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Reflexión 62 Junio 21 2007

Compendio de la D.S.I. Nº 57

Los Bienes del Reino, los Bienes del Hombre

La Dignidad del ser humano, el derecho inviolable a la vida

 

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Las Reflexiones que se publican aquí son originalmente programas transmitidos por Radio María. Usted puede escucharlos los jueves a las 9:00 a.m., hora de Colombia. También puede sintonizar la radio por internet en www.radiomariacol.org.

Estos son programas que estudian la doctrina social de la Iglesia según se explica en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.

En la columna azul, a la derecha, en “Categorías”, encuentra en orden todos los programas, según la numeración del libro “Compendio de la D.S.I.” Con un clic usted elige. Encuentra usted también enlaces a documentos muy importantes como la Sagrada Biblia, el Compendio de la Doctrina Social, el Catecismo y su Compendio, algunas encíclicas, la Constitución Gaudium et Spes y también agencias de noticias y publicaciones católicas.

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El Solsticio de Verano

Antes de comenzar el tema que nos corresponde hoy, vamos a compartir un pensamiento que nos puede inspirar la fecha en que se presenta este programa, el 21 de junio. En el hemisferio norte, esta semana incluye el día más largo del año, el llamado solsticio de verano. Como sabemos, la Tierra no solo gira sobre su eje, como un trompo, por lo cual se producen el día y la noche y viaja alrededor del sol durante un año, sino que nuestro planeta Tierra mientras viaja por el espacio va “cabeceando”, no permanece completamente perpendicular; tiene una inclinación sobre su eje y esta inclinación cambia; mientras va rotando y trasladándose alrededor del sol, la Tierra se inclina hacia el sur o hacia el norte, hacia la derecha y hacia la izquierda. Por esta razón, durante el año, el día es más largo o más corto en la tierra, según su inclinación hacia el sol. Entre el 20 y el 22 de junio, en el círculo polar ártico, es decir en el Polo norte, el sol permanece visible por 24 horas y hacia el sur va disminuyendo la duración del día.

Hoy es el día más largo del año, desde el Polo norte hasta la línea ecuatorial. Como Colombia está casi toda entre el Ecuador y el Trópico de Cáncer, no es tan claro el fenómeno, como lo es en los países de la zona templada. Este fenómeno del solsticio,se debe, entonces, a que a lo largo del año, la posición del Sol, visto desde la Tierra, se desplaza hacia el Norte y hacia el Sur. En nuestra casa nos podemos dar cuenta de que el sol no entra siempre por la misma dirección; cambia un poquito a lo largo del año.

Los solsticios son los momentos del año en los que el Sol alcanza sus posiciones más al norte o más al sur; ese día es el solsticio de verano, o el solsticio de invierno. Antes del cristianismo, en Europa saludaban el solsticio de verano con fiestas y hogueras. Entiendo que en algunos países lo hacen todavía, y como está de moda volver al paganismo en muchas cosas, hay personas que celebran el solsticio a lo pagano. Otras lo celebran con actos culturales como conciertos al aire libre.

Desde nuestro punto de vista cristiano ¿qué reflexión podemos hacer? Es el solsticio un día que invita a los habitantes del norte de la tierra a mirar hacia atrás y despedir a los días del invierno que pasaron; días cortos y fríos, y a mirar con alegría hacia delante el verano que comienza y les permite gozar del sol. Es un día central, el día más largo, porque volverán luego los días cada vez más cortos a medida que se acerque el invierno.

Aunque para nosotros, que vivimos cerca de la línea ecuatorial, este día más largo pasa prácticamente imperceptible, aprovechemos la oportunidad que este fenómeno astronómico nos da, para recordar que vamos caminando hacia la luz eterna, vamos dejando atrás días alegres y otros días tristes, días de nuestra vida en que sembramos, en que dejamos huella o quizás ni sembramos ni dejamos huella y es el momento en que podemos rectificar y empezar la siembra para mañana poder recoger…Los jóvenes están en la primera etapa de su vida, y sienten que tienen muchos veranos e inviernos por delante, otros están en la mitad, nosotros estamos más cerca del final… Es siempre bueno mirar hacia atrás, para rectificar el camino y sobre todo, con esperanza mirar hacia adelante, caminando con el sol, con el Señor, que siempre nos acompaña. Con Él siempre hay Luz, porque Él es la Luz.

