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Reflexión 69 Septiembre 13 2007

COMPENDIO DE LA D.S.I. N° 59

EL GRAN PROYECTO DE DIOS AL QUE ESTAMOS LLAMADOS

 

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Las Reflexiones que se publican aquí son originalmente programas transmitidos por Radio María. Usted puede escucharlos los jueves a las 9:00 a.m., hora de Colombia. Puede sintonizar la radio por internet en www.radiomariacol.org

Estas reflexiones se refieren a la Doctrina Social de la Iglesia como se presenta en el libro “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia”, publicdo por el Pontificio Consejo Justicia y Paz. Representa la doctrina social oficial de la Iglesia. En la columna azul, a la derecha, en “Categorías”, encuentra en orden todos los programas, según la numeración del libro “Compendio de la D.S.I.” Con un clic usted elige.

Encuentra usted también enlaces a documentos muy importantes como la Sagrada Biblia, el Compendio de la Doctrina Social, el Catecismo y su Compendio, algunas encíclicas, la Constitución Gaudium et Spes y también agencias de noticias y publicaciones católicas.

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En la reflexión anterior terminamos el estudio de los números 56 a 58 del Compendio, que nos explicaron que Dios nos tiene prometidos unos cielos nuevos y una tierra nueva. Unos cielos nuevos, es decir el Reino de Dios, en la eternidad y una tierra nueva que tenemos que ayudar a construir. Se trata de la edificación del Reino aquí; – el Reino es el gran proyecto de Dios, que comenzó con la Alianza que hizo con su Pueblo, que se perfeccionó con la venida de su Hijo y se realizará a plenitud al final de los tiempos, cuando Jesucristo lleve al Padre, regenerada, toda la creación que el pecado había corrompido y disgregado.[1]

 

Ese es el proyecto al que estamos llamados a trabajar en esta vida. ¿Cómo podemos ser constructores del Reino? Nos enseña la Iglesia que colaboramos en la construcción del Reino viviendo nosotros mismos según los valores del Evangelio y trabajando en nuestro medio para que nuestra sociedad viva de acuerdo con esos mismos valores. Esa tierra nueva que nosotros estamos llamados a formar con nuestra palabra y con nuestro testimonio es el campo de trabajo al que estamos llamados por el Bautismo.

 

Por cierto, el Santo Padre Benedicto XVI, en viaje apostólico a Austria la semana pasada (se escribe esto e septiembre 2007), estuvo en la basílica de Mariazell, santuario de la Virgen María, patrona de ese país, y se refirió así al llamamiento que Dios nos hizo a trabajar por el Reino de Dios: [2]

 

“El Señor llama a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas y a los laicos  a entrar en el mundo, en su compleja realidad, para cooperar en la edificación del Reino de Dios. (…) Os invita a la peregrinación de la Iglesia “en su camino a través de los tiempos” (…) a haceros peregrinos con El y a participar en su vida, que todavía hoy es Via Crucis y camino del Resucitado a través de la Galilea de nuestra existencia”.

 

* VIACRUCIS MIRANDO A LA PASCUA

 

De manera que la colaboración en la edificación del Reino de Dios, consiste en caminar con la Iglesia, como peregrinos que somos, y participar con nuestra vida, en la vida del Señor, que sigue siendo Vía Crucis y camino del Resucitado. Nuestra vida es ambas cosas. Sufrimiento y Gozo Pascual.

 

¡Qué interesante es esta explicación del Santo Padre: estamos invitados a ir con la Iglesia, en una peregrinación que tiene de sufrimiento, pero también de alegría y de esperanza, de Vía Crucis pero con la mirada puesta en la Pascua. Por eso nuestra vida, aun en medio del sufrimiento, en nuestro Via crucis, es una vida de esperanza. Así continuó su homilía el Papa:



“La participación en su camino comporta, por tanto, ambas cosas: la dimensión de la Cruz con fracasos, (…) incomprensiones e incluso desprecio y persecución, pero también la experiencia de un gozo profundo en su servicio  y la experiencia del consuelo que se deriva del encuentro con Él”.

