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Reflexión 77 Noviembre 8 2007

Compendio de la D.S.I. N° 62 (IV)

Nuestra responsabilidad de llevar las enseñanzas del Evangelio a un mundo en el que se ha globalizado la indiferencia

 

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Las Reflexiones que se publican aquí son originalmente programas transmitidos por
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Las reflexiones siguen el libro Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, preparado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz. Es la doctrina social oficial de la Iglesia. En la columna azul, a la derecha, en “Categorías”, encuentra en orden todos los programas, según la numeración del libro “Compendio de la D.S.I.” Con un clic usted elige.

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Una sociedad según el proyecto de Dios

 

En la reflexión anterior terminamos de repasar y ampliar el N° 62 del Compendio de la Doctrina Social, en el capítulo 2°, que se dedica a la Misión de la Iglesia y la Doctrina Social. Hemos visto que los cristianos, como miembros de la Iglesia por el bautismo y por mandato de Jesucristo, tenemos la delicada misión de contribuir a la instauración y el crecimiento del Reino de Dios en nuestra sociedad. Si conseguimos que nuestra sociedad se desarrolle de acuerdo con el plan de Dios para la instauración de su Reino, que comienza en la tierra y se consuma en la eternidad, se irá transformando en una sociedad en la cual nos tratemos todos no sólo con respeto y con justicia, sino con el auténtico amor que Jesucristo instituyó como su mandamiento más importante y, por lo tanto, en una sociedad en paz. Una sociedad que se rija por los planes de Dios, que piense y que obre según los planes de Dios, necesita la colaboración de todos los cristianos. Así lo quiso el Señor. Claro que no puede haber mejores planes de desarrollo para una sociedad que los pensados por la Sabiduría misma. No piensan así los no creyentes, y los tibios obran como si sus planes fueran mejores que los del Creador.

¿Podemos imaginarnos una sociedad más perfecta que aquella en que las familias se formen y caminen de acuerdo con el diseño de Dios, en  la cual la administración de la justicia conjugue la rectitud con la sabiduría, el conocimiento con el amor según las enseñanzas del Evangelio? ¿Es una utopía? Tenemos la misión de trabajar para hacerla posible. ¿Tenemos algo que ver con esa misión?


La V Conferencia de Aparecida hizo énfasis en que tenemos que ser discípulos y misioneros; hizo un llamado general a toda la Iglesia de nuestra región – América Latina y el Caribe, – a desarrollar una acción misionera; la Iglesia nos llamó a misionar, según el estado y las circunstancias de la vida de cada uno. Ahora bien, para ser misioneros es indispensable empezar por ser discípulos. Si no llevamos nada por dentro ¿qué podemos dar? Nadie da de lo que no tiene. Tenemos que tener luz para iluminar, vivir según el Evangelio para comunicar algo creíble. Que en nuestra vida de amor, de esperanza, de justicia, de alegría, se vea que vale la pena vivir como cristianos.

El esfuerzo de Evangelizar al que estamos llamados es indispensable en este cambio de época que nos ha tocado vivir. Es una época de grandes adelantos en la ciencia y la técnica y de estancamiento y aun retroceso en la fe. Al hombre lo enreda su propia soberbia. Va resolviendo los problemas de las matemáticas y de la física, pero no logra aclarar las dudas sobre lo más importante: sobre el sentido de la existencia. El ser humano se repite las mismas preguntas que lo inquietan desde antiguo: ¿qué es el hombre? ¿para qué está en el mundo? ¿cuál es el sentido del sufrimiento, del dolor, del mal, de la muerte? El interrogante que inquieta tanto, y más a los no creyentes: ¿qué hay después de la muerte? Nuestro mundo, que por los avances científicos piensa que todo lo sabe y tiene respuestas para todo, está confundido; necesita que lo oriente el único que tiene la verdad: Jesucristo, pues sólo Jesucristo puede responder a estos interrogantes. [1]

Y como el mundo no sabe que en la fe en Jesucristo están las respuestas, hay que redoblar el esfuerzo de hacérselo conocer, de llevarle el Evangelio. Llevar el Evangelio es llevar las respuestas, es llevar a Jesucristo.

