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Reflexión 37 Jueves 9 de noviembre 2006

 

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia Nº 42


En este ‘blog’ presentamos reflexiones sobre la Doctrina Social de la Iglesia basados en el “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia” que se han transmitido por Radio María de Colombia. En la columna de la derecha las encuentra todas. Con un clic entra usted en la que desee.

 

Pongámonos al día

En nuestras reflexiones seguimos el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, el libro preparado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz, por encargo de Juan Pablo II. En este libro, que es como el Catecismo Social de la iglesia, se recoge de manera estructurada la Doctrina Social católica, fundada en la Sagrada Escritura, en los documentos del Magisterio y en la Tradición, por lo tanto también en el pensamiento de los Padres de la Iglesia, que es muy importante en la formación de la tradición.

En la reflexión anterior continuamos estudiando el Nº 42, donde nos dice la Iglesia que una renovación real de las relaciones con las demás personas, y que los cambios necesarios en la sociedad requieren un cambio interior de las personas, y también un cambio en las instituciones y en las condiciones de vida que inducen al pecado. A este propósito dedicamos algún espacio a reflexionar sobre el papel de los laicos en estos cambios necesarios en el mundo. Al hablar del cambio interior de las personas, lo que en realidad se está diciendo es que se requiere una conversión que nos lleve a pensar y a actuar con los criterios del Evangelio. No es posible cambiar las instituciones, si las personas que las conforman no cambian primero.

Por esta razón, la última parte de la reflexión anterior la dedicamos a reflexionar sobre la santidad a la que estamos llamados todos los cristianos, y decíamos que no se trata de una santidad de aureola ni de figurar en el santoral, sino que estamos llamados a una vida de seguimiento de Cristo, que eso es una vida de santidad. A este propósito citamos a Juan Pablo II, quien nos recuerda en la exhortación Christifideles laici que, en sus palabras textuales,

(…) el Concilio Vaticano II pronunció palabras altamente luminosas sobre la vocación universal a la santidad. Se puede decir que precisamente esta llamada ha sido la consigna fundamental confiada a todos los hijos e hijas de la Iglesia, por un Concilio convocado para la renovación evangélica de la vida cristiana, que era lo que se buscaba en el Vaticano II.

Añadía el Papa que  Esta consigna no es una simple exhortación moral, sino una insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia (…) y añadía a este propósito, que contamos con el eficaz auxilio del Espíritu Santo, y lo decía con unas palabras maravillosas, que exaltan la dignidad del bautizado. Estas son las palabras de Juan Pablo II, que leímos la semana pasada: El espíritu que santificó la naturaleza humana de Jesús en el seno virginal de María (cf. Lc 1,35), es el mismo Espíritu que vive y obra en la Iglesia, con el fin de comunicarle la santidad. No somos plenamente conscientes de la dignidad de que estamos revestidos, por regalo de la misericordia de Dios.

 

No somos plenamente conscientes de la dignidad de la que estamos revestidos, por regalo de la misericordia de Dios

 

Por el bautismo al que fuimos llamados sin mérito nuestro, hacemos parte del misterio de la Iglesia, participamos de la vida divina que se nos comunica por la gracia, y es el mismo Espíritu Santo que santificó la naturaleza humana de Jesús en el seno virginal de María (cf. Lc 1,35), el mismo Espíritu que vive y obra en la Iglesia, con el fin de comunicarle la santidad del Hijo de Dios hecho hombre. Son palabras de Juan Pablo II, como acabamos de oír. Por lo tanto es también el mismo Espíritu el que se nos comunica y obra en nosotros, por medio de los sacramentos.

¿Cómo no hemos de agradecer el don de ser cristianos, y cómo no vamos a comprender que estamos llamados a la santidad, por ser miembros de la Iglesia, del misterio de la Iglesia, como dice el Papa, miembros del Cuerpo Místico de Cristo? Es un reto al que sólo podemos responder con la ayuda del Espíritu que está presto a dársenos, en la Iglesia, por medio de los sacramentos.

Aprovechando la cercanía de la festividad de Todos los Santos, citamos en la reflexión pasada, algunas frases del capuchino predicador de la Casa Pontificia, el P. Raniero Cantalamessa, en la liturgia de esa solemnidad de Todos los Santos. Recordemos algunas de esas frases:

La santidad puede comportar fenómenos extraordinarios, pero no se identifica con ellos

 

Lo primero que hay que hacer cuando se habla de santidad, – dijo el P. Cantalemessa, – es liberar esta palabra del miedo que inspira, debido a ciertas representaciones equivocadas que nos hemos hecho de ella. La santidad puede comportar fenómenos extraordinarios, pero no se identifica con ellos. Si todos están llamados a la santidad es porque, entendida adecuadamente, está al alcance de todos, forma parte de la normalidad de la vida cristiana.

