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Reflexión 26 Agosto 24 2006

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia Nº 38-39

Esto hemos aprendido en el Nº 38

En el programa pasado terminamos nuestra reflexión del Nº 38 del Compendio de la D.S.I., que está lleno de enseñanzas profundas y alentadoras, al considerar los designios amorosos de Dios con el hombre. Nos enseña allí la Iglesia, que el Padre nos ofrece la salvación por iniciativa libérrima suya, sin ningún mérito de nuestra parte. También aprendimos que la salvación se nos ofrece en el Hijo, que aceptó libremente la voluntad del Padre de encarnarse para redimirnos, y por eso se hizo hombre en Jesucristo, padeció, murió y resucitó por amor nuestro; y comprendimos también, que el Espíritu Santo actualiza y difunde la salvación todos los días, con su presencia permanente en la Iglesia. Aprendimos, entonces, que nuestra salvación es obra de la Trinidad: del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y nos enseña también la Iglesia en ese mismo número, que Dios quiere la salvación de todos los hombres, sin distingo de raza ni de nacionalidad; y que la salvación que Dios nos da es de todo el hombre, es decir nos da una salvación integral. Considera al hombre completo, como nos enseña la Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II.

 

La historia de salvación comienza en la creación

 

Nos dice también el Compendio en el Nº 38, que la salvación comienza a realizarse ya en la historia, porque todo lo creado es bueno y querido por Dios y porque el Hijo de Dios se ha hecho uno de nosotros; entró en el tiempo y en nuestro espacio, en la tierra.

Dios pensó en la salvación desde la creación, y cuando el hombre falló en el Paraíso, inmediatamente le anunció la salvación que nos traería el Mesías, el hijo de la Mujer, como se anunció desde entonces a María. Y leímos unas líneas del Catecismo en el Nº 280, donde nos enseña la Iglesia, que la creación es el fundamento de « todos los designios salvíficos de Dios», el comienzo de la historia de salvación. De manera que la historia de salvación empieza con la creación…

A la enseñanza de que la salvación es para todos, añade el Compendio que la salvación es de todo el hombre. Esta idea la amplía el Compendio en el mismo Nº 38, al decir que la salvación Concierne a la persona humana en todas sus dimensiones: personal y social, espiritual y corpórea, histórica y trascendente.

Como nos dice la Biblia, el Creador hizo su obra bien. Todo le quedó bien. Recordemos las palabras del Libro Sagrado. Después de que había hecho todo el universo, desde la luz, hasta finalmente al hombre y a la mujer, en el v. 31 el Libro del Génesis dice: Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien. Dios hizo las cosas bien, pero el hombre dañó el plan, y la reacción inmediata del amor de Dios fue diseñar el camino para volver a ordenar la creación. La misericordia divina aparece ya en la primera caída del hombre.

Y se encontraron Dios y el hombre en una sola persona

En el programa pasado estudiamos, que para remediar el desorden en el hombre, consecuencia del pecado original, el Hijo de Dios asumió la naturaleza humana, y así a la naturaleza humana caída, la elevó a una dignidad sin igual. Antes de la Encarnación, la humanidad había recibido el soplo, el espíritu de Dios, pero no se habían en contrado en una sola persona, la naturaleza divina y la humana. Jesucristo, Dios y Hombre elevó la naturaleza humana a una dignidad tal, que sólo la infinita capacidad creadora de Dios y su infinita misericordia la podían hacer realidad.

Comprendimos también, en nuestra pasada reflexión, que la salvación se culminará, en palabras del Compendio: en el futuro que Dios nos reserva, cuando junto con toda la creación (cf Rm 8), seremos llamados a participar en la resurrección de Cristo y en la comunión eterna de vida con el Padre, en el gozo del Espíritu Santo.

