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Reflexión 16 Jueves 25 de mayo 2006

Compendio de la D.S.I. Repaso Nº 30-33

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Actitud de reflexión

Antes de continuar con el estudio del Compendio de la D.S.I. dispongámonos para nuestro estudio en una actitud de reflexión, de meditación. Es importante tener presente que sólo el estudio de la D.S.I. no nos vuelve mejores si lo tomamos como el estudio de una teoría, sólo como una actividad intelectual. Nuestra actitud de meditación puede hacer que este ejercicio sea diferente al estudio de la filosofía, no sea igual al esfuerzo que se hace por memorizar un relato, o comprender una fórmula matemática, porque la materia que tratamos es más elevada: es sobre Dios y su relación con el hombre.

Pidamos al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen, que nos ayude a vivir la doctrina. Las reflexiones que hemos venido haciéndonos ayudan a conocer mejor a Dios, nuestro Creador y Padre, y nos conducen a mejorar nuestra relación con Él y con los demás. Nos animan a esforzarnos por vivir la vida de una manera nueva.

No nos quedemos sólo en el plano intelectual. No es suficiente conocer racionalmente la doctrina. San Ignacio de Loyola, al comenzar sus Ejercicios Espirituales advierte, que no el mucho saber harta y satisface el alma (ánima, en el lenguaje de la época), sino el sentir y gustar de las cosas internamente.[1] Que sea el Espíritu Santo quien nos enseñe cómo conseguir que la letra se convierta en el espíritu que vivifique nuestra acción.[2] Que podamos pasar de la simple comprensión racional, a sentir y gustar la doctrina internamente y a dar el salto a la acción, a la que nos lleve la fuerza del Espíritu Santo.

Volvamos unos pasos hacia atrás

Terminamos el estudio del tema Jesucristo, Cumplimiento del Designio del Amor del Padre. A este punto nos llevó el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, después de haber presentado a nuestra consideración, cómo Dios ha sido para el hombre un Dios cercano. Para comenzar nos recordó que el hombre ha buscado a Dios a través del tiempo, en todas las culturas. El hombre se ha preguntado siempre por qué existe, de dónde viene y para qué. Y en esa búsqueda, Dios le salió al camino, le ha hablado, primero a través de la creación misma, que en todo el esplendor de la naturaleza es un reflejo de la belleza, de la sabiduría, de la majestad y del amor de Dios. Y allá en la antigüedad de la historia, en medio de esa vida agitada de la región de Babilonia, hubo un hombre de fe, Abraham, a quien el Creador habló, y por su respuesta incondicional, mereció que Dios lo escogiera como cabeza de una inmensa familia, que llegaría a convertirse en el Pueblo escogido por Dios, sólo por amor. A ese pueblo, Dios lo liberó de la esclavitud a la que había sido reducido en Egipto y le ofreció una Alianza, le entregó un código de conducta básico, el Decálogo. Y veíamos la importancia que tienen los 10 Mandamientos, pues nos indican el camino que debemos seguir para que se hagan realidad los planes originales de Dios.

Dios, diseñador de la naturaleza humana

Vivir de acuerdo con el Decálogo, es vivir una vida verdaderamente humana, de acuerdo con el diseño del Creador. Es muy importante tener presente que, en el diseño del hombre que Dios Creador concibió, tuvo como modelo su propio ser, pues nos hizo a su imagen y semejanza. Este punto es fundamental para comprender la naturaleza humana. No es suficiente tener en cuenta sólo la naturaleza material, orgánica, biológica, del hombre, para comprenderlo completamente. Es indispensable considerar también su dimensión teológica, trascendente, es decir, su relación con Dios, que es la que lo hace verdaderamente grande, distinto de los demás seres creados en nuestro universo. Somos de la familia de Dios…[3]

