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Reflexión 230, Caritas in veritate, Ecología humana

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Principios fundamentales

En la reflexión anterior terminamos el estudio del capítulo cuarto de Caritas in veritate, Caridad en la verdad, la encíclica de Benedicto XVI sobre el desarrollo integral de los pueblos. La última parte de ese capítulo se dedicó a explicar nuestros derechos y deberes con el medio ambiente. Fue muy interesante entender que, como creyentes, somos especialmente responsables de conseguir que los planes de Dios con la naturaleza se cumplan.

Hoy haremos una reflexión sobre las razones que desde la fe sostienen el buen cuidado que debemos tener de la naturaleza. No es suficiente hablar y esperar que los demás hagan. La responsabilidad es personal, familiar y comunitaria. Todos nos deberíamos preguntar si con nuestro cuidado de la naturaleza colaboramos en la realización los planes del Creador.

¿Ecología basada en la fe?

Que se enfoque la ecología desde la fe puede parecer algo nuevo; para mí fue, en cierto modo, un descubrimiento. Algunos sostienen que la ecología sólo puede basarse en la razón. ¿No puede la fe ser también una base firme para los creyentes? Generalmente estamos acostumbrados a enterarnos de campañas ecologistas organizadas por grupos que no tienen relación con la fe. Sin embargo, Dios cabe allí con todo derecho. Como católicos confesamos que creemos en Dios creador del cielo y de la tierra; que los animales, las plantas y los minerales son obras admirables de su amor omnipotente y que la cumbre de su obra creadora es el ser humano. Al ser humano entregó Dios el mundo que creó, para que lo cuidara. De manera poética dice el libro del Génesis, 2,15: Tomó, pues, Yahvé Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase (Gen, 2,15) y es el mismo ser humano la primera creatura que necesita cuidado. Tenemos la misión de cuidar la naturaleza y también de cuidar de nosotros mismos: cada uno tiene la misión de cuidar de sí mismo y todos tenemos la misión de cuidar a los demás.

Recordemos algunas ideas de San Ignacio de Loyola, cuando en los Ejercicios Espirituales, pone frente al ejercitante las ideas fundamentales sobre cómo ordenar la propia vida. A esas ideas las llama San Ignacio Principio y Fundamento, porque son las verdades primeras de donde se derivan las demás verdades. Esas verdades deben estar presentes en todo el desarrollo de nuestra fe.[1] Si nuestras actitudes y decisiones frente a temas éticos y religiosos tuvieran estas verdades primeras como sustento, dudaríamos menos en nuestros razonamientos y seríamos más firmes en la defensa de la verdad.

 

¿En qué basamos nuestras decisiones?

 

Hoy se duda de todo lo que tenga la aureola de sobrenatural, pero en cambio, el ser humano confía cada vez más en que todo lo que se sostiene como científico, así sus bases sólo sean teorías no comprobadas. ¿En qué basamos los creyentes, – como creyentes, – las decisiones que comprometen nuestra propia vida y las relaciones con los demás y con la naturaleza? Partamos de un hecho: lo primero es que gozamos del maravilloso regalo de la fe; creemos en Dios, Uno y Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo; creemos en Dios Creador, que es Amor, creemos en Jesucristo, el Hijo de Dios, que se encarnó por obra del Espíritu Santo, de la Virgen María, se hizo hombre y nos redimió, muriendo en la cruz; resucitó  y subió al cielo. Creemos en el Espíritu Santo, que  ilumina, vivifica y protege a la Iglesia.[3] Esas son las primeras verdades de nuestra fe, que confesamos en la Eucaristía todos los domingos, cuando recitamos el Credo. Si no partimos del hecho de que somos criaturas, dependientes de nuestro  Creador, es comprensible que nos sintamos absolutamente independientes, que interpretemos el mundo según nuestro deseo y nos creamos libres de tomar
decisiones según sólo nuestro interés y nuestra voluntad, sin preguntarnos si esas decisiones están de acuerdo con lo que Dios quiere de nosotros. Si olvidamos nuestro estado de criaturas, dependientes de un Ser supremo, no tendrán importancia los planes de Dios con el universo que Él creó, con la naturaleza que nos entregó para su cuidado.