El Dante comenzó su Divina Comedia cuando pensaba era la mitad de su vida, a los 35 años. En realidad no alcanzó a doblar esa edad, pues murió bastante más joven, a los 56 años. Dante empezó el Canto 1 con las palabras: “Nel mezzo del camin di nostra vita.” “A la mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba”.[1] En la Sagrada Escritura, el Salmo 90, 10 dice:

Nuestra vida dura apenas setenta años,
y ochenta, si tenemos más vigor:
en su mayor parte son fatiga y miseria,
porque pasan pronto, y nosotros nos vamos
.

La vida ahora suele ser más larga para muchos. Lo importante es que caminemos con el Señor y así, bien acompañados, no tomaremos por los atajos que nos pueden llevar a las sombras.

Conviene que Él crezca y yo disminuya”

 

Volviendo al solsticio de verano, es interesante observar que la Iglesia señaló la festividad del Nacimiento de San Juan Bautista para el 24 de junio, apenas pasado el día más largo. Recordemos las palabras del Bautista, como las relata el Evangelio de San Juan en 3,30: “Conviene que Él crezca y yo disminuya”. Es decir como crece o disminuye la sombra con el movimiento del sol. Fue la respuesta de Juan a algunos de sus discípulos, que se quejaban porque la gente se iba detrás de Jesús. Ese debería ser nuestro programa de vida, sobre todo con los años que van pasando; no importa que disminuyamos, que perdamos poco a poco la agudeza de nuestros sentidos, que nuestros movimientos sean ahora más lentos, si logramos que nuestro ego, nuestro amor propio también disminuyan, y al mismo tiempo crezcamos en la entrega a Dios, el Sol eterno, con quien esperamos un día gozar de la plenitud de la vida que no disminuirá jamás.[2]

 

Comencemos nuestros estudio con una pequeña plegaria:

 

Te agradecemos, Señor, por esta oportunidad que nos das de dedicarnos a conocer tu doctrina. Acompáñanos en este rato de reflexión; y a ti Espíritu Santo, por intercesión de la Virgen María, te suplicamos que ilumines nuestro entendimiento y muevas nuestra voluntad, para que comprendamos rectamente y amemos la doctrina social de tu Iglesia, y danos la gracia que necesitamos para vivir de acuerdo con ella.

 

En el programa anterior terminamos el estudio del N° 56 del Compendio, que empieza con el título Cielos nuevos y tierra nueva. La Iglesia nos recuerda que después de esta tierra en que vivimos,  nos esperan unos cielos y una tierra nueva, donde habitan la justicia y el amor, y que mientras hacemos el camino hacia esa patria definitiva, no debemos descuidar la construcción del Reino de Cristo, que empieza aquí, en nuestro tiempo, en nuestro espacio, y en esa construcción tenemos responsabilidad.


El propósito de hacer más humana la vida presente

 

 

Nos enseña la Iglesia que al final de los tiempos serán restaurados el nuevo cielo y la nueva tierra; pero que los hombres no nos debemos cruzar de brazos esperando la llegada de esa tierra nueva, pues en esta vida tenemos trabajo que hacer. Nos dice el Compendio que Cristo resucitado no sólo despierta el deseo del mundo futuro, sino también el propósito de hacer más humana la vida presente[3]. El N° 56 del Compendio termina con estas palabras:

 

Esta esperanza, en vez de debilitar, debe más bien estimular la solicitud en el trabajo relativo a la realidad presente.

 

Estas palabras se basan en el N° 39 de la Gaudium et Spes, donde dice el Concilio Vaticano II que, aunque Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo (Lc 9,25), no obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera vislumbrar el siglo nuevo. De manera que debemos ser diligentes obreros del Reino, que trabajemos por un mundo mejor, de justicia, de amor y de paz, que nos deje entrever lo que será la tierra nueva y los cielos nuevos, nuestra patria definitiva.

