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Reflexión 185 – Caritas in veritate N° 15-20 (Charla 23)

Caritas in veritate N° 15-20 (Charla 23)

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¿De qué tratan estas reflexiones?

El tema de este blog es la DSI, como se nos enseña en los documentos del magisterio. Nuestro texto es el libro Compendio de la DSI, preparado por  el Pontificio Consejo Justicia y Paz. Juan Pablo II  le  encargó su preparación. En este libro se recogió la DSI con base, en primer lugar, en la Sagrada Biblia. Un lugar principalísimo ocupan en la formación de la DSI los documentos de los Concilios, de los Sínodos y muy especialmente las enseñanzas de los Sumos Pontífices.

Estamos ahora estudiando la encíclica Caritas in veritate, Caridad en la verdad, de Benedicto XVI, publicada para conmemorar los 40 años de la publicación de Populorum progressio, sobre el desarrollo de los pueblos, de Pablo VI.

La importancia del estudio de la DSI la hemos aprendido guiados en particular por Benedicto XVI y por sus antecesores Juan Pablo II y Pablo VI; de ellos hemos aprendido que la DSI es un elemento esencial de la evangelización; es la DSI anuncio y testimonio de la fe, instrumento y fuente imprescindible para educarse en la fe.

¿Tiene que ver la evangelización con el desarrollo?

Terminamos la reflexión anterior con las consideraciones que nos hace Benedicto XVI sobre la conexión que la evangelización tiene con la promoción humana, es decir con el desarrollo integral de la persona, como lo encontramos en el N° 31 de la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi.

La evangelización es una contribución muy importante en el desarrollo integral de la persona humana, y como la DSI es una parte importante de nuestra formación en la fe, si no conocemos y practicamos la DSI nuestra formación en la fe queda incompleta.

Antropología cristiana y desarrollo

Aprendimos que los vínculos muy fuertes que la evangelización tiene con la promoción humana son de índole antropológico y teológico ,y que tiene sus raíces en el Evangelio mismo. Que el lazo que une a la evangelización con el desarrollo de la persona humana se origine en la antropología cristiana quiere decir que, el mensaje de salvación que se predica tiene que estar de acuerdo con la naturaleza humana como Dios la diseñó; que el ser humano que hay que salvar, el que hay que evangelizar, es un ser humano como Dios lo creó: un ser de carne y hueso, con necesidades materiales y también espirituales, una creatura de naturaleza social, que tiene necesidad de desarrollar sus capacidades intelectuales, por lo tanto necesita acceder a la educación, al cuidado de su salud, de progresar en su vida sobrenatural, de vivir una vida digna en su trabajo, de tener también una vivienda digna y una alimentación adecuada.

La naturaleza humana como Dios la diseñó

El ser humano está dotado también de virtudes sobrenaturales, porque es creado a imagen de Dios y, redimido por su misericordia, está destinado a compartir la vida divina. Ese es el ser humano que hay que evangelizar, el que hay que salvar; un ser humano capaz de progresar, de crecer, porque tiene un origen divino como es creado a imagen de su Creador, está dotado de dones y medios que le hacen posible llegar a su destino que es la eternidad.

En la concepción del ser humano desde la óptica de la antropología cristiana, el papel de Dios en nuestra existencia es esencial

Podríamos decir que la explicación sobre el vínculo antropológico del desarrollo humano con la evangelización es suficiente para entender que, además de un vínculo antropológico, existe también un vínculo teológico, pues en la concepción del ser humano desde la óptica de la antropología cristiana, el papel de Dios en nuestra existencia es esencial. Un vínculo teológico de la promoción humana con la evangelización quiere decir que ese vínculo se origina en Dios. Eso parece obvio, sin embargo, Evangelii nuntiandi profundiza y amplía su explicación sobre los vínculos del desarrollo humano con la evangelización al enseñarnos que el vínculo de orden teológico entre el desarrollo humano y la evangelización tiene su origen en el sentido de la redención.