La premisa fundamental en la toma de decisiones

Basados en esos cimientos de fe, podemos entender la ideas que plantea San Ignacio cuando dice que en toda buena elección, debemos tener siempre en cuenta el fin para el que fuimos creados. De manera que no podemos sacar a Dios de en medio, cuando vayamos a tomar una decisión que afecte nuestra vida. La premisa fundamental y sustancial es para qué nos creó Dios, el fin para el que fuimos creados, el fin para el que Dios creó el universo. Debemos tener esto en cuenta para que nuestra decisión no nos aparte del fin para el que fuimos creados. El fin general para el que fue creado el ser humano, según lo plantea San Ignacio, es alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor, y mediante esto, salvar su alma. El fin, es pues salvar el alma.

Las demás creaturas, ¿para qué fueron creadas? Para que ayuden a las personas humanas a conseguir el fin para el que fueron creadas. De manera que el fin del ser humano es llegar a compartir la vida divina, – eso es salvarse, – las demás creaturas son medios para que el ser humano consiga su fin. Claro que aquí no podemos tratar esto con la profundidad y amplitud necesarias  en nuestro estudio de la DSI, pues tendríamos que entrar a considerar el trabajo del ser humano en la administración de la
naturaleza, en lo que consiste nuestro papel de colaboradores de Dios en la construcción de su reino en la tierra. Lo
fundamental en este momento es que tengamos muy bien cimentado el principio de nuestra dependencia de Dios, como creaturas que somos. No nos debe dar miedo ceñirnos a los planes de Dios; ¿quién puede hacer mejores planes para el ser humano que Dios que lo diseñó desde el principio?

Dios creó el universo, a nosotros, según un plan

 

No olvidemos que como católicos tenemos una especial obligación de cuidar el medio ambiente y esa obligación se basa en argumentos sólidos de fe, en la Sagrada Escritura, en los principios básicos que fundamentan nuestra posición de
creaturas, dependientes de Dios que nos creó con un plan maravilloso que culmina en la vida eterna con Él.

Lo que el Creador quiere para nosotros empieza en la tierra; aquí comienza la construcción del Reino de Dios. En el camino se atravesó el orgullo de la creatura que pretendió ser como Dios; ese fue el pecado de origen. Dios sin embargo, nos ama tanto, que mandó a su propio Hijo para pagar por las creaturas. Es que las creaturas no podían pagar una falta tan grande contra Dios. Jesús, Dios encarnado en el seno de la Virgen María, asumió la culpa y con su muerte y resurrección nos redimió, nos salvó.  El camino está abierto, pero tenemos que hacer nuestra parte del camino, para llegar a nuestro destino final. Dios nos da los medios, la  gracia, por medio de los sacramentos. Los tenemos en la Iglesia.  El camino es la Iglesia.

 

Las relaciones humanas y su conexión con la ecología

 

El horizonte que abarca el respeto a la naturaleza es amplio. Las relaciones entre los seres humanos ayudan a cumplir la misión de cuidar la naturaleza, pero el deterioro de las relaciones entre los humanos contribuye al deterioro de la naturaleza. Como vimos en nuestra reflexión anterior, hay conductas que no parece que  tuvieran que ver con la  ecología, pero que sí pueden atentar  contra ella.

Nos previene la encíclica Caritas in veritate, que cualquier deterioro de la solidaridad y del civismo produce daños ambientales, y de la misma manera la degradación ambiental provoca insatisfacción en las relaciones sociales. Es claro que la falta de civismo de las personas que arrojan desperdicios  a la calle daña el ambiente, hace menos agradable el barrio o la ciudad. La falta de
solidaridad de los que no saben vivir en comunidad y hacen fiestas ruidosas que impiden el sueño a los vecinos, causa insatisfacción en la relación con esas personas. Las relaciones con el ambiente ayudan o perjudican las relaciones entre vecinos.

Mencionamos en la reflexión anterior el empobrecimiento de las tierras, que las convierte en verdaderos desiertos improductivos, por el mal uso de la tierra misma y del agua;  recordamos la tala de los bosques, que en nuestro país se reemplazan por siembras de coca. Decíamos que las consecuencias de ese crimen ecológico las viven ya los campesinos que son desplazados, como también lo son los animales que pierden su refugio natural.