Tenemos la luz de la fe, pero no todos los hijos ni nietos la comparten

 

 Esta situación de confusión universal la comparte nuestro continente. Y nos dice la Iglesia que todos, también los laicos, tenemos un papel que desempeñar; que también nosotros debemos hacer algo a favor de nuestra sociedad, teniendo en cuenta que sólo Jesucristo puede responder a los interrogantes que atormentan al hombre, y se supone que por la fe, nosotros gozamos de una luz que a los demás les falta. Y tenemos un mandato: Id(…) y haced discípulos a todas las gentes (Mt 28,19).

En nuestro continente hay una crisis de fe en las familias. Voy a repetir esta consideración de la semana pasada: también nuestras familias necesitan una nueva evangelización, porque, antes la familia unida en la fe era lo corriente en nuestro medio y esto era una gran fortaleza. Ahora…esa unidad de las familias en la fe, no es tan clara, pareciera que hubiera comenzado a diluirse; ya algunos hijos o nietos manifiestan que no siempre comparten la fe de sus padres y de sus abuelos; y si la transmisión de la fe de una generación a otra se dificulta o se impide, sobre todo por el influjo de la globalización de la indiferencia, no es raro que el catolicismo, en la hasta ahora católica América Latina, empiece en consecuencia a diluirse.

Esta condición de una fe débil, la vivimos en nuestro país: hoy, los temas religiosos ni son noticia en los medios de comunicación ni tema al que se dé la importancia fundamental que tiene. Es verdad que hay todavía mucha fe en nuestros países, gracias a la secular Evangelización, que a pesar de sus deficiencias humanas, penetró en las culturas de nuestro continente desde el descubrimiento de América y los católicos aún seguimos siendo mayoría. Sin embargo, el mismo Papa Benedicto XVI, en el N° 2 del discurso de inauguración de Aparecida nos previno con estas palabras:

“Se percibe (…) un cierto debilitamiento de la vida cristiana  en el conjunto de la sociedad y de la propia pertenencia a la Iglesia católica debido al secularismo, al hedonismo, al indiferentismo y al proselitismo de numerosas sectas, de religiones animistas y de nuevas expresiones seudorreligiosas”.

 

Globalización de la indiferencia, desarrollo con inequidad y pobreza

 

La globalización no sólo ha traído ventajas; porque si es verdad que ha facilitado las comunicaciones y el desarrollo económico, también es cierto que ha globalizado la indiferencia en el campo religioso, y en lo social, ha permitido que el desarrollo se produzca con mantenimiento de inequidad y de pobreza. Las herramientas pueden ser indiferentes o buenas, y el uso que de ellas hace el hombre puede producir frutos buenos o malos. La globalización está produciendo frutos buenos y frutos malos.

 

Obligación de todos, con mayor responsabilidad de algunos

 

Ante esta preocupante situación de nuestro continente, Aparecida nos pide acción. ¿Podemos responder a la Iglesia con el silencio, y esperar que la Iglesia de los presbíteros y de los religiosos se encargue sin nuestra colaboración, de enderezar el camino? ¿A nosotros, laicos, – a todos los bautizados, – no nos cabe alguna responsabilidad personal, en la nueva evangelización de nuestra sociedad? Sabemos que tenemos una obligación, como bautizados; de manera que si nunca hemos participado en las actividades de la Iglesia, quizás ha llegado el momento de sacudirnos, de hacernos un examen de conciencia y decidirnos a ser cristianos activos, cristianos no sólo de palabra sino de verdad. Quizás sea nuestra hora de gracia. Y esta obligación es para todos, de acuerdo con nuestras posibilidades. Es obligación no solo de los catequistas sino de todos. Los intelectuales y también los iletrados, según sus alcances. En algunos casos el mejor sistema de evangelización es el que se funda en el ejemplo del que vive su fe en su vida personal, en sus decisiones profesionales, en su vida pública. Con frecuencia el ejemplo de quien vive su fe en sus actividades de empleado, de trabajador independiente, de empresario, de político, de administrador de la justicia, de gobernante, lo mismo que del miembro de familia, atrae más que las palabras.

 

Sintieron que el Espíritu los conducía

 

Si conocemos lo que nos enseñó la Conferencia Episcopal de Aparecida, no podemos ignorarlo; hay un consenso general, en que Aparecida fue para América Latina y el Caribe un Nuevo Pentecostés; es decir, que en ese ambiente de oración, característica de la V Conferencia, estuvo presente de modo especial, el Espíritu Santo. Y así lo sintieron los participantes en la V Conferencia, pues en la Conclusión del documento afirman: El Espíritu de Dios fue conduciéndonos, suave pero firmemente, hacia la meta. En el N° 548 nos advierten: No podemos desaprovechar esta hora de gracia.