De manera que estamos llamados a la santidad, en la normalidad de la vida cristiana. No se requieren acciones extraordinarias; pero nos da miedo la santidad, porque eso sí, supone seguir a Jesús, supone renuncia, humildad, supone conversión, un cambio interior que se refleje en nuestro comportamiento. No un cambio de palabra solamente. Quizás a eso se refiere la expresión de que la santidad consiste en vivir, de modo extraordinario, la vida ordinaria, pero eso de extraordinario puede causar miedo. Lo expresó admirablemente el P. Cantalamessa, en estas palabras: 

La santidad no reside en las manos, sino en el corazón; no se decide fuera, sino dentro del hombre, y se resume en la caridad. Podríamos añadir en este mismo espíritu, que la santidad no reside sólo en las palabras, sino que se tiene que reflejar en la acción que debe que estar llena de la caridad. Sin caridad no puede haber santidad.

Fue muy importante en la homilía del P. Cantalemessa que, luego de mencionar el papel de la fe y de los sacramentos, medios fundamentales en la santificación, mencionó la necesidad del esfuerzo personal y de las buenas obras, y cómo se toman el esfuerzo personal y las buenas obras, como el único medio para manifestar la fe, traduciéndola en acto. De manera que las buenas obras son sencillamente manifestaciones de la fe. Y terminó su catequesis el P. Cantalamessa con estas palabras:

«No hay sino una tristeza: la de no ser santos», decía León Bloy, y tenía razón la Madre Teresa cuando, a un periodista que le preguntó a quemarropa qué se sentía al ser aclamada santa por todo el mundo, le respondió: «La santidad no es un lujo, es una necesidad».

Estamos viendo cómo, para que se realice la renovación de las relaciones con los demás, – es decir la transformación social, – se requiere la renovación interior de la persona humana, en su progresiva transformación con Cristo; y cómo se requiere también la renovación, el cambio de las instituciones y condiciones de vida, cuando éstas inducen al pecado. En otras palabras, estamos hablando de la necesidad de la conversión, para que se produzca el cambio social que el mundo necesita. Esto nos llevó a considerar la llamada que a la santidad tiene el cristiano, y el papel del laico en el cambio que requiere la sociedad.

Como es tan importante, continuemos un poco más con el desarrollo del tema de la vocación de los laicos. El capítulo V de la Constitución dogmática sobre la Iglesia, la Lumen Gentium (que comienza: Cristo luz de los pueblos), en los Nº 39-42 trata sobre la  “universal vocación a la santidad en la Iglesia”.

 

Ministerios, oficios y funciones propios de los laicos

 

Para que comprendamos nuestra función en la Iglesia, acudamos de nuevo a la exhortación Christifideles laici, que explica en el Nº 21 y siguientes, los ministerios y los carismas, dones del Espíritu Santo a la Iglesia, en cuanto corresponden a los diversos ministerios, oficios y funciones de los bautizados. Me parece que a veces se puede confundir nuestra misión de laicos, y algunos quisieran ejercer el oficio de los que fueron llamados a otros ministerios por el sacramento del orden. Por eso detengámonos un momento en los ministerios, oficios y funciones propios de los laicos, que se exponen en los Nº 23 y siguientes de Christifideles laici:

La misión salvífica de la Iglesia en el mundo es llevada a cabo no sólo por los ministros en virtud del sacramento del Orden, sino también por todos los fieles laicos.

De manera que los laicos tenemos también un llamado, a colaborar en la misión salvífica, la misión salvadora, de la Iglesia. Los laicos participamos en el oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo por la gracia del bautismo, de la confirmación; en los casados por el matrimonio,  y por nuestra vocación, pero, fijémonos en esta advertencia: en nuestra propia medida.

Esto quiere decir que “pastores” de la grey, son sólo los que han recibido el sacramento del orden, aunque ocasionalmente, por necesidad o utilidad de la Iglesia, según los prescrito en el derecho Canónico, (Canon 230) los laicos podamos suplir a los sacerdotes y a los diáconos, en algunas de sus funciones, como cuando nos invitan a participar en la Eucaristía como lectores o como acólitos. Inclusive el Canon 230 señala funciones que se pueden permitir, como ejercitar el ministerio de la palabra, presidir oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión.  Sin embargo, el ejercitar esas funciones no hace del fiel laico un pastor, pues como explica  Juan Pablo II en la misma Christifideles laici, no es la tarea lo que constituye el ministerio, sino la ordenación sacramental. Esas tareas, que de suyo corresponden al ordenado, se encomiendan al laico en calidad de suplente.

