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Reflexión 23 jueves 27 de julio 2006

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia – Repaso Nº 20-37

Comprender y gustar internamente

 

Preparémonos para nuestro estudio asumiendo una actitud de reflexión. Así estaremos mejor dispuestos para comprender y aceptar de corazón la doctrina social de la Iglesia. Por intercesión de Nuestra Señora, la Virgen María, pidamos al Señor la gracia de comprender y gustar internamente su mensaje y pidámosle que mueva nuestra voluntad para vivir de acuerdo con él. Que no nos quedemos sólo en el conocimiento racional.

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Habíamos hecho un paréntesis en nuestro estudio del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, para tratar sobre el papel de los medios de comunicación, y prepararnos a asumir una posición razonada, ante el editorial del diario El Tiempo, del sábado 17 de junio, ‘dedicado’ al Cardenal López Trujillo. En ese editorial, El Tiempo fijó su posición frente a las enseñanzas de la Iglesia. Una posición que, según el editorialista, es “neutral”, Vimos que, en la practica no es una posición neutral, sino claramente anticatólica, si se observa el manejo de la información que hace el periódico. Aunque el tema de los medios de comunicación lo trataremos más ampliamente cuando lleguemos a él en el Compendio, -lo trata por ejemplo en el Nº 414 y siguientes, -era conveniente adelantar algunas reflexiones, para fijar nuestra posición de laicos católicos oportunamente. Luego, la reflexión siguiente (la 22) la dedicamos a reflexionar sobre la familia, con ocasión del V Encuentro Mundial de las familias en Valencia, España. Volvamos ahora al estudio del Compendio de la Doctrina Social de la IglesiaI.

Volvamos al Compendio. ¿Dónde vamos?

 

Recordemos que estamos estudiando la primera parte del Compendio, el libro preparado por encargo de Juan Pablo II, que contiene la Doctrina Social Católica, la que podemos considerar como la doctrina “oficial” de la Iglesia. Tengamos siempre presente que la Doctrina Social de la Iglesia tiene sus fundamentos en la Sagrada Escritura y la Tradición, y que ha sido expuesta por los Sumos Pontífices, por el Episcopado y los Concilios, como respuesta a las difíciles situaciones por las que ha ido pasando la humanidad, en diversas épocas. En este libro, el Compendio de la D.S.I., la doctrina se encuentra toda reunida y organizada.

Repasemosnuestras últimas reflexiones, para que sigamos con más facilidad, la presentación de esa cadena de maravillas del amor de Dios, que nos está dando a conocer el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.

La primera parte que estamos estudiando ahora, lleva por título El Designio de Amor de Dios para la Humanidad, es decir el plan de amor de Dios. Nos llevó el Compendio a reflexionar primero, sobre La acción liberadora de Dios en la Historia de Israel. Consideramos en esa parte cómo Dios se fue acercando gradualmente a la humanidad, de manera gratuita, y por iniciativa suya. Y vimos cómo la creación fue también una acción gratuita de Dios. Dios nos creó libremente, por amor. Y recordamos que su manifestación al Pueblo de Israel comenzó con la vocación de Abraham, que nos cuenta la Biblia en el capítulo 12 del Génesis: Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré, le dijo el Señor a Abraham. De ti haré una nación grande y te bendeciré.

Quizás alguien se pregunte qué tiene esto que ver con la Doctrina Social de la Iglesia. Como hemos visto, la doctrina social se funda en Dios. Si creemos en Él, nuestra visión del mundo y de los demás es muy distinta a si no creemos en Él. En una reflexión anterior leímos estas palabras de la Gaudium et spes (13), que aclaran este punto:

Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin último, y también toda su ordenación tanto por lo que toca a su propia persona  como a las relaciones con los demás y con el resto de la creación.

¿Un mundo según los planes humanos o según los planes de Dios?

 

Ese peligro de romper con Dios corren las naciones cuando sus gobernantes y los formadores de opinión a través de los medios de comunicación son agnósticos o ateos; tratan de organizar el estado y de manejar las relaciones entre los ciudadanos y aun con la naturaleza, según sus ideas, sus principios, únicamente, sin tener en cuenta los designios de Dios. Crean un mundo a su medida, puramente humana, no según la medida de Dios.