 

Citamos en el programa anterior las palabras del P. Jorge Costadoat quien dice en un artículo a este respecto:

 

Aparecida nos manda a misionar (…). El Espíritu sopla en esta dirección. Debemos plantearnos seriamente cómo nos convertiremos en misioneros. Si Dios ha hablado, la Iglesia latinoamericana entera tendrá que renunciar a su complacencia, revisar las modalidades pastorales que impiden la acogida del Evangelio y crear otras nuevas que lo hagan posible.

La Iglesia latinoamericana entera tendrá que renunciar a su complacencia…

 

 

La Iglesia toda, tiene que renunciar a su complacencia, a su comodidad; a veces eso quiere decir inmovilidad, sobre todo en nosotros los laicos, y en la Iglesia, – no sé cómo llamarla, – en la Iglesia formal de los presbíteros y religiosos que manejan la pastoral, hace falta también admitir con humildad, que no todo se hace bien, y que debe haber otra manera de llevar el Evangelio a donde no está llegando. Que no es suficiente que los adultos y los ancianos llenemos los templos, por ejemplo. Que hay que ir detrás de las ovejas que andan lejos del redil o sólo van allí ocasionalmente. Es necesario revisar las modalidades pastorales que impiden la acogida del Evangelio y crear otras nuevas que lo hagan posible.

 

Hemos comprendido que, como nos dice Aparecida, para realizar nuestra misión, un prerrequisito es encontrarnos con Jesucristo. Tenemos que llevarlo a Él a nuestra sociedad. ¿Cómo cumplir este cometido, sin haber vivido la experiencia de estar con Él? Hemos reflexionado en los dos programas anteriores sobre cómo encontrar a Jesucristo, para poder cumplir con nuestra misión de discípulos y misioneros.

 

Tenemos que ser conscientes de que, El catolicismo se erosiona día a día, sin una auténtica experiencia de Dios en Cristo (…).[2]

 

Vimos la semana pasada, que según el Documento Conclusivo de Aparecida: “No resistiría a los embates del tiempo  una fe católica reducida (…) a una lista de normas y prohibiciones  (haz esto, haz aquello; no hagas esto no hagas aquello),  a prácticas de devoción fragmentadas  (prácticas de rezos que no sean parte de una vida espiritual que se refleje en nuestro comportamiento),  a adhesiones selectivas y parciales a las verdades de la fe  (a escoger entre las verdades de la fe a cuáles me adhiero, según mi gusto, según mi parecer o mi situación o interés particular),  a una participación ocasional en algunos sacramentos  (bautismos y eucaristía en las exequias de algún familiar o amigo),  la repetición de principios doctrinales  (no es suficiente saber de memoria el Credo y su significado),  a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados  (la Iglesia insiste en la necesidad de nuestra conversión, de nuestro cambio de vida).  Sin un encuentro vivificante con Cristo, la fe cristiana corre el riesgo de seguir erosionándose y diluyéndose de manera creciente en diversos sectores de la población” [3]

 

Esas palabras que parecen duras sobre lo que está pasando con nuestro modo de vivir la fe, son de Aparecida, en el N° 12. No podemos vivir una fe así, sin una experiencia religiosa profunda. Como dice el documento de Aparecida, en el mismo N° 12, citando a Novo millenio ineunte: a todos nos toca recomenzar desde Cristo.[4] A todos.

 

Un encuentro que nos cambie la vida

 

Nos ha enseñado la Iglesia que llegar a la fe es encontrarse con la persona de Jesucristo.[5] Decíamos que uno se puede encontrar con alguien y seguir de largo… El encuentro auténtico, de verdad, con Jesucristo, del que se trata aquí, no puede ser solo de “vista”, se tiene que convertir en una experiencia que cambie la vida.

