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Reflexión 80 Noviembre 22 2007

 

Compendio de la D.S.I. N° 64-65

 

Las Reflexiones que se publican aquí son originalmente programas transmitidos por Radio María de Colombia. Usted puede escucharlos los jueves a las 9:00 a.m., hora de Colombia, en las siguientes frecuencias en A.M.:

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 En la columna azul, a la derecha, en “Categorías”, encuentra en orden todos los programas, según la numeración del libro “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia” , publicado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz. Contiene las enseñanzas católicas sociales, oficiales.


Encuentra usted también enlaces a documentos muy importantes como la Sagrada Biblia, el Compendio de la Doctrina Social, el Catecismo y su Compendio, algunas encíclicas, la Constitución Gaudium et Spes y también agencias de noticias y publicaciones católicas. Ore todos los días 10 minutos siguiendo la Palabra de Dios paso a paso en “Orar frente al Computador”, método preparado en 20 idiomas por los jesuitas irlandeses.

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 Nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos

Estamos estudiando el capítulo 2° del Compendio de la D.S.I., que trata sobre la Misión de la Iglesia y la Doctrina Social. En la reflexión anterior terminamos elestudio del N° 64, que nos explica cómo La Iglesia, al ofrecer su doctrina social, cumple su  propia misión que es la evangelización,  y es estrictamente fiel a ella.

Antes de continuar con el N° 65, que nos quedó pendiente,  recordemos las ideas más importantes, sobre la relación de la D.S.I. con la Evangelización, para que no nos queden lagunas.

Hemos visto que la Doctrina Social de la Iglesia es parte de nuestra fe, es parte de lo que el Señor, en la historia de la salvación, nos ha transmitido sobre su relación con el hombre, y sobre cómo deben ser las relaciones entre los hijos de Dios. De eso se trata: de nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos. La D.S.I. es parte de la Evangelización, de la Buena Nueva que debemos llevar al mundo. Podemos decir que es parte de la hoja de ruta que debemos seguir en la construcción del Reino de Dios.

Nos ha parecido importante hacer claridad sobre cómo la D.S.I. no es sociología ni es ciencia política ni economía, pero sí se relaciona con ellas. Como esas ciencias: la economía, la sociología, la ciencia política, la psicología, tienen que ver con el hombre, en la vida práctica se tienen que encontrar en algún momento con la Doctrina Social de la Iglesia, porque tienen  un terreno común, que es el hombre en relación con los demás.

Relación de la Doctrina Social con las Ciencias Sociales

 

 

Cada ciencia trata al hombre desde su perspectiva: la economía, mira al hombre desde la satisfacción de sus necesidades económicas, la sociología mira al hombre en su actuar como miembro de la sociedad, compuesta por diversos grupos e instituciones que se relacionan de diversas maneras, la ciencia política lo ve como ciudadano que interviene en la marcha del estado, con derechos y deberes, con poder en la toma de decisiones, y finalmente la psicología trata de comprender la mente y la conducta del hombre: cómo siente, cómo piensa, cómo aprende y se desarrolla. Esas ciencias observan al hombre en la esfera de lo natural, en su desarrollo en este mundo, sin referencia a la vida trascendente a la que está destinado.

La Doctrina Social de la Iglesia tiene que ver con el hombre en un plano superior; un plano superior porque allí aparece Dios. La D.S.I. trata de la relación entre los seres humanos, por eso se llama social; pero no solamente como observan la relación entre las personas las ciencias humanas, sino desde el punto de vista del proyecto divino, como se nos ha transmitido en la Sagrada Escritura, que nos enseña cómo deben ser nuestras relaciones con los demás.

