Archive for the ‘Reflexión 225 Caritas in veritate N° 48 (2) Septiembre 1’ Category.

Reflexión 226, Caritas in veritate N° 48 (3) Septiembre 8, 2011

RADIO MARÍA DE COLOMBIA en su frecuencia de Bogotá, 1220 AM está temporalmente fuera del aire, pero puede escucharla por internet: www.radiomariacol.org

Escuche estas Reflexiones sobre la Doctrina Social de la Iglesia en Radio María los jueves a las 9:00 a.m., hora de Colombia, en las siguientes frecuencias en A.M.                                                                                                                                     Bogotá: 1220; Barranquilla: 1580; Cali: 1260; Manizales: 1500; Medellín: 1320; Turbo: 1460; Urrao: 1450.

Por internet, también en vivo, en http://www.radiomariacol.org/

Al abrir este “blog” encuentra la reflexión más reciente; en la columna de la derecha, las Reflexiones anteriores que siguen la numeración del libro “Compendio de la D.S.I.” Con un clic usted elige.

Utilice los Enlaces a documentos muy importantes como la Sagrada Biblia, el Compendio de la Doctrina Social, el Catecismo y su Compendio, documentos del Magisterio de la Iglesia tales como la Constitución Gaudium et Spes, algunas encíclicas como: Populorum progressio, Deus caritas est, Spe salvi, Caritas in veritate, agencias de noticias y publicaciones católicas. Vea la lista en Enlaces.

Haga clic a continuación para orar todos los días 10 minutos siguiendo la Palabra de Dios paso a paso: Orar frente al computador, con método preparado en 20 idiomas por los jesuitas irlandeses. Lo encuentra aquí también entre los enlaces.

==================================================================================================================

Vamos a continuar el estudio del N° 48 de la Encíclica Caridad en la verdad, Caritas in veritate, de Benedicto XVI.  Este número hace parte del capítulo 4°, que se titula Desarrollo de los Pueblos, Derechos y Deberes, Ambiente.

Lo que de Dios se ve en la naturaleza

 

Como vimos antes,  la naturaleza es expresión, manifestación de un proyecto de Dios, que es un proyecto de amor y de verdad; vimos que Dios nos dio  la naturaleza, la tierra por casa y la queremos como a nuestra casa. Decíamos que la naturaleza nos habla de Dios, su Creador, de su sabiduría, de su poder  y de su amor por la humanidad, y recordábamos las palabras de San Pablo, citadas en la encíclica, quien en su carta a los Romanos, 1,20, dice que (…) lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad (…)  

San Juan de la Cruz describe poéticamente la creación como el paso de Dios Creador por los campos y cómo con sola su mirada los dejó vestidos de su hermosura. Comentamos también, que San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales, nos lleva a meditar que el amor con amor se paga, y que al contemplar los seres creados, que son regalos de Dios, no podemos menos que corresponderle con nuestra entrega y servicio. Por eso nos invita a entregar al Señor nuestro ser completo: nuestra libertad,  nuestra memoria, nuestro entendimiento y toda nuestra voluntad y decimos al Señor que todo eso nos lo dio Él y a Él se lo entregamos, pues sólo con su amor y su gracia nos basta.

Esa es la reflexión que los creyentes hacemos al contemplar la naturaleza, el medio ambiente, sin necesidad de acudir a ritos paganos de veneración a creaturas que Dios creó para que nos ayuden a hacer el camino hacia la eternidad.  A continuación el Papa nos recuerda en Caridad en la verdad, que la naturaleza está destinada encontrar la «plenitud» en Cristo al final de los tiempos (Ef 1,9s; Col 1, 19s).

