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Reflexión 60 7 de junio 2007

Después de “Aparecida

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Nº 56

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Las Reflexiones que se publican aquí son originalmente programas transmitidos por Radio María de Colombia. Usted puede escucharlos los jueves a las 9:00 a.m., hora de Colombia. También puede sintonizar la radio por internet en www.radiomariacol.org

 En la columna azul, a la derecha, en “Categorías”, encuentra en orden todos los programas, según la numeración del libro “Compendio de la D.S.I.” Con un clic usted elige.

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La reflexión anterior la dedicamos a la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y del Caribe, cuya clausura se realizó el jueves 31 de mayo de 2007. Podemos tener confianza en que el Espíritu Santo acompañó a nuestros obispos, reunidos bajo el amparo de Nuestra Señora, en su reflexión sobre la situación de nuestro continente. Bajo su inspiración, nuestros pastores habrán encontrado las respuestas que la Iglesia necesita, para enfrentar los múltiples y complejos problemas por los que atraviesan nuestros pueblos. El documento final  orientará la acción de la Iglesia en América Latina y el Caribe.

Después de Aparecida es también nuestro turno

 

Antes de continuar el estudio del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, dediquemos unos minutos a comentar sobre nuestra responsabilidad, consecuencia de la Conferencia de los Obispos en Aparecida.

 

Los laicos, y en particular los medios de comunicación católica, tenemos que estar preparados para actuar de acuerdo con nuestras responsabilidades y estar dispuestos a cambiar en lo que debamos cambiar, para llevar el Evangelio a donde ahora no está llegando. Una oyente que llamó al aire desde Arabia Saudita (estaba escuchando el programa anterior por internet), nos compartió sus inquietudes con una reflexión muy sincera. Decía ella, que lo que estaba pasando en el Brasil era maravilloso; pero añadió: Tan poca gente sabe de esto, tan poca gente oye o escucha esto. Y nos hizo una pregunta directa, que nos muestra lo que los oyentes de Radio María esperan de este medio. Nos preguntó Ángela, nuestra oyente colombiana desde Arabia Saudita: ¿Cómo van a hacer ustedes,- dijo – para poder llevar esto a la gente que está creciendo, a la juventud? Sobre Benedicto XVI, añadía nuestra radioescucha, que parece haber un vacío en la gente que sólo oye los comentarios negativos de los medios de comunicación sobre el Papa, que casi nadie sabe nada profundo sobre lo que está pasando. “¿Cómo van a hacer Uds.,- decía Ángela, – para romper eso y abrir un camino hacia la gente que no tiene conocimientos, que no comprende a un Papa tan maravilloso y tan profundo como éste?”

 

Claro que el reto no es sólo para los medios de comunicación católicos; es para todos los católicos, y en particular para los que directamente trabajamos en alguna forma, en la evangelización. Ahora bien, de todos modos tenemos que escuchar a los que siguen este medio, Radio María. Sus comentarios son recibidos con gusto y respeto.

 

El reto que nos planteó esta oyente es muy importante, muy difícil, si consideramos las limitaciones humanas nuestras y de los medios con que contamos, en cuanto se refiere a las posibilidades técnicas de esta Radio; pero aunque no es un reto sólo para Radio María, es bueno que pensemos que no nos podemos sentir satisfechos con lo que actualmente se ha conseguido. La Iglesia se reunió en Aparecida a pensar con humildad, con apertura, cuál es su situación en nuestros países, para responder adecuadamente a las necesidades de sus fieles, de manera que todos los que colaboramos en la Evangelización, nos debemos plantear la necesidad de una evaluación, con sinceridad, con humildad, porque es obvio que tenemos muchas cosas en que podemos y debemos mejorar. Considero que nos hacen una llamada a evaluar lo que se hace en la evangelización en general, por todos los medios, incluyendo la predicación, la catequesis, la educación en los colegios y universidades de la Iglesia. Hay que hacer un esfuerzo grande, el que se necesite, para que la labor de evangelización llegue a donde no está llegando y a donde llega, llegue como debe llegar.

