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Reflexión 65 Julio 19 2007

 

Compendio de la D.S.I. Nº 57 (IV)

 

La Fraternidad, un Bien del Reino

¿Cómo será la vida después de la muerte?

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Las Reflexiones que se publican aquí son originalmente programas transmitidos por Radio María. Usted puede escucharlos los jueves a las 9:00 a.m., hora de Colombia. Puede sintonizar la radio por internet en www.radiomariacol.org

 

 

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Estamos estudiando en el capítulo 1° del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, el tema que se titula Cielos nuevos y tierra nueva, y que ocupa los números 56 a 59 Recordemos que hemos estado reflexionando sobre el Reino de Dios, que será una perfecta realidad en el cielo, y que debemos ayudar a construir desde ahora, en esta vida.

 

Las dos reflexiones anteriores las dedicamos a los Bienes del Reino, de que nos habla el N° 57 del Compendio, y nos detuvimos a pensar en el don invaluable de la vida, –  regalo de Dios –  y en la dignidad de que viene adornada nuestra existencia, por ser creados a imagen y semejanza de Dios.

 

Los Bienes de la Vida y la Dignidad

 

La vida y la dignidad de la persona humana son bienes propios del Reino de Dios. Porque existimos a imagen y semejanza de Dios, somos capaces, – claro no sólo con nuestras fuerzas, sino con la intervención de la gracia, – de poseer el Reino. En palabras sencillas, somos capaces de gozar un día, plenamente, del Reino de los cielos. Los bienes del Reino, de los cuales nos habla el Compendio en el N° 57, son entre otros, la vida, la dignidad, que son regalos del Creador y que NO nos pueden arrebatar legítimamente los demás.

 

Con nuestra dignidad personal tampoco podemos jugar; decíamos que no la podemos feriar, no la podemos cambiar por dinero, como se hace, por ejemplo, en la prostitución, en el negocio del narcotráfico, y ahora hasta en programas de TV, como  en algunos ´realities´ y como se hizo en ese programa llamado “Nada más que la verdad”, en el cual se entraba a saco en la intimidad de las familias, para satisfacer el morbo de la teleaudiencia y la necesidad de “rating”, es decir de dinero, de la programadora.

 

Es verdad que se ha avanzado en el mundo en cuanto a que hay más conciencia del valor de las personas, que no pueden tratarse como mercancías, que no son mensurables en dinero; se combate la trata de blancas, se rechaza el secuestro, la discriminación por razones de raza, de género o de origen geográfico, y se condenan universalmente la esclavitud y el maltrato a los niños. Sin embargo, se permiten acciones como la mencionada del programa de Caracol TV, que seguramente tolera la sociedad como un ejercicio de la libertad de expresión. La comunidad internacional tampoco es lo suficientemente enérgica con los secuestradores que violan la libertad y con ella la dignidad de las personas. Los condena con energía según los intereses políticos, como sucede con los  secuestros en Irak.

 

Bien, es suficiente, por ahora, lo que hemos tratado sobre la dignidad de la persona, el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural y el derecho a la intimidad. Son éstos, bienes que gozaremos a plenitud en el Reino de Dios y cuyo respeto tenemos que defender y colaborar para que se vivan ya en nuestra vida terrenal, en camino hacia el Reino definitivo. Es parte de nuestro trabajo en la construcción del Reino de Dios.

 

La Fraternidad y la libertad

 

El Compendio de la D.S.I menciona además, otros bienes del Reino; nos habla de la fraternidad y la libertad; menciona todos los frutos buenos de la naturaleza y de nuestra laboriosidad, difundidos por la tierra en el Espíritu del Señor  y según su precepto, purificados de toda mancha, iluminados y transfigurados.

 

Tengamos siempre presente nuestra misión de colaborar en la construcción del Reino, mientras vamos en camino, en esta peregrinación hacia la eternidad. Tenemos por eso que defender la vida, la dignidad de la persona humana, el don de la libertad. Tenemos también que cuidar nuestra propia vida, nuestra salud, y en cuanto esté en nuestra manos, cuidar de la salud del prójimo.

