar que la prosperidad económica llegó a Europa occidental gracias a las medidas sociales de los estados bienestar, que se preocuparon por la seguridad social; pero el haber dedicado recursos grandes a la atención de la salud, a las pensiones, a la educación de sus ciudadanos no los hizo más pobres. Al contrario, la producción de alimentos creció más que la población, sus industrias crecieron y con ellas el empleo y el progreso de Europa era indudable.

Ahora bien, si estas nuevas condiciones reclamaban replantear la doctrina sobre la propiedad, como se pregunta Juan XXIII en el número 108, la respuesta es tajante: la doctrina tradicional no ha perdido nada de su validez. Leamos el número 108:

Tales nuevos aspectos de la economía moderna han contribuido a divulgar, la duda sobre si, en la actualidad, ha dejado de ser válido, o ha perdido, al menos, importancia, un principio de orden económico y social enseñado y propugnado firmemente por nuestros predecesores; esto es, el principio que establece que los hombres tienen un derecho natural a la propiedad privada de bienes, incluidos los de producción.