Al final, todo volverá a Jesucristo

 

Veíamos hace una semana, que la misión redentora de Cristo abarcó a toda la creación, como nos explica San Pablo en Rm 8 y en Colosenses en el capítulo 1º. Citábamos la explicación del escriturista P. Pastor Gutiérrez, quien dice que Dios, por medio de Cristo, por medio de su sangre en la cruz, ofrece la reconciliación del mundo entero…del hombre y de toda la creación material, en cuanto que todo el conjunto de seres racionales e irracionales se dirigen ya ordenada y armónicamente a Cristo; entre todos ellos se restablece el equilibrio roto por el pecado, que causó un corte fatal en nuestras relaciones con Dios.[1] Recordemos que ese nuevo ordenamiento del universo se consumará al final, cuando todo vuelva a Jesucristo.

Hace unos días un profesional joven, por cierto muy bien preparado, me decía que los católicos pensamos sólo en la otra vida, que vemos la vida terrena y sus problemas como si no importaran. Existe esa mala interpretación de la esperanza cristiana. Era esa también la interpretación equivocada que de la religión hacía, o hace, el marxismo. Por eso a la religión la califica de opio del pueblo. Como si la religión nos adormilara. No es esa nuestra actitud creyente frente al mundo. Lo que los creyentes sostenemos, es que, ésta no es la vida definitiva, que los sufrimientos de esta vida no son nada, comparados con la vida de felicidad que nos espera; pero eso no quiere decir que estemos llamados a la inactividad. Al contrario, Jesucristo nos dejó el encargo de trabajar en la construcción del Reino de Dios, que se consumará en la eternidad, pero que empieza acá. El Reino de Justicia, de amor y de paz necesita el trabajo nuestro.

 

Nuestro encargo de construir el Reino

 

El trabajo humano merece toda nuestra consideración. Juan Pablo II nos dejó una bella encíclica, la Laborem exercens, de la que vamos a leer sólo algunas frases que tocan nuestro estudio de hoy. Así comienza la encíclica Laborem Exercens: Con su trabajo, el hombre ha de procurarse el pan cotidiano, contribuir al continuo progreso de las ciencias y de la técnica y, sobre todo, a la incesante elevación cultural y moral de la sociedad, en la que vive en comunidad con sus hermanos. Estamos, entonces, llamados a contribuir con nuestro trabajo, al progreso de las ciencias y de la técnica y a la elevación cultural y moral de la sociedad. No estamos llamados a la pasividad. Tamaña tarea la que se nos ha encomendado.

Podemos decir que Juan Pablo II abarcó todos los temas importantes que se refieren al trabajo, en la encíclica Laborem exercens. Hay que leerla y estudiarla. Cuando lleguemos a la reflexión sobre el trabajo, que es el capítulo VI de la segunda parte del Compendio de la D.S.I. tendremos que volver a Juan Pablo II. Sobre si el trabajo en la tierra es o no importante para el cristiano, o si debe preocuparse sólo por la otra vida, Juan Pablo II nos hace esta reflexión al final de la encíclica, citando también la Constitución Gaudium et spes: «Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo (cf Lc 9,25). No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede, de alguna manera, anticipar una vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios».[2]

De manera que, como nos dice Juan Pablo II, el progreso temporal puede contribuir a ordenar mejor la sociedad. Pensemos cuánto ayudaría al desarrollo de una sociedad justa, si los economistas creyentes se esforzaran por utilizar esa herramienta con sentido cristiano. Y si los comunicadores lo hicieran… Quizás hace falta en las universidades católicas un énfasis mayor en la preparación de sus profesionales con una visión cristiana del mundo, y con la consciencia de su misión, no sólo del desarrollo del reino terrenal como miembros de la sociedad terrena, sino, también del desarrollo del reino de Dios, si son creyentes, Es una tarea compleja, y hay que reconocer que se hacen esfuerzos; pero dado el ambiente abiertamente anticristiano en todo el mundo, los esfuerzos que se hacen, no parecen suficientes. Los universitarios llegan ya contaminados desde niños, sin una sólida formación cristiana. Hay que empezar desde el hogar y desde el colegio y continuar en la universidad, y a lo largo de la vida.