La persona humana no sólo fue creada por Dios a su imagen, pero abandonada luego al azar. Como el ser humano cayó,- con arrogancia se separó de su Creador, – el Padre misericordioso no lo abandonó, antes le tendió la mano e ideó un plan de redención como sólo a su amor infinito se le podía ocurrir: de tal manera ama el Padre a su creatura, que entregó a su Hijo Unigénito para redimirlo y encaminarlo de nuevo a su destino (Jn 3,16).

Papel de la evangelización en la promoción de la justicia

Como consecuencia de su caída, el ser humano vive en situaciones de pecado y de injusticia y es papel de la evangelización combatir la injusticia y restaurar la justicia. Recordemos el papel de la caridad, virtud eminentemente evangélica, en la restauración y promoción de la justicia.

Para completar el repaso de los tres fuertes vínculos de la evangelización con la promoción humana, – vínculos antropológico, teológico y evangélico, volvamos a leer las palabras textuales de Evangelii nuntiandi (31), sobre la necesaria conexión de la evangelización misma con la promoción humana.

Entre evangelización y promoción humana (desarrollo, liberación) existen efectivamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden eminentemente evangélico como es el de la caridad: en efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre? Nos mismo lo indicamos, al recordar que no es posible aceptar “que la obra de evangelización pueda o deba olvidar las cuestiones extremadamente graves, tan agitadas hoy día, que atañen a la justicia, a la liberación, al desarrollo y a la paz en el mundo. Si esto ocurriera, sería ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor al prójimo que sufre o padece necesidad”[1].

El testimonio y el anuncio de Jesucristo son complementarios

Recordemos, antes de continuar con el texto de Caritas in veritate, que dos elementos indispensables en la evangelización son el testimonio de vida y el anuncio claro, explícito, de la Buena Nueva; el anuncio claro e inequívoco de Jesucristo. Como dice Evangelii nuntiandi (21),

La Buena Nueva debe ser proclamada en primer lugar, mediante el testimonio (…) Este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva. Hay en ello un gesto inicial de evangelización (…) (22) Y, sin embargo, esto sigue siendo insuficiente, pues el más hermoso testimonio se revelará a la larga impotente si no es esclarecido, justificado —lo que Pedro llamaba dar “razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3,15), explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús. La Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deberá ser pues, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida. No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios.

Si eres cristiano dínoslo abiertamente y da testimonio de ello

En la reflexión anterior decíamos que sobre la necesidad del testimonio y de la proclamación de palabra, de la Buena Nueva, en el proceso de evangelización, nos puede ayudar recordar palabras y hechos que encontramos en el Evangelio. Jesús decía a sus discípulos que miraran más allá de las palabras, el testimonio de su vida. Cuando le pidieron que si era el Mesías se lo dijera claramente, Él respondió: “Yo se lo he dicho, pero ustedes no me creen. Las obras que yo hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí.”(Jn, 10, 24s). Cuando los seguidores del Bautista le hicieron una pregunta parecida sobre su identidad, Jesús les respondió: “Regresen y digan a Juan lo que ven y oyen.” (Mt, 11,4). No les pidió que dijeran al Bautista sólo lo que veían o sólo lo que oían, sino las dos cosas: lo que ven y lo que oyen. Sus actos de amor con los pobres, con los pecadores, con los enfermos. Lo que oyen: su predicación del Reino, las bienaventuranzas. Jesús quiere que miremos nuestra propia vida y seamos palabra y obra…

El desarrollo, una vocación a la que Dios nos llama

En los N° 16 a 20 de Caritas in veritate Benedicto XVI avanza en su explicación de Populorum progressio, la encíclica de Pablo VI sobre el desarrollo de los pueblos y trata algo nuevo de sumo interés; nos dice que Pablo VI presenta el progreso, el desarrollo, como una vocación a la que Dios nos llama. Dice el Santo Padre que en su fuente y en su esencia, el progreso es una vocación. Dios nos llama; es su voluntad que todos progresemos. El desarrollo es una llamada que Dios nos hace y requiere una respuesta libre y responsable. Dice también el Papa que el desarrollo humano integral, como vocación exige que se respete la verdad y, la visión del desarrollo como vocación, comporta que su centro sea la caridad.

