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Reflexión 61 Junio 14 2007

Compendio de la D.S.I. Nº 56

 


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Las Reflexiones que se publican aquí son originalmente programas transmitidos por Radio Maríade Colombia. Usted puede escucharlos los jueves a las 9:00 a.m., hora de Colombia. También puede sintonizar la radio por internet en www.radiomariacol.org

 En la columna azul, a la derecha, en “Categorías”, encuentra en orden todos los programas, según la numeración del libro “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.” Con un clic usted elige.

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Nuevos Cielos y Nueva Tierra

La ley fundamental de la perfección humana

En la reflexión anterior comenzamos el estudio del N° 56 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, que empieza con el título Cielos nuevos y tierra nueva. Repasemos lo que alcanzamos a ver la semana pasada.

 

El Compendio, en los números anteriores nos hablaba de la renovación de las relaciones sociales que requiere el mundo, para que se rija por la ley que el Compendio (N° 54) llama La ley fundamental de la perfección humana, la ley que puede transformar el mundo, y es el mandamiento nuevo del amor. Los números anteriores, del 52 al 55, trataban sobre nuestra sociedad, vista a la luz de la fe. Nos ponía de presente la necesidad de la transformación del mundo y de sus estructuras de injusticia. Ahora nos recuerda que esta tierra en que vivimos, esta realidad del mundo material, no es nuestra morada definitiva. Relaciona el mundo actual con el cielo, para que no perdamos la perspectiva de eternidad. Leamos el N° 56 del Compendio de la D.S.I.

 

La promesa de Dios y la resurrección de Jesucristo suscitan en los cristianos la esperanza fundada  que para todas las personas humanas está preparada una morada nueva y eterna, una tierra en la que habita la justicia (cf. 2 Co 5,1-2; 2 P 3,13).

 

Si aquí vivimos en un mundo donde campean la inequidad y la injusticia, nos espera un destino final donde reina la justicia:una morada nueva y eterna, una tierra en la que habita la justicia.

 

Mirar nuestra morada terrestre sin perder la perspectiva de la eternidad

 

Cita allí el Compendio la 2a Carta de San Pablo a los Corintios, 5,1-2. El Apóstol hablaba en los versículos anteriores, de las razones por las cuales no debemos desfallecer ante el deterioro de lo material, ante el deterioro de nuestro cuerpo, y nos invita aque miremos lo espiritual, lo que no se ve, porque lo que se ve es pasajero, mientras que las cosas que no se ven son eternas (4, 16-18). A continuación dice San Pablo: Porque sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos. Y así gemimos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celeste.

 

Cita también aquí el Compendio la 2a Carta de San Pedro, 3,13, de la cual toma las palabras sobre la nueva morada donde habita la justicia. Textualmente dice la Carta de San Pedro: esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia.”

 

Es muy importante que como personas de fe, veamos la tierra como es: Dios nos la entregó como nuestra morada; nos la entregó en administración, no como a dueños absolutos, de manera que tenemos que administrarla bien. Es la tierra para cada uno de nosotros, la casa en la cual nacemos, crecemos, nos desarrollamos como personas, donde formamos una familia, donde hacemos parte de una sociedad. De nosotros depende cómo sea esta casa; de nosotros depende que el agua sea limpia y suficiente para todos, que el aire que respiramos sea también limpio, que sus campos produzcan alimentos para todos. Que nuestras leyes sean justas, que transcurra una vida en paz, que las estructuras que conforman nuestras naciones no discriminen, y distribuyan sus bienes para todos con equidad, que sean estructuras justas, donde no quede lugar para la pobreza y el hambre. Es responsabilidad de todos que esta morada terrenal, nuestra casa, aunque sea una vivienda transitoria, sea una morada donde se pueda vivir con alegría.