 

La vida de la Iglesia y nuestra vida cristiana, que vivimos con la Iglesia, es una vida de esperanza y de alegría. Recuerdo que en alguna de las conferencias de la doctora María Lucía Jiménez de Zitzman sobre mariología bíblica, nos hacía caer en la cuenta de esa palabra que decimos todos los días en el Ave María, tomada del Evangelio de Lucas, cuando narra el anuncio del Ángel: “Alégrate, María”. Esta palabra no era un simple saludo. El saludo hebreo es “Shalom”, “Paz”. El ángel usó un saludo nuevo, que en el Evangelio griego es “Xaire”, “Xaire”, María, alégrate, María. La alegría es la característica del nuevo tiempo que comienza, con la llegada del Mesías. María, al aceptar el encargo, se convirtió en la portadora de la Buena Nueva, en la portadora de la Palabra, de la alegría, en la portadora de Dios. Comenzó la nueva era, de la alegría, porque aconteció entonces el encuentro de la humanidad con Dios. Si encontramos a Jesucristo en nuestra vida, encontramos el gozo, la alegría.

 

Y el Santo Padre siguió así la explicación de nuestro compromiso, como colaboradores en la construcción del Reino de Dios:

 

El centro de la misión de Jesucristo y de todos los cristianos, que es el anuncio del Reino de Dios, presupone “el compromiso de estar presentes en el mundo como testigos suyos: vosotros dais testimonio de un sentido enraizado en el amor creador de Dios y que se opone a cualquier insensatez y desesperación. (…) Dais testimonio de ese Amor que se entregó por los seres humanos y venció la muerte. (…) Os oponéis así a los múltiples tipos de injusticia solapada o abierta, como también al desprecio de los seres humanos que se difunde cada vez más”.

 

De manera que el centro de nuestra misión es el anuncio del Reino de Dios y esa misión presupone un compromiso: estar presentes en el mundo como testigos suyos. Es un compromiso serio, que renovamos cuando renovamos las promesas del Bautismo y cuando recitamos el Credo. Allí confesamos en voz alta en qué creemos, en qué se basa y qué es lo que orienta nuestra conducta en la vida. Muchas veces no somos coherentes. En el momento de actuar se nos olvida el compromiso cristiano. Necesitamos la ayuda de Dios para levantarnos después de cada caída. Él es misericordioso y siempre nos extiende la mano.

 

* NO UNA DISTINCIÓN SINO UN COMPROMISO

 

El P. Fidel Oñoro, en el Congreso de Teología Pastoral, que transmitió Radio María, nos decía que no podemos tomar el llamamiento, la vocación cristiana, como un privilegio, sino como un compromiso. No es una distinción para gloriarnos de ella. En ese sentido nos explicó la elección de Israel; no fue elegido ese pueblo para discriminar a los demás, para que se sintiera él solo el elegido. Siguiendo su explicación podemos decir que Israel fue marcado con la marca del escogido, para comunicar a todos los hombres la Palabra (la Sagrada Escritura), y para recibir al Verbo, que se hizo Carne en una mujer judía, para todos los hombres.

 

Oigamos las palabras siguientes dirigidas especialmente a los sacerdotes, religiosos, diáconos y seminaristas, con quienes el Santo Padre rezó las vísperas en la basílica, allá en Austria. Son palabras dirigidas a quienes han hecho los votos religiosos, pero que teniendo en cuenta las diferencias en su aplicación, según el estado de cada uno, (vida sacerdotal o consagrada, o vida de laicos inmersos en el mundo) -, se pueden aplicar a todos los cristianos.

 

Dijo el Santo Padre:



“Seguir a Cristo significa compartir sus sentimientos y asimilar su estilo de vida”, y recordó las tres características de la vida religiosa: pobreza, castidad y obediencia. Así continuó:



“Jesucristo que era rico de toda la riqueza de Dios se hizo pobre por nosotros, (…) llamó bienaventurados a los pobres, (…) pero la simple pobreza material, de por sí, no garantiza la cercanía a Dios, aunque Dios está particularmente cerca de estos pobres (..) y el cristiano ve en Ellos a Cristo que lo espera. (…) Quien quiere seguir a Cristo de forma radical debe renunciar decididamente a los bienes materiales. Para todos los cristianos, pero especialmente para los sacerdotes, religiosos y religiosas, para los individuos como para las comunidades, la cuestión de la pobreza y de los pobres debe ser siempre objeto de examen de conciencia”.

