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Reflexión 25 Jueves 17 de agosto 2006

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia Nº 38

Reflexión, oración, vida

Hemos comentado que la materia de estas reflexiones no es un asunto de comprender con sólo la razón, porque consideramos aquí temas que se refieren a nuestra relación con Dios, de modo que nos movemos en el terreno de la fe; lo fundamental es conocer lo que sobre sus designios, sus planes con nosotros nos ha querido comunicar Dios a través de la Sagrada Escritura, como nos los han ido enseñando fielmente  la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Entonces, el punto de partida en nuestro estudio no es el derecho, ni la filosofía, ni la sociología. El punto de partida de nuestras reflexiones sobre la Doctrina Social de la Iglesia,tiene que ser la fe, y como la fe auténtica consiste en la respuesta viva que el hombre da, en plena libertad y con todo su ser a la Palabra de Dios que se revela,[1] necesitamos que el Espíritu Santo nos ilumine para comprender el mensaje, y mueva nuestra voluntad para vivir la voluntad que el Señor nos manifieste.

En la reflexión anterior mencionábamos dos modelos de auténtica fe; decíamos que nuestra actitud tiene que ser de apertura total a Dios, como la de María, la madre de la fe en el Nuevo Testamento y la de Abraham, nuestro padre en la fe, en el Antiguo Testamento. María y Abraham creyeron y emprendieron, sin dudarlo, el camino que Dios les había indicado; actuaron sin reservas, de acuerdo con lo que el Señor les manifestó.

Estamos reflexionando sobre los planes amorosos de Dios para el hombre

Y ahora sí, continuemos con nuestro estudio. Estamos estudiando el capítulo primero del Compendio de la D.S.I., que trata sobre El Designio de Amor de Dios para la Humanidad. En otras palabras, estamos reflexionando sobre los planes amorosos de Dios para el hombre, y estudiamos ahora la sección que lleva por título La salvación cristiana: para todos los hombres y de todo el hombre. El plan de Dios, aun después de la caída, del pecado original, es la salvación de todos los hombres.

Ya consideramos que nuestra salvación es una obra de la Trinidad. Como nos enseña la Iglesia en el Compendio: la salvación es iniciativa del Padre, se nos ofrece la salvación en Jesucristo, que aceptó voluntariamente su misión de Redentor, y como lo leímos ya en el mismo Nº 38 del Compendio de la D.S.I., la salvación se actualiza y se difunde por obra del Espíritu Santo.

En las entregas anteriores reflexionamos acerca de la actuación del Padre y del Hijo y nos referimos a las palabras del Apóstol San Pablo, en el capítulo 1 de su Carta a los Efesios, donde hace una presentación inigualable del plan divino de salvación. Sobre la actuación del Espíritu Santo en el plan de salvación, en el versículo 13 dice San Pablo a los efesios que, después de haber oído la Buen Nueva de la salvación, fueron sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia…

De manera que el don del Espíritu corona el plan divino, que se ejecuta así, por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Los hijos adoptivos de Dios son sellados con la efusión del Espíritu Santo. Para comprender esas palabras de haber sido sellados con el Espíritu Santo, decíamos que el sello sobre un objeto, o la marca que se pone sobre él, indica el carácter especial y la pertenencia del objeto. Cuando marcamos algo con nuestro nombre, estamos afirmando que ese objeto nos pertenece. Al recibir al Espíritu Santo quedamos sellados, marcados como algo que es posesión de Dios, tenemos un carácter divino. La gracia que recibimos en el bautismo nos consagra definitivamente a Dios, Padre y dueño nuestro.

Recordemos completo el Nº 38 del Compendio. Volvamos a leerlo una vez más. Dice así: La salvación que, por iniciativa de Dios Padre, se ofrece en Jesucristo y se actualiza y difunde por obra del Espíritu Santo, es salvación para todos los hombres y de todo el hombre: es salvación universal e integral. Concierne a la persona humana en todas sus dimensiones: personal y social, espiritual y corpórea, histórica y trascendente.