Esta realidad se pasa muchas veces por alto, y por eso se toman decisiones equivocadas en la ciencias biológicas y médicas, como si se pudiera manipular la vida humana igual que la materia inerte, las plantas o los animales. La ciencia sola no puede abarcar al ser humano en su integridad, de manera completa. Se requiere acudir a la ciencia de Dios, a la teología, para comprender del todo nuestra naturaleza humana, que en alguna forma participa de la vida de Dios, que le insufló su espíritu. Él es el dueño, y como hemos visto, ama infinitamente su obra. Ahora la mano del hombre quiere intervenir y modificar sus planes, por ejemplo, con el uso abusivo de la ingeniería genética. Las generaciones futuras verán los resultados…

Según se acepte o no el papel de Dios en relación con el hombre, la vida humana es muy diferente: sin Dios el hombre es sólo producto de la química, del la física, de la biología y su existencia termina el día en que su organismo deje de funcionar; con Dios el hombre es trascendente; cuando su cuerpo se rinde al natural desgaste de la materia, comienza una vida nueva que no termina.

La verdad sobre el hombre, según los designios de Dios, la encontramos en Su Palabra, en la Escritura. La teología, como una herramienta, como una ciencia auxiliar, nos ayuda a comprender la Revelación, la Palabra de Dios.

Nos explicó el Compendio, que estamos lejos de la imagen original del hombre como Dios lo diseñó, porque el hombre quiso independizarse de Dios y seguir sus propios planes. Esa ruptura, llamada pecado original, explica la situación de desorden de la creación. Nos explica el Compendio en el Nº 27, que la ruptura de la relación de comunión con Dios provoca, por una parte la fractura de la unidad interior de la persona humana y por otra, también la ruptura de la relación armoniosa entre los hombres, – por eso vivimos en una sociedad desintegrada, – y debemos añadir que, la separación de Dios, el ignorarlo, llega hasta provocar en los hombres una negligencia que se convierte en irrespeto y aun agresividad con la misma naturaleza. Y nos quejamos de los huracanes, de las inundaciones, de los cambios de clima…

En esa ruptura con los planes de Dios, -que es el pecado original,- nos dice la Iglesia que se debe buscar la raíz más profunda de todos los males que acechan a las relaciones sociales entre las personas humanas, de todas las situaciones que en la vida económica y política  atentan contra la dignidad de la persona, contra la justicia y contra la solidaridad[4].

Y Dios se nos volvió a aparecer en el camino de la historia

Dios ama tanto al hombre, que a pesar de la ingratitud de la criatura con su Hacedor, no lo dejó a su suerte. Como el hijo pródigo que se fue y dilapidó su herencia, el ser humano siguió descarriado por el camino del pecado, pero Dios se nos volvió a aparecer en el camino oscuro de nuestra historia y para darnos a conocer el extremo al que llega su amor, se hizo como uno de nosotros: hombre, en la persona de Jesucristo.

En palabras del Compendio de la D.S.I., El Rostro de Dios, revelado progresivamente en la historia de salvación resplandece plenamente en el Rostro de Jesucristo Crucificado y Resucitado. La Encarnación del Hijo de Dios no sólo nos reveló en su plenitud cuánto nos ama el Señor, – que lo había ido revelando en su acción, – desde la creación del hombre y la mujer a su imagen y semejanza. Es importante que nos vayan quedando grabadas de manera indeleble, las muestras evidentes de cuánto nos ama Dios, para que jamás dudemos de Él ni de su misericordia y correspondamos con nuestra vida a ese amor. Nuestras palabras y nuestro comportamiento, parecieran expresar muchas veces sólo respeto a Dios, lo cual está bien; o manifestamos temor, pero no expresan todo el amor que le debemos. Pareciera que el respeto y el temor a Dios estuvieran más arraigados en nosotros que nuestro amor a Él.