 

* LA BENDICIÓN DE SER POBRES, DE SER MANSOS, DE SER…

 

Si ponemos atención a las palabras del Señor en las bienaventuranzas, nos damos cuenta de que ser pobres de espíritu, ser mansos, tener hambre y sed de justicia, ser limpios de corazón, ser promotores de la paz, ser perseguidos por la fe, son estados de bendición. Son bendiciones de Dios que vendrán con su recompensa eterna. “Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos…”[3] Así terminó el Señor la enumeración de esas bendiciones o bienaventuranzas.

 

Volvamos a la homilía de Benedicto XVI en la basílica de Mariazell, que veníamos comentando. Hubo unas palabras del Santo Padre sobre la obediencia, que es bueno que leamos, ahora cuando no pocas personas escogen si aceptan o no, según su propio criterio, lo que enseña el Magisterio de la Iglesia. Dijo Benedicto XVI que

 

Jesús, desde los años de Nazaret hasta la Cruz, vivió siempre “a la escucha del Padre, obedeciendo al Padre” y “los cristianos han experimentado siempre que  abandonándose a la voluntad del Padre no se pierden, sino que encuentran el camino hacia una identidad y una libertad interior muy profundas”. Por eso,”escuchar a Dios y obedecerle no tiene nada que ver con la coacción externa y la pérdida de sí mismo”.Y oigamos estas palabras, en particular:

 

“Jesús está presente ante nosotros de forma concreta sólo en su cuerpo, la Iglesia. Por eso, la obediencia a la voluntad de Dios, la obediencia a Jesucristo, en la (práctica) praxis debe ser concretamente una humilde obediencia a su Iglesia”.

 

Se dice, a veces, que la Iglesia está atrasada en su orientación y que por eso pierde fieles. Es triste escuchar eso, sobre todo cuando lo dicen algunos, que al mismo tiempo confiesan su amor a la Iglesia, pero se quejan de su Madre, con palabras duras e injustas. Por eso nos vienen bien estas palabras del Papa. No esperemos a que Jesucristo se haga presente para decirnos el camino que debemos seguir; Él estuvo aquí, nos dejó su pensamiento en el Evangelio, y de Él encargó a la Iglesia. Nos dice Benedicto XVI, que Jesús está presente de forma concreta en su cuerpo, la Iglesia.

 

* LA MADRE QUE AMAMOS A PESAR DE SUS IMPERFECCIOES HUMANAS

 

De manera que en la práctica, obedecer a Jesucristo es obedecer humildemente a la Iglesia. Y es que, para nosotros, católicos, la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. ¿Cómo no la vamos a amar y respetar? Cristo la ama como a su esposa. [4] Es la parte humana del Cuerpo Místico, es verdad, y por eso tiene imperfecciones humanas, pero trabaja por ser digna del Señor. Es nuestra Madre también, y a la madre la amamos, a pesar de sus naturales imperfecciones y nos cuidamos mucho de maltratarla. Que a la Iglesia el Señor la erigió perpetuamente como columna y fundamento de la verdad[5], dice San Pablo, y tiene la promesa de que la acompañará hasta el fin del mundo.[6]

 

Los católicos críticos de la Iglesia jerárquica, no niegan esta verdad, pero algunos justifican sus puntos de vista, diciendo que el Papa o los obispos no escuchan al Espíritu Santo. Yo creo que el Papa, y supongo que también nuestros obispos, son hombres de oración y piden la ayuda del Espíritu Santo cuando nos enseñan el Evangelio.

 

La Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium, (Luz de los pueblos) del Concilio Vaticano II, acaba así el primer capítulo. Cita a San Agustín, cuando dice:

 

La Iglesia «va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios»[7], anunciando la cruz del Señor hasta que venga (cf I Cor 11,26). Está fortalecida, con la virtud del Señor resucitado, para triunfar con paciencia y caridad de sus aflicciones y dificultades, tanto internas como externas, y revelar al mundo fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras, hasta que se manifieste en todo el esplendor al final de los tiempos.

 

Continuemos ahora con el N° 59 del Compendio, en el que aparece la figura de María y su fiat al designio de amor de Dios. Dice así:

 

Heredera de la esperanza de los justos de Israel y primera entre los discípulos de Jesucristo, es María, su Madre.

 

Vayamos despacio, no perdamos palabra. Que María es la heredera de la esperanza de los justos de Israel, nos dice. ¿En quién habían puesto su esperanza los justos de Israel? En la promesa del Mesías, en la palabra del Dios de la Alianza. En la palabra que no puede fallar. Y nos dice el Compendio además, que María es la primera entre los discípulos de Jesucristo.

