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Reflexión 229 Caritas in veritate N° 51-52

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Responsabilidad de los católicos con el medio ambiente

 

En nuestro estudio de la DSI estamos en el capítulo cuarto de Caritas in veritate, Caridad en la verdad, la encíclica de Benedicto XVI. Se dedica ese capítulo a los derechos y deberes en el cuidado del medio ambiente. Vimos que en los números 50 y 51 el Papa se refiere al uso de los bienes que Dios nos ha dado en materia energética y nos pone a reflexionar sobre nuestra especial responsabilidad como católicos, en el uso de esos bienes y en el cuidado del medio ambiente.

De modo que como católicos tenemos una especial obligación en el cuidado del medio ambiente. Nuestra vida de fe se debe manifestar en un cambio de comportamiento cuando sea necesario, en el uso del agua, en el trato de los desperdicios y la utilización de los recursos naturales, en particular de los recursos energéticos no renovables.

La encíclica nos dice bellamente que se debe fortalecer la alianza del ser humano y del medio ambiente, que ha de ser reflejo del amor creador de Dios y nos exhorta a que dejemos la tierra a las nuevas generaciones en un estado en que puedan habitarla dignamente y seguir cultivándola. Una motivación para cuidar del medio ambiente es pensar en las generaciones futuras, en la tierra amable o devastada, que encontrarán nuestros descendientes, por el trato que nuestras generaciones dan al ambiente

 

Su beneficio económico no puede ser el único criterio

 

A propósito de la utilización de los recursos energéticos, en particular de los no renovables, como es el petróleo, el Santo Padre recuerda a los economistas que su tarea es el uso más eficaz de esos recursos, pero no el abuso de ellos. Esta llamada de atención viene muy bien al caso ahora, cuando la minería y la exploración de las zonas ricas en petróleo y en carbón son las receptoras de las mayores inversiones nacionales y extranjeras. La exploración, la extracción y el uso de esos recursos debe tener en cuenta la ecología y los derechos de la población. No se pueden explotar esos recursos con perjuicio de la gente, pensando sólo en el dinero que se podrá ganar; ese solo no sería un buen criterio para definir el uso eficiente sino por el contrario, un abuso.

El Papa Benedicto XVI, en Caritas in veritate, como Juan Pablo II en su encíclica Centesimus annus, nos instruyen sobre el necesario cambio del estilo de vida para ser respetuosos de la ecología, en nuestra época marcada por el consumismo. No es que se critique el deseo de mejorar la calidad de vida, lo cual es perfectamente lícito, sino que nos recuerdan nuestras responsabilidades y los peligros del consumismo, que induce, no sólo a satisfacer las necesidades sino a seguir los instintos que buscan sólo la satisfacción de los sentidos y a tener más, aunque eso nos aleje del objetivo de ser más y de alcanzar las más altas dimensiones del ser humano, que son interiores y espirituales. El verdadero desarrollo de la personalidad es el que tiende a ser más, que se mueve impulsado por valores que hacen a la persona más libre, no esclavizada por intereses sólo materiales.

 

Crecimiento integral

 

Esas reflexiones nos llevaron a comprender que la calidad de vida espiritual que nos pide el Evangelio busca impulsarnos a ser ayudantes del Creador en la construcción de la ciudad de Dios, un mundo de justicia, de amor, de entrega a los demás, de desarrollo integral de cada uno, que busque no simplemente el crecimiento material sino el intelectual y el espiritual.

Oigamos cómo sigue el N° 51, que se refiere a ese cambio de estilo de vida, que supone acción de cada uno de nosotros, lo mismo que del estado y de los que manejan la economía:

Cualquier menoscabo de la solidaridad y del civismo produce daños ambientales, así como la degradación ambiental, a su vez, provoca insatisfacción en las relaciones sociales. La naturaleza, especialmente en nuestra época, está tan integrada en la dinámica social y cultural que prácticamente ya no constituye una variable independiente. La desertización y el empobrecimiento productivo de algunas áreas agrícolas son también fruto del empobrecimiento de sus habitantes y de su atraso. Cuando se promueve el desarrollo económico y cultural de estas poblaciones, se tutela también la naturaleza. Además, muchos recursos naturales quedan devastados con las guerras. La paz de los pueblos y entre los pueblos permitiría también una mayor salvaguardia de la naturaleza. El acaparamiento de los recursos, especialmente del agua, puede provocar graves conflictos entre las poblaciones afectadas. Un acuerdo pacífico sobre el uso de los recursos puede salvaguardar la naturaleza y, al mismo tiempo, el bienestar de las sociedades interesadas.

Integración de las relaciones sociales con la ecología

Para que no nos quedemos en palabras y teorías, veamos algunos ejemplos de la vida cotidiana que nos aclaran hasta dónde llega la integración de las relaciones sociales con la ecología.