 

El domingo antepasado fui testigo de un hecho ilustrativo. En mi parroquia, antes de la misa dominical, el Diácono está instruyendo a la comunidad sobre la liturgia de la Eucaristía. En medio de su instrucción, mencionó al Diácono y una persona preguntó en voz alta: “Por favor, ¿“Qué es un Diácono”? Nuestro Diácono, que estaba dando la instrucción, le respondió brevemente. La persona que hizo la pregunta, comentó a su vecino de banca: “Yo lo único que sé es rezar y pedirle a Dios. No sé qué es un Diácono, por eso pregunté. Y lo que explicó ya se me olvidó”.

 

El reto de cambiar

 

Este episodio me dejó pensando. Nuestra pedagogía necesita más desarrollo. A veces damos por sabidas verdades que los fieles no conocen. Y con frecuencia los instruimos con palabras que los fieles no entienden. Un problema muy grave es el poco tiempo que los fieles dedican a su vida religiosa. Los que vamos a misa, por lo menos tenemos la oportunidad de escuchar la homilía, que es un tiempo corto que el evangelizador tiene que aprovechar muy bien. Y hay un reto mayor: ¿Cómo llegar a los que ni siquiera se acercan a la Iglesia una vez por semana? Y también a ellos hay que Evangelizar.

 

Es justo reconocer que se hacen esfuerzos por mejorar la calidad de la evangelización; que hay, por ejemplo, escuelas para preparar a los catequistas, que hay instituciones dedicadas a buscar e idear nuevos caminos; pero parece que las necesidades son mayores que nuestras respuestas. Tenemos que aprovechar la creatividad de los jóvenes para llegar a sus compañeros y, ¿cómo llegar a los adultos que creen saberlo todo, aunque su instrucción religiosa sea muy elemental, sin descuidar a los adultos que necesitamos que nos confirmen en la fe?

 

Sin duda estas preocupaciones estuvieron en el corazón de nuestros Obispos en Aparecida. Eso nos indican intervenciones como la de la homilía del Obispo Carlos Aguiar Retes, el lunes 28 de mayo, en una homilía por cierto muy mariana, en que se refirió a la Visita de Nuestra Señora a Santa Isabel, y también a la Virgen de Guadalupe. Entre otras cosas dijo:

 

Con María, discípula y maestra, seamos una Iglesia que presurosa vaya al encuentro, tanto de quienes como Isabel, reconocen las maravillas que obra el Señor, como de quienes, como San Juan Diego, atraviesan por la aflicción, el desconcierto, la incertidumbre, o la desesperanza. Seamos una Iglesia en estado permanente de misión.

Seamos una Iglesia que redescubra y valore la eucaristía dominical. Seamos una Iglesia que sea casa para todos y escuela donde se aprenda, por el testimonio de quienes la forman, la caridad, el amor.

Los que se encuentran en desconcierto

 

 

Esas palabras nos indican la apertura que debemos tener hacia todos y el esfuerzo para llevar el Evangelio a quienes, – en palabras del obispo, – se encuentran en desconcierto, en incertidumbre, en desesperanza, y nos indican un camino que todos podemos seguir como evangelizadores: enseñar con nuestro testimonio de vida. Si es verdad, como dicen los publicistas, que una imagen vale más que mil palabras, también podemos decir que en la evangelización, el buen ejemplo vale más que mil conferencias. No olvidemos nunca las palabras de Juan Pablo II en su encíclica Redemptoris missio, donde dice, en el N° 42, que La primera forma de evangelización es el testimonio. Estas son sus palabras:

 

El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las teorías. El testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de la misión: Cristo, de cuya misión somos continuadores, es el « Testigo » por excelencia (Ap 1, 5; 3, 14) y el modelo del testimonio cristiano. El Espíritu Santo acompaña el camino de la Iglesia y la asocia al testimonio que él da de Cristo (cf. Jn 15, 26-27).[1]

 

Al testigo del Evangelio se le exige ser fiel en cada circunstancia a la misión que se le ha confiado

 

 

Las reflexiones sobre la necesaria renovación en la Iglesia, estuvieron en el corazón de los obispos en la V Conferencia de Aparecida. En la rueda de prensa del lunes 28 de mayo, Monseñor Angélico Sândalo Bernardino, Obispo de Blumenau (Brasil) explicó las perspectivas desde las que se trabajaba en la elaboración del Documento y el Mensaje Final. Esto dice elinforme del CELAM, en lo que toca a nuestro tema:

(…) destacó (el citado obispo) que el documento (…) habla muy bien de los esfuerzos y trabajos de muchos cristianos. Sin embargo, subrayó que el actual modelo de Parroquia tiene que renovarse, integrando a las comunidades, a los laicos y laicas en la toma de decisiones y en las responsabilidades pastorales. Estas palabras pueden hacer fruncir más de un ceño: integrar a los laicos y laicas en la toma de decisiones y en las responsabilidades pastorales. No fue un laico el que lo dijo. Fue un obispo.

 

A su vez, enfatizó que la misión estará orientada fundamentalmente a los bautizados que están lejos de la Iglesia y no participan en las comunidades, como también hacia aquellos otros que nunca conocieron a Jesús.

 

 

Misión de la Iglesia, de acuerdo con los planes de Dios

 

 

Sigamos ahora con nuestro estudio del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Recordemos que estamos reflexionando sobre el tema Designio de Dios y Misión de la Iglesia. Es decir, sobre la misión de la Iglesia, de acuerdo con los planes de Dios. En ese apartado vimos que la misión de la Iglesia es anunciar y comunicar la salvación realizada en Jesucristo, que Él llama “Reino de Dios” (Mc 1,15). A la salvación, al Reino de Dios, los equipara el Compendio a la comunión con Dios y entre los hombres. Así nos enseña nuestro libro de texto en el N° 49. De modo que podríamos decir que, instaurar el Reino de Dios, es instaurar en el mundo una relación de comunión con Dios y entre los hombres. Es claro para nosotros los creyentes, que si en el mundo hubiera una comunión, una relación de comunidad, de amor, con Dios y entre nosotros, estaríamos viviendo en el Reino de Dios, un Reino de amor, de justicia y de paz.[2]

 

Son éstos, puntos fundamentales que debemos tener en cuenta. El Evangelio nos habla muchas veces del Reino de Dios y quizás no comprendemos bien de qué se trata. No se trata de un Reino terreno, de un feudo político ni de un imperio económico ni tecnológico. Jesús lo dijo muy claramente, en Jn 18, 33-37: “Mi Reino no es de este mundo”[3] . El Reino de Dios se trata del mundo regido por valores espirituales, por los valores del Evangelio. Si queremos recordar cuáles son los valores del Evangelio, podemos empezar por leer las Bienaventuranzas.

Una tarea confiada a la comunidad cristiana

 

 

En la instauración del Reino de Dios, ocupa un lugar esencial la renovación de las relaciones sociales, según nos explica el Compendio. Y añade que la transformación de las relaciones sociales, de las relaciones de unos con otros, es una tarea confiada a la comunidad cristiana, y que esta tarea la debe elaborar y realizar a través de la reflexión y la práctica, inspiradas en el Evangelio. Nos invita así la Iglesia, a utilizar el método VER-JUZGAR-ACTUAR: conocer la realidad de las relaciones sociales, reflexionar sobre esa realidad a la luz del Evangelio y actuar en la vida práctica de acuerdo con las luces recibidas del Evangelio.

 

Vimos también que, según la doctrina de la Iglesia, la ley fundamental de la perfección humana, y por lo tanto de la transformación del mundo es el amor. Nos dice la Iglesia (N° 54), que la ley del mandamiento nuevo del amor está llamada a convertirse en medida y regla última de todas las dinámicas conforme a las que se desarrollan las relaciones humanas. De modo que cuando revisemos nuestra relación con los demás: en la familia, en el trabajo, en la sociedad, en la comunidad parroquial o en el grupo apostólico del que hagamos parte, la medida para saber cómo vamos es si nos regimos por la ley del amor. Si nos dejamos gobernar por sentimientos como la arrogancia, el desprecio, el resentimiento, el ánimo vengativo, la insensibilidad, la discriminación, hay algo urgente que corregir. La transformación tiene que empezar por nosotros.