 

* La primera entre los discípulos de Jesucristo

 

En el documento de Aparecida, nos explican cómo es María la primera entre los discípulos de Jesucristo. Lo encontramos en la segunda parte del documento de Aparecida en el N° 266 y siguientes. Nos enseña el documento, en los números anteriores, que el inicio del discípulo, del cristiano, del que lleva el Evangelio, -el inicio de ese sujeto nuevo que surge en la historia y al que llamamos discípulo, es el encuentro con Jesucristo, y cita a Benedicto XVI en Deus caritas est, en esas palabras que se repiten mucho, porque nos han aclarado de modo maravilloso lo que significa la fe. Recordemos esas palabras:

 

No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.[8]

 

*El inicio del discípulo es su encuentro con Jesucristo

De manera que el inicio del discípulo es el encuentro con Jesucristo. Como la primera en encontrarse con Jesucristo fue María, se puede decir que Ella fue la primera discípula en la historia, pero naturalmente no se refiere sólo a que María haya sido la primera en el tiempo cronológico, cuando se la llama la Primera entre los discípulos de Cristo. El N° 266 del documento de Aparecida dice, que María es la discípula más perfecta del Señor. Los argumentos son muy abundantes, claro está; necesitaríamos mucho espacio para siquiera enumerarlos, pero citemos por lo menos algunos de los que señala Aparecida: la fe de María, Ella creyó la palabra de Dios transmitida por el Ángel; su obediencia a la voluntad de Dios, su constante meditación de la Palabra y de las acciones de Jesús (cf Lc 2, 19 y 51).

 

Continuemos con la lectura del El Compendio en el N° 59, que nos aclara aún más la figura de la Virgen María, como la primera discípula de Cristo. Dice:

 

Ella, con su « fiat » al designio de amor de Dios (cf. Lc 1,38), en nombre de toda la humanidad, acoge en la historia al enviado del Padre, al Salvador de los hombres: en el canto del « Magnificat » proclama el advenimiento del Misterio de la Salvación, la venida del «Mesías de los pobres» (cf. Is 11,4; 61,1). El Dios de la Alianza, cantado en el júbilo de su espíritu por la Virgen de Nazaret, es Aquel que derriba a los poderosos de sus tronos y exalta a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide a los ricos con las manos vacías, dispersa a los soberbios y muestra su misericordia con aquellos que le temen (cf. Lc 1,50-53).

 

Acogiendo estos sentimientos del corazón de María, de la profundidad de su fe, expresada en las palabras del « Magnifica»t, los discípulos de Cristo están llamados a renovar en sí mismos, cada vez mejor, « la conciencia de que no se puede separar la verdad sobre Dios que salva, sobre Dios que es fuente de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes, que, cantado en el Magnificat, se encuentra luego expresado en las palabras y obras de Jesús».[9]

 

María, totalmente dependiente de Dios y toda orientada hacia Él con el impulso de su fe, «es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos».[10]

 

Con esas palabras termina el Compendio el capítulo sobre El Designio del Amor de Dios para la Humanidad.

María, con su “Fiat”, Hágase en mi según tu palabra, hizo posible de modo maravilloso, el designio de Amor de Dios para la Humanidad. Él la escogió, la llenó de sí, la llenó de gracia, pero la dejó libre de aceptar o no la misión que le pidió realizara. Dios quiso comunicarse directamente con la humanidad y lo hizo a través de María que aceptó su misión.

Como hemos visto, para transmitir el Evangelio tenemos que ser primero buenos discípulos, tenemos que llenar nuestra vida del Evangelio, que es llenar nuestra vida de Jesús, pues Él es el Evangelio. Tenemos que encontrarnos con Jesús. Tenemos que imitar al Maestro, escuchar su Palabra y cumplirla. Nuestro mejor modelo es María, quien fue libre y completamente disponible para colaborar con la acción salvadora de Dios. No puso obstáculos.[11]

Terminemos hoy con algunas otras ideas tomadas de las conferencias de mariología bíblica, de la doctora María Lucía Jiménez de Zitzman. Espero poder transmitirlas con fidelidad a su pensamiento.

 

Como el mejor discípulo, tratándose del Maestro Jesucristo, es el que logra mejor parecerse a Él, no hay duda de que María es la discípula inigualable. El paralelismo entre Jesús y su Madre es bellísimo. Una clara característica de Jesús es su disponibilidad a la Voluntad del Padre: vino a hacer la voluntad de su Padre, “…se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre”, dice San Pablo en Fil 2,7.