 

Salvación de todo el hombre y de todos los hombres

 

Continuemos ahora la consideración de la última parte del Nº 38 del Compendio de la D.S.I.; en ella se afirma que la salvación de la cual nos habla la Iglesia es salvación de todo el hombre y de todos los hombres. Se trata de una salvación universal e integral. Vimos antes que la salvación es universal, de modo que no es excluyente, no es sólo para un grupo, para un pueblo, para una raza; es para todos. Recordemos las palabras del Señor en Mt. 28, 20, cuando ordenó hacer discípulos a todas las gentes, no sólo a algunas,  bautizarlas y enseñarles a guardar todo lo que él había mandado. Que la salvación es integral, lo explican las palabras del Compendio que acabamos de leer; nos dice el libro, que la salvación Concierne a la persona humana en todas sus dimensiones: personal y social, espiritual y corpórea, histórica y trascendente.

Para comprender bien esta parte es mejor leer lo que falta del Nº 38. Dice que la salvación Comienza a realizarse ya en la historia, porque lo creado es bueno y querido por Dios y porque el Hijo de Dios se ha hecho uno de nosotros.[2] Pero su cumplimiento tendrá lugar en el futuro que Dios nos reserva, cuando junto con toda la creación (cf Rm 8), seremos llamados a participar en la resurrección de Cristo y en la comunión eterna de vida con el Padre, en el gozo del Espíritu Santo. Esta perspectiva indica precisamente el error y el engaño de las visiones puramente inmanentistas del sentido de la historia y de las pretensiones de autosalvación del hombre.

 

El mundo cambió cuando Dios se hizo parte de él

 

Como fundamento de la enseñanza sobre el plan integral de salvación, el Compendio cita el Nº 22 de la Constitución Gaudium et Spes, del Vaticano II. Vamos a leer este número que nos ayudará mucho a comprender esto del plan de salvación universal e integral. Dice que la salvación comienza a realizarse en la historia con la Encarnación: Dios se ha hecho uno de nosotros, dice el Compendio. La historia del hombre y del universo cambió con la Encarnación. ¿Cómo no va a cambiar el mundo al hacerse Dios parte de él? Escogió Dios ese camino para cumplir con sus designios de salvación. Estas son las palabras de la Gaudium et Spes que cita:

El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15)[3] es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo el hombre.

Como vamos viendo, en nuestro estudio de la D.S.I. tenemos que ir aclarando posibles dudas en nuestro conocimiento de las verdades de fe. En la parte que estudiamos ahora, el Compendio nos menciona, por ejemplo, que en Jesucristo la naturaleza humana fue asumida, no absorbida.

Digamos brevemente que una de las herejías de los primeros siglos del cristianismo, la de los monofisitas, afirmaba que la naturaleza humana había dejado de existir en Cristo al ser asumida por su persona divina de Hijo de Dios. El Concilio Ecuménico de Calcedonia, el año 451, aclaró, frente a esa herejía de los monofisitas que La diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas (de la naturaleza divina y la humana) y confluyen en un solo sujeto y en una sola persona.[4]

De manera que en Jesucristo existen al tiempo las dos naturalezas, la divina y la humana, en una sola persona. Por eso dice el Compendio que al asumir el Hijo de Dios nuestra naturaleza humana, la elevó a una dignidad sin igual. Hay tántas razones para defender la dignidad de la persona humana, para que no dispongan de ella en los laboratorios como si fuera un conejillo de Indias, para que no la maten ni la irrespeten…

Como en estas reflexiones no es posible repasar a fondo todo lo que va surgiendo, tenemos que hacer un esfuerzo personal y estudiarlo por nuestra cuenta. Los invito a repasar en el Catecismo el artículo del Credo sobre la Encarnación del Hijo de Dios y lo que significa que Jesucristo sea verdadero Dios y verdadero hombre. Esto lo encuentran especialmente del Nº 456 al 471. Ustedes saben que también hay un Catecismo resumido, que se llama Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio. En esa edición, que es más corta que el Catecismo completo, podemos consultar del Nº 85 al Nº 93. Repito: en el Catecismo grande, del Nº 456 al 471. En el Catecismo resumido, del Nº 85 al 93. Y ahora sigamos adelante.