 

El mundo que nosotros fabricamos

 

Desafortunadamente estamos lejos de esa tierra ideal. En enero de este año 2007, Benedicto XVI presentó al cuerpo diplomático el estado del planeta alcomenzar el nuevo año. La visión que presentó el Santo Padre no es muy alentadora. Oigamos solamente unos apartes deesa intervención del Papa:

 

Al inicio del año se nos invita a mirar la situación internacional para examinar los retos que debemos afrontar juntos. Entre las cuestiones esenciales, ¿cómo no pensar en los millones de personas, especialmente mujeres y niños, que carecen de agua, comida y vivienda? El escándalo del hambre, que tiende a agravarse, es inaceptable en un mundo que dispone de bienes, de conocimientos y de medios para subsanarlo. Esto nos impulsa a cambiar nuestros modos de vida y nos recuerda la urgencia de eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial, y corregir los modelos de crecimiento que parecen incapaces de garantizar el respeto del medio ambiente y un desarrollo humano integral para hoy y sobre todo para el futuro. Invito de nuevo a los Responsables de las Naciones más ricas a tomar las iniciativas necesarias para que los países pobres, que a menudo poseen muchas riquezas naturales, puedan beneficiarse de los frutos de sus propios bienes. Desde este punto de vista, es también motivo de preocupación el retraso en el cumplimiento de los compromisos asumidos por la comunidad internacional en los años recientes.

 

En esa intervención del Santo Padre en el Año Nuevo, ante el Cuerpo Diplomático, tuvo algunas palabras sobre la situación particular de Colombia. Dijo el Papa:

 

Mi atención se dirige muy especialmente hacia algunos países, en particular Colombia, donde el largo conflicto interno ha provocado una crisis humanitaria, sobre todo por lo que se refiere a las personas desplazadas. Se deben hacer todos los esfuerzos necesarios para pacificar el país, para devolver las personas secuestradas a sus familias, para volver a dar seguridad y una vida normal a millones de personas. Tales señales darían confianza a todos, incluso a los que han estado implicados en la lucha armada.

 

Dirijo mi afligido llamamiento a los autores de tales actos execrables

 

 

El crimen del secuestro que entristece a tantas familias, fue de nuevo mencionado por Benedicto XVI el  domingo 10 junio de 2007, solemnidad del Corpus Christi. El Santo Padre dirigió su pensamiento, al finalizar el rezo mariano del Ángelus, a todas las personas que se encuentran secuestradas en todo el mundo, y principalmente en Colombia:

 

“Por desgracia a menudo me llegan peticiones de interés en relación a personas, entre las cuales muchos sacerdotes católicos, que se encuentran secuestradas por motivos diversos en diferentes partes del mundo. Llevo a todos en mi corazón y tengo a todos presentes en mis oraciones, pensando, entre otros casos, en el tan doloroso caso de Colombia. Dirijo mi afligido llamamiento a los autores de tales actos execrables, para que tomen conciencia del mal cumplido y restituyan lo antes posible al afecto de sus seres queridos, a cuantos tienen prisioneros. Confío las víctimas a la materna protección de María Santísima, madre de todos los hombres”.[1]

 

Esa es la realidad del mundo en que vivimos. No es el mundo que Dios quiere, sino el mundo que los seres humanos fabricamos. Los nuevos cielos y la nueva tierra, de modo definitivo los tendremos en la vida futura, pero el Reino de Dios, de justicia, de amor y de paz lo debemos empezar a construir aquí, en esta vida terrenal; es nuestra responsabilidad.

 

El Reino se empieza a construir en nosotros mismos y en nuestra casa

 

Y no dejemos la construcción del Reino de Dios para sólo los grandes temas, que fácilmente podemos pensar que es responsabilidad de otros. El Reino se empieza a construir en nosotros mismos y en nuestra casa. Para el cristiano, la existencia que vivimos en la tierra, a pesar de toda su diversidad de situaciones, es una sola. El puente que une todas las partes diversas de que está compuesta nuestra vida diaria, la vida material, con sus dificultades, las tragedias o también las situaciones triviales que nos mortifican, – lo que integra nuestra vida toda, – es nuestra relación con Dios. Son la fe, la esperanza cristiana, nuestra vida espiritual, las que hacen comprensible y llevadera la vida. Sin Dios en medio de tantas miserias, nos sentiríamos completamente desamparados.

 

Vivir como cristiano no implica cortar con la realidad como es. No es cerrar los ojos a la realidad. Ser cristiano es estar involucrado en todo lo que importa al ser humano en su vida terrenal: en la familia, en el trabajo, la justicia, la guerra, la paz, el medio ambiente, lo mismo que la vida de oración, la vida sacramental. [2] Es precisamente la relación con Dios, lo que da sentido a la existencia, en sus momentos de alegría o de tristeza, en la intimidad del hogar, como también en el campo de lo público en la vida social y política.