El Papa advierte además allí mismo, que se evite un fácil y abusivo recurso a presuntas «situaciones de emergencia»o de «necesaria suplencia», allí donde no se dan objetivamente o donde es posible remediarlo con una programación pastoral más racional. De manera que si no es necesario, no se debe encargar a los laicos de las funciones propias de los ministros ordenados, que están permitidas para suplirlos en caso de necesidad o conveniencia. Bien, este tema es más propio del estudio del Catecismo, de modo que es suficiente lo dicho y más bien veamos, aunque sea brevemente, cuáles son nuestras funciones propias, en la participación en la vida de la Iglesia.

Empecemos por recordar que los fieles laicos pertenecemos a la Iglesia universal, que se hace presente a través de las diócesis y de las parroquias. Estamos llamados a vivir activamente nuestra pertenencia a nuestra Iglesia particular, es decir a nuestra diócesis y a nuestra parroquia.[1] A través de ellas estamos también llamados a tener en cuenta las necesidades de todo el Pueblo de Dios, esparcido por toda la tierra, ampliando nuestra cooperación al ámbito interparroquial, interdiocesano, nacional e internacional.

De acuerdo con el derecho de la Iglesia, los laicos participan en los Sínodos diocesanos y en los concilios particulares, provinciales y plenarios. Cada día se tiene más en cuenta a los laicos, para que participen en la vida de la Iglesia en los Consejos parroquiales y diocesanos, y su oportuno consejo es bienvenido por los pastores. Es interesante ver que en el Vaticano, desempeñan funciones importantes laicos, hombre y mujeres, por ejemplo la doctora Mary Ann Glendon, Directora de la Escuela de Derecho de la Universidad de Harvard es la presidenta de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales.

Sin embargo, – y es bueno decirlo, – a veces los laicos sentimos que no se nos tiene en cuenta lo suficiente, cuando quizás, por vivir inmersos en el mundo, podríamos aportar ideas sobre las necesidades espirituales de los fieles, que no parecen bien satisfechas por la labor de la Iglesia,  o sobre cómo mejorar los  instrumentos o recursos de llegar con la acción pastoral a nuestro medio. Los laicos no tenemos los conocimientos de la doctrina ni de la pastoral, que tienen los sacerdotes, pero sí, como es apenas natural, los fieles laicos por su profesión u oficio, tienen otros conocimientos en los asuntos temporales, que precisamente tenemos la misión de ordenar según Dios.

Apostolicam actuositatem: El dinamismo apostólico

 

La orientación del Concilio Vaticano II en el Decreto sobre el Apostolado de los laicos, dice que: Dentro de las comunidades de la Iglesia  su acción (de los laicos) es tan necesaria, que sin ella, el mismo apostolado de los Pastores no podría alcanzar, la mayor parte de las veces, su plena eficacia.[2]

Como no es posible estudiar a fondo en este programa cada documento, los invito a leer y estudiar en privado, tanto la exhortación apostólica Christifideles laici, de Juan Pablo II, como el decreto Apostolicam actuositatem, del Vaticano II sobre el apostolado de los seglares. En español, este decreto comienza con esta frase: El Concilio, con el propósito de intensificar el dinamismo apostólico del Pueblo de Dios… Éste es el documento fundamental sobre el apostolado de los seglares. Resumo solamente el tema de los capítulos en que se divide este decreto:

El capítulo 1º trata sobre la vocación de los seglares al apostolado. Trata allí sobre los fundamentos del apostolado de los laicos, la espiritualidad seglar en orden al apostolado.

El capítulo 2º trata sobre los fines que hay que lograr. El Nº 7, se refiere a la renovación cristiana de todo lo que constituye el orden temporal.

El capítulo 3º lo dedica a los diversos campos de apostolado: las comunidades de la Iglesia como la parroquia y la diócesis; dedica el Nº 11 al apostolado en la familia, el 12 al apostolado de y con los jóvenes, y al trabajo social; los Nº 13 y el 14 a los órdenes nacional e internacional.

El capítulo 4º se refiere a las diferentes formas de apostolado, tanto el apostolado individual como el apostolado que se desarrolla a través de organizaciones.