Después de reflexionar sobre la intervención de Dios en la creación, y su acercamiento al hombre, nos detuvimos a reflexionar sobre: Jesucristo, cumplimiento del designio del amor del Padre. Nos llevó allí la Iglesia a meditar cómo En Jesucristo se cumple el acontecimiento decisivo de la historia de Dios con los hombres, pues al encarnarse en la Persona de Jesucristo, se acercó Dios tanto a nosotros, que se hizo un hombre más, igual a nosotros en todo, menos en el pecado.

Una mirada a la vida íntima de Dios

 

Y consideramos allí, en la Encarnación de Dios en la Persona de Jesucristo, la maravilla de la revelación del misterio trinitario. Porque antes de la Encarnación de Dios en Jesucristo, el misterio de la Trinidad apenas se vislumbraba. Jesucristo nos permitió dar una mirada a la vida íntima de Dios, como nos explicó bellamente Benedicto XVI, y conocer algo inesperado: que Dios no es soledad, que Dios es un acontecimiento de Amor. Como dice el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia en el Nº 31: El Rostro de Dios, revelado progresivamente en la historia de salvación, resplandece plenamente en el Rostro de Jesucristo Crucificado y Resucitado. Él nos enseñó que Dios es Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, realmente distintos y realmente uno, porque las Tres Personas divinas son comunión infinita de amor. Esa parte del Compendio, del Nº 30 al 33, lleva por título La revelación del amor trinitario, y sobre ella meditamos ya.

Dios, Uno y Trino, fundamento de la unidad del género humano

 

Esa sección del Compendio, que se titula La revelación del amor trinitario, termina con la explicación sobre cómo el hecho de ser creados a imagen y semejanza de Dios trino y uno tiene implicaciones muy importantes en nuestra vida; en particular sobre cómo debe ser la relación entre nosotros, los seres humanos, criaturas de Dios. Porque el hecho de ser creados a imagen y semejanza de Dios, Uno y Trino, es el fundamento de la unidad del género humano. Eso explica la tendencia natural del ser humano a la unión, a la integración. Somos muchos y somos distintos, pero por nuestra procedencia de Dios, que siendo Tres Personas es un solo Dios que es Amor, también nosotros debemos ser uno en el espíritu, en el amor. Estamos llamados a vivir una vida como la de Dios: una vida de amor y solidaridad. Veíamos que la vida social a la que estamos llamados es un reflejo de la vida íntima de Dios, Uno en tres personas. No olvidemos que estamos llamados a esa vida de armonía, de amor, y que el desorden existente, y nuestra inclinación al mal, a la desunión, al egoísmo, no debería ser lo natural, es la consecuencia del pecado original.

Esa profunda reflexión sobre las implicaciones de la vida trinitaria, de la vida de Dios, en nuestra propia vida, se continuó en la tercera parte de este primer capítulo, bajo el título: La persona humana en el designio del amor de Dios, que comprendedel Nº 34 al 49. En palabras del Compendio de la D.S.I. La revelación en Cristo del misterio de Dios como Amor trinitario está unida a la revelación de la vocación de la persona humana al amor y esta revelación ilumina la dignidad y la libertad personal del hombre y de la mujer  y la intrínseca sociabilidad humana en toda su profundidad. Eran palabras del Compendio.

La sociabilidad del hombre es propia de su naturaleza por ser creado a imagen y semejanza de Dios

De modo que al revelarnos el misterio de Dios, que es Trino y al tiempo Uno, en una vida de amor, se nos revela también la vocación de la persona humana al amor; se nos revela que la sociabilidad del hombre es propia de su naturaleza, por ser creado a imagen y semejanza de Dios. Nuestra manera natural de ser debería llevarnos a atraer, no a repeler, a unir, no a separar, a amar, no a odiar. Como dice la oración de San Francisco de Asís, deberíamos sembrar amor y paz, no divisiones, ni odios ni guerras.