Así termina Benedicto XVI su presentación del mensaje de Pablo VI en Populorum progressio. Leamos el N° 16 de Caritas in veritate:

16. En la Populorum progressio, Pablo VI nos ha querido decir, ante todo, que el progreso, en su fuente y en su esencia, es una vocación: «En los designios de Dios, cada hombre está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocación»[2]. Esto es precisamente lo que legitima la intervención de la Iglesia en la problemática del desarrollo. Si éste afectase sólo a los aspectos técnicos de la vida del hombre, y no al sentido de su caminar en la historia junto con sus otros hermanos, ni al descubrimiento de la meta de este camino, la Iglesia no tendría por qué hablar de él. Pablo VI, como ya León XIII en la Rerum novarum[3], era consciente de cumplir un deber propio de su ministerio al proyectar la luz del Evangelio sobre las cuestiones sociales de su tiempo.[4]

El desarrollo humano lo quiere Dios y sólo en Él tiene pleno significado

Decir que el desarrollo es vocación equivale a reconocer, por un lado, que éste nace de una llamada trascendente y, por otro, que es incapaz de darse su significado último por sí mismo. Con buenos motivos, la palabra «vocación» aparece de nuevo en otro pasaje de la Encíclica (Populorum progressio), donde se afirma: «No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una vocación que da la idea verdadera de la vida humana»[5]. Esta visión del progreso es el corazón de la Populorum progressio y motiva todas las reflexiones de Pablo VI sobre la libertad, la verdad y la caridad en el desarrollo. Es también la razón principal por lo que aquella Encíclica todavía es actual en nuestros días.

El origen y fuente de la vocación al desarrollo es Dios

Detengámonos en estas ideas: nos enseña la Iglesia que el progreso, el desarrollo, en su origen y en su esencia es una vocación. No es una vocación a la que están llamados sólo algunas personas; todos los seres humanos estamos llamados a trabajar por nuestro propio desarrollo y el de la sociedad. Nos dice el Papa que, en su fuente, el progreso es una vocación ¿Cuál es la fuente u origen de esa llamada al progreso? Esa fuente es Dios. En Dios se origina la llamada: En los designios de Dios, cada hombre está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocación. Estas últimas palabras están tomadas del N° 15 de Populorum progressio.

El trabajo humano instrumento de perfección

Es oportuno recordar ahora, que el trabajo que todos estamos llamados a desempeñar es una colaboración con Dios en el mantenimiento y la perfección de la creación. Dios quiere que seamos sus colaboradores. En los programas que dedicamos al trabajo, ya hace algunos años, estudiamos el tema de la dignidad y alegría de trabajar. Juan Pablo II en su encíclica Laboren exercens, sobre el trabajo humano, trata ampliamente este asunto. El capítulo II, N° 4ss, de esa encíclica, lleva como título EL TRABAJO Y EL HOMBRE. Allí dice: El hombre es la imagen de Dios, entre otros motivos, por el mandato recibido de su Creador de someter y dominar la tierra. En la realización de este mandato, el hombre, todo ser humano, hace que la acción misma del Creador del universo se refleje en él.

Continuadores de la obra de la creación

En uno de los programas sobre La Alegría de Trabajar decíamos:

Un pensamiento que nos debe llenar de gozo es que vivimos en la tierra que Dios nos entregó, para que entre todos, y con Él, continuemos la obra de la creación. Para eso tenemos que utilizar bien los medios inventados por el hombre, gracias a la inteligencia que Dios nos dio. El campo donde tenemos que conseguir la perfección es el trabajo. ¿Cómo? pues haciéndolo bien. El trabajo que sea. Hay una inmensa variedad de trabajos, y como allí pasamos la mayor parte de nuestra vida, tenemos que conocerlo, volverlo la fuente de nuestro gozo y el medio donde podemos conseguir la perfección.

