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Reflexión 73, Octubre 11 2007

Compendio de la D.S.I. N° 61

 

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Las Reflexiones que se publican aquí son originalmente programas transmitidos por Radio María. Usted puede escucharlos los jueves a las 9:00 a.m., hora de Colombia, en las siguientes frecuencias en A.M.:

Bogotá: 1220; Barranquilla: 1580; Cali: 1260; Manizales: 1500; Medellín: 1320; Turbo: 1460; Urrao: 1450.  Puede también escuchar la radio por internet en www.radiomariacol.org

Las reflexiones son sobre la Doctrina Social de la Iglesia y se sigue el libro Compendio de la DSI, publicado por el Pontificio Cponsejo Justicia y Paz. Es la doctrina social oficial de la Iglesia Católica en lo referente a las relaciones entre los seres humanos.  En la columna azul, a la derecha, en “Categorías”, encuentra en orden todos los programas, según la numeración del libro “Compendio de la D.S.I.” Con un clic usted elige.

Encuentra usted también enlaces a documentos muy importantes como la Sagrada Biblia, el Compendio de la Doctrina Social, el Catecismo y su Compendio, algunas encíclicas, la Constitución Gaudium et Spes y también agencias de noticias y publicaciones católicas. Ore todos los días 10 minutos siguiendo la Palabra de Dios paso a paso en “Orar frente al Computador”, método preparado en 20 idiomas por los jesuitas irlandeses.

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 Misión de la Iglesia en la sociedad

 

En las dos reflexiones anteriores comenzamos el estudio del capítulo 2° del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Este capítulo trata sobre la “Misión de la Iglesia y  la Doctrina Social”. Nuestra reflexión pasada fue sobre los temas: Misión de la Iglesia y  Doctrina Social, sobre la relación de la Evangelización con la Doctrina Social, y acerca de la presencia de la Iglesia en la vida del hombre contemporáneo, que presenta el Compendio con el título: La Iglesia, morada de Dios con los hombres. Esto lo encontramos en el N° 60. Hoy continuaremos reflexionando sobre la misión de la Iglesia en la sociedad. Leamos el N° 60, para ubicarnos:

 

La Iglesia, partícipe de los gozos y de las esperanzas, de las angustias y de las tristezas de los hombres, es solidaria con cada hombre y cada mujer, de cualquier lugar y tiempo, y les lleva la alegre noticia del Reino de Dios, que con Jesucristo ha venido y viene en medio de ellos [2]. En la humanidad y en el mundo, la Iglesia es el sacramento del amor de Dios y, por ello, de la esperanza más grande, que activa y sostiene todo proyecto y empeño de auténtica liberación y promoción humana.

 

Recordemos las ideas claves:

 

La iglesia solidaria con el hombre en sus gozos, en sus esperanzas, en sus angustias.

Siempre: en cualquier lugar y tiempo

Lleva, la Iglesia al hombre, la Buena Noticia del Reino: Jesucristo ha venido y viene, en medio de nosotros.

La Iglesia es en el mundo sacramento del amor de Dios: representa el amor de Dios y es instrumento del amor entre los hombres.

Por eso representa la esperanza de la liberación y promoción del ser humano.

           Todos los bautizados somos Iglesia, de ahí nuestra responsabilidad en la misión de llevar la Buena Noticia del Reino y de ser solidarios con los demás en sus gozos, sus    esperanzas, sus angustias.

 

Continúa así el N° 60:

La Iglesia es entre los hombres la tienda del encuentro con Dios —« la morada de Dios con los hombres » (Ap 21,3)—, de modo que el hombre no está solo, perdido o temeroso en su esfuerzo por humanizar el mundo, sino que encuentra apoyo en el amor redentor de Cristo. La Iglesia es servidora de la salvación no en abstracto o en sentido meramente espiritual, sino en el contexto de la historia y del mundo en que el hombre vive, [3] donde lo encuentra el amor de Dios y la vocación de corresponder al proyecto divino.

 

Y las ideas claves de este párrafo:

- La Iglesia, tienda del encuentro con Dios

- El hombre no está solo en su esfuerzo por humanizar el mundo: cuenta con el  amor redentor de Cristo.

 

La Iglesia es servidora, no en abstracto, no sólo en sentido espiritual, sino en el mundo real donde el hombre vive

 

- La Iglesia es servidora, no en abstracto, no sólo en sentido espiritual, sino en el mundo real donde el hombre vive y trata de realizar el proyecto divino.