Con las palabras El que es imagen de Dios invisible, comienza el Nº 22 de la Constitución Gaudium et Spes, que leímos antes. Esta es una frase de San Pablo en su carta a los Colosenses en el capítulo 1º, y naturalmente se refiere a Cristo, de quien proclama el Apóstol su primacía frente a toda la creación, lo cual expone en los versículos siguientes.

 

Todo tiene en Él su consistencia

Estas son las palabras de San Pablo:

Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles…todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia.“Todo tiene en él su consistencia”: No sólo tiene Jesucristo la supremacía sobre todas las cosas creadas, sino que todas esas cosas en él se mantienen en existencia, es decir, subsisten, se mantienen en su todo, en todas sus partes.

El escriturista P. Pastor Gutérrez, S.J.en su comentario a esta carta de San Pablo a los Colosenses, en el libro publicado por la B.A.C.,[5] explica que San Pablo aplica esta expresión, “Todo tiene en él su consistencia” para connotar que Cristo es el principio de cohesión y de armonía de la creación, ya que, …en él se realizan, hacia Él tienden y por Él se conservan en su existencia, en sus propiedades, en su duración. Expone así San Pablo el amplísimo panorama de su misión redentora. Luego, en la misma carta a los Colosenses añade el Apóstol otras características de la persona de Cristo, que lo hacen Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia, el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo

Esa persona sublime, Jesucristo, el primero en todo, se hizo hombre, nos ha reconciliado, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos. El citado P. Gutiérrez nos explica que Dios, por medio de Cristo, por medio de su sangre en la cruz, ofrece la reconciliación del mundo entero…de ángeles y hombres y de toda la creación material, en cuanto que todo el conjunto de seres racionales e irracionales se dirigen ya ordenada y armónicamente hacia Cristo; entre todos ellos se restablece el equilibrio roto por el pecado, que causó un corte fatal en nuestras relaciones con Dios. [6]

 

La salvación colectiva del mundo

 

La Biblia de Jerusalén por su parte, dice que esa reconciliación universal significa la salvación colectiva del mundo por su vuelta al orden y a la paz en la sumisión perfecta a Dios.

Más de una vez hemos citado al Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, en su libro Dios y el Mundo, quien al explicar la crueldad de la naturaleza y del mundo animal, dice: La fe de la Iglesia ha dicho siempre que la alteración que supone el pecado original influye asímismo en la creación. La creación ya no refleja la pura voluntad de Dios, el conjunto está, en cierto modo, deformado.[7]

Entonces, si tenemos en cuenta esas enseñanzas, podemos comprender mejor cuando El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia nos habla del plan de salvación integral y universal, y añade que la salvación Comienza a realizarse ya en la historia, porque lo creado es bueno y querido por Dios y porque el Hijo de Dios se ha hecho uno de nosotros. Y añade enseguida: Pero su cumplimiento tendrá lugar en el futuro que Dios nos reserva, cuando junto con toda la creación (cf Rm 8), seremos llamados a participar en la resurrección de Cristo y en la comunión eterna de vida con el Padre, en el gozo del Espíritu Santo. Esta perspectiva indica precisamente el error y el engaño de las visiones puramente inmanentistas del sentido de la historia y de las pretensiones de autosalvación del hombre.

El Compendio nos remite de nuevo, en ese párrafo, a San Pablo, esta vez al capítulo 8 de la Carta a los Romanos. Allí el Apóstol dice en el v. 22, que (…) sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto (…) y añade que también nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es objeto de esperanza;(…)

Volvamos a leer la última parte del número 38 del Compendio que estamos estudiando, para que no nos queden piezas sueltas.

Dice que la salvación Comienza a realizarse ya en la historia, porque lo creado es bueno y querido por Dios y porque el Hijo de Dios se ha hecho uno de nosotros.[8] Pero su cumplimiento tendrá lugar en el futuro que Dios nos reserva, cuando junto con toda la creación (cf Rm 8), seremos llamados a participar en la resurrección de Cristo y en la comunión eterna de vida con el Padre, en el gozo del Espíritu Santo. Esta perspectiva indica precisamente el error y el engaño de las visiones puramente inmanentistas del sentido de la historia y de las pretensiones de autosalvación del hombre.