El tema del trabajo, como la manera de realizar nuestra vocación a nuestro propio desarrollo, nos llena de optimismo. Tenemos todos una vocación maravillosa. Voy a repetir algo de la reflexión que hicimos en La Alegría de trabajar.

Somos partícipes de la capacidad creadora de Dios

Nuestra vida de trabajo puede y debe ser una fuente de perfección y de alegría. Somos partícipes de la capacidad creadora de Dios. Para ser buenos colaboradores tenemos que conocer el campo y los medios de trabajo, para que a imitación del Padre, cuando terminemos nuestra obra, podamos decir con satisfacción que quedó muy bien: la mesa que hice, la comida que preparé, la visita de ventas que realicé, la manera como atendí al comprador, como recibí al empleado que me buscó, como quedó la calle que barrí, la pared que pinté, el vestido que cosí, el trato al paciente que examiné, mi amabilidad con el pasajero que llevé, la clase que dicté, la Junta que presidí, la investigación que realicé, el arreglo de flores que entregué, la información que comuniqué… Sería una agradable sensación, si de todo lo que hagamos en el trabajo, pudiéramos decir al terminar el día, que nos quedó muy bien, como el Creador al fin de cada día de la semana de la creación y al terminar su obra: Vió Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien. (Gen 1, 31)

Teilhard de Chardin y cómo nuestro trabajo puede ser fuente de inmenso gozo

A propósito de nuestra colaboración en la obra creadora de Dios, recordemos las palabras del reconocido antropólogo y paleontólogo, el jesuita Pierre Teilhard de Chardin; sus bellas palabras nos ayudan a entender la importancia de nuestro trabajo y cómo puede ser fuente de inmenso gozo. Dice el P. Teilhard de Chardin:

“Podemos imaginar quizás, que la creación terminó hace tiempos. Pero eso no es así. La creación continúa y todavía con mayor magnificencia, y en los niveles más altos del mundo… Y nosotros servimos para completarla, aun con el trabajo más humilde de nuestras manos. Ese es en últimas, el sentido y el valor de nuestros actos.”[6] [7]

Son unas refrescantes palabras: ayudar a completar la creación, aun con el trabajo más humilde de nuestras manos.

El presidente Kennedy y cómo aquí en la tierra el trabajo de Dios debe ser el nuestro

No sé si el presidente John F. Kennedy conocía este enfoque cristiano sobre el trabajo, pero terminó su discurso de posesión con estas palabras (traducidas del inglés):

“Con la única recompensa segura, que es nuestra buena conciencia, con la historia como último juez de nuestros actos, llevemos adelante la tierra que amamos, pidiendo la bendición y la ayuda de Dios, pero sabiendo que aquí en la tierra el trabajo de Dios debe ser el nuestro.” (“knowing that here on earth God’s work must truly be our own.”)

Juan Pablo II y cómo mediante el trabajo el hombre se hace más hombre

En su encíclica Laborem Exercens, Juan Pablo II afirma sobre la dignidad de la persona y el trabajo:

El trabajo es un bien del hombre – es un bien de la humanidad -, porque, mediante el trabajo, el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre; es más en un cierto sentido, <se hace más hombre>.[8]

Según Theilard De Chardin el mundo mismo, como lo ven los ojos de la ciencia, es donde son más claras las obras de Dios

Y sobre el trabajo como participación en la obra del Creador, afirma Juan Pablo II en la encíclica Laborem exercens:

En la palabra de la divina Revelación está inscrita muy profundamente esta verdad fundamental: que el hombre, creado a imagen de Dios, mediante su trabajo, participa en la obra del Creador, y según la medida de sus propias posibilidades, en cierto sentido, continúa desarrollándola y la completa, avanzando cada vez más en el descubrimiento de los recursos y de los valores encerrados en todo lo creado.