El capítulo 5º se dedica al orden que hay que observar y en este aspecto, a las relaciones con la jerarquía. Es importante también allí el tema de las relaciones de los sacerdotes y los religiosos con los laicos. Entre otras cosas pide a los sacerdotes que trabajan en las actividades apostólicas de los seglares: En diálogo continuado con los seglares, busquen con todo cuidado las formas que den mayor eficacia a la acción apostólica; promuevan el espíritu de unidad dentro de cada asociación y en las relaciones de unas con otras.

El capítulo 6º (Nº 28 y 29), trata de la Formación para el Apostolado, tema muy importante para estar en condiciones de desarrollar un apostolado eficaz. Menciona allí cómo, Además de la formación común a todos los cristianos, no pocas formas de apostolado requieren, por la variedad de personas y de ambientes, una formación específica y peculiar.

Dice el Concilio que, Además de la formación espiritual, se requiere una sólida preparación doctrinal teológica, moral, filosófica, según la diversidad de edad, condición y talento. No se descuide en modo alguno, añade el Concilio, la importancia de la cultura general unida a la formación práctica y técnica.

 

Cambio de las personas y de las instituciones y condiciones de vida

 

Recordemos que estamos viendo el Nª 42 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, que trata sobre la necesidad del cambio, no sólo de las personas sino también de las instituciones y condiciones de vida, cuando inducen al pecado, para conseguir una renovación real de las relaciones entre las personas. Y el cambio social que necesita el mundo es eso: una renovación real de las relaciones entre las personas, en que todos nos tratemos como hijos del mismo Padre.

Leamos por última vez todo el Nº 42 del Compendio de la D.S.I., que concluye muy bien  el tema del cambio interior necesario en los cristianos, para a su vez conseguir el cambio en la sociedad:

La transformación interior de la persona humana, en su progresiva conformación con Cristo, es el presupuesto esencial de una renovación real de sus relaciones con las demás personas (de manera que para que se produzca una renovación real, de verdad, de las relaciones con los demás, se requiere una transformación individual). Y continúa, citando el Catecismo en el Nº 1888):

            Es preciso entonces apelar a las capacidades espirituales y morales de la  persona y a la exigencia permanente de su conversión interior para  obtener cambios sociales que estén realmente a su servicio (Se refiere al servicio de los demás). La prioridad reconocida a la conversión del  corazón no elimina en modo alguno, sino al contrario, impone la obligación de introducir en las instituciones y condiciones de vida,  cuando inducen al pecado, las mejoras convenientes para que aquéllas se conformen a las normas de la justicia y favorezcan el bien en lugar  de oponerse a él.”

 

 Si nuestra conversión es genuina, se tiene que manifestar en nuestra relación con los demás

Antes de continuar con el Nº 43, insistamos en que, como nos dice la Iglesia en el Nº 42 que estamos terminando, no es suficiente intentar un cambio interior, trabajar por conformar nuestra vida personal con la de Cristo, si nos encerramos en nosotros mismos y nos dedicamos a trabajar sólo por nuestra conversión individual, sin efectos en nuestro entorno. Si nuestra conversión es genuina, se tiene que manifestar en nuestra relación con los demás, que tiene que ser en primer lugar, una relación de caridad y de justicia. Hay aquí una llamada a los cristianos que tienen bajo su responsabilidad la toma de decisiones en el Estado, y en las organizaciones privadas, para que su posición de creyentes sea operante, y no cohonesten leyes o normas injustas. Cohonestar quiere decir dar apariencia de justa o razonable a una acción que no lo es[3]. Es muy común que en las leyes y normas, que perjudican al más débil, se dé la apariencia de que son normas justas o razonables, pero sólo buscan de manera inequitativa, el bien de algunos con el perjuicio de los más.

Y continuemos ahora con el Nº 43, que amplía el mismo tema. Oigámoslo:

 No es posible amar al prójimo como a sí mismo y perseverar en esta actitud, sin la firme y constante determinación de esforzarse por lograr el bien de todos y de cada uno, porque todos somos verdaderamente responsables de todos. (Esta es una afirmación de Juan Pablo II en Sollicitudo rei socialis, en el Nº 38.) Continúa el Compendio: Según la enseñanza conciliar,

 quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social, política e incluso religiosa, deben ser también objeto de nuestro respeto y amor. Cuanto más humana y caritativa sea nuestra comprensión íntima de su manera de sentir, mayor será la facilidad para establecer con ellos el diálogo. (Gaudium et Spes, 28)