 

El hombre es, por su íntima naturaleza, un ser social

 

Lo que esto significa lo vimos ya en una reflexión anterior y es importante que lo comprendamos bien. Repitamos lo esencial. Como lo enseña el Concilio Vaticano II, en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, en el Nº 12, (…) Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre y mujer (Gen 1,27). Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión de personas humanas. El hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás.

Es clave la última frase del Concilio que acabamos de leer. Volvámosla a leer: El hombre es (…), por su íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás. Esta afirmación la debemos conectar con la enseñanza del Compendio en el Nº 35, que vimos antes y dice:

La persona humana ha sido creada por Dios, amada y salvada en Jesucristo, y se realiza entretejiendo múltiples relaciones de amor, de justicia y de solidaridad con las demás personas, mientras va desarrollando su multiforme actividad en el mundo.

Ya hemos reflexionado sobre las implicaciones que en nuestra vida práctica, en nuestras actividades de todos los días, tiene el hecho de que la persona humana se realiza, se hace, en su relación con los demás. Uno crece, progresa como persona, en el trato con los demás. Esto es tan importante que, repitámoslo una vez más, a ver si lo hacemos parte de nuestro modo de pensar, de sentir y de actuar.

 

Para desarrollarse plenamente el hombre necesita a los demás

 

Nos enseña la Iglesia que el hombre se realiza plenamente, aprende a desplegar completamente sus cualidades, sus capacidades, si aprovecha la oportunidad en su relación con los demás. Mientras trabajamos, mientras desempeñamos el oficio que sea, en la vida, encontraremos satisfacción y crecimiento personal, si lo hacemos entretejiendo relaciones de amor, de justicia, de solidaridad. En palabras sencillas, esto significa que la oportunidad de desarrollamos plenamente como personas, la tenemos en el trato diario con los demás. Si logramos tener buenas relaciones con los demás, si los tratamos bien, con amor. ¿Que hay personas difíciles? Sí, no decimos que sea fácil. Las estatuas se esculpen a golpe de cincel y martillo. Los demás nos ayudan a pulirnos, a limar asperezas, si lo permitimos…

Algunos creen que la satisfacción la pueden encontrar más bien haciendo sentir a los demás que ellos son los que tienen el poder, que ellos son los que mandan, que los demás tienen que hacer, sin chistar, lo que ellos ordenen. Tener el poder de doblegar a los demás no necesariamente supone tener la autoridad para hacerlo. Autoridad y poder no siempre van juntos. Muchos tienen poder porque en alguna forma son más fuertes que otros, así no tengan la autoridad. Eso se ve desde las conductas de los niños matones en el colegio, que abusan de los otros y se aprovechan de ellos, hasta el poder de los violentos que dominan a los demás por la fuerza de las armas. Y así, pasando por los jefes que aprovechan en su beneficio, y pasando sobre los demás, la posición que ostentan en la organización en la que trabajan. Otros parecen disfrutar siendo “los vivos”, los astutos, en su relación con los demás. Sabemos que con frecuencia ser “los vivos” es lo mismo que ser “los pillos”, los pícaros.

En el fondo, esas personas sufren, no disfrutan como aparentan; se tienen que sentir mal, porque el egoísta y el malvado pueden engañar a otros, pero uno no se puede engañar a sí mismo. Sin duda a esas personas la conciencia les grita desde el interior y la maldad y el egoísmo no hacen feliz a nadie. Por naturaleza el hombre es un ser social, no un asocial[1] y menos aún un antisocial. Como ser creado a imagen y semejanza de Dios, el hombre está llamado a amar a los demás, a ser sociable. Eso debería ser lo natural en nosotros.