 

El trato a la naturaleza según la Iglesia

 

En el N° 463 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia se nos clarifica esta posición de la Iglesia sobre el trato a la naturaleza. Dice:

Una correcta concepción del medio ambiente, si por una parte no puede reducir utilitariamente la naturaleza a un mero objeto de manipulación y explotación, por otra parte, tampoco debe absolutizarla y colocarla, en dignidad, por encima de la misma persona humana. En este último caso, se llega a divinizar la naturaleza o la tierra, como puede fácilmente verse en algunos movimientos ecologistas que piden se otorgue un reconocimiento institucional internacionalmente garantizado a sus ideas.[1]

 

Vocación de la naturaleza

 

Volvamos a leer esa parte del N° 48 de la encíclica Caridad en la verdad que no alcanzamos a comentar en el programa anterior y comienza con la afirmación de la vocación de la naturaleza dice:

         También ella, por tanto, es una «vocación»[2]. La naturaleza está a nuestra disposición no como un «montón de desechos esparcidos al azar»,[3] sino como un don del Creador que ha diseñado sus estructuras intrínsecas para que el hombre descubra las orientaciones que se deben seguir para «guardarla y cultivarla» (cf. Gn 2,15). Pero se ha de subrayar que es contrario al verdadero desarrollo considerar la naturaleza como más importante que la persona humana misma. Esta postura conduce a actitudes neopaganas o de nuevo panteísmo: la salvación del hombre no puede venir únicamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista. 

De modo que la vocación de la naturaleza, el fin para el que fue creada, es de un don para el ser humano, que debe guardarla y cultivarla. Es oportuno continuar unas líneas más. Después de afirmar que es contrario al desarrollo considerar a  la naturaleza más importante que la persona humana, continúa:

 

La naturaleza y su gramática para entenderla

 

Por otra parte, también es necesario refutar la posición contraria, que mira a su completa tecnificación, porque el ambiente natural no es sólo materia disponible a nuestro gusto, sino obra admirable del Creador y que lleva en sí una «gramática» que indica finalidad y criterios para un uso inteligente, no instrumental y arbitrario. Hoy, muchos perjuicios al desarrollo provienen en realidad de estas maneras de pensar distorsionadas. Reducir completamente la naturaleza a un conjunto de simples datos fácticos acaba siendo fuente de violencia para con el ambiente, provocando además conductas que no respetan la naturaleza del hombre mismo. Ésta, en cuanto se compone no sólo de materia sino también de espíritu, y  la cual es orientada a su vez por la libertad responsable, atenta a los dictámenes de la ley moral. Por tanto, los proyectos para un desarrollo humano integral no pueden ignorar a las generaciones sucesivas, sino que han de caracterizarse por la solidaridad y la justicia inter-gene-racional, teniendo en cuenta múltiples aspectos, como el ecológico, el jurídico, el económico, el político y el cultural. [4]

El párrafo anterior es muy importante porque nos clarifica la posición de la Iglesia frente  a la naturaleza, frente a la ecología. No podemos descuidar a la naturaleza, tenemos una responsabilidad seria en su conservación. La debemos tratar como un don de Dios; no como un montón de desechos, no como basura. Génesis 2,15, que cita el Papa, dice que Dios dejó al hombre en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase. Dejó al ser humano de jardinero. Cómo cuidar la naturaleza nos lo enseña la naturaleza misma, porque, como añade Benedicto XVI, en el interior de la naturaleza, en sus estructuras, es decir, en la distribución y orden con que están dispuestas todas las partes de estas obras maravillosas de Dios, podemos descubrir las orientaciones que se deben seguir para «guardarla(s) y cultivarla(s)» .

El conocimiento de la naturaleza es la contribución a que están llamados los científicos: los biólogos, cuando se trata de conocer las maravillas de los seres vivos, los físicos, los químicos, los botánicos, en fin, todos los que dedican su vida al estudio de la naturaleza.