Es bueno recordar la reflexión sobre la presencia de la Iglesia entre los hombres de nuestro tiempo, que hacía el Concilio Vaticano II en su Constitución pastoral Gaudium et spes, de donde el Compendio toma estas ideas.

Comentábamos, en la reflexión anterior, que la Iglesia nos dice:Yo estoy en medio de ustedes, sus angustias son mis angustias, sus tristezas, son también mis tristezas, y la Buena Noticia que les traigo es que Jesucristo resucitado está con todos nosotros; y añadíamos que es ése el mensaje que nuestra palabra, y sobre todo nuestra vida, deben transmitir.

 

Somos nosotros, los cristianos, los que hacemos posible que se sienta la presencia del Señor en el mundo. Por eso, nuestra misión, donde tengamos presencia en el mundo, es llevar el mensaje del Señor:“No tengan miedo. Yo estoy con ustedes”; y nuestro comportamiento con los demás, especialmente con los pobres y con los que sufren, debe reflejar que es verdad, que no son sólo palabras, aquellas de: Nada hay verdaderamente humano, que no encuentre eco en nuestro corazón.

 

Jesús presente en el mundo con nuestra voz, nuestras manos, nuestro corazón

 

Jesús quiere estar presente con los pobres y los que sufren, por medio nuestro. Somos Iglesia, todos, y la Iglesia hace presente a Jesús resucitado en el mundo. Dios ha querido que seamos sus instrumentos. Tenemos que prestarle nuestras manos, nuestra palabra, nuestro corazón. ¿Cómo puede sentir el hombre de hoy la presencia del Señor, sin nuestra colaboración?

 

Viene al caso, referir esta historia: en  la revista internacional 30 Días, [4] en el artículo ¿Por qué los cristianos os comportáis así?, cuenta el periodista Giovanni Cubeddu, que en  una reunión diplomática en Abu Dabi, el embajador de un país islámico, (no árabe), detuvo al Vicario Apostólico de Arabia Monseñor Paul Hinder y le preguntó: “¿Por qué cuando sucede un desastre natural, una catástrofe, los cristianos sois los primeros en llegar, y ayudáis a todos, sin distinción de religión?” Le contesté sin pensarlo: “Es nuestro fundador. Nos viene de Jesús, nada más”». [5]

 

Es alentador que esto pase: que en los desastres naturales, en el sufrimiento de nuestros hermanos por la violencia, sea en nuestro país, en el Perú, en Asia o en cualquier lejano país de África,  las manos de los cristianos de todo el mundo, hagan presente al Señor que llega y dice: estoy con ustedes.

 

El Hombre es el camino de la Iglesia

 

 

En su encíclica Centesimus annus, escrita en el centenario de la encíclica Rerum Novarum, de León XIII, el Santo Padre Juan Pablo II trata, en el capítulo VI, el tema: El Hombre es el camino de la Iglesia.Recuerda allí el Santo Padre, que la única finalidad de la Iglesia ha sido la atención y la responsabilidad hacia el hombre, el hombre confiado a la Iglesia por Cristo mismo. Eran sus palabras textuales. El hombre, – añade Juan Pablo II, recordando al Concilio Vaticano II, – la única criatura que Dios ha querido por sí misma y sobre la cual tiene su proyecto, es decir, la participación en la salvación eterna. [6]

 

Por el ser humano Dios inventó su proyecto de salvación

 

 

Si alguien duda del amor de Dios por el hombre, que recuerde esas palabras: el hombre es la única criatura amada por Dios por sí misma, y para la cual inventó Dios su proyecto de salvación eterna. Y todo lo que implica ese proyecto de salvación: la Encarnación de su Hijo Único, su Pasión, muerte y resurrección, y toda la historia de salvación, desde el A.T., el don del Espíritu Santo, el regalo de la Iglesia…, el regalo de María… Bueno, tenemos que recordar esto en los días nublados de la fe…

 

Por cierto, a este respecto de los días nublados de la fe, no me resisto a citar unas bellas palabras de Juan Pablo II, en la encíclica Redemptor hominis (N° 13), cuando, refiriéndose a la situación del hombre contemporáneo en el mundo y el acompañamiento de la Iglesia dijo:

 

Jesucristo se hace en cierto modo nuevamente presente, a pesar de sus aparentes ausencias, a pesar de todas las limitaciones de la presencia o de la actividad institucional de la Iglesia.