Volvamos a Juan Pablo II y su encíclica Laborem Exercens. Antes de su bendición, al terminar la encíclica, dice el Santo Padre: El cristiano que está en actitud de escucha de la Palabra del Dios vivo, uniendo el trabajo a la oración, sepa qué puesto ocupa su trabajo no sólo en el progreso terreno, sino también en el desarrollo del Reino de Dios, al que todos somos llamados con la fuerza del Espíritu Santo y con la palabra del Evangelio.

Es suficiente este repaso y ampliación de nuestra reflexión, sobre el Nº 38 del Compendio de la D.S.I. Empecemos ahora el estudio del Nº 39.

El que te creó a ti, sin ti, no te salvará a ti, sin ti

 

El Nº 39 amplía y profundiza el tema sobre la salvación cristiana: para todos los hombres y de todo el hombre. Vamos a leer la primera parte de este número, despacio, para tener una idea general. Dice así:

La salvación que Dios ofrece a sus hijos requiere su libre respuesta y adhesión. En eso consiste la fe, por la cual “el hombre se entrega entera y libremente a Dios”[3], respondiendo al Amor precedente y sobreabundante de Dios (cf Jn 4,10) con el amor concreto a los hermanos y con firme esperanza , “pues fiel es el autor de la Promesa” (Hb 10,23).

Eso nos enseña la primera parte del Nº 39. Tomémoslo ahora en partes más pequeñas. Nos dice que La salvación que Dios ofrece a sus hijos requiere su libre respuesta y adhesión. San Agustín tiene esa frase muy conocida, que nos explica el sentido de la necesidad de nuestra respuesta libre, al ofrecimiento de la salvación. San Agustín dice. El que te creó a ti sin ti, no te salvará a ti, sin ti[4],Es decir, que, Dios no nos salvará a la fuerza. Nos ofrece la salvación, nos da los medios para alcanzarla, pero como nos hizo libres, respeta nuestra libertad. Podemos decir: No.

En la Sagrada Escritura encontramos menciones a la resistencia del hombre a la gracia y también, cómo la gracia actúa en el hombre. Recordemos, por ejemplo, las palabras de Jesús en su reclamo a Jerusalén, es decir a su Pueblo, como lo encontramos en Mt 23,37: ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos…y tú no lo quisiste! Y Esteban, en su discurso ante el Sanedrín les increpó: Duros de cerviz…vosotros siempre resistís al Espíritu Santo.” Esto lo encontramos en Hechos, 7,51.

El Concilio de Trento declaró contra los reformadores, que la voluntad humana no es pasiva, puede resistirse a la gracia.5 Por su parte, el Catecismo nos enseña sobre el papel de la gracia, en el Nº 1996, que Nuestra justificación es obra de la gracia de Dios. La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios, hijos adoptivos, partícipes de la naturaleza divina, de la vida eterna.[6] Y en el Nº 1993 se refiere el Catecismo, al papel de la libertad humana. Dice, citando al Concilio de Trento: Cuando Dios toca el corazón del hombre mediante la iluminación del Espíritu Santo, el hombre no está sin hacer nada al recibir esa inspiración, que por otra parte puede rechazar; y sin embargo, sin la gracia de Dios, tampoco puede dirigirse, por su voluntad libre, hacia la justicia delante de Él[7].

Volvamos a las primeras palabras del Compendio de la D.S.I en el Nº 39: La salvación que Dios ofrece a sus hijos requiere su libre respuesta y adhesión. Entonces, se requiere primero la gracia de Dios, su auxilio, para responder a su llamada, pero el hombre, porque es libre, se puede hacer el sordo…y tomar su propio camino.

Sigamos leyendo el Nº 39: En eso consiste la fe, por la cual “el hombre se entrega entera y libremente a Dios”[8], respondiendo al Amor precedente y sobreabundante de Dios (cf Jn 4,10) con el amor concreto a los hermanos y con firme esperanza , “pues fiel es el autor de la Promesa” (Hb 10,23).

