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Reflexión 53 Marzo 29 2007

Las Reflexiones que se publican aquí son originalmente programas transmitidos por Radio María. Usted puede escucharlos los jueves a las 9:00 a.m., hora de Colombia. También puede sintonizar la radio por internet en www.radiomariacol.org

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Compendio de la D.S.I. Nº 51

 

El testimonio en la Misión de la Iglesia

Pidamos ayuda

 

Antes de comenzar, recojámonos un momento y oremos: Te agradecemos, Señor por esta oportunidad que nos das para estudiar tu doctrina. Te ofrecemos este rato de reflexión; y a ti Espíritu Santo, por intercesión de la Virgen María, te suplicamos que ilumines nuestro entendimiento y muevas nuestra voluntad, para que comprendamos rectamente y amemos la doctrina social de tu Iglesia, y danos la gracia que necesitamos tanto para vivir de acuerdo con ella.

Anunciar y comunicar el Evangelio y sus valores

En la reflexión anterior terminamos el estudio del N° 50 del Compendio, que nos explicó la misión de la Iglesia, al servicio del Reino de Dios. Vimos que la Iglesia tiene la misión de anunciar y comunicar el Evangelio de salvación  y de difundir en el mundo los valores evangélicos. Nos podríamos aprender esa frase tan corta y de tanto contenido. Quizás, si nos preguntan cuál es la misión de la Iglesia no la tengamos muy clara. Es una buena ayuda tener presente, que la Iglesia tiene la misión de anunciar y comunicar el Evangelio de salvación y difundir en el mundo los valores evangélicos. El mensaje de salvación, de la redención, el mensaje del Resucitado, los valores evangélicos.

La dimensión temporal, incompleta sin la Iglesia

Hay una frase en el N° 50 que merece especial atención, y que podríamos pasar por alto. Dediquémosle por eso, un rato. Dice que la dimensión temporal del Reino es incompleta, si no está en coordinación con el Reino de Cristo, presente en la Iglesia y en tensión hacia la plenitud escatológica. Tengamos presentes estas palabras claves: Dimensión temporal del Reino, – incompleta, -sin la Iglesia – y finalmente: tensión hacia la plenitud escatológica. Es decir que estamos en tensión mientras vamos en camino, que estamos sometidos a la acción de fuerzas opuestas que nos atraen.

El Reino de Dios, que como vimos es lo mismo que la salvación, tiene una dimensión temporal, porque se trata de la salvación de nosotros, los seres humanos que peregrinamos en la tierra, que vivimos en este momento histórico, en un lugar, con sus límites geográficos, su propia historia y su cultura. Somos parte de un país con su geografía particular, sus riquezas materiales, su gente, que es una amalgama de razas con sus propias historias, sus amores y sus odios, sus virtudes y sus defectos. Y además nos ha tocado vivir en un nuevo milenio, que marca un cambio de época, con todo lo que eso está significando: la confrontación del hombre consigo mismo, con los demás, con la creación, con la ciencia y aun con Dios.

¿Y qué tiene esto que ver con el Reino de Dios, con la salvación?

Tiene mucho que ver, porque el hombre que hay que salvar, es el hombre concreto de hoy, que conoce el progreso material que parece sin límites, que se deslumbra con lo que, con la ciencia, va descubriendo, que crece en conocimientos y desarrolla habilidades antes insospechadas, y que al mismo tiempo se debate en medio de las dificultades, la enfermedad, la pobreza, los interrogantes que no acierta a resolver, las dudas, el pecado de hoy. Por eso, en su dimensión temporal, El Reino está en tensión mientras está en desarrollo, mientras llega a la plenitud escatológica, que es el encuentro definitivo con Dios.