Entonces, las ciencias humanas y la D.S.I. se mueven en planos distintos, en dimensiones distintas, pero si se quiere tratar sobre el hombre completo, íntegro, en todas sus dimensiones,  la relación del hombre con Dios no puede dejar de aparecer en alguna forma, porque esa relación con Dios la lleva el ser humano en sí mismo, es de su naturaleza, como imagen que es de Dios, y en esta realidad se basa su dignidad.[1]

De modo que podemos decir que la naturaleza humana no es sólo humana;  no es sólo materia, porque en ella está impresa la marca de Dios, que le insufló su espíritu, para usar las palabras del Génesis, 2, 7 en la creación del hombre. Esa marca divina, que le permite compartir la vida divina,  hace al ser humano distinto de las demás criaturas.

Esto tiene que tener consecuencias en la vida del hombre. Cuando, los que toman decisiones en que se compromete la vida,  la dignidad o el derecho de las personas, como son los casos de la vida de los no nacidos o de los ancianos y enfermos; cuando se toman medidas laborales o económicas que afectan la vida digna, – cuando las personas que toman esas decisiones, – no tienen en cuenta la relación del hombre con Dios, tratan al hombre como si perteneciera a un nivel inferior. Se llevan por delante sus derechos; niegan o hacen caso omiso de la realidad de lo que es el ser humano, elevado por Dios a una dignidad más alta que las demás criaturas. El hombre no es solamente un ser vivo como los animales o las plantas, ni mucho menos como una máquina. No se le puede dar el trato de los demás seres vivos, ni menos el de las máquinas.

Decisiones y conciencia

Dicen los no creyentes que ellos basan sus decisiones en lo que les dicta su conciencia; su propia conciencia es su referencia final; y entonces, no tienen la capacidad de mirar más allá del plano puramente material. Los creyentes apoyamos nuestras decisiones también en lo que nos dicta la conciencia, pero nuestra conciencia  tiene una instancia superior, en esa voz interior que nos habla  sabemos que está la voz de Dios. [2]

El Catecismo nos dice que El hombre prudente, cuando escucha la conciencia moral, puede oír a Dios que le habla (N° 1777). El Catecismo cita dos fuentes que hablan de la conciencia moral, como de esa voz de Dios que nos habla desde nuestro interior. Cita a San Agustín que dice: Retorna a tu conciencia, interrógala… retornad, hermanos, al interior, y en todo lo que hagáis mirad al Testigo, Dios.[3] La otra cita es del Cardenal Newman, en carta al duque de Norfolk, a quien dice:

La conciencia es una ley de nuestro espíritu, pero que va más allá de él, nos da órdenes, significa responsabilidad y deber, temor y esperanza… La conciencia es la mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de un velo nos habla, nos instruye y nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo.[4]

El hombre así sea inconscientemente, es religioso

Las personas que defienden su punto de vista de no creyentes, – en decisiones como la eutanasia, – con el argumento de que los creyentes no podemos imponer nuestros puntos de vista a los no creyentes, acaban imponiéndonos, ellos sí, a la mayoría, su pensamiento que ignora a Dios. Esa actitud de los no creyentes no es coherente, sobre todo si se tiene en cuenta que la experiencia demuestra que la religiosidad del hombre es universal.

A este respecto dice Víctor Frankl, el reconocido médico, neurólogo, fundador de la logoterapia: habría incluso que reconocer el hecho de que originariamente  el hombre es religioso, ha permanecido religioso a través de la historia, y sólo en los últimos decenios, o siglos, si bien no ha desaparecido, la religiosidad se ha diluido. No ha desaparecido, pues, inconscientemente, el hombre todavía sigue siendo religioso.[5] De modo que, aunque algunos duden de esa aseveración, ser religioso, creer en que hay una relación del hombre con Dios, es lo universal, porque el hombre así sea inconscientemente, es religioso.

 

Ser  igual a Dios

Dios creó al hombre a imagen suya, como un proyecto de su amor; quiso participarnos su vida. Nuestra relación con Él, después del pecado original, es de hijos rescatados, redimidos, porque al proyecto divino original, el hombre le dijo: no. Le pareció que él se bastaba, que no necesitaba a Dios, que él podía ser  igual a Dios.