La fe consiste entonces, en una adhesión, en una entrega entera y libre a Dios. El Cardenal Martini[9] dice que la fe es nuestro decir «» a Dios, que se nos revela, se presenta a nosotros y nos habla. Y comenta que la fe es un bien tan grande, que es más fácil  explicarla con ejemplos que con palabras, y acude a esos grandes ejemplos de personajes llenos de fe, en la Escritura: Abraham, que no se escondió cuando Dios lo llamó para ponerlo a prueba, -recordemos que le pidió el sacrificio de su hijo único, Isaac – no se escondió, como lo hizo Adán, sino que respondió “Heme aquí”, como leemos en Gn 22,1, y Moisés, que también respondió “Heme aquí”, es decir aquí estoy, cuando Dios lo llamó desde la zarza ardiendo, para entregarle la misión de liberar a su Pueblo en Egipto. Y nos recuerda también ese bello pasaje de Samuel, en 1 Sm 3,4-10, cuando el Señor lo llamó en medio de la noche. También Samuel utilizó las mismas palabras: “Heme aquí” y luego añadió: “Habla que tu siervo escucha”·. Y claro, en estos ejemplos no podía faltar el de nuestra Madre en la fe en el N.T., como leemos en Lc 1,38: Heme aquí, soy la esclava del Señor. Hágase en mí según lo que me has dicho.

Pongamos atención a las palabras siguientes del Compendio, que son también muy importantes. Luego de explicarnos que la fe consiste en la entrega entera y libre a Dios, continúa explicándonos cómo se conoce que esa entrega entera a Dios es de verdad; dice: En eso consiste la fe, por la cual “el hombre se entrega entera y libremente a Dios”[10], respondiendo al Amor precedente y sobreabundante de Dios con el amor concreto a los hermanos y con firme esperanza, “pues fiel es el autor de la Promesa” . Entonces, la manera de entregarnos a Dios, es respondiendo a ese Amor inmenso, con el amor concreto a los hermanos. Según esto, no podemos considerar que somos hombres de fe, si no amamos a nuestros hermanos. Esto es necesario. Está bien que profesemos en voz alta nuestra fe en la Eucaristía dominical, pero que no se quede en palabras… Se requiere como respuesta sincera, el amor concreto a los hermanos. El mejor ejemplo de esa fe de verdad, es el de la Santísima Virgen. Hizo su profesión de fe y arregló maletas para ir a ayudar a su prima Isabel que era anciana y estaba encinta.

Estamos considerando el comienzo del Nº 39 que dice:

La salvación que Dios ofrece a sus hijos requiere su libre respuesta y adhesión. En eso consiste la fe, por la cual “el hombre se entrega entera y libremente a Dios”[11], respondiendo al Amor precedente y sobreabundante de Dios (cf Jn 4,10) con el amor concreto a los hermanos y con firme esperanza , “pues fiel es el autor de la Promesa” (Hb 10,23).

Las Virtudes del cristiano que Vigila

Qué importante es tener claridad en lo que significa la fe en nuestra vida. Entre las muchas obras del Cardenal Martini, hay una muy bella que no dudo en recomendarles, se llama Las Virtudes del cristiano que Vigila; es un libro pequeño, de un poco más de 100 páginas. Trata allí sobre las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, que pueden ser virtudes puramente humanas, es decir, que también pueden practicar los no creyentes y, sobre las cuatro virtudes que el Cardenal llama específicamente bíblicas, típicamente cristianas, la fe, la esperanza y la caridad. Vamos a leer un poquito sobre la fe. Se pregunta el Cardenal: ¿Qué es la fe de nuestra vida? Y dice:

La fe de nuestra vida es todo, es el sumo bien; sin ella no hay en nosotros nada de divino. Si no tenemos fe, permanecemos inmersos en el pecado, en la incredulidad, en el desconocimiento de Dios, en el no-sentido de la vida. Con la fe, por el contrario, comenzamos a existir; por esto, cuando hemos sido presentados en la fuente bautismal, ante la pregunta «¿Qué pedís a la Iglesia de Dios?», respondieron: «La fe».