El Reino está pues, en construcción. Para construir la obra del Reino, que es divina y también es humana, necesitamos herramientas; algo así como andamios, cables, soportes. Y en la construcción del Reino de Dios hay una misión confiada a nosotros, seres humanos, limitados, imperfectos.Precisamente por eso, no son suficientes los medios materiales; para realizar nuestra parte como bautizados, no basta nuestra limitada inteligencia ni los medios de la ciencia y la tecnología; se trata de la construcción de un Reino que no es de este mundo. Aunque, porque tenemos que trabajar en el campo concreto del mundo terrenal, en el mundo como realmente es, tenemos que usar también medios materiales. Pero sin los medios sobrenaturales no podremos edificar. Como dice el Salmo 127: Si Yahvé no construye la casa, en vano se afanan los constructores. Tiene que intervenir la mano de Dios que nos proporciona los necesarios medios sobrenaturales.

Nuestra propia historia desde la perspectiva de la fe

Si miramos nuestra propia historia desde la perspectiva de la fe, tenemos que reconocer que los acontecimientos que estamos viviendo, no son sólo portadores de significación humana, sino que lo son también de significación divina; que aunque no lo veamos directamente, Dios está presente en ellos, que se manifiesta a través de ellos, -a eso los creyentes lo conocemos como los signos de los tiempos,- y tenemos que reconocer, aun en medio de la niebla, que Él va conduciendo con su sabiduría y su amor infinito la historia de los hombres.[1]

Dice el Compendio, citando a Juan Pablo II[2], que la dimensión temporal del Reino es incompleta, si no la consideramos unida, coordinada con la Iglesia. Porque se trata de una obra que no es sólo humana. Por eso los medios que utilicemos no pueden ser sólo humanos. A eso se refiere el Papa, en su mención del Reino de Cristo, presente en la Iglesia. Los obreros tenemos que utilizar los medios para la construcción del Reino: los andamios, los soportes adecuados, para participar en esta gigantesca obra de ingeniería sobrenatural, que es nuestra propia salvación y la de los demás. Esos medios sobrenaturales no los podemos comprar en los depósitos ni almacenes especializados de materiales de construcción, ni tampoco en las librerías, ni en los almacenes de electrónica; la entidad que los dispensa es la Iglesia; los recibimos a través de la Iglesia. Ese fue el camino que Dios escogió, con la fundación de la Iglesia, por medio de Jesucristo.

 

Compañera para toda la vida

 

En la Iglesia nos dejó el Señor el conducto para comunicarnos la Redención, para recibir al Espíritu Santo por medio de los sacramentos. Nuestra Madre la Iglesia, nos recibe como hijos de Dios en el bautismo y nos acompaña en todo el camino, hasta el momento en que encomienda al Padre nuestro espíritu, cuando terminamos el recorrido terrenal hacia Él.

Por medio de la Iglesia se nos comunica la vida divina en el bautismo, y se nos continúa dando el Señor por medio de los demás sacramentos, de manera muy especial en la Eucaristía. Recordemos las palabras de la Exhortación apostólica Sacramentum caritatis, en la cual Benedicto XVI nos entrega las conclusiones del Sínodo sobre la Eucaristía, y afirma: En el pan y en el vino, bajo cuya apariencia Cristo se nos entrega en la cena pascual (cf. Lc 22,14-20; 1 Co 11,23-26), nos llega toda la vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento.[3] Con la Eucaristía, nos dice, nos llega toda la vida divina.

En la Iglesia aprendemos a orar, oramos con Ella, de manera especial en la Eucaristía, y de diversas maneras, con la Biblia. A través de la Iglesia se nos anuncia la Palabra, que es el Camino que señaló Jesús para llegar al Padre. A veces la Palabra no se nos comunica con la elocuencia y la sabiduría que merece, pero esa es la contribución humana nuestra. La palabra humana no alcanza. Es más importante, por eso, la transmisión de la Palabra con el ejemplo, con el testimonio.