Al llamar al hombre a la vida, gratuitamente, lo rodeó,  también gratuitamente, de la naturaleza rica y llena de belleza, y nos puso como cultivadores y guardianes de los bienes de la creación[5]. Pero no se quedó allí el amor de Dios; en Jesucristo se cumplió el evento decisivo de la historia de Dios con los hombres: Jesús manifestó tangiblemente y de modo definitivo quién es Dios y cómo se comporta con los hombres.[6]

Eran esas palabras del Compendio de la D.S.I. Veíamos que la Iglesia nos enseña en este libro, que Jesucristo, el Verbo, la Palabra, es la Expresión de Dios, Él nos dio a conocer algo maravilloso, inimaginable: el Misterio que, antes de su venida, sólo se vislumbraba en el Antiguo Testamento: nos dio a conocer que Dios es Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, realmente distintos y realmente uno, porque son comunión infinita de amor.

Sobre esta manifestación asombrosa del amor de Dios, hemos reflexionado antes. Esta consideración es fundamental para comprender las raíces de la Doctrina Social de Iglesia. Por eso esconveniente volver una vez más sobre ella.

El Hijo de Dios hecho hombre nos revela, hasta donde nuestro entendimiento tiene capacidad de entender,  algo del misterio de Dios en sí mismo, es decir, nos da a conocer algo de la vida íntima de Dios. El Verbo, la Palabra, es decir Jesucristo, nos dio a conocer cómo es Dios, al descubrirnos el misterio de la Trinidad; al darnos a conocer al Padre y al Espíritu Santo.

La Trinidad es una expresión de Amor

Al hablarnos del Padre, “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9), al enseñarnos a orar a su Padre, en el Padre Nuestro, nos reveló que la vida íntima de Dios es una relación de amor de las Tres Personas. Jesús vino a comunicarnos esa experiencia de su relación con el Padre y el Espíritu Santo, y nos enseñó que también nosotros estamos llamados, como hijos de Dios, criados a su imagen y semejanza, por una parte,  a una relación con la Trinidad y,  además,  por otra, a una vida de amor entre nosotros, en nuestra comunidad de hermanos, de familia, como hijos de Dios. No sólo entonces como imagen de Dios estamos llamados al amor fraterno, sino como hijos que somos de Dios.

Decíamos que el modo de vida de Dios, es decir la vida trinitaria de Dios que es Uno y Trino, es una expresión de vida de amor. Eso nos expresan los nombres mismos de la Trinidad que Jesús nos enseñó: los nombres de Padre y de Hijo, hablan por sí mismos de relación de Amor: amor de Padre, amor filial. La Escritura en el Antiguo Testamento nos había ido preparando para comprender el amor de Dios Padre. Por eso el salmista, por ejemplo en el Salmo 103 canta: Cual la ternura de un padre para con sus hijos, así de tierno es Yahvéh.

Recordábamos que cuando Jesús hablaba del Padre, nos revelaba que había una relación especial entre Dios Padre y Él. Jesús hablaba del Padre en forma cariñosa, tan familiar como cualquiera de nosotros habla de su papá, a quien ama y respeta; lo llamaba Abba, que es la forma cariñosa con que el niño judío llama a su papá; pero al mismo tiempo, Jesús nos revelaba que su relación con Dios Padre, era distinta a la de Dios Padre con nosotros. Él habló de ser ‘el’ Hijo, no de ser un hijo de Dios. [7] Eso en cuanto a los nombres del Padre y del Hijo, que nos indican que la vida de Dios es una vida de amorosa relación.