Esos secretos que esconden las estructuras de los seres creados las entiende el campesino que aprende a manejar la agricultura por su observación; esos secretos los entendió bien en su estudio del ser humano, el científico Francis S. Collins, de quien ya hemos hablado; el que descifró el genoma humano, el código hereditario de la vida. El día del anuncio de ese descubrimiento, dice él, que se ofreció al mundo el escrito que contenía las instrucciones para la construcción del ser humano. El presidente Clinton, de los EE.UU., quien hizo el anuncio, dijo que ese día, se estaba conociendo el lenguaje en el cual Dios creó la vida (Today we are learning the language in which God created life). [5] 

 

La naturaleza nos enseña cómo tratarla

 

La encíclica advierte que cuando el ser humano descubre esos secretos de la estructura de la naturaleza debe utilizarlos según la finalidad para la que fueron creados, y no utilizarlos como instrumentos, para satisfacer su antojo. Los principios éticos para el manejo inteligente de la naturaleza se encuentran en su interior. Cuando se utiliza la naturaleza arbitrariamente, – hoy se hace así en algunos casos, – inclusive sin respeto por la naturaleza del mismo ser humano, – se hace violencia a la misma naturaleza. No porque algo sea posible hacerlo es siempre lícito. Hoy los avances de la ciencia hacen posible la manipulación de la naturaleza humana violentándola. Se ignora que la naturaleza humana está compuesta de materia y de espíritu, que Dios le imprimió un destino y que el uso de la libertad debe ser responsable y debe seguir los dictámenes de la ley moral. El ser humano no es sólo un conjunto de tejidos, aunque el espíritu que Dios le infunde no se descubra con el bisturí.

 

Si quieres promover la paz, protege la creación

 

Nadie puede comentar mejor la encíclica Caridad en la verdad, que el mismo Benedicto XVI. En su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz en 2010, el Santo Padre dijo: Si quieres promover la paz, protege la creación. Es muy oportuno dedicar hoy un rato a recordar ese mensaje; hagámoslo, será muy bien empleado el tiempo.

Comenzó el Papa recordándonos que, como enseña el Catecismo, en el N° 198, El respeto a lo que ha sido creado tiene gran importancia, puesto que «la creación es el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios», y su salvaguardia se ha hecho hoy esencial para la convivencia pacífica de la humanidad. Luego continuó:

En efecto, aunque es cierto que, a causa de la crueldad del hombre con el hombre, hay muchas amenazas a la paz y al auténtico desarrollo humano integral – guerras, conflictos internacionales y regionales, atentados terroristas y violaciones de los derechos humanos–, no son menos preocupantes los peligros causados por el descuido, e incluso por el abuso que se hace de la tierra y de los bienes naturales que Dios nos ha dado. Por este motivo, es indispensable que la humanidad renueve y refuerce «esa alianza entre  ser humano y medio ambiente que ha de ser reflejo del amor creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual caminamos».[6] 

 

Responsabilidad con los pobres y las futuras generaciones

 

Y alude a sus enseñanzas de Caritas in veritate en el N° 48, que ahora estudiamos. Dice:

En la Encíclica Caritas in veritate he subrayado que el desarrollo humano integral está estrechamente relacionado con los deberes que se derivan de la relación del hombre con el entorno natural, considerado como un don de Dios para todos, cuyo uso comporta una responsabilidad común respecto a toda la humanidad, especialmente a los pobres y a las generaciones futuras. He señalado, además, que cuando se considera a la naturaleza, y al ser humano en primer lugar, simplemente como fruto del azar o del determinismo evolutivo, se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia de la responsabilidad.

 En cambio, valorar la creación como un don de Dios a la humanidad nos ayuda a comprender la vocación y el valor del hombre. En efecto, podemos proclamar llenos de asombro con el Salmista: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?» (Sal 8,4-5). Contemplar la belleza de la creación es un estímulo para reconocer el amor del Creador, ese amor que «mueve el sol y las demás estrellas» ( Dante Alighieri, Divina Comedia, Paraíso, XXXIII, 145).