La primera forma de evangelización es el testimonio

 

En la encíclica Redemptoris missio, Juan Pablo II nos dice que La primera forma de evangelización es el testimonio.[4] Y desarrolla así este pensamiento:

El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros;[5] cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las teorías. El testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de la misión: Cristo, de cuya misión somos continuadores, es el «Testigo» por excelencia (Ap 1, 5; 3, 14) y el modelo del testimonio cristiano. El Espíritu Santo acompaña el camino de la Iglesia y la asocia al testimonio que él da de Cristo (cf. Jn 15, 26-27).

Y continúa con estas palabras:

La primera forma de testimonio es la vida misma del misionero, la de la familia cristiana y de la comunidad eclesial, que hace visible un nuevo modo de comportarse. El misionero que, aun con todos los límites y defectos humanos, vive con sencillez según el modelo de Cristo, es un signo de Dios y de las realidades trascendentales. Pero todos en la Iglesia, esforzándose por imitar al divino Maestro, pueden y deben dar este testimonio,[6] que en muchos casos es el único modo posible de ser misioneros.

El testimonio evangélico, al que el mundo es más sensible, es el de la atención a las personas y el de la caridad para con los pobres y los pequeños, con los que sufren. La gratuidad de esta actitud y de estas acciones, que contrastan profundamente con el egoísmo presente en el hombre, hace surgir unas preguntas precisas que orientan hacia Dios y el Evangelio. Incluso el trabajar por la paz, la justicia, los derechos del hombre, la promoción humana, es un testimonio del Evangelio, si es un signo de atención a las personas y está ordenado al desarrollo integral del hombre.[7] EL cristiano y las comunidades cristianas viven profundamente insertados en la vida de sus pueblos respectivos y son signo del Evangelio incluso por la fidelidad a su patria, a su pueblo, a la cultura nacional, pero siempre con la libertad que Cristo ha traído. El cristianismo está abierto a la fraternidad universal, porque todos los hombres son hijos del mismo Padre y hermanos en Cristo.

La Iglesia está llamada a dar su testimonio de Cristo, asumiendo posiciones valientes y proféticas ante la corrupción del poder político o económico; no buscando la gloria o bienes materiales; usando sus bienes para el servicio de los más pobres e imitando la sencillez de vida de Cristo. La Iglesia y los misioneros deben dar también testimonio de humildad, ante todo en sí mismos, lo cual se traduce en la capacidad de un examen de conciencia, a nivel personal y comunitario, para corregir en los propios comportamientos lo que es antievangélico y desfigura el rostro de Cristo.

El Reino de Dios está en tensión

 

Tengamos presente que el Reino de Dios está en tensión, mientras se construye en la tierra. Comprendamos que los obreros somos humanos, débiles, con muchas limitaciones. La Iglesia de la tierra es perfecta en su dimensión sobrenatural, pero no nos escandalicemos de sus imperfecciones humanas. Su dimensión terrena, su parte humana, tiene las imperfecciones de los seres humanos. Por eso debemos orar por la Iglesia, orar unos por otros.

Aunque el Evangelio nos señala el camino de la felicidad, hay que andar ese camino, y hay que hacerlo por llanos pero también por cuestas, al sol y a la lluvia. Y llevamos la carga del pecado original que nos inclina a lo fácil y placentero. San Agustín vivió esa tensión, la atracción del bien y del mal. Con la razón comprendía el camino que debía andar, pero se dejaba cautivar por lo agradable que le ofrecía el placer. En el libro de las Confesiones describe su lucha cuando dice: Esta verdad vencía, pero los placeres del mundo cautivaban.[8]

Nos ponen de ejemplo a los santos, porque ellos lograron acercarse mejor al Señor, siguiendo su Evangelio; pero como ellos, mientras estemos en camino tenemos muchas imperfecciones. Las peores son las que atentan contra el amor, que precisamente debería ser la característica del cristiano. Lo grave sería aceptar sí, que somos imperfectos, pero conformarnos con las imperfecciones, y no hacer nada para mejorar. Por eso nos tienen que predicar permanentemente la conversión, que es indispensable para alcanzar el Reino, para alcanzar la salvación. Nos vienen muy bien a todos las palabras que leímos unas líneas arriba, de la encíclica Redemptoris missio:

La Iglesia y los misioneros deben dar también testimonio de humildad, ante todo en sí mismos, lo cual se traduce en la capacidad de un examen de conciencia, a nivel personal y comunitario, para corregir en los propios comportamientos lo que es antievangélico y desfigura el rostro de Cristo.