 

Como nos enseña la Iglesia, los cristianos no podemos vivir dos vidas paralelas: una vida espiritual regida por sus propios valores y sus exigencias, circunscrita sólo a nuestra intimidad y otra, la vida secular, la vida de familia, la vida del trabajo, la vida de las relaciones sociales, la vida pública con su actividad cultural y política. A veces parece que se pusiera límites a la vida espiritual, a la vida religiosa, como si su terreno fuera exclusivamente el del templo y de nuestra vida íntima y no se le permitiera entrar a nuestras casas ni al sitio de trabajo ni a los restaurantes y lugares de descanso y menos aún al parlamento y a las Altas Cortes…Tenemos que abrir todas nuestras puertas a Dios.

 

De acuerdo con la doctrina social de la Iglesia, tenemos que trabajar por un mundo mejor, que se rija por valores fundamentales como la verdad, la justicia, el amor, la libertad. Un mundo de verdad; hoy no se sabe quién dice la verdad en la vida pública. Como a hijos de Dios, la Iglesia nos llama a hacer realidad el plan original del Creador, que es de un mundo de verdad, de justicia, de amor y de paz. Nos debemos preguntar si nuestro comportamiento es de obreros del Reino que siembran justicia, paz, amor y verdad.

Respeto a los bienes temporales

 

 

Ese mundo que debemos construir, respeta los bienes materiales, entregados por Dios para que se administren con justicia y equidad, teniendo también muy claro, que el paraíso no será en esta tierra, que nuestro corazón ansía lo que no se desmorona, lo que no se acaba. No queda satisfecho con los bienes que no perduran. Es lo que las naciones ricas de la tierra no comprenden, y por eso orientan todo su poder a aumentar la riqueza perecedera, que administran con egoísmo, como si fuera la riqueza material su último fin.

 

La Iglesia no cesa de exhortar a los países dominantes en la esfera de lo político y lo económico, para que cumplan con su deber. Con estos sentimientos se dirigió el Papa a los Jefes de Gobierno de las grandes potencias, reunidas en Alemania en la cumbre del G 8.[3] De igual manera los obispos reunidos en Aparecida enviaron un claro y terminante mensaje a esos jefes de Estado.  Con estas palabras Radio Vaticano informó sobre esos mensajes:

En nombre de la Asamblea Episcopal, los presidentes de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, subrayan junto con el Papa, en su carta a la canciller alemana Angela Merkel, su convicción de que una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo es eliminar la extrema pobreza y poner a disposición los recursos necesarios, porque de ello depende la paz y la seguridad mundial.

 

La carta del Santo Padre a la que los obispos hacen referencia fue enviada en diciembre de 2006 a la canciller alemana tras el anuncio de su presidencia para la cumbre del G-8. El Papa se congratulaba de que el tema de la “pobreza”, con referencia explícita a África, se encuentre en el orden del día de las reuniones, pues “merece la máxima atención y prioridad, tanto en beneficio de los países pobres como de los ricos”.

 

En este sentido Benedicto XVI recordaba las innumerables ocasiones en las que la Santa Sede ha puesto de relieve que, a la vez que los Gobiernos de los países más pobres tienen la responsabilidad de gobernar bien y de eliminar la pobreza, es indispensable una activa colaboración internacional. Aquí no se trata de una tarea extraordinaria o de concesiones que podrían posponerse a causa de urgentes intereses nacionales. Más bien, se trata de un deber moral grave e incondicional, basado en la pertenencia común a la familia humana, así como en la dignidad y el destino comunes de los países pobres y de los países ricos que, por el proceso de globalización, se desarrollan cada vez con mayor interdependencia.

 

Asimismo el Papa hablaba de la necesidad de amplias inversiones en el campo de la investigación y del desarrollo de medicinas para el tratamiento del sida, la tuberculosis, la malaria y otras enfermedades tropicales. A este respecto, los países industrializados deben afrontar la urgente tarea científica de crear por fin una vacuna contra la malaria. Del mismo modo, es necesario poner a disposición tecnologías médicas y farmacéuticas, así como conocimientos derivados de la experiencia en el campo de la salud, sin imponer en cambio exigencias jurídicas o económicas.[4]

 

La observación del Santo Padre acerca de la obligación de los países industrializados, de poner a disposición del mundo tecnologías médicas y farmacéuticas y conocimientos en el campo de la salud, sin imponer en cambio exigencias jurídicas o económicas, es un criterio que deberían tener en cuenta los negociadores de los tratados de libre comercio, pues parece que al derecho a la salud y a la vida, anteponen los derechos de lucro de las farmacéuticas internacionales.