 

Finalmente, nos enseñó la Iglesia que el progreso temporal tiene una relación con el reino de Cristo: no se puede entender que el Reino de Cristo prevalezca en el mundo, si no es en una sociedad ordenada y por lo tanto justa. En el Reino de Dios tiene que prevalecer la Ley del Amor, y ¿cómo se podría afirmar con verdad, que vivimos en una sociedad cristiana, si esa sociedad es injusta, si la mayoría de sus habitantes viven en pobreza? La transformación de la sociedad, en una sociedad justa, puede requerir la transformación de las estructuras, de las instituciones, de los sistemas económicos. Si las estructuras son injustas, se necesita un cambio de fondo.

La necesaria transformación de las estructuras injustas

 

 

Sobre la necesaria transformación de las estructuras injustas de la sociedad, dijo esto Benedicto XVI en Aparecida:[4]

(…) podemos preguntarnos ¿cómo puede contribuir la Iglesia a la solución de los urgentes problemas sociales y políticos, y responder al gran desafío de la pobreza y de la miseria? Los problemas de América Latina y del Caribe, así como del mundo de hoy, son múltiples y complejos, y no se pueden afrontar con programas generales. Sin embargo, la cuestión fundamental sobre el modo cómo la Iglesia, iluminada por la fe en Cristo, deba reaccionar ante estos desafíos, nos concierne a todos. En este contexto es inevitable hablar del problema de las estructuras, sobre todo de las que crean injusticia. En realidad, las estructuras justas son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad. Pero, ¿cómo nacen?, ¿cómo funcionan? Tanto el capitalismo como el marxismo prometieron encontrar el camino para la creación de estructuras justas y afirmaron que éstas, una vez establecidas, funcionarían por sí mismas; afirmaron que no sólo no habrían tenido necesidad de una precedente moralidad individual, sino que ellas fomentarían la moralidad común. Y esta promesa ideológica se ha demostrado que es falsa. Los hechos lo ponen de manifiesto. El sistema marxista, donde ha gobernado, no sólo ha dejado una triste herencia de destrucciones económicas y ecológicas, sino también una dolorosa destrucción del espíritu. Y lo mismo vemos también en occidente, donde crece constantemente la distancia entre pobres y ricos y se produce una inquietante degradación de la dignidad personal con la droga, el alcohol y los sutiles espejismos de felicidad.

 

 

Papel de la Iglesia en la transformación de las estructuras

 

 

Y ¿cuál es el papel de la Iglesia en esta necesaria transformación de las estructuras, que tiene implicaciones políticas? El Papa aclaró que la parte política de esta transformación no es de la competencia de la Iglesia. Dijo que:

 

(…) las estructuras justas han de buscarse y elaborarse a la luz de los valores fundamentales, que son una cuetión de la recta razón y no provienen de ideologías ni de sus promesas, que (…) en situaciones culturales y políticas diversas, y en el cambio progresivo (…) de la realidad histórica mundial, se han de buscar de manera racional las respuestas adecuadas y debe crearse – con los compromisos indispensables – el consenso sobre las estructuras que se han de establecer.

De manera que hay que encontrar soluciones racionales, teniendo en cuenta las diversas situaciones culturales. Entonces, no necesariamente hay que buscar soluciones idénticas para todos, en todos los pueblos y se debe tener en cuenta el cambio progresivo de la realidad mundial. Como podemos ver se necesita amplitud de pensamiento y no tratar de aplicar soluciones iguales en todos los países. Dijo también el Santo Padre, – como acabamos de leer, – que será necesario llegar a los compromisos que sean indispensables y que se deben buscar soluciones por consenso, es decir no imponer soluciones. Las ideologías pretenden imponer su pensamiento, y no raras veces con la ley democrática de las mayorías, se atropella a los que no están de acuerdo, aunque objetivamente tengan la razón. Sobre estas situaciones y el papel de la Iglesia, muy claramente añadió el Papa:

 

Este trabajo político no es competencia inmediata de la Iglesia. El respeto de una sana laicidad – incluso con la pluralidad de las posiciones políticas – es esencial en la tradición cristiana auténtica. Si la Iglesia comenzara a transformarse directamente en sujeto político, no haría más por los pobres y por la justicia, sino que haría menos, porque perdería su independencia y su autoridad moral, identificándose con una única vía política y con posiciones parciales opinables. La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres, precisamente al no identificarse con los políticos ni con los intereses de partido. Sólo siendo independiente puede enseñar los grandes criterios y los valores inderogables, orientar las conciencias y ofrecer una opción de vida que va más allá del ámbito político. Formar las conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, educar en las virtudes individuales y políticas, es la vocación fundamental de la Iglesia en este sector.