 

Sobre la fraternidad, otro bien del Reino, se habla mucho, nos damos la mano para comunicarnos la paz en la Eucaristía, decimos cantando que vamos “Juntos como hermanos, miembros de una Iglesia”, pero debemos cuidar que no se nos quede ese valor sólo en el canto.

 

Los invito a que hagamos un examen sincero de conciencia, sobre cómo va nuestra colaboración en la construcción del Reino, en  lo que tiene que ver con la fraternidad. Si miramos en el espejo retrovisor los meses que van corridos este año, ¿qué hemos hecho para sembrar fraternidad, que nos haga sentir contentos con nosotros mismos? No nos detengamos tanto en pensar qué no hemos hecho. Cambiemos el ejercicio y pensemos qué hemos hecho, acciones positivas, reales, que sean un aporte a la implantación de la fraternidad, en el medio en que nos movemos.

 

¿Podemos decir que hemos crecido espiritualmente, en el manejo de nuestras relaciones con los demás? O ¿será ese uno de los campos de nuestra vida, en los cuales se necesita arrancar la maleza, abonar, regar, para que produzcamos buenos frutos? Sería maravilloso que nos pudiéramos sentir tranquilos delante de Dios, porque nuestra vida, como la de los primeros cristianos,[1] la podemos considerar, sinceramente, un vivo testimonio de fraternidad. Eso sería maravilloso, quizás excepcional.

 

En los primeros siglos, los cristianos se amaban aun antes de conocerse

 

Tenemos en la Iglesia ejemplos admirables de amor al prójimo. La Beata Madre Teresa de Calcuta debió llegar tranquila al encuentro definitivo con el Señor, quien sin duda alguna la recibió con un abrazo: “Ven, bendita de mi Padre, recibe la herencia del Reino preparado para personas como tú, desde la creación del mundo.”

 

De personas como la Madre Teresa podemos decir que ayudaron a construir el Reino de Dios, porque sembraron amor, sembraron comprensión y misericordia, sus vidas fueron promotoras de la fraternidad.

 

Un librito de la Beata Madre Teresa de Calcuta, que se llama “El Amor Más Grande”, puede ser una buena ayuda para reflexionar sobre el amor cristiano, a imitación del amor de Jesús. Tiene un capítulo que se titula: “El Dar”. De él vamos a leer unas pocas líneas.

El poder de una sonrisa

 

Hay una cosa que siempre nos asegurará el cielo: los actos de caridad y bondad con los que llenamos nuestra vida. Jamás sabremos cuánto bien puede hacer una simple sonrisa.

 

Quisiera hacer una anotación: si jamás sabremos cuánto bien puede hacer una simple sonrisa, también podemos decir que jamás sabremos cuánto daño puede hacer una mala cara o una cara de indiferencia…- Sigamos con el texto de la Beata Madre Teresa:

 

Le decimos a la gente lo bueno, clemente y comprensivo que es Dios, pero, ¿somos pruebas vivientes de ello?    ¿Pueden estas personas ver esa bondad, ese amor, esa comprensión vivas en nosotros?

 

Lo que sigue nos puede ayudar mucho. Dice Teresa de Calcuta:

 

Seamos muy sinceros en nuestra forma de tratarnos y tengamos la valentía de aceptarnos mutuamente tal y como somos. No nos sorprendamos ni nos obsesionemos por los defectos o fallos de los demás; veamos  y encontremos lo bueno que hay en cada uno, porque cada uno de nosotros fue creado a imagen de Dios. Tengamos presente que nuestra comunidad no está formada por aquellos que ya son santos sino por los que estamos tratando de serlo. Por lo tanto, en nuestro trato mutuo tengamos muchísima paciencia con los defectos y faltas de los demás y de nosotros mismos.

 

Usemos la lengua para hablar de lo bueno de los demás, porque de la abundancia del corazón habla la boca. Para dar tenemos primero que poseer[2].

 

¿Aburrirse en el cielo?

 

No olvidemos que estamos reflexionando sobre el Reino de Dios que un día gozaremos plenamente, confiando en la misericordia de Dios. El Reino, que es el Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz. Ese mismo Reino que tenemos que ayudar a establecer desde ahora, en esta vida. A veces la gente hace chistes de la vida en el cielo. Se preguntan algunos, cómo será la vida allá, con la Trinidad, con María, la Madre de Jesús, los santos y los ángeles. Algunos hacen mofa de la vida eterna, que les parece debe ser aburrida.