Repasemos también lo que nos enseña la Iglesia acerca del Espíritu Santo en la Vida Trinitaria. Nos dice la Iglesia que lo propio del Espíritu Santo es ser “comunión”, ser “amor”. Juan Pablo II nos enseñó en su encíclica Dominum et vivificantem, sobre el Espíritu Santo, que el Espíritu Santo es persona-amor. Amor es el nombre propio del Espíritu Santo. [8] Y añade que Dios, en su vida íntima ‘es amor´ (cf 1 Jn, 4, 8-16), amor esencial, común a las tres personas divinas. En esta misma Encíclica, el Papa Juan Pablo II afirma que el Espíritu Santo, como amor, es “el eterno don increado”, es decir que recibimos al Espíritu Santo, amor, que es un regalo. Y agrega que “el don del Espíritu’ significa una llamada a la amistad, en la que las trascendentales ‘profundidades de Dios’ están abiertas, en cierto modo, a la participación del hombre”[9]

De manera que, al darnos su amistad, Dios nos da la posibilidad de conocerlo y de vivir en cierto modo, su misma vida, una vida de amor. Sabemos que por el Bautismo nos es posible participar de la vida divina.[10] y [11]

Estas son las palabras de la Encíclica Dominum et vivificantem: En el marco de la ” Imagen y semejanza ” de Dios, ” el don del Espíritu ” significa, finalmente, una llamada a la amistad, en la que las trascendentales ” profundidades de Dios ” están abiertas, en cierto modo, a la participación del hombre. El Concilio Vaticano II enseña: “Dios invisible (cf. Col 1, 15; 1 Tim 1, 17) movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos (cf. Bar 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía.”

Vamos a añadir una enseñanza más, ésta de Benedicto XVI en la audiencia general del 15 de noviembre de 2006. Dedicó su catequesis el Papa a la presencia del Espíritu Santo en nosotros según San Pablo. La frase que vamos a leer sigue la misma línea de las enseñanzas de Juan Pablo II, que acabamos de ver. Dijo Benedicto XVI:

(…) el otro aspecto típico del Espíritu que nos enseña san Pablo es su conexión con el Amor. El Espíritu es aquella potencia interior que armoniza el corazón de los creyentes con el corazón de Cristo y los mueve a amar a los hermanos como los ama Él”. El fruto del Espíritu es por tanto: amor, alegría y paz.[12]

Ya tenemos suficientes elementos para comprender mejor por qué el Amor es tan importante en la vida del cristiano. Volvamos a leer el último párrafo del Nº 31 del Compendio de la D.S.I., porque sintetiza de la mejor manera posible nuestra reflexión sobre la Trinidad y lo que ella significa en nuestra relación con Dios y entre nosotros. Esto dice el Nº 31

Con las palabras y con las obras y, de forma plena y definitiva, con su muerte y resurrección,[13]Jesucristo revela a la humanidad que Dios es Padre y que todos estamos llamados por gracia a hacernos hijos suyos en el Espíritu (Cf Rm 8,15; Ga 4,6), y por tanto hermanos y hermanas entre nosotros. Por esta razón la Iglesia cree firmemente “que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro”.

Estas últimas palabras están tomadas de la Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II, al final de la exposición preliminar, que trata sobre la “Situación del Hombre en el Mundo de Hoy” y nos dice que nos habla, el Concilio, Bajo la luz de Cristo, imagen de Dios invisible (…) para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar en el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra época.[14]

La lógica del Amor cristiano

Vamos a seguir ahora nuestro estudio con el repaso del Nº 32 del Compendio, que estudiamos ya. Leámoslo de nuevo, dice así:

Contemplando la gratuidad y la sobreabundancia del don divino del Hijo por parte del Padre, que Jesús ha enseñado y atestiguado  ofreciendo su vida por nosotros, el Apóstol Juan capta el sentido profundo y la consecuencia más lógica de esta ofrenda:

Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud (1 Jn 4, 11-12)

De manera que el Padre nos hizo el regalo nada menos que del Hijo. Y fue un don de verdad, no de palabras. Un don que el Hijo tomó tan en serio, que entregó su vida por nosotros. Él mismo lo dijo: “No hay mayor amor que dar la vida”. No fue un regalo de palabra solamente, nos dio su vida.