La sociabilidad del hombre es fundamental en la visión cristiana del hombre

 

Ya vimos antes que este punto de la sociabilidad del hombre es fundamental en la visión cristiana del hombre. En la explicación sobre la persona humana según los designios, es decir, según los planes de Dios, vimos que el Compendio nos enseña algunos de los fundamentos de la antropología cristiana. Recordemos que la antropología cristiana explica al hombre desde el punto de vista cristiano. No es el campo de la antropología cristiana el estudio del hombre desde el punto de vista biológico, físico ni cultural, sino desde la visión que nos ofrecen hechos de fe, como por ejemplo nuestra creación gratuita por el amor de Dios. Reafirmemos estos fundamentos; recordémoslos, para que comprendamos a la persona humana desde el punto de vista cristiano, desde una visión de fe.

El primer fundamento de la antropología cristiana, señalado por el Compendio, es la inalienable dignidad de la persona humana, que tiene su raíz y su garantía en el designio creador de Dios. Lo hemos meditado varias veces ya y de varias maneras; nuestra dignidad se fundamenta en que somos una obra especial salida de las manos de Dios. Nuestro diseñador fue el Creador de las maravillas todas del universo, quien creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza; por eso nos creó libres y con capacidad de relacionarnos, de amarnos, y no sólo con la capacidad de relacionarnos, de amarnos entre nosotros; más todavía, con capacidad de relacionarnos con Él y de participar de su vida divina.

Qué significa que la dignidad de la persona humana sea inalienable, lo vimos antes. Decíamos que, es inalienable algo cuyo dominio o propiedad, cuyos derechos, no se pueden traspasar a otro. Nos ayuda a entender el término inalienable, en el caso de la dignidad de la persona humana, ver algunas aplicaciones prácticas. Que nuestra dignidad es inalienable, quiere decir que no podemos ceder nosotros ni nadie puede apropiarse derechos sobre nuestra dignidad. Por ejemplo la vida, la libertad, son derechos inherentes a la dignidad de la persona humana y esos son derechos que nadie nos puede quitar. De ahí que la trata de blancas, el secuestro, la esclavitud, y naturalmente el asesinato, sean crímenes horrendos. Nadie tiene derecho a pasar por encima de nuestra dignidad. De igual manera, ningún legislador puede dictar leyes contra la dignidad de la persona humana. Si lo hace va más allá del derecho del legislador a dictar normas. El legislador no se puede atribuir derechos que no tiene. La dignidad de la persona humana es intocable.

La dignidad de la persona humana no se funda en leyes dictadas por los hombres

 

Tengamos presente que la dignidad de la persona humana no se funda en leyes dictadas por los hombres. El hombre no tiene una dignidad porque las Naciones Unidas o el Congreso dicten unas leyes que llamen derechos del hombre. La dignidad del ser humano es connatural con él, por el hecho de ser una criatura hecha a imagen de Dios. Y más todavía: la dignidad de la persona humana no se basa sólo en el hecho de ser una obra de las manos creadoras de Dios, pues todo el universo es obra de sus manos, también los animales y las plantas, sino en que, además, la persona humana fue diseñada a imagen y semejanza de Dios. El modelo que Dios tomó para su obra predilecta, el ser humano, fue Él mismo, perfección infinita, y entre los dones que nos dio, sobresalen algunos exclusivos de la persona humana, que no tienen las demás cosas creadas de nuestro universo: la inteligencia, la libertad, la capacidad de relacionarnos con los demás, de amar, y como decíamos hace un momento, algo grandioso: la capacidad de entablar una especial relación con Dios, de participar de su vida por la gracia, y un día, poder ir a gozar de la dicha eterna con él en el cielo.

Entonces, en resumen, el primer fundamento que nos explica la inalienable dignidad de la persona humana, tiene su raíz y su garantía en el designio creador de Dios. En el hecho de haber sido creados a imagen y semejanza suya: libres e inteligentes, con capacidad de amar y de relacionarnos con Él y participar de su vida, por la gracia recibida en el bautismo, y un día, participando de su vida en la eternidad.

Muy rápidamente repasemos los otros dos fundamentos de la antropología cristiana.

El Compendio propone como segundo fundamento, que debemos tener en cuenta, para comprender al ser humano, desde la perspectiva cristiana, la sociabilidad, y nos dice que su prototipo es la relación originaria entre el hombre y la mujer, cuya unión “es la expresión primera de la comunión de personas humanas”.