Para rescatarnos, envió Dios a su Hijo Unigénito, Dios, que se hizo como uno de nosotros, vivió una vida humana como la nuestra, menos en el pecado,  y con su muerte y resurrección nos devolvió el derecho a la vida divina. Al hacerse Carne, es decir Persona Humana, el Verbo, el Hijo de Dios, devolvió a la humanidad su dignidad, la posibilidad de que participemos de la vida divina, y nos dejó el encargo de comunicar a todos los hombres la Buena Noticia, de que con su vida, muerte y resurrección, el mundo volvió a adquirir el vínculo con Dios, que se había roto por el pecado.[6]

La Doctrina Social de la Iglesia no ofrece soluciones técnicas

Estamos ampliando la reflexión sobre la relación de la D.S.I.,  con la misión de la Iglesia que es Evangelizar, y su diferencia con las ciencias que tratan del hombre en el plano puramente natural. Hemos visto que cuando la Doctrina Social interviene en el terreno de la economía o de la política, no lo hace para ofrecer soluciones técnicas, -ese no es su campo, – sino para formar nuestra conciencia, para orientarnos, para ofrecernos principios de reflexión, criterios de juicio, directrices de acción, en defensa de la persona, de la familia, de la sociedad, de acuerdo con los planes que sobre el hombre,  Dios nos ha dado a conocer.

La misión de la Iglesia es evangelizar, que es lo mismo que construir el Reino. Por la fuerza de la evangelización, se pretende conseguir la transformación de la sociedad; la transformación de los valores que dominan hoy al mundo y le hacen tanto daño. Por la fuerza del Evangelio se quiere pasar de esos valores vacíos,  efímeros, perecederos; dar el salto a los valores trascendentes, permanentes, eternos, que conducen a un cambio en los modelos de vida, que hoy son modelos egoístas, basados en una concepción de este mundo perecedero, como si fuera lo único existente, como si fuera el fin último; de esos modelos de vida que envejecen pronto, – cambiar al modelo eternamente joven de Jesucristo, Dios y también hombre perfecto, que es camino, verdad y vida.[7]

Las ciencias del hombre no pueden prescindir de Dios

Y volviendo a las ciencias del hombre, las ciencias no pueden prescindir de Dios, si están al servicio del hombre, porque acaban actuando contra el hombre,  como Dios lo diseñó. Y no pueden tratar los científicos o los filósofos no creyentes, de impedir que el hombre busque a Dios o de vivir de acuerdo con su fe, porque ellos, científicos o filósofos, no creen. Es como si un ciego pretendiera impedir que, una persona que tiene el sentido de la vista, utilice sus ojos. Los creyentes vemos donde el ateo o el agnóstico no ven. Ojalá algún reciban la gracia de ver. Tenemos que respetar su ausencia de fe, que es un don que se recibe gratuitamente, se acepta o se rechaza, y ellos, a su vez, tienen que respetar nuestro estado de creyentes, que lo somos por la gracia de Dios.

Los no creyentes tienen que tomar en serio la totalidad de lo humano. De lo humano forman parte su búsqueda de Dios, su relación con Él, el seguimiento de los caminos que nos indica su Palabra.[8]

Pisan terreno de Dios…

Las actitudes y posturas de las personas que toman decisiones que afectan al hombre como ser trascendente, -es decir como ser que no es sólo terreno, material, suelen ser posturas más políticas que científicas, más de respaldo a grupos o a personas que con sustento científico, y no sé si esas personas siempre caen en la cuenta, de que, aunque pretendan ignorarlo, se meten en el terreno de Dios. Estoy pensando en proyectos de ley como el de la eutanasia. El que lo ignoren, no quiere decir que no pisen terreno de lo divino, de lo trascendente.  A ver si logro explicarme: los promotores de leyes que afecten al hombre, en su dignidad, en su salud, en su vida, en sus derechos, se deberían preguntar si aceptan a Dios con todas sus consecuencias o no. Es la coherencia, que en los documentos de los últimos años, la Iglesia nos pide con insistencia a los cristianos.