 

Como podemos ver, si recorremos el mundo encontramos que no es ésta la morada terrenal que, aunque sea sólo transitoria, Dios quiere para sus hijos los hombres. Esta situación de pobreza, de enfermedad, de injusticia, de desorden no nos debe acobardar ni entristecer hasta el desconsuelo; debemos hacer nuestra parte, lo que nos corresponde en la construcción del Reino de Dios, en la transformación de las relaciones sociales y sabiendo que si actuamos  con justicia, si vivimos en el amor, siendo testimonio, nos espera la morada definitiva donde, allá sí, reinan la justicia y el amor.

                

                El siguiente párrafo del Compendio continúa así, en el mismo N° 56 que estamos estudiando:
La

«Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas que Dios creó pensando en el hombre».[5]

 

Este último párrafo que acabamos de leer está tomado de la Gaudium et spes, del Vaticano II, que nos instruye allí sobre la tierra nueva y el cielo nuevo que nos esperan. Unas líneas antes dice esta Constitución Pastoral:

 

39. Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano.

 

 

Cristo resucitado despierta el propósito de hacer más humana la vida presente

 

 

De manera que al final de los tiempos serán restaurados el nuevo cielo y la nueva tierra; pero tiene hoy en esta vida presente una responsabilidad la actividad humana, considerada a la luz de Jesucristo resucitado, pues Cristo resucitado no sólo despierta el deseo del mundo futuro, sino también el propósito de hacer más humana la vida presente[6]. El N° 56 del Compendio termina con estas palabras:

 

Esta esperanza, en vez de debilitar, debe más bien estimular la solicitud en el trabajo relativo a la realidad presente.

 

Estas palabras se basan en el mismo N° 39 de la Gaudium et Spes, cuando dice que aunque Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo (Lc 9,25), no obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puedede alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo.

 

Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales

En el N° 43, la Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II, exhorta a los cristianos al cumplimiento de sus deberes temporales, y lamenta la conducta de quienes, con el pretexto de la espera de los bienes celestiales, descuidan las tareas temporales. De la misma manera reprueba también a aquellos que se sumergen en los negocios terrenales, sin referencia alguna a la vida espiritual. Los dos extremos están mal. Estas son las palabras enérgicas del Concilio:

 

43. El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse del todo a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época. Ya en el Antiguo Testamento los profetas reprendían con vehemencia semejante escándalo. Y en el Nuevo Testamento sobre todo, Jesucristo personalmente conminaba graves penas contra él. No se creen, por consiguiente, oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por una parte, y la vida religiosa por otra. El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación. Siguiendo el ejemplo de Cristo, quien ejerció el artesanado, alégrense los cristianos de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios.

 

Con esa reflexión profunda de la iglesia, sobre nuestras obligaciones terrenales, terminamos el N°56 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. La semana entrante, Dios mediante, seguiremos con el N° 57, que nos instruye sobre el uso de los bienes de la tierra, y si nos alcanza el tiempo, continuaremos con el tema de la realización plena de la persona humana.

Fernando Díaz del Castillo Z.

Escríbanos a: reflexionesdsi@gmail.com


[1]Información de Radio Vaticano, Junio 10, 2007

[2] GerryO’Hanlon, S.J., Concerning Everyone, Toward a Civilization of Love, The Sacred Heart Messenger, Dublín, edición en internet.

[3] Cfr. Agencia Zenit, Código: ZS07060510, Fecha publicación: 2007-06-05, El Papa pone la lucha contra la pobreza en el centro de la cumbre del G8, en una carta dirigida a la canciller alemana, Angela Merkel.

[4]La Iglesia insta a los miembros del G-8 a actuar con responsabilidad, Jueves, 7 jun (RV).

5. Gaudium et spes, 39

[6]Once grandes mensajes, BAC, Pg. 376