Los Bienes del Hombre que pertenecen al Reino

 

 

Continuemos ahora nuestra reflexión con el N° 57 del Compendio de la D.S.I. que dice así:

 

Los bienes, como la dignidad del hombre, la fraternidad y la libertad, todos los frutos buenos de la naturaleza y de nuestra laboriosidad, difundidos por la tierra en el Espíritu del Señor y según su precepto, purificados de toda mancha, iluminados y transfigurados, pertenecen al Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz que Cristo entregará al Padre y donde nosotros los volveremos a encontrar. Entonces resonarán para todos, con toda su solemne verdad, las palabras de Cristo:

«Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme … en verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,34-36.40).

 

Es bellísimo este N° 57; como para leerlo despacio y volverlo a leer. Empecemos por volver a leer, – para identificarlos bien, – los bienes que la Iglesia menciona, y nos dice que pertenecen al Reino: hoy sólo vamos a alcanzar a reflexionar sobre el primer bien que menciona: la dignidad del hombre. ¡Qué don maravilloso es la dignidad con que nacemos todas las personas humanas, sin distingo de procedencia geográfica, de raza, de familia! Es una dignidad que no tenemos porque nos la otorgue la ley de ningún país, ninguna norma constitucional, ninguna decisión de las Naciones Unidas. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, fuimos redimidos por la pasión, muerte y resurrección de su Hijo Jesucristo, somos todos, hijos del mismo Padre, somos del mismo linaje. La razón de la dignidad del hombre es clarísima para nosotros los cristianos.

 

La mayor incoherencia: un derecho que se reconoce en todas las leyes pero en todas las naciones se irrespeta

 

El primer don recibido de Dios es el de la vida, de la existencia. Es el primer regalo de Dios y por eso el más sagrado. De la vida se desprenden los demás. El valor de la vida es una verdad que nadie discute. Está en los Derechos del Hombre de la ONU, está en nuestra Constitución. Y sin embargo es un bien contra el que se atenta todos los días, en todos los países del mundo. No hay mayor incoherencia que ésta. Como Juan Pablo II y Benedicto XVI han sido Maestros inigualables, y sus enseñanzas, gracias a Dios, nos han quedado por escrito, vamos a leer algunos párrafos de documentos en que nos enseñan sobre el valor de la vida. Empecemos por la carta que Juan Pablo II escribió a los obispos el 19 de mayo de 1991, solemnidad de Pentecostés, sobre «el valor de la vida humana y su intangibilidad, en relación con las actuales circunstancias y los atentados que la amenazan». No es más alentador el panorama, 16 años después de esta carta.

 

El inquietante apagarse de la conciencia moral

Estas son palabras del Santo Padre Juan Pablo II:

 

los datos estadísticos presentan una verdadera y auténtica «matanza de los inocentes», a nivel mundial, pero sobre todo es preocupante el hecho de que la conciencia moral parece ofuscarse terriblemente y encontrar cada vez mayor dificultad para darse cuenta  de la distinción clara y precisa entre el bien y el mal  en lo que se refiere al valor fundamental de la vida humana.

 

En realidad, si es muy grave e inquietante el fenómeno tan extendido de la eliminación de muchas vidas humanas nacientes o cercanas a su final, no menos grave e inquietante  es el apagarse de la sensibilidad moral en las conciencias. Las leyes y las normativas civiles no sólo ponen de manifiesto este oscurecimiento, sino que contribuyen a reforzarlo. En efecto, cuando unos parlamentos votan leyes que autorizan el matar a inocentes y unos Estados ponen sus recursos y estructuras al servicio de estos crímenes, las conciencias individuales —con frecuencia poco formadas— son inducidas más fácilmente a error. Para romper este círculo vicioso, parece más urgente que nunca el reafirmar con fuerza nuestro común magisterio, fundamentado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, sobre la intangibilidad de la vida humana inocente.

 

Nos había explicado la Iglesia, que el Reino de Dios que gozaremos un día, por la misericordia del Señor, lo tenemos que empezar a construir en esta vida. Estamos acostumbrados a pensar sólo en bienes terrenales, y aquí la Iglesia nos habla de otros bienes que pertenecen al Reino de Cristo, que debemos construir desde aquí, en la tierra. Si tenemos esos bienes en esta vida, empezamos, en alguna forma, a gozar del Reino desde ahora; podemos decir que si esos bienes están presentes, está presente el Reino.