Cada frase del Compendio encierra tanta doctrina, que conviene ir despacio pues lo que leemos no es literatura. La primera frase dice que la salvación comienza a realizarse en la historia, porque lo creado es bueno y querido por Dios. El Catecismo en el Nº 280 nos enseña que La creación es el fundamento de « todos los designios salvíficos de Dios», «el comienzo de la historia de salvación»[9] que culmina en Cristo.

Podemos decir que el amor de Dios que se manifestó desde el momento mismo de la creación es tan grande, que más se demoró el hombre en ofenderlo que Dios en tenderle la mano. El primer destello de la historia de salvación resplandece ya desde la creación, y en el mismo momento del pecado original. Recordemos que en el Génesis, en el v.15 del capítulo 3,  en el mismo albor de la humanidad, después de la caída, se anuncia, por una parte la lucha que el hombre tendrá que librar contra el maligno y contra su linaje, y por otra, la victoria final del hombre, victoria que obtendrá por el hijo de la mujer, es decir por el Mesías. La Biblia de Jerusalén observa que junto con el Mesías va incluida su Madre y la interpretación mariológica, tradicional en la Iglesia. Leemos en el capítulo 2º del Génesis: Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar.

Recordemos las palabras del Compendio que estamos estudiando. Dice que la salvación Comienza a realizarse ya en la historia, porque lo creado es bueno y querido por Dios y porque el Hijo de Dios se ha hecho uno de nosotros La salvación no es otra cosa que la obtención de la vida eterna, de la que añade el Compendio que se completará en el futuro que Dios nos reserva, cuando junto con toda la creación seremos llamados a participar en la resurrección de Cristo y en la comunión eterna de vida con el Padre, en el gozo del Espíritu Santo.

El Misterio Pascual, Medida del hombre

 

Seremos llamados a participar en la resurrección de Cristo. Juan Pablo II en su libro Memoria e Identidad[10] expresa de manera muy bella lo que significa el misterio pascual para el hombre. Dice que el misterio pascual se convierte…en la medida definitiva de la existencia del hombre en el mundo creado por Dios.

Como quien dice, podemos conocer lo que vale el hombre a los ojos de Dios, por la muerte y resurrección de Cristo. Y continúa: En este misterio (el misterio pascual), no sólo se nos revela la verdad escatológica,[11] (sobre la meta final de la historia humana en camino hacia el Padre),  la plenitud del Evangelio, la Buena Nueva. En él resplandece también una luz que se difunde sobre toda la existencia humana en su dimensión temporal y que, en consecuencia, se refleja en todo el mundo creado. Por su Resurrección, Cristo «justificó», por así decir, la obra de la creación y, especialmente, la creación del hombre, en el sentido de que reveló la «medida apropiada» del bien que Dios concibió en el inicio de la historia humana. Una medida que no es sólo la prevista por Él en la creación y empañada después por el hombre con el pecado. Es una medida superabundante, en que el designio original se realiza de una manera aún más plena. (cf Gn 3,14-15) En Cristo, el hombre está llamado a una vida nueva, la vida del hijo en el Hijo, expresión perfecta de la gloria de Dios: gloria Dei  vivens homo, la gloria de Dios es el hombre viviente. (Esa frase es una cita de San Ireneo, Adversus Haereses, IV,20,7)