Otra consecuencia grave de la pérdida de los bosques es el aumento de la temperatura de la tierra, y en la salud humana el aumento del cáncer de piel a consecuencia de la penetración de los rayos infrarrojos de la luz solar. La guerrilla y los narcotraficantes, que son graves infractores contra la naturaleza, parecen ignorar las consecuencias de sus acciones violentas. Por eso el Papa nos dice en Caritas in veritate que muchos recursos naturales quedan devastados con las guerras. La paz de los pueblos y entre los pueblos permitiría también una mayor salvaguardia de la naturaleza.

 

Defensa del ser humano y ecología: ecología humana

 

Los alcances de la ecología van más allá de la defensa del aire, de los animales, de las plantas, del agua. La ecología abarca también  la defensa del ser humano. Somos parte de la naturaleza creada por Dios. Como católicos tenemos la grave responsabilidad de hacernos oír, para defender la naturaleza y en la defensa de la naturaleza está la defensa del ser humano, según los planes de Dios.

Recordemos las palabras del Papa en Caritas in veritate: La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en público. Y, al hacerlo, no sólo debe defender la tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo. Es necesario que exista una especie de ecología del hombre bien entendida. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia humana: cuando se respeta la «ecología humana»(2) en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia.

La comisión primera del senado y el aborto

En la Comisión Primera del Senado se negó el proyecto de ley por el cual se prohibía el aborto. La Constitución colombiana es tajante al respecto, en el artículo 11: El derecho a la vida es inviolable. La Corte Constitucional acepta tres excepciones en que sí se puede violar la vida por medio del aborto. El proyecto de ley pretendía aclarar que la vida es siempre inviolable: desde la concepción hasta la muerte natural.

 

Lo cavernícolas del senador Cristo

 

Hubo dos  defensores más de la pena de muerte que de la vida en la Comisión Primera. Esos dos, que hicieron la mayoría de los defensores del aborto no respetaron los 5 millones de firmas de ciudadanos que apoyaban el proyecto de ley. Entre los que votaron contra el proyecto de ley que defendía la vida, el Senador Juan Fernando Cristo tachó a los defensores de la vida de los bebés, de cavernícolas, pues dijo que aprobar esa ley hubiera sido volver a las cavernas. Defender la vida, para él es volver a las cavernas. Yo preguntaría al senador Cristo si para mayor avance de la civilización, en el próximo paso se debería aprobar la muerte de los niños que nacieron con defectos físicos.

La disculpa del senador Velasco

El senador Luis Fernando Velasco afirmó que no se trataba de un asunto religioso sino de salud pública. Yo preguntaría al Senador Velasco, si la salud pública no se debe  administrar de acuerdo con la ética. El aborto no es sólo un problema religioso, es un problema ético. La ética se debe aplicar a toda acción humana. Los economistas  del capitalismo neoliberal  prescindían de la ética porque se  excusaban en que se trataba de asuntos técnicos, no de moral, y ya el mundo experimentó la crisis económica y financiera que no se acaba de solucionar en Europa y los Estados Unidos.

 

El senador Barreras cita a un obispo en el infierno

 

Según algunos medios, el Secretario de la Conferencia Episcopal afirmó que los que habían votado a favor del aborto no habían estado del lado de Jesús; la respuesta del senador Roy Barreras fue que, “a ver si se encontraban en el infierno, él por haber defendido a las mujeres y Monseñor Córdoba por mandarlas a la cárcel”. Al senador Barrera le observo que la Iglesia no pide cárcel para las mujeres, pide que se respete la vida a los no nacidos. No se debe tergiversar las palabras de los contradictores. Se
ha utilizado la defensa de las mujeres para camuflar la defensa del asesinato de bebés.