Alude luego Benedicto XVI al pensamiento de Juan Pablo II y de Pablo VI sobre nuestra relación con el medio ambiente:

 Hace veinte años, al dedicar el Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz al tema Paz con Dios creador, paz con toda la creación, el Papa Juan Pablo II llamó la atención sobre la relación que nosotros, como criaturas de Dios, tenemos con el universo que nos circunda. «En nuestros días aumenta cada vez más la convicción –escribía– de que la paz mundial está amenazada, también [...] por la falta del debido respeto a la naturaleza», añadiendo que la conciencia ecológica «no debe ser obstaculizada, sino más bien favorecida, de manera que se desarrolle y madure encontrando una adecuada expresión en programas e iniciativas concretas».[7] También otros Predecesores míos habían hecho referencia anteriormente a la relación entre el hombre y el medio ambiente. Pablo VI, por ejemplo, con ocasión del octogésimo aniversario de la Encíclica Rerum Novarum de León XIII, en 1971, señaló que «debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, [el hombre] corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación». Y añadió también que, en este caso, «no sólo el ambiente físico constituye una amenaza permanente: contaminaciones y desechos, nuevas enfermedades, poder destructor absoluto; es el propio consorcio humano el que el hombre no domina ya, creando de esta manera para el mañana un ambiente que podría resultarle intolerable. Problema social de envergadura que incumbe a la familia humana toda entera».[8]

 

¿Hasta dónde modificar la naturaleza?

Los avances de las ciencias naturales hacen posible la injerencia de la mano del hombre para modificar las estructuras de los seres creados, no sólo por descuido en el manejo de desechos o en la explotación inconsiderada de la naturaleza, que puede tener consecuencias graves por la contaminación de los ríos y del aire, sino que se llega a producir modificaciones en vegetales y animales, algunas modificaciones buscadas para mejorar especies y en  bien de la humanidad, otras consecuencia de malos manejos; lo mismo puede suceder cuando se  buscan cambios en el mismo organismo humano.

 En el manejo de la naturaleza, el único límite que el ser humano tiene no es la posibilidad de hacer algo; la dimensión ética nunca se puede ignorar.

Ante la imposibilidad de agotar el tema de la ecología en este espacio, les sugiero estudiar el capítulo X del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, que se titula Salvaguardar el Medio Ambiente, y tiene estos importantes apartes:

I-             Aspectos Bíblicos

II-           El Hombre y el Universo de las Cosas. Se refiere a las actitudes de los cristianos con respecto al uso de la tierra, y al desarrollo de la ciencia y de la técnica.

III-         La crisis en la relación entre el hombre y el medio ambiente

IV-        Una responsabilidad Común, a) El ambiente, un bien colectivo, b) El uso de las biotecnologías, c) Medio ambiente  y distribución de los bienes. Se trata fundamentalmente de impedir la injusticia de un acaparamiento de los recursos: la avidez, ya sea individual o colectiva es contraria al orden de la creación,[9] d) Nuevos estilos de vida requeridos.

 Habíamos citado ya apartes del mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz en 2010. Sobre la ética en el manejo de la naturaleza tuvo palabras importantes.

 



[1] Cf, por ejemplo, Consejo Pontificio de la Cultura-Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, Jesucristo, Portador del agua de la vida. Una reflexión cristiana sobre la “Nueva Era”, Librería  Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano, 2003, p.35

[2] Cf Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 6

[3] Heráclito de Éfeso (Éfeso 535 a.C. ca. — 475 a.C. ca.), Fragmento 22B124, en: H. Diels — W. Kranz,  Die Fragmente der Vorsokratiker, Weidmann, Berlín 19526.

[4] Cf Consejo Pontificio Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 451-487

[5] Cf Francis S. Collins, The Language of God, a scientist presents evidence por bilief, Free Press a división of Simon & Schuster, Inc, 2006, Introcution, Pg. 2

[6] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2008, 7.

[7]Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 1.