Cuando estudiaba estas maravillas, preparando esta reflexión, pensaba que, definitivamente, es inmensa la dignidad del hombre como Dios lo creó e infinitamente generosos los planes del Creador, para ayudarle a levantarse después de la caída, y conseguir el fin para el que desde el principio lo creó.Sin embargo, la ciencia humana quiere pasar por encima de los planes de Dios. Se tiene como progreso de la ciencia, por ejemplo la clonación, y el uso de embriones humanos para investigación y, con fines curativos, y se habla de la búsqueda de la inmortalidad… El hombre no crea, sólo descubre lo que ya está, lo que el Creador imprimió en la naturaleza, pero quisiera el hombre en su arrogancia, aprovechar esos descubrimientos sin respetar límites. El científico quiere competir con el Creador. Es la misma tentación del Paraíso: “Seréis como dioses…” Por eso, para tener las manos libres, no se aceptan principios absolutos. El hombre los quiere cambiar según el tiempo y las circunstancias. Se defiende una ética que supone que todo lo que sea posible por la ciencia o la técnica es al mismo tiempo lícito. No es eso lo sostenemos los creyentes.

Bien, volvamos al tema. Estamos, entonces llamados, a una vida nueva, seremos llamados a participar en la resurrección de Cristo y en la comunión eterna de vida con el Padre, en el gozo del Espíritu Santo, dice el Compendio de la D.S.I., Tengamos presente que el misterio Pascual comprende la pasión, muerte y resurrección. Para resucitar, Cristo antes padeció y murió una muerte cruel.

 

Nada que de veras valga la pena se consigue sin esfuerzo

 

Vimos en San Pablo, que en el tiempo presente toda la creación sufre, gime, a consecuencia del pecado original. El hombre arrastró consigo a toda la creación, pero el sufrimiento del hombre y los gemidos de toda la creación no son estériles, son la preparación, los dolores de parto de la nueva creación. Esta figura de los dolores de parto se encuentra también en el A.T. en Isaías, en Jeremías y en Miqueas[12]. Nos explican de manera muy clara que antes de la aurora hay una noche, que la tempestad no es el fin, que vendrá la calma. Que los sufrimientos de esta vida no son nada en comparación con la felicidad que nos espera.[13]

En la carta a los Romanos, San Pablo en el mismo capítulo 8, versículo 25, que vimos hace un momento, al mencionar la esperanza cristiana, nos previene que esperar lo que no vemos, es aguardar con paciencia. Y añade enseguida que el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Claro, hay que recorrer un camino difícil, pero en el v 18 del mismo capítulo 8, San Pablo nos anima: pues además de saber que el Espíritu Santo viene a ayudarnos en nuestra flaqueza, dice el Apóstol: Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros. Como hemos dicho, nada que de veras valga la pena se consigue sin esfuerzo.

Como nos podemos dar cuenta, nuestra fe está llena de esperanza. No es pesimista, está llena de la luz del misterio pascual. El Compendio termina el Nº 38 con esta frase: Esta perspectiva indica precisamente el error y el engaño de las visiones puramente inmanentistas del sentido de la historia y de las pretensiones de autosalvación del hombre.

Los inmanentistas. ¿Quiénes son? Son los de la otra orilla de la esperanza. Los creyentes nos afianzamos en un Dios trascendente, que está más allá, que supera el conocimiento humano y que es el Creador, nuestro Padre, que es Amor y nos ha destinado para una vida eterna. Los inmanentistas son los que creen sólo en el hombre. Ellos piensan y viven como si la vida terrenal fuera la única y definitiva. Por eso buscan aquí la inmortalidad. Se olvidan de Dios Creador, y claro, no quieren pensar en el más allá. Pierden así el sentido de la existencia. Se quedan en el vacío.

Los científicos son descubridores, no creadores. No caen en la cuenta, los científicos no creyentes, de que lo que van descubriendo por la ciencia no lo hacen ellos, ya está allí; lo descubren, no lo hacen de la nada. Van encontrando los mecanismos que ellos no inventaron. Y falta tanto por descubrir. Como según ellos, el hombre es autónomo, no tiene que dar cuenta sino al hombre. El hombre según ellos debe ocuparse sólo de las realidades terrenas. Por eso se excluye a Dios. Para el inmanentismo el mundo funciona solo. Aceptan que la vida se origina en otra vida, que una célula viene de otra anterior que existe antes… Pero no aceptan que por esa cadena se tiene que llegar a alguien que creó esa primera vida, esa primera célula. Y la primera, de dónde salió… ¿No se hacen esa pregunta?