 

Lo divino y lo humano de la Iglesia

Es conveniente que insistamos en este punto, sobre la dimensión temporal del Reino, que es incompleta, si no está en coordinación con el Reino de Cristo, presente en la Iglesia y en tensión hacia la plenitud escatológica, no sólo porque es importante que nos ubiquemos en nuestra realidad personal, como miembros humanos, imperfectos, de la Iglesia, sino también porque creo que hoy se juzga a la Iglesia y con Ella al Papa, con mucho rigor, sin tener en cuenta, al mismo tiempo, sus dimensiones sobrenatural y humana. Hay extremos: a veces se olvida lo humano del Santo Padre y se piensa en él sólo como una figura sobrenatural, y otras sólo se miran sus limitaciones humanas, y no se tiene en cuenta que sin duda, por lo que se conoce, es un hombre que se esfuerza por seguir el Evangelio en su vida, y que cuenta con la asistencia que recibe del Espíritu Santo, en razón de su misión.

No siempre se reconoce en la Iglesia, nuestra Madre, toda su riqueza sobrenatural, por la presencia del Espíritu Santo en Ella. Esta riqueza se la da el Señor para que nos la comunique a quienes ha llamado, si aceptamos su llamamiento y lo seguimos. No siempre se comprende la riqueza espiritual que nos dejó el Señor, a través de su Representante, el Sucesor de San Pedro, y en general del Magisterio. El Papa, es un ser humano como nosotros, con limitaciones humanas, pero es el sucesor de Pedro, el Apóstol, que también era tan humano, que llegó a negarlo, en el momento crítico, cuando Jesús más necesitaba a sus amigos. En la Última Cena Jesús previno a Pedro de su cercana traición, y le añadió que había rogado por él, para que su fe no desfalleciera, y para que cuando volviera, – cuando se convirtiera, – confirmara en la fe a sus hermanos.[9] Arrepentido Pedro, el Señor lo confirmó en su misión, y sus compañeros apóstoles y la Iglesia desde su inicio, así lo reconocieron. Recordemos esa bella escena, cuando el Resucitado preguntó tres veces a Pedro, si lo amaba, y luego de su respuesta: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo, el Señor le confirmó su misión: “Apacienta mis ovejas”.[10]

Sí, la Iglesia está conformada por seres humanos, que debemos luchar por seguir el Evangelio, pero que no siempre lo seguimos. El remedio no es la crítica, la desesperanza, ni menos el abandono; es la oración de unos por los otros, la recepción de los sacramentos, y el trabajo personal por nuestra conversión. Y podemos estar seguros, porque el Señor lo dijo, que Él está y estará siempre con nosotros, con su Iglesia, hasta el fin de los tiempos.

 

La Iglesia, nacida del amor del Padre

 

Terminamos así el estudio del Nº 50 del Compendio de la D.S.I., que trata sobre la misión de la Iglesia. Continuemos ahora con el estudio del Nº 51, que sigue desarrollando el tema del papel de la iglesia en la salvación, en el Reino de Dios. Leamos la primera parte:

A la identidad y misión de la Iglesia en el mundo, según el proyecto de Dios realizado en Cristo, corresponde «una finalidad escatológica y de salvación, que sólo en el siglo futuro podrá alcanzar plenamente».[11]

Esta idea está tomada de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes; leamos algunas líneas más de esa Constitución,que nos dicen bellamente lo que es la Iglesia:

Nacida del amor del Padre Eterno (Tit, 3,4), fundada en el tiempo por Cristo Redentor, reunida en el Espíritu Santo (Eph, 1,3; 5,6, 13-14,23), la Iglesia tiene una finalidad escatológica y de salvación, que sólo en el siglo futuro podrá alcanzar plenamente. Está presente ya aquí en la tierra, formada por hombres, es decir, por miembros de la ciudad terrena  que tienen la vocación de formar en la propia historia del género humano la familia de los hijos de Dios (…). Sigamos ahora con el texto del Compendio:

Precisamente por esto, la Iglesia ofrece una contribución original e insustituible con la solicitud que la impulsa a hacer más humana la familia de los hombres y su historia y a ponerse como baluarte contra toda tentación totalitaria, mostrando al hombre su vocación integral y definitiva.[12]

En este número, parecen insistirnos, para que no nos queden dudas sobre lo que es la Iglesia, sobre su identidad y su misión, de acuerdo con los planes de Dios, su fundador. ¿Cuál es la finalidad de la Iglesia, para qué quiere el Señor la Iglesia? Nos lo dice muy claro y concuerda con la respuesta de Jesús a Pilato cuando le dijo “Mi Reino no es de este mundo” (Juan, 18,36):

a la identidad y misión de la Iglesia en el mundo, según el proyecto de Dios realizado en Cristo, corresponde «una finalidad escatológica y de salvación, que sólo en el siglo futuro podrá alcanzar plenamente», dice el Compendio.

 

¿Qué hace la Iglesia por los hombres?

Ahora bien, como la Iglesia está en este mundo, ¿qué hace por los hombres, para que en el presente se empiece a construir el Reino de Dios, que se alcanzará plenamente en el futuro, al final de los tiempos? La respuesta nos la ofrece la Iglesia en el Compendio en el mismo N° 51, para que entendamos bien la misión de la Iglesia  y no confundamos lo que le corresponde, a diferencia de la misión de la sociedad civil. Ésta tiene a su cargo la sociedad terrena, que es importante; la Iglesia se preocupa por hacer más humana la familia de los hombres y su historia y se pone como baluarte contra toda tentación totalitaria, mostrando al hombre su vocación integral y definitiva. Por eso con frecuencia nos tiene que recordar la Iglesia, que, en las decisiones de la sociedad civil, se debe considerar al hombre de manera integral.

La contribución original e insustituible de la Iglesia la describe así el N° 51:

Con la predicación del Evangelio, la gracia de los sacramentos y la experiencia de la comunión fraterna, la Iglesia «cura y eleva la dignidad de la persona, consolida la firmeza de la sociedad y concede a la actividad diaria de la humanidad un sentido y una significación mucho más profundos».[13] En el plano de las dinámicas históricas concretas, la llegada del Reino de Dios no se puede captar desde la perspectiva de una organización social, económica y política definida y definitiva. El Reino se manifiesta, más bien, en el desarrollo de una sociabilidad humana que sea para los hombres levadura de realización integral, de justicia y de solidaridad, abierta al Trascendente como término de referencia para el propio y definitivo cumplimiento personal.

Así debe aparecer el Reino, así se debe manifestar. No como un Reino terrenal. Si vivimos el Evangelio, en el cual se fundamenta la Doctrina Social, si recibimos los sacramentos, si nuestra comunidad está animada por la caridad fraterna, no hay duda de que se consolida la sociedad en la justicia y el amor, y encontraremos en nuestra actividad diaria una significación mucho mas profunda.

Seguir el Evangelio es seguir a Jesucristo, que nos dejó en su Palabra el mejor camino posible para buscar la perfección. Como se tiende a olvidar la ética divina, la moral, que en ninguna parte está mejor que en el Evangelio, y el mundo anda descarriado, para incluir a los no creyentes en la búsqueda de lo correcto, se propone desde hace varios años, una ética civil, que por lo menos cubra lo más esencial, lo fundamental para poder vivir en paz. Sería un avance para el mundo, aunque no se llegara a la perfección de la ética cristiana. Las exigencias del Evangelio para nosotros los cristianos son mayores.