 

[8]Carta ap. Octogesima adveniens, 21

[9] Cf Concilio Vaticano II, Gaudiumt spes, 69,  Pablo VI, Populorum progresio,22

 

Reflexión 225 Caritas in veritate N° 48, Septiembre 1, 2011

RADIO MARÍA DE COLOMBIA en su frecuencia de Bogotá, 1220 AM está temporalmente fuera del aire, pero puede escucharla por internet: www.radiomariacol.org

Escuche estas Reflexiones sobre la Doctrina Social de la Iglesia en Radio María los jueves a las 9:00 a.m., hora de Colombia, en las siguientes frecuencias en A.M.  gotá: 1220; Barranquilla: 1580; Cali: 1260; Manizales: 1500; Medellín: 1320; Turbo: 1460; Urrao: 1450.

Por internet, también en vivo, en http://www.radiomariacol.org/

Al abrir este “blog” encuentra la reflexión más reciente; en la columna de la derecha, las Reflexiones anteriores que siguen la numeración del libro “Compendio de la D.S.I.” Con un clic usted elige.

Utilice los Enlaces a documentos muy importantes como la Sagrada Biblia, el Compendio de la Doctrina Social, el Catecismo y su Compendio, documentos del Magisterio de la Iglesia tales como la Constitución Gaudium et Spes, algunas encíclicas como: Populorum progressio, Deus caritas est, Spe salvi, Caritas in veritate, agencias de noticias y publicaciones católicas. Vea la lista en Enlaces.

Haga clic a continuación para orar todos los días 10 minutos siguiendo la Palabra de Dios paso a paso: Orar frente al computador, con método preparado en 20 idiomas por los jesuitas irlandeses. Lo encuentra aquí también entre los enlaces.

===========================================================================================================

 

El ser humano no es fruto del azar

Estamos estudiando el capítulo 4° de la encíclica Caritas in veritate, Caridad en la verdad, de Benedicto XVI. En el programa anterior comenzamos el N° 48, que  trata sobre nuestra responsabilidad con el medio ambiente. Nos enseña la encíclica que el ambiente natural, es decir la naturaleza,  es un don de Dios para todos y su uso representa para nosotros una responsabilidad con toda la humanidad. Cita en particular nuestra responsabilidad con los pobres y con las futuras generaciones.

Aprendimos que en la naturaleza, obra de Dios, podemos encontrar un orden que el Creador le imprimió y que en ese mismo orden natural podemos descubrir los principios sobre cómo manejar la naturaleza, cómo conservarla y utilizarla en beneficio del ser humano. La naturaleza es un don de Dios y debemos  utilizarla responsablemente para satisfacer las necesidades del género humano, respetando el equilibrio inherente a la naturaleza misma. 

Algo que no podemos pasar por alto al leer este N° 48, es que el ser humano no es fruto del azar, de la simple evolución de la naturaleza, sino que Dios intervino en su creación, hizo al ser humano a su imagen y semejanza, como nos lo enseña la Biblia; Dios lo creó superior a los demás seres,  a la persona humana la puso como centro de la naturaleza.

Para comprender el papel de la persona humana y las demás cosas creadas, nos puede ayudar el punto de partida de San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales, que comienza sus reflexiones con lo que llamó Principio y Fundamento; nos invita a reflexionar sobre nuestra posición frente a la naturaleza, cuando dice que “las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para el que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar de ellas (dellas) cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe apartarse (quitarse) de ellas (dellas) cuanto para ello le impiden” (Ejercicios Espirituales, 23, 3s) .  

 Comprensión de la naturaleza con la luz de la fe

Si queremos ordenar nuestra vida según el fin para el que Dios nos creó, no podemos ignorar lo que las demás creaturas representan para nosotros y cómo debe ser nuestra relación con ellas.