Nuestras ausencias: aparentes ausencias de Cristo

Decíamos que los cristianos, que somos Iglesia, tenemos como misión hacer a Jesucristo presente en el mundo… Cuántas veces fallamos… y entonces, se producen esas aparentes ausencias de Jesucristo en el mundo: cuando no le prestamos nuestra voz, nuestras manos, nuestro corazón, para hacerse sentir de los hombres, nuestros hermanos.

 

Cuando la Iglesia nos enseña que el hombre es la única criatura a la que Dios ha amado por sí misma, dice que No se trata del hombre abstracto (como quien dice, Dios no se queda en conceptos, en puras ideas), sino que se trata del hombre real, concreto e histórico: se trata de cada hombre, porque a cada uno llega el misterio de la redención y con cada uno se ha unido Cristo para siempre a través de este misterio. [7]

 

Cada uno de nosotros, yo Fernando,  y tú Magola, y tú María del Carmen y Alba y Héctor y Saúl, y Ana, y María y Julia, y Carolina y Oliva, y Ricardo… todos, podemos proclamar, como San Pablo: el Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí. (Gal, 2,20). Dios no se olvida de ninguno de nosotros. Por eso, Juan Pablo II continúa en la Centesimus annus, que estamos citando:

 

De ahí se sigue que la Iglesia no puede abandonar al hombre, y que «este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer  en el cumplimiento de su misión…, camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la encarnación y de la redención [8]

No fuimos creados como seres solitarios

 

Avancemos ahora con el N° 61 del Compendio:

 

Único e irrepetible en su individualidad, todo hombre es un ser abierto a la relación con los demás en la sociedad. El con-vivir en la red de nexos que aúna entre sí individuos, familias y grupos intermedios, en relaciones de encuentro, de comunicación y de intercambio, asegura una mejor calidad de vida. El bien común, que los hombres buscan y consiguen formando la comunidad social, es garantía del bien personal, familiar y asociativo. [9]

 

Cada uno de nosotros es un individuo único e irrepetible; pero Dios nos creó, al mismo tiempo, abiertos a la relación con los demás en la sociedad. Nosotros no fuimos creados como seres solitarios. Existimos unidos en una red de relaciones; enlazados con la naturaleza, con las demás personas, y nada menos que con Dios. Unidos para formar una comunidad, garantía del bien personal, familiar, social.

 

Las redes rotas…

 

Si hacemos el ejercicio de trazar las líneas que nos unen con otras personas, quizás quedemos admirados de lo compleja que se va volviendo nuestra red, por la multitud de variadas conexiones. Algunas de esas líneas se salen, primero de nuestra familia, de nuestro lugar de trabajo y de vida, y luego de nuestra ciudad, de nuestro país, para encontrar unas relaciones distantes físicamente, pero cercanas por los intereses, por los ideales, por el afecto. Y tenemos que dar gracias a Dios, porque algunas de esas líneas se salen del espacio físico, y trascienden a la eternidad para unirse con nuestros seres queridos, que nos antecedieron y nos esperan en la sociedad de los santos. Son enlaces espirituales que no necesitan corriente eléctrica, por ellos circula la vida, circula el amor. Por esos enlaces debemos dar gracias a Dios.

 

También podemos encontrar enlaces retorcidos o rotos; líneas que alguna vez se unían en la red y ahora parecen colgar, sin encontrar dónde atarse. Quizás allí podemos sentir remordimiento o tristeza o desencanto. Por esas relaciones rotas o maltrechas, podemos orar para pedir perdón y ayuda para volver a hacer los caminos de unión. No es siempre fácil remendar esas redes sin que queden huellas. Por eso es mejor darles mantenimiento para que no se rompan.

 

El N° 61 del Compendio continúa:

 

 Por estas razones se origina y se configura la sociedad, con sus ordenaciones estructurales, es decir, políticas, económicas, jurídicas y culturales. Al hombre insertado «en la compleja trama de relaciones de la sociedad moderna», [10] la Iglesia se dirige con su doctrina social. « Con la experiencia que tiene de la humanidad », [11] la Iglesia puede comprenderlo en su vocación y en sus aspiraciones, en sus limites y en sus dificultades, en sus derechos y en sus tareas, y tiene para él una palabra de vida  que resuena en las vicisitudes históricas y sociales  de la existencia humana.