 

Sucedió en Harvard, en un ambiente secular

 

En la Universidad de Harvard vivieron una experiencia interesante.[14] Las autoridades de esa famosa universidad, se encontraron con una realidad embarazosa. Siendo los formadores de tantas personalidades de la sociedad norteamericana y de muchos países, tuvieron que preguntarse en algún momento, por qué también de sus aulas habían salido profesionales de conducta poco ética: personas que hacían uso ilegal de información privilegiada, abogados que se conocían luego por sus prácticas legales turbias, médicos que estaban más interesados en las ganancias que en sus pacientes, y científicos que acomodaban los datos para presentar los resultados de su investigación. Y se hicieron la pregunta: “¿Falta algo en la educación que damos a nuestros estudiantes?” Porque estaban seguros de proporcionar una buena educación, en lo que se refiere a las humanidades y a las ciencias. En esos campos eran sobresalientes, pero empezaron a comprender que sus estudiantes, prácticamente no recibían preparación, en cómo aplicar luego sus conocimientos, de una manera moralmente responsable.

Hubo muchas dudas sobre lo que se debía hacer, pero finalmente resolvieron dar un pequeño paso inicial: todos los estudiantes de pregrado debían tomar por lo menos un curso de ética. Para nuestra reflexión, quizás lo más interesante de esa experiencia, es que las autoridades de Harvard, pidieron a un ministro bautista, profesor de la facultad de teología, que dictara un curso sobre Jesús y la Vida Moral. El doctor Harvey Cox, así se llama el profesor, dudó mucho en aceptar semejante reto, en una universidad muy secularizada, y a la cual asisten, no sólo estudiantes que, por lo menos tienen una tradición cristiana en su familia, sino también hindúes, mahometanos, budistas, agnósticos y de países diversos de África, de Europa, de Asia y Latinoamérica. Personas que no tienen la menor idea sobre la Biblia y menos sobre la persona de Jesús. Cuenta el doctor Cox, que hasta tuvo de alumno a un individuo que había fundado su propia religión.

Lo que sucedió fue sorprendente. Los estudiantes tenían que inscribirse al curso, y hubo tántas solicitudes, y tuvo tanto éxito en sus clases el doctor Cox, hablando sobre la actualidad de Jesús, un personaje que vivió hace más de 20 siglos, en nuestro mundo de hoy, que la universidad tuvo que trasladar el curso de un salón de clase al teatro donde se escuchan los conciertos de la orquesta sinfónica de Boston y las bandas de rock. Es que la persona de Jesús sigue atrayendo multitudes. El problema es que quizás no lo sabemos presentar. El doctor Cox llevó a un libro la experiencia de sus clases sobre Jesús y la moral. El Libro se llama: “When Jesus Came to Harvard”, Cuando Jesús vino a Harvard.

¡Cómo nos hace de falta que Jesús llegue a nuestros colegios y universidades, y al Congreso, y a las Cortes y a los Ministerios!…

Fernando Díaz del Castillo Z.

Escríbanos a: reflexionesdsi@gmail.com



[1]Cfr. Testigos de Esperanza, documento de la LXXIX Asamblea Plenaria Ordinaria del Episcopado de Colombia, Bogotá, 4-8 de julio de 2005

[2]Juan Pablo II, Redemptoris missio, 20

[3]Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 8

4. Juan Pablo II, Redemptoris missio, 42,43

5.Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 41

[6]Cf. Conc Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 28. 35. 38; Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 43; Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 11-12

[7] Pablo VI, Enc. Populorum progressio, 21-42

[8]San Agustin, Confesiones, VIII, 5, N° 12

[9] Cfr Lc 22, 31-33

[10] Cfr Jn 21, 15-17

[11]Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 40

[12]Cfr Catecismo de la Iglesia Católica, 2244

[13]Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 40

[14] Harvey Cox, “When Jesús CAME to Harvard”, Making moral choices today, A Mariner Book, Houghton Mifflin Company, Boston, New York, 2006