A este propósito citamos las palabras de Benedicto XVI, en la fiesta de la Santísima Trinidad, que venían perfectamente al caso, pues nos explican que, en palabras del Santo Padre:

Todos los seres están ordenados según un dinamismo armónico que podemos analógicamente llamar «amor». Se refiere el Papa a la armonía que existe en todo el universo,  Pero sólo en la persona humana, libre y racional, este dinamismo se hace espiritual, se convierte en amor responsable, como respuesta a Dios y al prójimo  en un don sincero de sí. En este amor el ser humano encuentra su verdad y su felicidad. Entre las diversas analogías del inefable misterio de Dios Uno y Trino que los creyentes tienen capacidad de entrever, Benedicto XVI citó a la familia, que está llamada a ser una comunidad de amor y de vida, en la cual las diversidades deben concurrir a formar una «parábola de comunión».

La armonía del universo, en los seres humanos se llama Amor

 

Es una explicación bellísima: la armonía que Dios imprimió en el universo, en los astros, en la vida de los seres vivos, no inteligentes, se eleva en la persona humana a un nivel espiritual, esa armonía se convierte en el amor, y en esa relación que es darse al otro, la persona humana encuentra su verdadera felicidad. Y el Papa citó luego a la familia, como una analogía del misterio trinitario. La familia que está llamada a ser una comunidad de amor y de vida. Las personas de la familia son distintas entre sí, pero deben concurrir, dice el Papa, a formar una parábola de comunión.

El último fundamento de la antropología cristiana, que presenta el Compendio en el Nº 37 es: el significado del actuar humano en el mundo, que está ligado al descubrimiento y al respeto de las leyes de la naturaleza que Dios ha impreso en el universo creado, para que la humanidad lo habite y lo custodie según su proyecto. Esta visión de la persona humana, de la sociedad y de la historia  hunde sus raíces en Dios y está iluminada por la realización de su designio de salvación. Eran las últimas líneas del Nº 37.

Somos administradores, no dueños absolutos de la tierra, que debemos conservar y compartir con los demás

 

Al terminar nuestro repaso, recordemos entonces, que Dios imprimió en el universo creado unas leyes que expresan cuál es el proyecto divino. El ser humano va descubriendo el proyecto de Dios, el cual debe respetar. Y el Creador nos entregó el universo para que lo habitemos y lo custodiemos, no para que lo destruyamos. Como hemos considerado otras veces, somos administradores, no dueños absolutos de la tierra, que debemos conservar y compartir con los demás.

Sobre la ley natural nos instruye el Compendio más adelante, cuando trata sobre la Persona humana y sus derechos. Nos falta bastante camino para llegar allá. Por ahora nos adelanta que Dios ha impreso en la naturaleza unas leyes que indican cómo quiere Él que se maneje, cómo se administre, la creación. No nos podemos creer tan inteligentes que modifiquemos su diseño, pero somos tan rebeldes que nos empeñamos en seguir nuestro propio camino. Algunos creen mejor ese camino, que el diseñado por Dios.

Así termina nuestra reflexión sobre el tema de El amor trinitario, origen y meta de la persona humana.

La salvación es de todo el hombre, y para todos los hombres

Habíamos comenzado un nuevo tema: La salvación cristiana: para todos los hombres y de todo el hombre. Ya vimos que nuestro origen y nuestra meta es Dios, que es Amor; ahora la Iglesia nos va a explicar que en los planes de Dios, la salvación cristiana es para todos los hombres y de todo el hombre. Para todos,  de manera que la salvación no es sólo para un grupo exclusivo; y además, la salvación es para todo el hombre, es decir, para el hombre integral, completo. Esta sección ocupa los Nº 38, 39 y 40.

En el Nº 38 nos explica el Compendio, que la salvación es iniciativa del Padre, se ofrece en Jesucristo y se actualiza y difunde por obra del Espíritu Santo. Empecemos por recordar que la Escritura nos enseña que, tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo Unigénito. El Catecismo añade, en el Nº 604, que Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal, y continúa así: Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente  que precede a todo mérito por nuestra parte. Y cita el Catecismo la Primera Carta de San Juan, 4,10, que dice: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación[2] por nuestros pecados. Y San Pablo en su Carta a los Rm 5,8 dice: La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.