Como creyentes, nuestro modo de entender la naturaleza está cargado del sentido que le da su comprensión con la luz de  la fe. Como el Papa lo advierte en este número 48, los creyentes no consideramos a la naturaleza como algo tabú, es decir algo intocable ni tampoco como algo que nos fue dado con el derecho de hacer con ella lo que queramos, aun abusando de ella. En nuestra visión cristiana de la naturaleza, la comprendemos como obra de Dios, la naturaleza está conformada por creaturas, obras de la mano amorosa de Dios, en el universo que es el jardín del Edén. La persona humana fue encargada de su custodia. Tiene libertad para vivir en este jardín, alimentarse de sus frutos, pero tiene límites. Es decir, el ser humano puede servirse de la naturaleza, pero tiene límites en su uso.

 

La ciencia del bien y del mal

 

Los límites que Dios puso al ser humano al encargarlo de la naturaleza que había creado se expresan metafóricamente  en Gen 2, 16: De cualquier ‘árbol del jardín puedes comer, más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio”. La Biblia de Jerusalén nos explica esas palabras; dice que la ciencia del bien y del mal se refiere a la facultad de decidir lo que es bueno o malo. Al usurpar  el ser humano el derecho a decidir lo que es bueno y lo que es malo, el hombre reniega de su estado de creatura, se independiza de Dios.

La figura de comer de la fruta prohibida expresa la rebeldía orgullosa contra Dios. ¿No es eso lo que la humanidad hace hoy? La rebeldía, por la cual se considera dueño absoluto de su voluntad, de hacer lo que quiera negándose a aceptar la voluntad de Dios. El hombre, por la carga del pecado original de soberbia, quiere hacer siempre lo que él quiere,  ignorando su condición de creatura y que Dios es el Señor, un Señor que lo ama, que tiene un plan para él, y que desea sólo su bien.

Hasta dónde llega la soberbia humana lo experimentamos con la posición de los que se creen dueños de la vida propia y de la vida de los demás. Cortes que pretenden obligar a que se acepte el aborto y la eutanasia; magistrados soberbios, que consideran que destruir la propia salud  con el uso de estupefacientes es un derecho de la persona y a eso lo llaman libre desarrollo de la personalidad. Es decir, conceden al ciudadano el derecho a decidir si progresan, si crecen  o limitan  su desarrollo o hasta si se autodestruyen. Deciden lo que es bueno o malo, independientemente de los planes de Dios. Se creen dueños absolutos.

 

El ser humano ideado por Dios

 

Y comprendamos que aceptar nuestro ser de creaturas, con límites, no nos disminuye; aceptar los planes de Dios para la humanidad es lo inteligente. Si Él es el inventor del ser humano, ¿pretendemos modificar su obra? ¿el modelo ideado solo por la mente humana, podrá ser superior al ideado por Dios, su inventor? 

Dentro de nuestros límites estamos dotados de tantas maravillas, rodeados de tantos bienes, todo dado por nuestro Padre, que sólo tenemos motivos de agradecer. No desprecia Dios la naturaleza humana; la ama tanto, que la tomó en su Hijo que se hizo uno de nosotros, igual en todo a nosotros, menos en el pecado (Heb 4,15).

Uso de la naturaleza respetando el equilibrio

 

La encíclica sintetiza maravillosamente estas enseñanzas sobre el uso de la naturaleza con estas palabras: El creyente reconoce en la naturaleza el maravilloso resultado de la intervención creadora de Dios, que el hombre puede utilizar responsablemente para satisfacer sus legítimas necesidades —materiales e inmateriales— respetando el equilibrio inherente a la creación misma.

Si aceptamos por la fe la intervención de Dios creador en la existencia de la naturaleza y del ser humano, nuestra relación con los demás seres creados y la aceptación de nuestra responsabilidad en su manejo, en su administración, tiene una perspectiva distinta, optimista y entusiasta para desempeñar nuestro papel de colaboradores de Dios en el desarrollo de su obra, que continúa; la creación continúa y nosotros somos los ayudantes del Creador. 