 

El primer bien que menciona el N° 57, es el de la dignidad del hombre. Decíamos que la dignidad del hombre se basa en que Dios nos regaló el don de la vida, de la existencia, al crearnos a su imagen y semejanza. El don de la vida es inviolable. Por su parte, El Compendio del Catecismo, en el N° 358, nos enseña:

 

La dignidad de la persona humana está arraigada en su creación a imagen y semejanza de Dios. Dotada de alma espiritual e inmortal, de inteligencia y de voluntad libre, la persona humana está ordenada a Dios y llamada, con alma y cuerpo, a la bienaventuranza eterna. Ese es el fundamento de la dignidad de la persona humana.

 

La cumbre de la Creación visible

 

Sobre el lugar del hombre en la creación, afirma el mismo Compendio del Catecismo en el N° 63, que El hombre es la cumbre de la Creación visible, pues ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.

 

Si uno busca en la Declaración de los Derechos del Hombre de la ONU, en qué se basan esos derechos, que son iguales para todos, no encuentra el fundamento espiritual. Como los Derechos del Hombre están promulgados por esa organización para creyentes y no creyentes, Dios no aparece allí. La Constitución de Colombia, en el Preámbulo invoca la protección de Dios, y dice que es el Pueblo en ejercicio de su poder soberano, el que promulga la que se llama Norma de normas (Art. 4). Entre los Principios Fundamentales en el Artículo 1, dice nuestra Constitución, que Colombia está fundada en el respeto de la dignidad humana, y el Artículo 11 deja sentado que El derecho a la vida es inviolable. Y que No habrá pena de muerte. Reconoce pues, nuestra Constitución algo que para el cristiano es obvio. La falta de coherencia e enorme cuando se defiende el aborto provocado, directo.

Para nosotros, cristianos, ¿qué importancia tiene el haber sido creados a imagen de Dios? El Catecismo no dice que el hombre

 

Es la única criatura sobre la tierra a la que Dios ama por sí misma, y a la que llama a compartir su vida divina, en el conocimiento y en el amor. El hombre, en cuanto creado a imagen de Dios, tiene la dignidad de persona: no es solamente algo, sino alguien capaz de conocerse, de darse libremente y de entrar en comunión con Dios y las otras personas.

 

La conciencia moral es un juicio de la razón que impulsa a la persona a hacer el bien y evitar el mal

 

Volvamos a las palabras de Juan Pablo II en su carta a los obispos, pues es bueno que destaquemos algunas cosas que se aplican plenamente a la situación de nuestra patria: dice Juan Pablo II que si es muy grave e inquietante el fenómeno de la eliminación de muchas vidas humanas nacientes o cercanas a su final, es decir mediante el aborto y la eutanasia, no menos grave e inquietante es el apagarse de la sensibilidad moral en las conciencias. Dice el Papa que parece que la conciencia moral encuentra cada vez mayor dificultad  para darse cuenta de la distinción clara y precisa entre el bien y el mal en lo que se refiere al valor fundamental de la vida humana.

 

Sí, uno se pregunta qué se hizo la conciencia moral de algunas autoridades que aparecen como defensoras de la cultura de la muerte. Por sus declaraciones públicas, es claro que algunos de nuestros parlamentarios y otras autoridades, que por su cargo deberían ser los primeros defensores de la vida, tienen dificultad para comprender la distinción entre el bien y el mal, en lo que se refiere a la vida humana, y por eso hablan con tanto desparpajo en defensa de la muerte de los no nacidos y de los que se acercan al final, y se lo quieren acelerar por la eutanasia.

 

Razón tenía el Papa en su discurso de inauguración de la V Conferencia Episcopal de Aparecida, cuando manifestaba que en un continente de bautizados como América Latina era notable la ausencia de católicos coherentes con su fe en la vida pública. Recordemos sus palabras:

 

Por tratarse de un Continente de bautizados, conviene colmar la notable ausencia, en el ámbito político, comunicativo y universitario, de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada, que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas. Los movimientos eclesiales tienen aquí un amplio campo para recordar a los laicos su responsabilidad y su misión de llevar la luz del Evangelio a la vida pública, cultural, económica y política.