 

El bien común que buscamos, lo podemos alcanzar si formamos comunidad, si nos asociamos, si trabajamos juntos, sin egoísmo, pensando en el bien de todos y no sólo en nuestro bien particular. Para eso se organiza la sociedad  y conforma estructuras políticas, económicas, jurídicas y culturales. Podríamos añadir que en la búsqueda suprema del bien común, en el desarrollo del Reino de Dios, se conforman comunidades, que, en común unión, procuran que la sociedad viva los valores del Evangelio. Y existen también las estructuras eclesiásticas, que deben facilitar, no ser una traba, en la construcción del Reino de Dios.

 

¿A dónde lleva la comprensión parcial del ser humano?

 

Son relaciones complejas las de la sociedad. La trama de esas relaciones tiene enlaces puramente humanos, como son los de la política y de la economía, pero que los cristianos tenemos que entender, en el contexto del hombre integral: cuerpo y espíritu. Si no tenemos en cuenta al ser humano como es, completo, unido a la tierra de donde viene, pero unido también al Creador que le infundió su espíritu, nuestra comprensión del ser humano será sólo parcial, y se optará por soluciones también parciales a los problemas humanos. Por eso se opta por la guerra, por el aborto, por la eutanasia, por la explotación económica del otro: se confía en soluciones para una parte del hombre, y se deja que lo más importante de él  se destruya.

 

Para comprender lo que es y lo que pretende la Doctrina Social, tenemos que comprender al hombre mismo, en su integridad, como Dios nos lo ha dado a conocer por la revelación. En su encíclica Centesimus annus, Juan Pablo II nos esclarece ésta que parece compleja situación. Dice:

 

La Iglesia conoce el «sentido del hombre» gracias a la Revelación divina. «Para conocer al hombre, el hombre verdadero, el hombre integral, hay que conocer a Dios», decía Pablo VI, citando a continuación a Santa Catalina de Siena, que en una oración expresaba la misma idea: «En la naturaleza divina, Deidad eterna, conoceré la naturaleza mía». 12]

 

Desde Dios, se puede ver la imagen del auténtico hombre

 

Viene al caso citar también, a este respecto, a Benedicto XVI en el Prólogo de su libro Jesús de Nazaret, donde nos hace comprender cómo a través del hombre Jesús, no sólo Dios se hizo visible, sino que también desde Dios, se pudo ver la imagen del auténtico hombre. [13] En Jesucristo, hombre perfecto, conocemos al hombre, al deber ser del hombre. Jesucristo, hombre verdadero, pasó por la tierra como uno de nosotros: trabajó con sus manos de hombre, soportó el calor y el frío, padeció y murió. En todo igual a nosotros, menos en el pecado.

 

Sin Dios se desconoce al hombre

 

Veíamos que la concepción integral, completa, del hombre, la tenemos los cristianos gracias a la revelación. Los no creyentes tienen una concepción parcial del hombre. Para ellos se trata de un ser sin trascendencia, que cuando le llega la muerte, desaparece; cuya existencia se reduce al tiempo durante el cual su organismo funcione. Si no tienen fe, si la revelación no les ha llegado, no pueden comprender nuestra posición frente a  valores como la dignidad inalienable de la vida. Nosotros sabemos que no podemos disponer de nuestra vida, ni encargar a terceros que dispongan de ella. Claro está que tampoco podemos disponer de la vida de los otros. Los no creyentes tampoco comprenden el valor del sacrificio, del dolor.

 

¿La eutanasia, un acto de amor?

 

 

El médico que, según el periódico El Tiempo, del 1 de octubre de 2007, [14] ha hecho público,  con toda tranquilidad -incluso con orgullo- que lleva varios años practicando la eutanasia en Bogotá,- unas 35 veces, – puede creer de buena fe, que ha practicado un acto de amor con el paciente, y no de compasión, como afirma en la entrevista, pero se está tomando un derecho que sólo Dios podría darle. El Tiempo volvió a dedicar casi una página completa a este médico de la muerte en julio de 2012.

Juan Pablo II en la Centesimus annus en el N° 54 dice:

La doctrina social, especialmente hoy día, mira al hombre, insertado en la compleja trama de relaciones de la sociedad moderna. Las ciencias humanas y la filosofía ayudan a interpretar la centralidad del hombre en la sociedad y a hacerlo capaz de comprenderse mejor a sí mismo, como «ser social». Sin embargo, solamente la fe le revela plenamente su identidad verdadera, y precisamente de ella arranca la doctrina social de la Iglesia, la cual, valiéndose de todas las aportaciones de las ciencias y de la filosofía, se propone ayudar al hombre en el camino de la salvación.