Las palabras de Populorum progressio que siguen, tomadas del N° 15 nos aclaran aún más por qué nuestro propio desarrollo es una vocación a la que todos estamos llamados:

15. En los designios de Dios, cada hombre está llamado a desarrollarse, porque toda vida es una vocación. Desde su nacimiento, ha sido dado a todos como un germen, un conjunto de aptitudes y de cualidades para hacerlas fructificar: su floración, fruto de la educación recibida en el propio ambiente y del esfuerzo personal, permitirá a cada uno orientarse hacia el destino, que le ha sido propuesto por el Creador. Dotado de inteligencia y de libertad, el hombre es responsable de su crecimiento, lo mismo que de su salvación. Ayudado, y a veces es trabado, por los que lo educan y lo rodean, cada uno permanece siempre, sean los que sean los influjos que sobre él se ejercen, el artífice principal de su éxito o de su fracaso: por sólo el esfuerzo de su inteligencia y de su voluntad, cada hombre puede crecer en humanidad, valer más, ser más.

Nuestro propio desarrollo es un deber personal

De manera que todos estamos llamados a desarrollarnos, a crecer como personas y es ése un deber personal, como aclara a continuación Pablo VI:

16. Por otra parte este crecimiento no es facultativo. De la misma manera que la creación entera está ordenada a su Creador, la creatura espiritual está obligada a orientar espontáneamente su vida hacia Dios, verdad primera y bien soberano. Resulta así que el crecimiento humano constituye como un resumen de nuestros deberes. Más aun, esta armonía de la naturaleza, enriquecida por el esfuerzo personal y responsable, está llamada a superarse a sí misma. Por su inserción en el Cristo vivo, el hombre tiene el camino abierto hacia un progreso nuevo, hacia un humanismo trascendental, que le da su mayor plenitud; tal es la finalidad suprema del desarrollo personal.

Fernando Díaz del Castillo Z.

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[1] Pablo VI, Discurso en la apertura de la III Asamblea General del Sínodo de los Obispos (27 setiembre 1974): AAS 66 (1974), p. 562.

[2] Populorum progressio, 15

[3] Cf. ibíd., 2: l.c., 258; León XIII, Carta enc. Rerum novarum (15 mayo 1891): Leonis XIII P.M. Acta, XI, Romae 1892, 97-144; Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 8: l.c., 519-520; Id., Carta enc. Centesimus annus, 5: l.c., 799.

[4] Cf. Carta enc. Populorum progressio, 2. 13: l.c., 258. 263-264.

[5] Ibíd., 42: l.c., 278.

[6] Teilhard de Chardin, “The Divine Milieu”, An Essay on the Interior Life, Harper & Row, Publishers, New York , página 62 Th, de Ch. escribió “El Medio Divino” en 1927, mientras trabajaba como miembro de un equipo de paleotólogos en China. El escenario para la visión mística y profunda de Dios del P. Th de Ch era el mundo material en que se hallaba inmerso por su trabajo. Según Th. De Ch. el mundo mismo, como lo ven los ojos de la ciencia, es donde son más claras las obras de Dios. (Comentario en “Toward a Science Charged of Faith”, Chapter 5 of God and Science, by Charles P. Henderson, tomado de internet.

[7] El P. Th. De Ch. sostiene que las ciencias naturales validan las afirmaciones fundamentales de la fe cristiana. Afirma que la única manera de salvar a la ciencia de su autodestrucción es volver a poner a Dios en el centro, en el corazón de la ciencia. Los científicos ateos, en cambio, pretenden mantener a Dios lejos de la ciencia.

[8] Juan Pablo II, Laborem Exercens, Nº 9