La tentación moderna: aceptar a Dios a medias

Aceptar a Dios a medias o prescindir de él en la vida práctica es la tentación moderna. El Papa Ratzinger, en su libro Jesús de Nazaret, hace una reflexión muy interesante sobre las tentaciones de Jesús. Dice que el núcleo de toda tentación es apartar a Dios que, ante todo lo que parece más urgente en nuestra vida, pasa a ser algo secundario, o incluso superfluo y molesto. Poner orden en nuestro mundo (…) nosotros solos, sin Dios, contando únicamente con nuestras propias capacidades, reconocer como verdaderas sólo las realidades políticas y materiales, y dejar a Dios de lado como algo ilusorio, ésta es la tentación que nos amenaza de muchas maneras.

¿No es eso lo que pasa en nuestra sociedad hoy? Ante situaciones personales o sociales se toman decisiones prescindiendo de Dios. Se abre un paréntesis entre uno y Dios. Se pone un límite a Dios; como si le dijéramos: aquí no entres, Señor, esta es propiedad privada.

No voy a poner ejemplos específicos, porque puedo ser injusto, pero todos los conocemos en personas cercanas, o en nosotros mismos. No importa lo que Dios haya establecido; es mi urgencia personal la que cuenta. Y claro, la tentación no se presenta como algo condenable. No, se presenta bajo la apariencia de algo bueno o de algo neutro  o de algo, por lo menos aceptado socialmente. A este propósito observa Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret:

Es propio de la tentación  adoptar una apariencia moral: no nos invita directamente a hacer el mal, eso sería muy burdo. Finge mostrarnos lo mejor: abandonar por fin lo ilusorio y emplear eficazmente nuestras fuerzas en mejorar el mundo. Además, se presenta con la pretensión del verdadero realismo. Lo real es lo que se constata: poder y pan.[9] Ante ello, las cosas de Dios aparecen irreales, un mundo secundario que realmente no se necesita.[10]

Con ese tipo de excusas se toman decisiones personales o públicas  que no siguen el orden querido por Dios. Con la excusa de crear puestos de trabajo, se rebaja el salario de los que menos devengan, por ejemplo.  Con la excusa de extender los servicios de salud a un mayor número de personas, se convierte ese servicio en un negocio. Cuando se irrespeta al ser humano, no se tiene en cuenta lo que su Creador quiere de él. Hoy se trata de resolver los problemas del mundo, prescindiendo de Dios, de su proyecto, haciéndolo a un lado. No se tiene en cuenta si los medios que se utilizan están de acuerdo con Dios, con su proyecto del hombre. Queremos resolver los problemas solos, sin Dios y aun contra Él. Primero está la satisfacción de mi necesidad, de mi interés o de mi deseo… ¿No tendrá que ver esto con las excusas para el divorcio, la aceptación de actos homosexuales y otras conductas aceptadas “socialmente”?


  Al tratar sobre el hombre, las ciencias del hombre (la  sociología, la antropología social, la ciencia política), se tienen que encontrar con la Doctrina Social de la Iglesia, que nos enseña cómo se espera que sean las relaciones entre los hombres y con el universo, de acuerdo con el proyecto concebido por Dios. Cuando se trata del hombre, no se puede prescindir de su relación con Dios o se trata el tema recortado, incompleto.