 

Los invito a estudiar sobre el tema de la conciencia moral, el Compendio del Catecismo, del N° 372 en adelante. De modo más amplio se encuentra este tema en la edición grande del Catecismo, del N° 1776 en adelante. Recordemos solamente, que la conciencia moral es un juicio de la razón que impulsa a la persona a hacer el bien y evitar el mal. Gracias a la conciencia, la persona comprende si el acto que va a realizar o ha realizado es bueno o malo y asume la responsabilidad de él. También nos enseña el Catecismo que la dignidad de la persona humana  supone la rectitud de la conciencia moral, es decir que ésta se halle de acuerdo con lo que es justo y bueno según la razón y la ley de Dios. De modo que por su dignidad, la persona humana debe actuar de acuerdo con lo que es justo y bueno según la razón y la ley de Dios.

 

¿Cómo se forma la conciencia moral?

 

Esto dice el Catecismo:

 

La conciencia recta y veraz se forma con la educación, con la asimilación de la Palabra de Dios y las enseñanzas de la Iglesia. Se ve asistida por los dones del Espíritu Santo y ayudada con los consejos de personas prudentes. Además, favorecen mucho la formación moral  tanto la oración como el examen de conciencia.

 

Esto quiere decir, a mi juicio, que la educación ética deficiente, que la ignorancia religiosa y el desconocimiento de la Palabra de Dios, se notan en muchos de nuestros dirigentes que se dicen católicos, porque de los católicos tenemos derecho a esperar más cuando exponen su pensamiento sobre temas tan importantes como la inviolabilidad del derecho a la vida. De los no creyentes poco podemos esperar. Su educación no tiene en cuenta a Dios, ni las enseñanzas de la Iglesia. Pero sí deberían regirse por una moral universal…[4]

 

Hay un aspecto muy grave que resalta el Santo Padre y es que

Las leyes y las normativas civiles no sólo ponen de manifiesto este oscurecimiento de la conciencia moral, sino que contribuyen a reforzarlo. En efecto, cuando unos parlamentos votan leyes que autorizan el matar a inocentes y unos Estados ponen sus recursos y estructuras al servicio de estos crímenes, las conciencias individuales —con frecuencia poco formadas— son inducidas más fácilmente a error.

 

Los que promueven y apoyan las leyes contra la vida, demuestran lo oscurecida que se encuentra su conciencia moral, pero además, los parlamentarios y las autoridadesque apoyan las leyes contra la vida, tendrán que dar cuenta del daño que hacen a las conciencias poco formadas, a las que inducen al error. En estas circunstancias, Juan Pablo II deja claramente establecido el papel que debemos asumir como Iglesia. En la próxima reflexión seguiremos con el desarrollo de este tema.

 

Fernando Díaz del Castillo Z.

Escríbanos a: reflexionesdsi@gmail.com


[1] Cfr. Dante Conv., IV, XXIII, donde considera la mitad de la vida a los 35 años.

[2]Las ideas para esta reflexión sobre el solsticio de verano las he tomado de http://www.sacredspace.ie Entre los enlaces (Blogroll) de este ‘blog’ se encuentra bajo el nombre “Orar frente al computador”.

[3]Once grandes mensajes, BAC, Madrid, MCMXCIX, Pg. 376

[4] En el discurso de Benedicto XVI al inaugurar la V Conferencia de los Obispos, en Aparecida, 4. “Para que en Él tengan vida”, Los problemas sociales y políticos, dijo: “Donde Dios está ausente – el Dios del rostro humano de Jesucristo – estos valores no se muestran con toda su fuerza, ni se produce un consenso sobre ellos. No quiero decir que los no creyentes no puedan vivir una moralidad elevada y ejemplar; digo solamente que en una sociedad en la que Dios está ausente no encuentra el consenso necesario sobre los valores morales y la fuerza para vivir según la pauta de estos valores, aun contra los propios intereses.