 

Es interesante observar que, cuando se quiere expresar lo terrible de una situación, en particular por la maledicencia de la gente, por el maltrato a que es sometida, se suele decir que la vida en esas condiciones es un infierno. Juan Pablo II nos aclaró que el cielo y el infierno no son lugares, sino estados. La gente se ha imaginado más fácilmente el estado del infierno: ese estado de maldad, de odio, de soledad… Pero también nos podemos imaginar el cielo, el Reino: ese estado en el cual no se conoce siquiera la maledicencia, en el cual no hay mala fe, no hay violencia ni resentimiento, un estado que, por el contrario, es de comprensión, de bondad, de amor.

 

La enfermedad incurable de no sentirse amado

 

La Madre Teresa, en el libro que citamos más arriba menciona la terrible enfermedad de no sentirse amado. Podemos decir que ese es el infierno. También la llama  La enfermedad incurable de no sentirse amado. En cambio, el estado en que, confiando en Dios, viviremos un día, será el estado de sentirnos plenamente amados, y sin ningún temor de dejar de ser amados. Ese sí será un estado de amor eterno, sin fisuras, sin la más pequeña infidelidad.

 

Acudiendo a las catequesis de Juan Pablo II sobre el Credo, encontramos una valiosa explicación del cielo y del infierno. Es bueno que tengamos esto claro, para saber cuál es el Reino del que hablamos, para que tengamos conciencia de que bien vale la pena el esfuerzo que hacemos por la obtención de un bien tan grande, y por evitar la eterna desgracia de perderlo.

 

Empecemos por lo que tratamos de conseguir, con la ayuda de la gracia. ¿Qué vida es esa que nos ofrecen en el Reino de Dios?  Juan Pablo II en su catequesis sobre el cielo[3] tiene estas frases que nos aclaran la vida futura:

 

1. Cuando haya pasado la figura de este mundo, los que hayan acogido a Dios en su vida y se hayan abierto sinceramente a su amor, por lo menos en el momento de la muerte, podrán gozar de la plenitud de comunión con Dios, que constituye la meta de la existencia humana.

Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, «esta vida perfecta con la santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo”. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha» (n. 1024).

 

Nos hiciste Señor para Ti

 

Destaquemos algunas de esas palabras sobre lo que es el cielo al que estamos invitados:

 

-la plenitud de comunión con Dios, que constituye la meta de la existencia humana. Recordemos la frase de San Agustín: Nos hiciste, Señor para Ti, e inquieto está nuestro corazón, hasta que descanse en Ti.[4] Estamos hechos para Dios y mientras no lleguemos a Él estamos inquietos, como la aguja de la brújula que se mueve de un lado para otro y llega a la quietud sólo cuando descansa sobre el norte.

 

Nos dijo también el Papa Juan Pablo II que

 

-         (una)  vida perfecta con la santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo”. Una vida perfecta de comunión, de amor.

 

- la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha» (Catecismo  1024).

 

Más adelante, en el N° 4 de la misma catequesis, Juan Pablo II nos habla del cielo como la participación en la completa intimidad con el Padre, después del recorrido de nuestra vida terrena, y más adelante añade:

 

-En el marco de la Revelación sabemos que el «cielo» o la «bienaventuranza» en la que nos encontraremos  no es una abstracción, ni tampoco un lugar físico entre las nubes, sino una relación viva y personal con la santísima Trinidad. Es el encuentro con el Padre, que se realiza en Cristo resucitado gracias a la comunión del Espíritu Santo.

-Es preciso mantener siempre cierta sobriedad al describir estas realidades ÚLTIMAS, ya que su representación resulta siempre inadecuada. Hoy el lenguaje personalista logra reflejar de una forma menos impropia  la situación de felicidad y paz en que nos situará la comunión definitiva con Dios.

 

Vida de enamorados

 

De modo que el Reino, el cielo, será un estado de felicidad, de unión, de intimidad con el Padre, el encuentro con Dios que es Amor,  el encuentro definitivo con el Amor. Cuando dos personas se enamoran se transforman. Oyen música en el aire, todo brilla, el mundo es bello. ¿Cómo será el Reino donde sólo hay amor y no hay en absoluto posibilidad de que ese amor se marchite?