 

La experiencia de Dios que necesitamos es posible para nosotros, seres humanos, en el encuentro con Jesucristo, porque en Jesucristo se unen esos dos extremos, la humanidad y la divinidad. El encuentro del hombre con Jesucristo, que es Dios y es también hombre como nosotros, en todo, aun en la muerte, pero no en el pecado, nos abre la comprensión de cómo deben ser las relaciones sanas, buenas, entre seres humanos; relaciones fundadas en el verdadero amor, donde no cabe el egoísmo. Amor como el que vivió Jesucristo, que se entregó por nosotros, amor como el que vive la Trinidad. Por eso Aparecida nos dice que nuestra formación como discípulos misioneros debe ser Una Espiritualidad Trinitaria del encuentro con Jesucristo. Esto dice el N° 240:

 

Una auténtica propuesta de encuentro con Jesucristo debe establecerse sobre el sólido fundamento de la Trinidad-Amor. La experiencia de un Dios uno y trino, que es unidad y comunión inseparable, nos permite superar el egoísmo para encontrarnos en el servicio al otro. La experiencia bautismal es el punto de inicio de toda espiritualidad cristiana que se funda en la Trinidad.

 

Volvamos a leer esta frase de Aparecida: La experiencia de un Dios uno y trino, que es unidad y comunión inseparable, nos permite superar el egoísmo para encontrarnos en el servicio al otro.

 

Nuestras relaciones con los demás, si se fundan en el amor cristiano, en el amor trinitario, no son relaciones cerradas, exclusivistas, segregacionistas. El amor cristiano es abierto a formar comunidad. En la comunidad así formada encontramos también a Jesucristo.

 

El encuentro con Jesucristo abre el proceso de formar una comunidad, con personas que a su vez se han encontrado con Él.

El documento conclusivo de la Conferencia de Aparecida nos dice que podemos encontrar a Jesucristo: en la Sagrada Escritura, que es su Palabra, en la Eucaristía, en la liturgia, en María, en los santos, en la religiosidad popular. Veíamos además, que en este encuentro con Jesucristo no puede faltar el encuentro con el prójimo y de modo particular, con el prójimo que sufre.

 

                     Los rostros de Cristo

 

Como vimos en la reflexión anterior, del N° 407 en adelante el documento de Aparecida expone su dolor ante los rostros de Cristo, que un cristiano no puede eludir, es decir, a quienes no puede sacarles el cuerpo. En esos rostros tenemos que aprender, por la fe, a encontrarnos con Jesucristo. Oigamos la lista: las personas que viven en la calle, los migrantes, los enfermos, los adictos dependientes, los detenidos en las cárceles. Y afirma Aparecida en el N° 257:

 

“El encuentro con Jesucristo en los pobres es una dimensión constitutiva de nuestra fe en Jesucristo. De la contemplación de su rostro sufriente en ellos y del encuentro con Él en los afligidos y marginados, cuya inmensa dignidad Él mismo nos revela, surge nuestra opción por ellos” (257). En el N° 393 añade: Los pobres remiten a Cristo, porque Cristo se identifica con ellos: “todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo”.

 

Los invito a leer la experiencia de una colaboradora de la Madre Teresa que encontró a Jesucristo en la casa de pobres moribundos que citamos en la reflexión anterior. Repitámosla:

 

Han transcurrido algunos años, pero jamás olvidaré a una chica francesa que vino a Calcuta. Estaba muy angustiada. Se puso a trabajar en nuestra casa para indigentes moribundos. Al cabo de diez días vino a verme. Me abrazó y me dijo:

-         ¡He encontrado a Jesús!

Le pregunté dónde lo había encontrado.

         -En la casa para indigentes moribundos.

         -¿Y qué hiciste después de encontrarlo?

-Fui a confesarme y recibí la sagrada comunión por primera vez después de quince años.

-¿Y qué más hiciste?

-Envié un telegrama a mis padres diciéndoles que había encontrado a Jesús.

Yo la miré a los ojos y le dije:

-Bueno, ahora haz tus maletas y vuelve a tu casa. Ve y dales a tus padres alegría, amor y paz.