Nos queda claro, una vez más, que la Iglesia como institución, no debe intervenir en política partidista, pero para los laicos, la intervención en política no es sólo potestativa, sino que es un deber; la política es una responsabilidad nuestra. Oigamos las siguientes palabras del Papa en el mismo discurso de inauguración de la Conferencia en Aparecida:

 

Y los laicos católicos deben ser conscientes de su responsabilidad en la vida pública; deben estar presentes en la formación de los consensos necesarios y en la oposición contra las injusticias.

Más adelante añadió estas palabras que suenan como una queja por la ausencia de los laicos católicos en la política y una invitación a suplir esa carencia:

 

Por tratarse de un Continente de bautizados, conviene colmar la notable ausencia, en el ámbito político, comunicativo y universitario, de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada, que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas. Los movimientos eclesiales tienen aquí un amplio campo para recordar a los laicos su responsabilidad y su misión de llevar la luz del Evangelio a la vida pública, cultural, económica y política.

Repitamos con el Papa, que es notable la ausencia de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada, coherentes con sus convicciones éticas y religiosas, en la política, en los medios de comunicación, en la cátedra universitaria. Es triste pero es la verdad. Así lo vemos en nuestro parlamento, en la radio, en la TV, en la universidad.

 

Continuemos ahora con el N° 56 del Compendio, que empieza el título

 

Cielos nuevos y tierra nueva

Hace aquí el Compendio una transición muy interesante. Nos estaba hablando de la renovación de las relaciones sociales que requiere el mundo. Eran temas sobre nuestra sociedad, vista a la luz de la fe. Nos ponía de presente la necesidad de la transformación del mundo y de sus estructuras de injusticia. Ahora nos recuerda que esta tierra en que vivimos, esta realidad del mundo material, no es nuestra morada definitiva. Relaciona al mundo actual con el cielo, para que no perdamos la perspectiva. Leamos el N° 56 del Compendio de la D.S.I.

 

La promesa de Dios y la resurrección de Jesucristo suscitan en los cristianos la esperanza fundada que para todas las personas humanas está preparada una morada nueva y eterna, una tierra en la que habita la justicia (cf. 2 Co 5,1-2; 2 P 3,13).

 

Si aquí vivimos en un mundo donde campean la inequidad y la injusticia, nos espera un destino final donde reina la justicia: una morada nueva y eterna, una tierra en la que habita la justicia. Cita allí el Compendio la 2 Carta de San Pablo a los Corintios, 5,1-2. El Apóstol hablaba en los versículos anteriores, de las razones por las que no debemos desfallecer ante el deterioro de lo material, por el deterioro de nuestro cuerpo, y nos invita aque miremos lo espiritual, lo que no se ve, porque lo que se ve es pasajero, mientras que las cosas que no se ven son eternas. (4, 16-18) A continuación dice San Pablo: Porque sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos. Y así gemimos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celeste.

 

Cita también aquí el Compendio la 2 Carta de San Pedro, 3,13, de la cual toma las palabras sobre la nueva morada donde habita la justicia. Textualmente dice la Carta de San Pedro: esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia.”

 

La casa que Dios nos dio

 

Es muy importante que como personas de fe, veamos la tierra como es: Dios nos la entregó como nuestra morada; nos la entregó en administración, no como a dueños absolutos, de manera que tenemos que administrarla bien. Es la tierra, para cada uno de nosotros, la casa en la cual nacemos, crecemos, nos desarrollamos como personas, donde formamos una familia, integramos una sociedad. De todos nosotros depende cómo sea esta casa: de nosotros depende que el agua sea limpia y suficiente para todos, que el aire que respiramos sea también limpio, que sus campos produzcan alimentos para todos. Que nuestras leyes sean justas, que transcurra una vida en paz, que las estructuras que conforman nuestras naciones no discriminen, y distribuyan sus bienes y sus cargas para todos con equidad, que sean estructuras justas, donde no quede lugar para la pobreza y el hambre. Es responsabilidad de todos que esta morada terrenal, nuestra casa, aunque sea transitoria, sea una morada donde se pueda vivir con felicidad.