 

Lo contrario se parece a lo que nos decía la Madre Teresa, que leímos hace un momento. Nos hablaba de La enfermedad incurable de no sentirse amado,  la terrible enfermedad de no sentirse amado.

 

Veamos entonces también lo que sobre el infierno, ese estado de enfermedad incurable, de no sentirse amado, explicó Juan Pablo II en su catequesis:

 

1.     Las imágenes con las que la sagrada Escritura nos presenta el infierno deben interpretarse correctamente. Expresan la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios. El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría. Así resume los datos de la fe sobre este tema el Catecismo de la Iglesia católica: «Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de él para siempre  por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno» (n. 1033).

Por eso, la «condenación», no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La «condenación», consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción. La sentencia de Dios ratifica ese estado.

 

Escoger libremente la completa frustración,  vaciedad, soledad

 

 

Destaquemos también algunas de las frases que acabamos de leer sobre el infierno, que es lo contrario del Reino de Dios:

 

- las imágenes con que la Sagrada Escritura nos presenta el infierno, dijo el Papa, Expresan la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios.

- indica la situación en que llega a encontrarse  quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría.

- significa permanecer separados de Dios para siempre por nuestra propia y libre elección

- La autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados.

- Es cerrarse al amor de Dios, es alejarse definitivamente de Dios por elección libre. Nos dice el Catecismo que Dios no condena sino que ratifica la elección libre del hombre.

 

Si reflexionamos sobre nuestra misión, de colaborar en la construcción del Reino, vemos que estamos invitados a una empresa maravillosa, en la cual se trata de implementar los valores del Evangelio que son todos positivos, que conducen a la felicidad, a la vida de todos en comunión de amor, en fraternidad, en el disfrute pleno, dentro de un orden querido por Dios, de los bienes que nos ha regalado. Oigamos estas frases de Juan Pablo II, que nos explica cómo ese estado definitivo de felicidad, al que estamos invitados en el cielo, se puede empezar a gozar, en cierta forma, desde ahora. Dijo Juan Pablo II:

 

         5. (…) esta situación final se puede anticipar de alguna manera hoy, tanto en la vida sacramental, cuyo centro es la Eucaristía, como en el don de sí mismo mediante la caridad fraterna. Si sabemos gozar ordenadamente de los bienes que el Señor nos regala cada día, experimentaremos ya la alegría y la paz de que un día gozaremos plenamente. Sabemos que en esta fase terrena todo tiene límite; sin embargo, el pensamiento de las realidades últimas nos ayuda a vivir bien las realidades penúltimas. Somos conscientes de que mientras caminamos en este mundo estamos llamados a buscar «las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col 3, 1), para estar con él en el cumplimiento escatológico, cuando en el Espíritu él reconcilie totalmente con el Padre «lo que hay en la tierra y en los cielos» (Col 1, 20).

 

Entonces, colaborar en la construcción del Reino es ser parte de la construcción de un mundo en el que los bienes que se disfruten plenamente sean, entre otros valores evangélicos,  el respeto a la vida desde la concepción hasta la muerte natural, el respeto a la dignidad de la persona humana creada a imagen de Dios y la más perfecta fraternidad.

 

En la próxima reflexión seguiremos tratando sobre otros Bienes del Reino.

Fernando Díaz del Castillo Z.

 Escríbanos a: reflexionesdsi@gmail.com


[1] Hechos, 2,44-45: Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno. 4, 32 La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo lo tenían en común. Es también muy conocida la frase de Tertuliano “Mirad cómo se aman”, referida al comentario de los paganos sobre los cristianos. Del filósofo  y apologista cristiano Marco Minucio Félix, del siglo II,  citan el comentario de los paganos: “Se aman aun antes de conocerse”.

[2] Madre Teresa, “EL AMOR MÁS GRANDE”, Prólogo de Thomas Moore, URANO, Pgs. 63-64

[3] Catequesis del 21 de julio de 1999 Cfr.  http://es.catholic.net/conocetufe

 [4] San Agustín, Confesiones, I,1