De manera que Dios quiso la salvación del hombre, que había caído por el pecado original; la quiso, en un acto libérrimo de amor y misericordia. Nuestra redención es un don gratuito de Dios, que nos lo concedió, porque quiso, sin merecimiento de nuestra parte. Y Jesús aceptó la Voluntad del Padre, de ser Víctima por nuestros pecados; como lo dice en el capítulo 6, v 38 del Evangelio según San Juan: porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado, dijo Jesús. Y Jesús aceptó voluntariamente la misión de Redentor; por eso en Juan 10,18 leemos: Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente.

 

La salvación, obra de la Trinidad

 

Entonces, la salvación es iniciativa del Padre, se ofrece en Jesucristo que aceptó voluntariamente su misión de Redentor, y como acabamos de leer en el mismo Nº 38 del Compendio de la D.S.I., la salvación se actualiza y se difunde por obra del Espíritu Santo. Tengamos presente que el Espíritu Santo obra en la Iglesia, difundiendo en ella,  que es el Cuerpo Místico de Cristo, la gracia, por los sacramentos. El Catecismo en el Nº 112 nos explica que el Espíritu Santo hace presente y actualiza la obra salvífica de Cristo, y por su poder transformador, hace fructificar el don de la comunión en la Iglesia. En cada sacramento que recibimos, el Espíritu Santo está presente, actualiza la obra salvífica, la hace fructificar en los que están en comunión con la Iglesia, en los sarmientos, en las ramas que están unidos al tronco.

La obra del Espíritu Santo

 

Juan Pablo II en su encíclica Dominum et vivificantem, nos explica la misión del Espíritu Santo en la obra de la salvación así, en el Nº 25:

«Consumada la obra que el Padre encomendó realizar al Hijo sobre la tierra (cf. Jn 17, 4) fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente a la Iglesia y para que de este modo los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo  en un mismo Espíritu (cf. Ef 2, 18). El es el Espíritu de vida o la fuente de agua que salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4, 14; 7, 38-39), por quien el Padre vivifica a los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite sus cuerpos mortales en Cristo (cf. Rom 8, 10-11)»

Y más adelante sigue Juan Pablo II, en el Nº: 64 de la misma encíclica Dominum et vivificantem: (…) Si la Iglesia es el sacramento de la unión íntima con Dios, lo es en Jesucristo, en quien esta misma unión se verifica como realidad salvífica. Lo es en Jesucristo, por obra del Espíritu Santo. La plenitud de la realidad salvífica, que es Cristo en la historia, se difunde de modo sacramental por el poder del Espíritu Paráclito. De este modo, el Espíritu Santo es «el otro Paráclito» o «nuevo consolador» porque, mediante su acción, la Buena Nueva toma cuerpo en las conciencias y en los corazones humanos  y se difunde en la historia. En todo está el Espíritu.

Qué bien nos explica Juan Pablo II, y a nuestro alcance, la acción del Espíritu Santo en el hombre: por acción del Espíritu Santo nos unimos a Dios, por los sacramentos, en la Iglesia; y la Buena Nueva, el Evangelio, toma cuerpo, se hace vida en las conciencias y en los corazones humanos. Cuando oremos al Espíritu Santo, pidámosle que actúe en nosotros, para que el Evangelio se haga vida en nuestras conciencias y en nuestros corazones.

Fernando Díaz del Castillo Z.

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[1]Asocial: que no se integra o vincula al cuerpo social. Antisocial: Contrario, opuesto a la sociedad, al orden social. (DRAE) Cfr. El significado del trastorno antisocial de la personalidad en la Reflexión 19, Nota 7

[2]Propiciación: 1 Acción agradable a Dios, con que se le mueve a piedad y misericordia. 2. Sacrificio que se ofrecía en la ley antigua para aplacar la justicias divina y tener a Dios propicio. (DRAE)