La imagen del hombre horizontal, vacío, sin trascendencia

La Iglesia hace esfuerzos por entrar en diálogo con el mundo en que vive el hombre; con el mundo científico, con el mundo político, con el mundo de la cultura, pero tiene que vencer obstáculos que parecen, hoy, insalvables. Sobre todo obstáculos como las interferencias, que nos convierten en sordos, por el alto volumen de lo que gritan por todas partes, en defensa de los antivalores o porque se impide, ignorándola, la difusión de la verdad del Evangelio. ¿Cómo hacerse oír, si los poderosos dominan las comunicaciones y no les interesa que se conozca el pensamiento cristiano? Hoy se pretende vender la imagen del hombre horizontal, vacío, sin trascendencia, cuyo interés es sólo la tierra. Un horizonte así de estrecho, sólo el Evangelio lo puede abrir a la esperanza.

 El hombre recibe el Amor de Dios en la totalidad de su ser

Y pasemos por fin al N° 65 del Compendio de la D.S.I., que después de lo que hemos estudiado es un cierre magnífico de las ideas sobre las cuales  hemos reflexionado en los números anteriores, sobre la Evangelización y la Misión de la Iglesia. El título del tema que acabamos de estudiar es Fecundar y fermentar la sociedad con el Evangelio. Oigamos cómo concluyen estas ideas con el N° 65:

La Redención comienza con la Encarnación, con la que el Hijo de Dios asume todo lo humano, excepto el pecado, según la solidaridad instituida por la divina Sabiduría creadora, y todo lo alcanza en su don de Amor redentor.El hombre recibe este Amor en la totalidad de su ser: corporal y espiritual, en relación solidaria con los demás. Todo el hombre —no un alma separada o un ser cerrado en su individualidad, sino la persona y la sociedad de las personas— está implicado en la economía salvífica del Evangelio. Portadora del mensaje de Encarnación y de Redención del Evangelio, la Iglesia no puede recorrer otra vía: con su doctrina social y con la acción eficaz que de ella deriva, no sólo no diluye su rostro y su misión, sino que es fiel a Cristo y se revela a los hombres como « sacramento universal de salvación ».[11] Lo cual es particularmente cierto en una época como la nuestra, caracterizada por una creciente interdependencia y por una mundialización de las cuestiones sociales.

Dios mediante, en la próxima reflexión seguiremos con el siguiente título del Compendio de la D.S.I., que es Doctrina social, evangelización y promoción humana, y ocupa los números 66 a 69. Vamos a ver que esta parte es una ampliación y profundización del tema que hemos venido estudiando en los últimos programas, sobre el papel de la Iglesia en la sociedad, por medio de su Doctrina Social.

Fernando Díaz del Castillo Z.

 

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[1]  Como leímos en las palabras profundas de Juan Pablo II en su encíclicaDives in misericordia”, 1: la manifestación del hombre en la plena dignidad de su naturaleza  no puede tener lugar sin la referencia — no sólo conceptual, sino también íntegramente existencial — a Dios.

[2] Cf Víctor Frankl, Pinchas Lapide,  Búsqueda de Dios y sentido de la vida, Diálogo entre un teólogo y un psicólogo, Herder, 2005.,  Pg 58. Trata allí Frankl sobre las dos dimensiones en que se mueven el creyente y el psicoterapeuta.

[3] S. Agustín, ep. Jo. 8,9

[4] Newman, carta al duque de Norfolk, 5

[5] Cf Víctor Frankl, Pinchas Lapide,  Opus cit. Pg 59

[6] Juan Pablo II, Redemptor hominis, 8, Compendio de la D.S.I. 64

[7] Tomado de la Reflexión 71, del 27 de septiembre 2007

[8] En diálogo con Víctor Frankl, el teólogo judío Pinchas Lapide se pregunta: ¿Acaso con frecuencia no se echa de menos que el médico tome en serio la totalidad de lo humano, de la que también forman parte la búsqueda de Dios, el deseo de sentido y la tendencia a ser mejores?, Pg 83 de la obra citada.

[9]Recordemos la primera tentación: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan, Mt 4,3

[10] Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Planeta, Pg 52s

[11] Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen gentium, 48