 

La naturaleza es expresión de un proyecto de amor y de verdad

 

Después de reflexionar sobre nuestros deberes con la naturaleza, con el medio ambiente, avancemos un paso más en el estudio del N° 48. Las primeras palabras del párrafo siguiente siguen por el mismo camino optimista y motivador:

La naturaleza es expresión de un proyecto de amor y de verdad. Ella nos precede y nos ha sido dada por Dios como ámbito de vida. Nos habla del Creador (cf. Rm 1,20) y de su amor a la humanidad. Está destinada a encontrar la «plenitud» en Cristo al final de los tiempos (cf. Ef 1,9-10; Col 1,19-20). También ella, por tanto, es una «vocación»[1]. La naturaleza está a nuestra disposición no como un «montón de desechos esparcidos al azar»,[2] sino como un don del Creador que ha diseñado sus estructuras intrínsecas para que el hombre descubra las orientaciones que se deben seguir para «guardarla y cultivarla» (cf. Gn 2,15). Pero se ha de subrayar que es contrario al verdadero desarrollo considerar la naturaleza como más importante que la persona humana misma. Esta postura conduce a actitudes neopaganas o de nuevo panteísmo: la salvación del hombre no puede venir únicamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista. 

La naturaleza es expresión de un proyecto de amor y de verdad. Nos la dio Dios por casa, la queremos como nuestra casa; la naturaleza nos habla de Dios, su Creador y de su amor por la humanidad. Cita el Santo Padre a San Pablo, Rm 1,20: Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad (…) En la más sencilla flor, lo mismo que en lo más complejo del sistema nervioso del cerebro humano o en la magnitud del universo que se pierde en la profundidad del espacio aún por explorar, aparece el amor de Dios plasmado en un proyecto que continúa su desarrollo y nos encarga cuidar y hacer progresar.

 

El canto del Salmo 104

 

El salmista reconoce el amor de Dios en la naturaleza, de modo poético, en el Salmo 104. Leamos un fragmento. Los invito a meditarlo todo, e su casa.

01 Bendice al Señor, alma mía: ¡Señor, Dios mío, qué grande eres! Estás vestido de esplendor y majestad

02 y te envuelves con un manto de luz. Tú extendiste el cielo como un toldo

03 y construiste tu mansión sobre las aguas. Las nubes te sirven de carruaje y avanzas en alas del viento.

04 Usas como mensajeros a los vientos, y a los relámpagos, como ministros.

05 Afirmaste la tierra sobre sus cimientos: ¡no se moverá jamás!

06 El océano la cubría como un manto, las aguas tapaban las montañas;

07 pero tú las amenazaste y huyeron, escaparon ante el fragor del trueno.

08 Subieron a las montañas, bajaron por los valles, hasta el lugar que les habías señalado:

09 les fijaste un límite que no pasarán, ya no volverán a cubrir la tierra.

10 Haces brotar fuentes en los valles, y corren sus aguas por las quebradas.

11 Allí beben los animales del campo, los asnos salvajes apagan su sed.

12 Las aves del cielo habitan junto a ellas y hacen oír su canto entre las ramas.

13 Desde lo alto riegas las montañas,  y la tierra se sacia con el fruto de tus obras.

14 Haces brotar la hierba para el ganado y las plantas que el hombre cultiva, para sacar de la tierra el pan

15 y el vino que alegra el corazón del hombre, para que él haga brillar su rostro con el aceite y el pan reconforte su corazón.