 

En el N° 55 de la misma encíclica Centesimus annus, continúa Juan Pablo II con las palabras que ya leímos, donde dice que La Iglesia conoce el sentido del hombre» gracias a la Revelación divina y nos explica por qué la Doctrina Social de la Iglesia hace parte de la teología. Dice así:

 

(…) la antropología cristiana es en realidad un capítulo de la teología y, por esa misma razón, la doctrina social de la Iglesia, preocupándose del hombre, interesándose por él y por su modo de comportarse en el mundo, «pertenece… al campo de la teología y especialmente de la teología moral» [15]. La dimensión teológica se hace necesaria para interpretar y resolver los actuales problemas de la convivencia humana. Lo cual es válido —hay que subrayarlo— tanto para la solución «atea», que priva al hombre de una parte esencial, la espiritual, como para las soluciones permisivas o consumísticas, las cuales con diversos pretextos tratan de convencerlo de su independencia de toda ley y de Dios mismo, encerrándolo en un egoísmo que termina por perjudicarlo a él y a los demás.

 

Experta en humanidad

 

La Iglesia tiene mucho qué decir sobre el hombre concreto, inserto en la historia. Pablo VI, en la encíclica Populorum progressio, explica así por qué la Iglesia tiene qué decir en el tema del desarrollo [16], porque ella, – dice, – posee como propia una visión completa (global) del hombre y de la humanidad”, porque ella, viviendo en la historia, debe “escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio. (Gaudium et spes, 4).

Juan Pablo II concreta estas ideas, diciendo que la Iglesia es experta en humanidad, y esto la mueve a extender necesariamente su misión religiosa  a los diversos campos en que los hombres y mujeres desarrollan sus actividades, en busca de la felicidad, aunque siempre relativa, que es posible en este mundo, de acuerdo con su dignidad de personas. [17]

 

La Iglesia, conocedora del hombre integral. Necesitamos conocer el papel de la Iglesia en el mundo, porque tratan de sacarla del contexto social, y la quieren reducir a las celebraciones litúrgicas; mandarla al interior de los templos, y si es posible reducirla a la sacristía. Los laicizantes quisieran verla, si acaso, sólo en los entierros, a los que asisten de puertas para afuera, desde el atrio. Por eso leamos de nuevo las últimas líneas del N° 60 del Compendio:

 

La Iglesia es servidora de la salvación no en abstracto o en sentido meramente espiritual, sino en el contexto de la historia y del mundo en el que el hombre vive, donde lo encuentra el amor de Dios y la vocación de corresponder al proyecto divino.

 

Y la última parte del N° 61 dice:

 

Al hombre insertado «en la compleja trama de relaciones de la sociedad moderna», la Iglesia se dirige con su doctrina social.      «Con la experiencia que tiene de la humanidad», la Iglesia puede comprenderlo en su vocación y en sus aspiraciones, en sus limites y en sus dificultades, en sus derechos y en sus tareas, y tiene para él una palabra de vida que resuena en las vicisitudes históricas y sociales de la existencia humana.

 

Fernando Díaz del Castillo Z.

Escríbanos a: reflexionesdsi@org

 

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  (2) Cf Concilio Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, 1

[3] Ibidem 40; Juan Pablo II Carta enc. Centesimus annus, 53-54; Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 1

[4] Busque la revista 30Días entre los enlaces de este ’blog’, REFLEXIONESDSI

[5] 30DIAS, Agosto 2007, Vida cotidiana del Vicariato Apostólico de Arabia, ¿Por qué los cristianos os comportáis así?, versión en internet.  

[6] Juan Pablo II, Centesimus annus, 53s

[7] Cf Enc. Redemptor hominis, 13

[8]  Cf  Ibidem

(9) Cf Gaudium et spes, 32

[10] Juan Pablo II, Centesimus annus, 54

[11] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 13

[12] Juan Pablo II, Centesimus annus, 55, Pablo VI, Homilía en la última sesión pública del Concilio Vaticano II (7 de diciembre 1965): AAS 58 (1966), 58

[13] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Prólogo, Pg.7: (…) “Dios se hizo visible a través del hombre Jesús y,  desde Dios, se pudo ver la imagen del auténtico hombre.”

[14] El Tiempo, Bogotá, octubre 1 de 2007, “Les he aplicado la eutanasia a unas 35 personas y no me arrepiento” dice Gustavo Alfonso Quintana. Tomado de la versión virtual en internet.

[15] Sollicitudo rei socialis 41

[16] Pablo VI, Populorum progressio, 13; Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, 41

[17] Sollicitudo rei socialis, 41