Nosotros profesamos la fe todas las veces que en la misa respondemos «amén»,esto es «sí», «es así» «creo que es así».

Podemos decir hasta más, continúa el Cardenal Martini, cada acción buena nuestra, cada acción nuestra moral, está hecha a partir de la fe; porque nosotros ejecutamos el bien, porque nosotros vivimos las virtudes humanas, en la fe de aquel Dios que nos ha amado. La fe, por lo tanto, penetra en nuestras jornadas, nuestra respiración. De la fe nace la oración, el comportamiento cristiano, la participación en la misa, la lucha por la justicia. La fe lo es todo en nosotros, es la sustancia que invade todas las células de nuestra existencia. Hasta allí el Cardenal Martini.

Fiel es el autor de la promesa

 

Nos queda por considerar el final de la parte del Nº 39 que leímos. Luego de afirmar que nuestra respuesta al amor de Dios debe ser el amor concreto a los hermanos, añade: y con firme esperanza, pues fiel es el autor de la Promesa. Estas últimas palabras son de la Carta a los Hebreos, capítulo 10 v. 23: Refiriéndose a la fe perseverante, dice el texto sagrado: Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la Promesa.

A lo largo de nuestras reflexiones, hemos ido viendo que la doctrina católica es perfectamente coherente por donde se la observe. Estamos estudiando la Doctrina Social de la Iglesia y el libro comienza por explicarnos el Designio de Amor de Dios para la Humanidad, los planes de Dios para nosotros. Eso es empezar por el principio, por los fundamentos. Y al adentrarnos en esos planes de Dios, vimos que esos planes de salvación comenzaron desde la creación, y se anunciaron ya en la ruptura del hombre con Dios en el paraíso, y se fueron manifestando en el Pueblo de Israel, y se metió Dios en la historia de salvación en persona, encarnándose en Jesucristo, y luego llegamos a que Dios quiere la salvación de todos los hombres y de todo el hombre, y ahora nos enseña la Iglesia, que la salvación que Dios nos ofrece, requiere nuestra respuesta libre y nuestra adhesión, nuestra entrega entera, y que en eso consiste la fe. Se trata pues de una fe con obras; nuestra respuesta sincera a Dios, se manifiesta en el amor a nuestros hermanos; y añade otra característica de esa respuesta sincera: que respondemos al amor de Dios con firme esperanza, pues Dios no falla; Fiel esel autor de la promesa.

La fe, la esperanza y el amor van juntas, son inseparables. El Cardenal Martini en el libro que cité antes, “Las Virtudes del cristiano que vigila”, nos explica que Esta trinidad de virtudes constituye la respuesta global al Dios trinitario, que se revela en Jesucristo; se trata, por lo tanto de virtudes unidas a la revelación sobrenatural. Sin ella, continúa el Cardenal Martini, no tendría sentido la fe, que es el sí al Dios que se revela; ni tendría sentido la esperanza, que se apoya en las promesas de Dios sobre la vida eterna; ni tendría posibilidad de existir la caridad, que significa amar como ama Dios mismo.

En una catequesis ante millares de sus fieles en la catedral de Milán, el Cardenal Martini, desarrolló el tema de la virtud de la esperanza. Fue una catequesis profunda y al mismo tiempo práctica. Veamos sólo algunas ideas de esa catequesis. (Martini, obra citada, Pg 91ss)

Los múltiples interrogantes sobre lo que será de mí, de nosotros, de la humanidad, tienen que ver con la esperanza; porque esperar es vivir, es dar sentido al presente, es caminar, es tener razones para ir hacia delante, dijo el Cardenal Martini, y fue a algo muy práctico que nos viene bien a nosotros también. El punto focal de nuestra reflexión se resume en una sola pregunta, dijo: ¿nosotros tenemos esperanza? ¿Tengo en mí la esperanza cristiana o es solamente una palabra? En verdad, ¿la esperanza cristiana existe dentro de mí? Es necesario responder seriamente, no teniendo miedo de reconocer que, quizás, nuestra esperanza se reduce a una pequeña luz (y ya seria mucho).