En este camino es necesaria la gracia, que Dios ofrece al hombre para ayudarlo a superar sus fracasos, para arrancarlo de la espiral de la mentira y de la violencia, para sostenerlo y animarlo a volver a tejer, con renovada disponibilidad, una red de relaciones auténticas y sinceras con sus semejantes. (Catecismo de la Iglesia Católica, 1889)

 

El amor a los enemigos no es para que lo recomendemos a otros sino para que lo practiquemos también nosotros

 

Detengámonos un poquito a reflexionar sobre estas palabras. Lo que el Evangelio anuncia abarca toda la vida. No es para aplicar a veces sí y a veces no. Si nos dice que nos amemos, inclusive que amemos a los enemigos, eso es para que lo practiquemos. No es sólo para que lo recomendemos a los demás y “nosotros escurramos el bulto”. Es difícil perdonar, es difícil ver con buenos ojos al que nos ha tratado mal, es muy difícil amar al enemigo, pero todo eso es lo que se espera del cristiano. Que a los amigos también los aman los paganos, nos dice el Evangelio. Como quien dice,”eso no tiene gracia”. Amar a los que nos persiguen y calumnian es lo que es cristiano. Y eso no lo podemos conseguir sin la ayuda de la gracia.[4]

A este propósito, según las noticias internacionales, Sadam Hussein, el ex dictador de Irak, fue condenado a la pena capital. ¿Qué decimos los cristianos? ¿Aprobamos la pena de muerte o ¿estamos de acuerdo en que el único dueño de la vida es Dios?

La agencia ACIPRENSA trae algunos comentarios que nos ayudan en esta coyuntura. Según esa agencia, (06 Nov. 06 (ACI) al comentar la pena de muerte dictada contra Saddam Hussein, el Cardenal Renato Martino, Presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, recordó que las sociedades actuales cuentan con los medios para evitar que un convicto vuelva a delinquir y “no hay necesidad de la pena capital“.

“La sociedad tiene numerosos medios para volver inofensivos a quienes cometan cualquier tipo de crimen. Por eso, no hay necesidad de la pena capital” ya que ésta no resuelve nada”, explicó el Cardenal.

El Cardenal Martino añadió que “esta sentencia podría agravar aún más la situación, que ya es trágica, en Irak” y “desafortunadamente, Irak es sólo uno de los pocos países que no han tomado la decisión civilizada de abolir la pena capital”.

En otra reacción,el P. Michele Simone, Subdirector del diario Civilta Cattolica, precisó que “salvar una vida – lo cual no significa aceptar todo lo que SaddamHussein ha hecho – es siempre algo positivo”.

“Ciertamente, la situación en Irak no será resuelta con esta sentencia de muerte. Muchos católicos, yo incluido, -dice el jesuita de la Civilta Católica -están en contra de la pena de muerte por una cuestión de principios”, explicó y manifestó que “incluso en una situación como Irak, donde hay cientos de sentencias de muerte de facto todos los días, agregar otra muerte (…) no servirá de nada”.

 

¿Amar y no saber perdonar?

 

La posición del cristiano debería ser de acuerdo con la del Padre de todos, que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta. De modo que a los enemigos no podemos desearles la muerte. ¿Nos parece dura la ley cristiana, que nos manda amar? Es difícil por nuestra condición de seres humanos, en quienes pesa el pecado original, y por eso odiamos y nos resentimos, y somos inclinados a la venganza, pero si nos vamos transformando en Cristo, que es el camino de santidad por el que estamos llamados a caminar, tendríamos que prepararnos para amar y amar de verdad. ¿Amor sin perdón? Parece que no…

El último párrafo del Nº 43 del Compendio de la D.S.I. es una perfecta conclusión para esta reflexión:

En este camino es necesaria la gracia, que Dios ofrece al hombre para ayudarlo a superar fracasos, para arrancarlo de la espiral de la mentira y de la violencia, para sostenerlo y animarlo a volver a tejer, con renovada disponibilidad, una red de relaciones auténticas y sinceras con sus semejantes.[5]

Fernando Díaz del Castillo Z.

Escríbanos a: reflexionesdsi@gmail.com


[1] Christifideles laici, 25ss

[2] Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, promulgado el 18 de noviembre de 1965, citado por Juan Pablo II en Christifideles laici, 27. No cita el Nº correspondiente del decreto.

[3] DRAE

[4] Sobre el amor a los enemigos cfr. Reflexión 15, del 18 de mayo, 2006 y John L. McKenzie, S.J., The Power and the Wisdom, An interpretation of the New Testament, Pg. 228s

[5]Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1889