 

De modo que siendo Dios, tomó la condición de siervo, de esclavo, y pasó como uno más de nosotros, los hombres. No se jactó de ser igual a Dios. Y María aparece libre, humilde, dispuesta a hacer lo que Dios quiera de Ella: asumió también la actitud de sierva: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.”(Lc 2,1,38)

 

María no puso obstáculos para que en ella aconteciera la acción divina. No dudó, se turbó y mostró su temor ante la grandeza del anuncio e incertidumbre ante lo que humanamente parecía imposible.¿Cómo será esto, si no conozco varón? Recordemos la diferencia con la actitud de Zacarías, cuando el Ángel le anunció que Isabel su mujer, en su vejez, sería madre. Zacarías pidió una señal, una prueba y la prueba fue que quedó mudo porque no dio crédito a las palabras del ángel. Como recordamos, recobró el habla cuando sucedieron las cosas anunciadas.

 

Entendemos así mejor las palabras de Jesús, que a veces nos dejan perplejos, cuando le avisaron que su Madre y sus parientes estaban afuera buscándolo, y Él dijo: ¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? …todo el que cumpla la voluntad de Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana, mi madre”.[12] Y en aquella otra oportunidad, cuando una mujer le gritó: “Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron” (traducción de la Biblia de Jerusalén, Lc11, 27-28) y Jesús le dijo: Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”.

Esa fue la definición que de su Madre nos dejó Jesús en el Evangelio; nos dijo que era parecida a Él: humilde, obediente, disponible, fiel oyente de la Palabra y dispuesta a cumplirla. Por eso la pobreza de espíritu, la humildad, la disponibilidad a la voluntad de Dios, son fundamentales en el cristianismo.

 

*En María vemos el retrato de Jesús

 

Recuerdo que en su conferencia, la doctora María Lucía nos dijo en aquella ocasión, que María es la Primera Discípula y Creyente y por Ella podemos entender quién es Jesús. En Ella vemos el retrato de Jesús.

 

Volvamos a leer las tres líneas finales del capítulo del Compendio que terminamos hoy. Dicen así:

 

María, totalmente dependiente de Dios y toda orientada hacia Él con el impulso de su fe, «es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos».[13]

 

Bien, mis queridos radioescuchas de Radio María, así terminamos ese profundo capítulo del Compendio de la D.S.I. sobre los planes del amor de Dios para la humanidad. Es un capítulo fundamental. Sin él no entenderíamos la Doctrina Social de la Iglesia. En este ‘blog’ este capítulo ocupa mucho espacio: desde la Reflexión 6 hasta la Reflexión 69, la de hoy. Si Dios quiere, dentro de una semana continuaremos con un nuevo capítulo, dedicado a la Misión de la Iglesia y Doctrina Social, que en el Compendio de la D.S.I. va del N° 60 al 104. Los espero para que hagamos juntos este camino.

 

Fernando Díaz del Castillo Z.

ESCRÍBANOS A: reflexionesdsi@gmail.com

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[1] Cfr. Ef 1,10; 1 Cor 1, 15-28

[2]CIUDAD DEL VATICANO, 8 SEP 2007 (VIS)

[3] Lc 6,20-22; Mt 5, 1-12

[4] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 7,8

[5] Ibidem 8, Cf I Tim 3,15

[6] Mt 28,19-20: Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

[7] Lumen Gentium, Ibidem N° 8, San Agustín, De civ. Dei XVIII 52,2: PL 41,614

[8] Deus caritas est, 12

[9] Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris Mater, 37

[10] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis conscientia, 97

[11] San Ignacio de Loyola decía: Hay muy pocas personas, si es que hay algunas, que comprenden perfectamente cuánto estorbamos a Dios cuando Él quiere obrar en nosotros, y todo lo que haría en nuestro favor si no lo estorbáramos.” (Citado por San Alberto Hurtado en “Medios Divinos y Medios Humanos”, edición privada, sin pie de imprenta)

[12] Jn 4,34: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra”; 5,30: “Yo no puedo hacer nada por mi cuenta: juzgo según lo que oigo (Jesús escucha al Padre); y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado”. Véase también Hb 19,9

[13] Mt 12, 47-50; Mc 31-35

[14] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis conscientia, 97