El Cardenal muestra la diferencia que hay entra la esperanza cristiana y la esperanza del mundo. Porque la esperanza es un fenómeno universal, que se encuentra en todas partes donde hay humanidad, un fenómeno constituido por tres elementos: la tensión, llena de espera hacia el futuro; la confianza en que tal futuro se realizará; la paciencia y la perseverancia en esperarlo.

Esos elementos de la esperanza se pueden aplicar también a la esperanza terrenal. En la vida del mundo se pueden vivir esos tres estados de: tensión ante la espera de lo que vendrá, confianza en que ese futuro que se desea se hará realidad, y también se necesitan paciencia y perseverancia en la espera. No aparece allí el fundamento de esa esperanza, que en el no creyente es la confianza en alguien o algo, humano, terrenal, y que por eso, puede fallar. Lo que caracteriza a la esperanza cristiana, como podemos suponer, es lo que leímos en el Compendio hace un momento. Sabemos que podemos esperar con firme esperanza que ese futuro se realizará, “pues fiel es el autor de la Promesa”

Esta idea la explica así el Cardenal Martini: esperar es vivir totalmente abandonados en los brazos de Dios, que engendra en nosotros la virtud, la nutre, la acrecienta, la conforta…la esperanza es solamente de Dios, está fundada en su fidelidad.

La esperanza cristiana es una virtud divina, es una virtud cuyo origen es Dios que nos la da. Como pedimos al Señor que nos aumente la fe, debemos pedir también que nos afiance en la esperanza, que nos aumente la esperanza, porque en la vida tenemos que atravesar por momentos de incertidumbre y de oscuridad.

 

La esperanza cristiana tiene un término

 

La esperanza cristiana tiene un término: cuando lleguemos al final y nos encontremos con la razón de nuestra existencia: con Jesucristo, el Señor de la gloria. Ya entonces no hará falta la esperanza. Terminemos con estas palabras de Cardenal Martini, sobre ese momento en que no será ya necesaria la esperanza: Lo que Dios nos prepara, en su amor infinito, no es una incógnita: es Jesús, el Señor de la gloria. Nosotros esperamos que Jesús se encontrará plenamente, desveladamente, con toda su divina potencia de Crucificado-Resucitado, en cada uno de nosotros, en la Iglesia, y nos hará entrar en su gloria de Hijo, junto al Padre: será el reino de Dios, la Jerusalén celestial, la vida en Dios.

Los invito a considerar estas preguntas del Cardenal Martini:

1. Nuestro tiempo, nuestra sociedad, nosotros cristianos, ¿tenemos en verdad esperanza? O nuestra esperanza es débil.

2.¿Cuáles son en nuestra sociedad, signos de falta de esperanza?

3.¿Cuáles son, por el contrario, signos de esperanza cristiana en nosotros, en nuestra sociedad? Frente a las dificultades, las crisis personales, familiares, sociales, hay en nosotros, pequeños o grandes signos de esperanza?

 

Fernando Díaz del Castillo Z.

Escríbanos a: reflexionesdsi@gmail.com


[1]Cfr Reflexión 25 del 17 de agosto-2006

[2]Gaudium et spes 39

[3]Concilio Vaticano II, Cons. Dogmática Dei Verbum, 5

[4] Sermo 169,11,13, Ludwig Ott, Manual de Teología Dogmática, Herder, Pg. 378


[5]Dz 814

[6]La justificaciónarranca al hombre del pecado que contradice el amor de Dios, y purifica su corazón, La justificación es prolongación de la iniciativa misericordiosa de Dios que otorga el perdón. Reconcilia al hombre con Dios, libera de la servidumbre del pecado y sana. Catecismo 1990

[7]Concilio de Trento DS 1525

[8]Concilio Vaticano II, Cons. Dogmática Dei Verbum, 5

[9]Carlo Maria Martini, Las Virtudes del Cristiano que Vigila, EDICEP

[10]Concilio Vaticano II, Cons. Dogmática Dei Verbum, 5

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