No están todos los que son

Tengamos presentes para el futuro los nombres de los senadores que votaron a favor del aborto: Luis Carlos Avellaneda, Roy Barreras, Juan Fernando Cristo, Parmenio Cuéllar, Jesús Ignacio García, Jorge Eduardo Londoño, Karime Mota, Carlos
Eduardo Soto, Luis Fernando Velasco. Igualmente se manifestaron en contra del proyecto y por tanto defensores del aborto, Germán Vargas Lleras ministro del interior y el senador Benedetti. También el expresidente Pastrana, contra lo que pensaron los miembros de su partido, salió con el exabrupto de que está de acuerdo con lo aprobado por la Corte Constitucional.

Si a esos políticos se les pregunta qué es la ecología humana, es muy probable que no sepan de qué se habla o quizás lo saben pero no la defienden a sabiendas de lo que se trata. Tengamos presente que uno de los argumentos contra el proyecto de ley que defendía la vida desde la concepción hasta la muerte natural, era que así se prohibía la concepción “in vitro”, es decir la  concepción artificial.

 

¿Qué es la ecología humana?

 

Recordemos de qué se trata la ecología humana en palabras de Benedicto XVI en Caritas in veritate. Después de afirmar que el
problema decisivo en la defensa de la naturaleza es la capacidad moral global de la sociedad, añade:

Si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del
hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la ecología ambiental.
Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones el respeto al ambiente natural, cuando la educación y las leyes no las ayudan a respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e indivisible, tanto en lo que concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia, las relaciones sociales, en una palabra, el desarrollo humano integral. Los deberes que tenemos con el ambiente están relacionados con los que tenemos para con la persona considerada en sí misma y en su relación con los otros. No se pueden exigir unos y conculcar otros. Es una grave antinomia de la mentalidad y de la praxis actual, que envilece a la persona, trastorna el ambiente y daña a la sociedad.

Recordemos las palabras de Juan Pablo II en su encíclica Centesimus annus, también sobre ecología humana:

Mientras nos preocupamos justamente, aunque mucho menos de lo necesario, de preservar los «habitat» naturales de las diversas especies animales amenazadas de extinción, porque nos damos cuenta de que cada una de ellas aporta su propia contribución al equilibrio general de la tierra, nos esforzamos muy poco por salvaguardar las condiciones morales de una auténtica «ecología humana». No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre, el cual debe usarla respetando la intención originaria de que es un bien, según la cual le ha sido dada; incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado. Hay que mencionar en este contexto los graves problemas de la moderna urbanización, la necesidad de un urbanismo preocupado por la vida de las personas, así como la debida atención a una «ecología social» del trabajo.

Ahora comprendemos por qué comenzamos nuestra reflexión tratando sobre el Principio y Fundamento que no es otro que el
reconocimiento de nuestra condición de creaturas, dependientes de Dios nuestro Creador. Completemos esas ideas con estas palabras del mismo Benedicto XVI en el N° 51 de Caritas in veritate:

El hombre recibe de Dios su dignidad esencial y con ella la capacidad de trascender todo ordenamiento de la sociedad hacia la verdad y el bien. Sin embargo, está condicionado por la estructura social en que vive, por la educación recibida y por el  ambiente. Estos elementos pueden facilitar u obstaculizar su vivir según la verdad. Las decisiones, gracias a las cuales se constituye un ambiente humano, pueden crear estructuras concretas de pecado, impidiendo la plena realización de quienes son oprimidos de diversas maneras por las mismas.

De manera que estamos condicionados por la educación recibida, por el ambiente, por la estructura social en la cual vivimos; y ¿cuáles son la educación, el ambiente, las estructuras que imponen ahora a la sociedad, los legisladores, los medios de  comunicación, el ambiente? Infortunadamente no se pretende  el fin que para el ser humano quiere el Creador, que es el logro de la felicidad temporal y eterna, sino exclusivamente el bien terreno, material, por lo tanto deleznable, efímero, pasajero. Quieren
lo fácil, lo que no requiere esfuerzo.

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[1] Cf Carlo María Martini, S.J., Ordenar la Propia Vida, Meditaciones con los “Ejercicios Espirituales de San Ignacio, 2ª edición,  Narcea, S.A. Ediciones, Madrid

 

[2] Cf Centesimus annus, 38; Benedict XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, 8


[3] Cf Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, www.vatican.va/holy_father/paul_vi/homilies/1968/documents/hf_p-vi_hom_19680630_sp.html
– 34k – 2009-01-14