Tienen los inmanentistas sólo una visión parcial del hombre, una visión sólo material, intrascendente. Reducen al hombre, lo achican. Por sus descubrimientos se sienten más grandes, pero en realidad se achican. Creen que el hombre es absolutamente autónomo y omnipotente, y claro, si uno no cree en la vida con Dios en la eternidad, se empeña en seguir viviendo en este mundo…Se dedican millones de dólares a investigar por caminos equivocados, para curar enfermedades, utilizando vidas humanas como conejillos de indias, mientras millones de personas mueren de hambre. Si la motivación es salvar vidas que mueren de enfermedades hoy incurables, ¿no salvaría ese dinero más gente, si se dedicara, por lo menos una buena porción a dar de comer a los que hoy mueren de hambre? ¿O será que la motivación es más bien el dinero que pueden acumular los laboratorios, los patrocinadores?

Nos decía Juan Pablo II, – lo leímos hace un momento, – que la medida del hombre es esa obra maravillosa del misterio pascual. Los inmanentistas no entienden esto. Y si son inmanentistas absolutos niegan absolutamente la existencia de un Dios trascendente y de todo vínculo de la realidad humana con Dios y la religión. Para ellos, el hombre es la medida y el punto de referencia de toda realidad. Por eso para ellos no hay principios ni valores absolutos. Son a su medida del hombre, no a la medida de Dios. Y el hombre como ellos lo conciben es tan pequeño…

De manera que el inmanentismo es la negación de la esperanza cristiana. Como nosotros hablamos del Reino de Dios que empieza en la tierra, tenemos que trabajar aquí en su implementación, y tendrá su plena realización al final; ellos sustituyen el reino de Dios con un Reino permanente del hombre en la tierra. Se quedan con un reino transitorio, y se contentan con buscar medios para detener su deterioro…

Los creyentes tenemos que dar testimonio de esa verdad luminosa que es el Misterio Pascual: Cristo murió y resucitó y ese es también nuestro futuro. Cómo se ve de distinta la vida, con la perspectiva de la Pascua. En algún programa de radio decíamos que la fe católica comunica ilusión, está llena de esperanza, y es eso lo que debe comunicar nuestro testimonio, porque gozamos del don de la fe, que no es otra cosa que gozar de la gracia de haber encontrado a Jesucristo. Esa es la razón de nuestra alegría y de nuestra esperanza.

Fernando Díaz del Castillo Z.

Escríbanos a: reflexionesdsi@gmail.com

 


[1] Cfr. Conferencia “Cristología, Unidad Cristológica de la Escritura” por Carlos Ignacio González, S.J., en Cuestiones Actuales de Cristología y Eclesiología, Curso de actualización Teológica organizado por el Episcopado Colombiano, Secretariado Permanente del Episcopado Colombiano, Bogotá, 1990, Pgs.63ss.

[2] Cf Concilio Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, 22: AAS 58 (1966) 1043

[3]Cfr 2 Cor 4,4

[4] Catecismo Nº 467, Denzinger-Schönmetzer, 424

[5] Tomo 211, Pg. 828ss

[6]Ibidem, comentario al v.20, Pg. 832

[7]Dios y el Mundo, Pg. 75

[8] Cf Concilio Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, 22: AAS 58 (1966) 1043

[9] DCG 51 (Directorium Catechisticum Generale)

[10] Pg. 39

[11] Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles, 26 de mayo de 1999

1. El tema sobre el que estamos reflexionando en este último año de preparación para el jubileo, es decir, el camino de la humanidad hacia el Padre, nos sugiere meditar en la perspectiva escatológica, o sea, en la meta final de la historia humana….surge espontáneamente la pregunta: ¿cuál es el destino y la meta final de la humanidad? A este interrogante da una respuesta específica la palabra de Dios, que nos presenta el designio de salvación que el Padre lleva a cabo en la historia por medio de Cristo y con la obra del Espíritu.

[12] Is 26,16-18; Jer 30,6-8; Miq 4,9s

[13]Cfr. Lugar citado, La Sagrada Escritura, Nuevo Testamento, BAC 211