 Nos previene la encíclica Caritas in veritate que cualquier deterioro de la solidaridad y del civismo produce daños ambientales, y de la misma manera la degradación ambiental provoca insatisfacción en las relaciones sociales. Es claro que la falta de civismo de las personas que arrojan la basura a la calle daña el ambiente, hace menos agradable el barrio o la ciudad. La falta de solidaridad de los que no saben vivir en comunidad y hacen fiestas ruidosas que impiden el sueño a los vecinos, causa insatisfacción en la relación con esas personas. Las relaciones con el ambiente ayudan o perjudican las relaciones entre vecinos.

En el campo se viven situaciones no solo desagradables sino de daño directo a la comunidad, causado por el mal manejo de la ecología. El Santo Padre menciona la desertización y el empobrecimiento de zonas agrícolas; especialmente en otras áreas de la tierra entienden muy bien ese término desertización,  es decir, que una zona se transforme en un desierto improductivo por el mal uso de la tierra y del agua. Un fenómeno grave que sí se presenta en nuestro país es la tala de bosques; la frontera de bosques se va corriendo cada vez más, por la ambición que lleva a cambiar los bosques nativos por la planta dañina de la coca. 

La destrucción de los bosques

Las consecuencias de ese crimen ecológico ya lo viven los campesinos y se agravará con el tiempo. Esos bosques que desaparecen son el hábitat, el refugio de especies de aves y otra clase animales que van encontrando cada vez más reducidos sus espacios vitales. Se nos pide que sembremos árboles, para disminuir el CO2 (dióxido de carbono) de la atmósfera. Los bosques disminuyen y en consecuencia la temperatura en la tierra aumenta y aumenta también el cáncer de piel a consecuencia de la penetración de los rayos infrarrojos de la luz solar.

Esa situación de nuestro campo asolado por la guerrilla y los narcotraficantes se puede asociar a las palabras del Papa, cuando afirma que muchos recursos naturales quedan devastados con las guerras. La paz de los pueblos y entre los pueblos permitiría también una mayor salvaguardia de la naturaleza.

Al contrario se experimenta también el beneficio a la naturaleza y a la sociedad, cuando se promueven el desarrollo económico y cultural en la población y cuando se promueve la paz.

 

El respeto de la vida y el respeto del medio ambiente van de la mano

 

La última parte del N° 51 se refiere a la responsabilidad de la Iglesia, es decir de todos los católicos, respecto de la creación y cómo debe hacer valer esa responsabilidad; nos dice la encíclica Caridad en la verdad que la degradación de la naturaleza está estrechamente ligada a la cultura que es la que modela, la que configura la forma como se relacionan las personas. Y afirma que el respeto por la vida y el respeto del medio ambiente van de la mano.

La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en público. Y, al hacerlo, no sólo debe defender la tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo. Es necesario que exista una especie de ecología del hombre bien entendida. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia humana: cuando se respeta la «ecología humana»[1] en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia. Así como las virtudes humanas están interrelacionadas, de modo que el debilitamiento de una pone en peligro también a las otras, así también el sistema ecológico se apoya en un proyecto que abarca tanto la sana convivencia social como la buena relación con la naturaleza.

Para salvaguardar la naturaleza no basta intervenir con incentivos o desincentivos económicos, y ni siquiera basta con una instrucción adecuada. Éstos son instrumentos importantes, pero el problema decisivo es la capacidad moral global de la sociedad. Si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la ecología ambiental. Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones el respeto al ambiente natural, cuando la educación y las leyes no las ayudan a respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e indivisible, tanto en lo que concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia, las relaciones sociales, en una palabra, el desarrollo humano integral. Los deberes que tenemos con el ambiente están relacionados con los que tenemos para con la persona considerada en sí misma y en su relación con los otros. No se pueden exigir unos y conculcar otros. Es una grave antinomia de la mentalidad y de la praxis actual, que envilece a la persona, trastorna el ambiente y daña a la sociedad.

La ecología humana

Qué reflexión tan interesante y profunda a la que nos invita Caridad en la verdad. Cuando se pide respeto a la naturaleza, se suele pensar sólo en el respeto al aire, al agua, al reino vegetal, hasta cierto punto en respeto al reino animal, cuando se incluye a los animales entre los damnificados por el deterioro de la naturaleza, pero se pasa por alto la ecología humana. Nos dice Caritas in veritate que el libro de la naturaleza es uno e indivisible en lo que concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia, las relaciones sociales.