 

Vamos a terminar el comentario al N° 62 con estas ideas del P. Costadoat, cuyo artículo comentamos hace una semana y que nos ayudan a comprender el encuentro con Jesucristo en los demás, especialmente en los pobres. Dice el teólogo jesuita (Cf  Jorge Costadoat, S.J., Determinación Misionera en Aparecida, en “Mirada Global”, lunes 29 de octubre 2007, en internet)

 

El discernimiento de este “signo de los tiempos” se apoya firmemente en las ciencias sociales, pero no se reduce a ellas. El texto de Aparecida recuerda que Dios debe seguir constituyendo el fundamento de la unidad de la vida humana. Pero en la medida en que la transmisión de la fe de una generación a otra es alterada por estos fenómenos, el catolicismo latinoamericano tradicional ha comenzado a diluirse. Y, aunque el documento no lo diga, las autoridades de la Iglesia en una sociedad pluralista y democrática  no logran representar la unidad que, en nombre de Dios, están llamadas a fomentar. La misma institución eclesial  tiende a ser desplazada de la arena pública. Sus noticias no son noticia.

 

Para encontrar a Cristo en los demás hay que encontrarse con los demás

 

Nos dice este teólogo que podemos leer una y otra vez el documento de Aparecida para comprender cómo es posible el encuentro personal y comunitario con Jesucristo. Y añade que igualmente nos podemos preguntar cómo se deben formar los misioneros: seminaristas, religiosos, cristianos en general, de manera que sean capaces de encontrarse con los demás. Porque para encontrar a Cristo en los demás hay que empezar por encontrarse con los demás y no simplemente de paso…

Allí caben más preguntas: ¿Cómo se aprende a mirar con respeto, a tratar, a los que en la sociedad y aun en la misma Iglesia son mal mirados? Se mira mal en la sociedad a los pobres, se tiene desconfianza de los desplazados, y también se mira mal a los que tienen bienes. A los que pertenecen a estos grupos se los trata, no como individuos, sino como pertenecientes a una pandilla, en el que todos participan de las mismas características negativas. En el mundo actual hay una clara inclinación a agrupar a la gente en clases. ¿Quién se inventaría los estratos? Y preguntémonos: ¿Acaso no hay que llevarles también a ellos a Cristo? A todos, pobres y ricos. Y entonces, cabe otra pregunta:

¿Qué tipo de comunidades facilitan encontrarse unos con otros?

 

De aquí la importancia de formar comunidades no excluyentes, que serán las que favorezcan los encuentros con Cristo pobre, con Cristo enfermo, con Cristo segregado, con Cristo distinto, en fin, con Cristo sufriente. En un mundo que no se caracteriza por la integración social ni por la solidaridad, la Iglesia misionera, al llevar a Cristo a la sociedad, le estaría aportando el mayor bien posible, capaz de transformarla en una sociedad de esperanza y de amor, con todo lo que eso implica.

Terminemos la reflexión de hoy con la lectura del N° 63 del Compendio, que cierra de modo perfecto la reflexión del 62:

 

63 Con su doctrina social, la Iglesia se hace cargo del anuncio que el Señor le ha confiado. Actualiza en los acontecimientos históricos el mensaje de liberación y redención de Cristo, el Evangelio del Reino. La Iglesia, anunciando el Evangelio,   «enseña al hombre, en nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocación a la comunión de las personas; y le descubre las exigencias de la justicia y de la paz, conformes a la sabiduría divina ».(6)

 

En cuanto Evangelio que resuena mediante la Iglesia en el hoy del hombre,(7) la doctrina social es palabra que libera. Esto significa que posee la eficacia de verdad y de gracia del Espíritu de Dios, que penetra los corazones, disponiéndolos a cultivar pensamientos y proyectos de amor, de justicia, de libertad y de paz. Evangelizar el ámbito social significa infundir en el corazón de los hombres la carga de significado y de liberación del Evangelio, para promover así una sociedad a medida del hombre en cuanto que es a medida de Cristo: es construir una ciudad del hombre más humana porque es más conforme al Reino de Dios.

 

Una sociedad conforme al Reino de Dios es una sociedad más humana, porque está construida a la medida de Cristo, el hombre perfecto.

 

Fernando Díaz del Castillo Z.

ESCRÍBANOS A: reflexionesdsi@gmail.com

 


[1] Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 10

[2] Véase la referencia del P. Costadoat en la Reflexión anterior.

[3] Aparecida, 12

[4] Novo millenio ineunte, 28-29

[5] Benedicto XVI, Deus caritas est, 1; Aparecida 12

(6)  Catecismo de la Iglesia Católica, 2419

(7)   Cf Juan Pablo II, Homilía en la misa de Pentecostés en el primer centenario de la Rerum novarum, 19 de mayo de 1991.