 

Desafortunadamente estamos lejos de esa tierra ideal. Benedicto XVI presentó al cuerpo diplomático el estado del planeta a inicios de 2007, y esa visión no es muy alentadora. Antes de terminar por hoy, leamos sólo algunos apartes de esa intervención del Santo Padre:

 

Al inicio del año se nos invita a mirar la situación internacional para examinar los retos que debemos afrontar juntos. Entre las cuestiones esenciales, ¿cómo no pensar en los millones de personas, especialmente mujeres y niños, que carecen de agua, comida y vivienda? El escándalo del hambre, que tiende a agravarse, es inaceptable en un mundo que dispone de bienes, de conocimientos y de medios para subsanarlo. Esto nos impulsa a cambiar nuestros modos de vida y nos recuerda la urgencia de eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial, y corregir los modelos de crecimiento que parecen incapaces de garantizar el respeto del medio ambiente y un desarrollo humano integral para hoy y sobre todo para el futuro. Invito de nuevo a los Responsables de las Naciones más ricas a tomar las iniciativas necesarias para que los países pobres, que a menudo poseen muchas riquezas naturales, puedan beneficiarse de los frutos de sus propios bienes. Desde este punto de vista, es también motivo de preocupación el retraso en el cumplimiento de los compromisos asumidos por la comunidad internacional en los años recientes.

 

Tuvo el Papa algunas palabras sobre la situación particular de Colombia. Dijo el Santo Padre:

Mi atención se dirige muy especialmente hacia algunos países, en particular Colombia, donde el largo conflicto interno ha provocado una crisis humanitaria, sobre todo por lo que se refiere a las personas desplazadas. Se deben hacer todos los esfuerzos necesarios para pacificar el país, para devolver las personas secuestradas a sus familias, para volver a dar seguridad y una vida normal a millones de personas. Tales señales darían confianza a todos, incluso a los que han estado implicados en la lucha armada.

Fernando Díaz del Castillo Z.

Escríbanos a: reflexionesdsi@gmail.com


[1]Véanse también las palabras de Benedicto XVI a los alumnos de la Pontificia Academia Eclesiástica, donde se preparan los futuros diplomáticos de la Santa Sede, el sábado 2 de junio de 2007. El Papa hizo ver a estos futuros Nuncios, que el diplomático al servicio de la Santa Sedetiene que ser ante todo un “pastor” y un testigo del Evangelio. Estas fueron algunas de sus palabras: “Al testigo del Evangelio se le exige ser fiel en cada circunstancia a la misión que se le ha confiado. Esto supone, en primer lugar, una experiencia personal y profunda del Dios encarnado, una amistad íntima con Jesús, en cuyo nombre os envía la Iglesia para una especial tarea apostólica. Sabéis que la fe cristiana no se puede reducir a un mero conocimiento intelectual de Cristo y de su doctrina; también debe expresarse en la imitación de los ejemplos que Cristo nos ha dado como Hijo del Padre y como Hijo del hombre”. Quien colabora con el Papa debe ser “un verdadero pastor, dispuesto a dar la vida, como Jesús Buen Pastor, por sus ovejas.”…Más adelante añadió esta frase aplicable a todos los sacerdotes: “cuantos se os acerquen descubrirán siempre al “sacerdote” que se encuentre en vosotros.” Tomado del VIS (Vatican Information Service), 070604 (420)

[2]Juan Pablo II, en Redemptoris missio, N° 15, dice: Por tanto la naturaleza del Reino es la comunión de todos los seres humanos entre sí y con Dios.

[3]Juan 18, 33-37, Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?» Pilato le respondió: «¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?» Jesús le contestó: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis seguidores habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero no, mi Reino no es de aquí». Pilato le dijo: Conque ¿tú eres rey? Jesús le contestó:«Tú lo dices: soy Rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz».

[4]Discurso de Benedicto XVI en la sesión inaugural de la Conferencia de Aparecida, N° 4: Los problemas sociales y políticos.