Sobre la ecología humana había instruido ya Juan Pablo II en su encíclica Centesimus annus. Leamos el N° 38, que nos va a aclarar el pensamiento de Benedicto XVI en el párrafo que acabamos de leer en el N° 51 de Caridad en la verdad. Dice el N° 38 de Centesimus annus:

Además de la destrucción irracional del ambiente natural hay que recordar aquí la más grave aún del ambiente humano, al que, sin embargo, se está lejos de prestar la necesaria atención. Mientras nos preocupamos justamente, aunque mucho menos de lo necesario, de preservar los «habitat» naturales de las diversas especies animales amenazadas de extinción, porque nos damos cuenta de que cada una de ellas aporta su propia contribución al equilibrio general de la tierra, nos esforzamos muy poco por salvaguardar las condiciones morales de una auténtica «ecología humana». No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre, el cual debe usarla respetando la intención originaria de que es un bien, según la cual le ha sido dada; incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado. Hay que mencionar en este contexto los graves problemas de la moderna urbanización, la necesidad de un urbanismo preocupado por la vida de las personas, así como la debida atención a una «ecología social» del trabajo.

El hombre recibe de Dios su dignidad esencial y con ella la capacidad de trascender todo ordenamiento de la sociedad hacia la verdad y el bien. Sin embargo, está condicionado por la estructura social en que vive, por la educación recibida y por el ambiente. Estos elementos pueden facilitar u obstaculizar su vivir según la verdad. Las decisiones, gracias a las cuales se constituye un ambiente humano, pueden crear estructuras concretas de pecado, impidiendo la plena realización de quienes son oprimidos de diversas maneras por las mismas. Demoler tales estructuras y sustituirlas con formas más auténticas de convivencia es un cometido que exige valentía y paciencia [2].

 

¿Para qué ha sido instituida la sociedad humana?

 

¿Dónde está la raíz de esta desorientación sobre el ser humano? Pío XI, hablando de la ideología del socialismo, que concibe la sociedad y la naturaleza humana de un modo contrario a la verdad cristiana, nos lo explica. En el N° 118 de la encíclica

118. El hombre, en efecto, dotado de naturaleza social según la doctrina cristiana, es colocado en la tierra para que, viviendo en sociedad y bajo una autoridad ordenada por Dios (cf Rom 13,1), cultive y desarrolle plenamente todas sus facultades para alabanza y gloria del Creador y, desempeñando fielmente los deberes de su profesión o de cualquiera vocación que sea la suya, logre para sí juntamente la felicidad temporal y la eterna.

El socialismo, en cambio, ignorante y despreocupado en absoluto de este sublime fin tanto del hombre como de la sociedad, pretende que la sociedad humana ha sido instituida exclusivamente para el bien terreno.

Ahora volvamos a leer las palabras de Benedicto XVI en el N° 51 de Caridad en la verdad:

El hombre recibe de Dios su dignidad esencial y con ella la capacidad de trascender todo ordenamiento de la sociedad hacia la verdad y el bien. Sin embargo, está condicionado por la estructura social en que vive, por la educación recibida y por el ambiente. Estos elementos pueden facilitar u obstaculizar su vivir según la verdad. Las decisiones, gracias a las cuales se constituye un ambiente humano, pueden crear estructuras concretas de pecado, impidiendo la plena realización de quienes son oprimidos de diversas maneras por las mismas.

¿Cuál es el modelo ideado por Dios?

Vemos cómo la estructura de la sociedad se trastorna, en un ambiente en que especialmente los medios de comunicación apoyan la nueva cultura que no se atiene precisamente al modelo de familia establecido por Dios. El papel de la Iglesia, nuestro papel como católicos, es exigente, como lo leímos antes en este mismo N° 51: La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en público. Y, al hacerlo, no sólo debe defender la tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo.

El último párrafo del N° 51 de Caridad en la verdad es muy explícito en el significado de la ecología humana. Oigamos lo que dice Benedicto XVI:

Para salvaguardar la naturaleza no basta intervenir con incentivos o desincentivos económicos, y ni siquiera basta con una instrucción adecuada. Éstos son instrumentos importantes, pero el problema decisivo es la capacidad moral global de la sociedad. Si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la ecología ambiental.

 Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones el respeto al ambiente natural, cuando la educación y las leyes no las ayudan a respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e indivisible, tanto en lo que concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia, las relaciones sociales, en una palabra, el desarrollo humano integral. Los deberes que tenemos con el ambiente están relacionados con los que tenemos para con la persona considerada en sí misma y en su relación con los otros. No se pueden exigir unos y conculcar otros. Es una grave antinomia de la mentalidad y de la praxis actual, que envilece a la persona, trastorna el ambiente y daña a la sociedad.

Una grave antinomia, es decir una grave contradicción entre principios. La mentalidad actual envilece a la persona, trastorna el ambiente y daña a la sociedad.



[1] Cf Centesimus annus, 38; Benedict XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, 8

[2] Cf Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984); Pío XI, enc. Quadragesimo anno, III, 219