16 Se llenan de savia los árboles del Señor, los cedros del Líbano que él plantó;

17 allí ponen su nido los pájaros, la cigüeña tiene su casa en los abetos;

19 Hiciste la luna para medir el tiempo, señalaste al sol el momento de su ocaso;

 

 

Con sola su figura

      Vestidos los dejó de su hermosura

 

Los creyentes a lo largo del tiempo han visto siempre a la naturaleza como expresión del amor de Dios. El místico extraordinario que fue San Juan de la Cruz escribió una de las páginas más bellas sobre este tema en la quinta canción de su Cántico Espiritual. En esos versos, las criaturas dan testimonio de la grandeza de Dios que las creó y dejó en ellas el rastro de lo que Él es, de su grandeza, de su poder y sabiduría. Utiliza allí el santo una palabra no muy utilizada en nuestros países; la palabra soto. Según el diccionario, soto es un sitio que en las riberas o vegas está poblado de árboles o arbustos. Ahora entenderemos todo el verso. Pregunta el Santo a la naturaleza, si Dios, su amado, ha pasado por allí:

 

         ¡Oh bosques y espesuras,

      Plantadas por la mano del amado!

      ¡Oh prado de verduras,

      De flores esmaltado,

      Decid si por vosotros ha pasado!

 

Y las criaturas responden:

 

         Mil gracias derramando,

      Pasó por estos sotos con presura,

      Y yéndolos mirando,

      Con sola su figura

      Vestidos los dejó de su hermosura.

 

Nos imaginamos al Creador recorriendo la tierra vacía y a su paso la va dejando vestida de hermosura.

 

Amor con amor se paga

 

Otro místico extraordinario, San Ignacio de Loyola, termina sus Ejercicios Espirituales con una reflexión que llama Contemplación para alcanzar amor y es precisamente una contemplación  de los bienes recibidos de Dios, entre los cuales figuran la creación y la redención, además de los dones que en particular Dios nos ha dado. A través de la contemplación de la naturaleza, como lo hacía San Francisco de Asís, también San Ignacio nos enseña que podemos acercarnos a Dios, comprender su inmenso amor por nosotros, en la contemplación de la naturaleza, y nos hace poner los pies sobre la tierra y reflexionar sobre cuál debe ser la respuesta práctica nuestra a tanto amor.

En todas las meditaciones según el método de San Ignacio, al comenzar se hace una petición al Señor, de acuerdo con la materia que se va a meditar. En la Contemplación para alcanzar amor, nos sugiere San Ignacio que pidamos conocimiento interno de tanto bien recibido, para que al reconocerlo, podamos en todo amar y servir a su divina majestad. La correspondencia al amor de Dios, que San Ignacio propone es en todo amar y servir a su divina majestad.

San Ignacio es muy consecuente con lo que propone: nos lleva a meditar en el amor de Dios por nosotros, trayendo a la memoria los bienes que Dios, nuestro Amante, nos ha dado, y nos lleva a decidir cómo vamos a responder de modo congruente. Y puesto que el amor se debe poner más en obras que en palabras, nos propone como respuesta, amar y servir a Dios. En todo amar y servir a su divina majestad, en palabras de San Ignacio. Es darle de lo que tenemos y podemos: nuestro servicio…

 

Todo es de Dios

 

San Ignacio va lejos; de esta misma Contemplación para alcanzar amor hace parte esa oración que nos compromete a entregarlo todo, la libertad, la memoria, el entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y poseer y que termina con el reconocimiento del origen de todos esos dones: Vos me lo disteis; a Vos, Señor, lo torno, todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta. (Ejercicios Espirituales, 234)

Quizás alguien piense que esta manera de aproximarnos al medio ambiente, a la ecología, es poco científico. Sí, es una reflexión espiritual, desde la fe, sobre el medio ambiente; es una reflexión sobre nuestra respuesta al cuidado de la naturaleza, el regalo de Dios a la humanidad. Los regalos de las personas que queremos, hechos con amor, los cuidamos, los conservamos. Utilicemos la ciencia para comprender la naturaleza y saber cuidarla, pero no hay mejor motivación que la que nace de la fe y el amor.



[1] Cf Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 6

[2] Heráclito de Éfeso (Éfeso 535 a.C. ca. — 475 a.C. ca.), Fragmento 22B124, en: H. Diels — W. Kranz,  Die Fragmente der Vorsokratiker, Weidmann, Berlín 19526.