Reflexionábamos antes, que es bueno ahondar en la conclusión que saca San Juan, del hecho de que Dios nos haya amado de tal manera, que entregó por nosotros a su Hijo. Porque uno esperaría que la conclusión del Evangelista fuera que, si Dios nos amó hasta el extremo de darnos el don de su Hijo, nosotros debemos corresponder a Dios con nuestro amor, amándolo también hasta el extremo. Pero la conclusión de San Juan es que si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos  amarnos unos a otros.

Es que la conclusión que esperaríamos como lógica, es la de la lógica puramente humana. Amor con amor se paga, decimos; sin embargo, las exigencias del Evangelio son distintas; de acuerdo con el Nuevo Testamento cuando uno ama a su prójimo, ama a Dios. El amor a Dios y el amor al prójimo, según el Evangelio no son dos sino uno solo. Lo que uno hace a su prójimo lo hace a Cristo, como encontramos en Mt 25, 40s y San Juan nos advierte, en 1 Jn 4, 20, que la prueba de que amamos a Dios es nuestro amor al prójimo, a nuestro hermano.[15]

El amor entre nosotros es una exigencia de Jesús

Nos explica a continuación el Compendio, que el amor entre nosotros es una exigencia de Jesús. Él definió el amor como un mandamiento nuevo y suyo. En Juan 13,34 se explica cuál es el mandamiento nuevo con estas palabras: como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros. En nuestra reflexión sobre el significado de los 10 Mandamientos, vimos que, vivir de acuerdo con ellos, es el modo de hacer realidad los planes de Dios sobre el hombre. Es tan profundo esto de los planes de Dios con nosotros…El Compendio nos enseña que, la práctica del mandamiento del amor de hermanos, traza el camino  para vivir en Cristo la vida trinitaria en la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y transformar con Él la historia  hasta su plenitud en la Jerusalén celeste.

En otras palabras: la manera de vivir nosotros en la tierra,  una vida como la vida de la Trinidad, que es vida de Amor, mientras llegamos a vivir la vida con Dios, plenamente, en el cielo,  es amándonos unos a otros como Jesús nos amó a nosotros. Ese es el modelo de vida. Nuestra vida será como la vida de Dios, en la Trinidad, si amamos a nuestros hermanos. Eso sí transformaría el mundo. Sería como vivir en el cielo. ¿No sería grandioso vivir plenamente el Evangelio?

Pero, en la práctica, en qué consiste este amor que transformaría el mundo? Lo meditamos en el Nº 33, que nos explica lo que significa el amor al que estamos llamados. Recordemos lo que veíamos en la reflexión pasada:

La ley del amor es la esencia de la ética cristiana

Nos dice el Compendio que el mandamiento del amor recíproco, constituye la ley de vida del pueblo de Dios. De manera que la ley del amor es la esencia de la ética cristiana, y su práctica debe distinguir al pueblo de Dios.[16] En el Pueblo de Dios tenemos una ley de vida, una ley fundamental: que es la ley del amor. Eso quiere decir, que la ley del amor recíproco debe inspirar, purificar y elevar todas las relaciones humanas en la vida social y política, nos explica la Iglesia. No sólo en nuestra vida privada debe guiarnos la ley del amor, sino también en la vida social y política.

¿Tarea difícil? Sí, no hay duda. Sabemos que el amor cristiano no es simplemente un amor sensible, romántico, para practicar a ratos. Habíamos comentado que un escriturista, el jesuita P. John L. Mckenzie, dice que la exigencia del amor cristiano es tan grande, que esta clase de amor solamente la llegamos a conocer por la revelación, y se aventura a afirmar que es un amor que sólo el cristiano es capaz de practicar.[17] Y no olvidemos que la caridad, el amor cristiano, es una de las tres virtudes divinas (teologales), que Dios nos da junto con la fe y la esperanza.[18]

Si queremos una descripción autorizada del amor cristiano, leamos la que nos ofrece San Pablo en su primera carta a los Corintios, en el capítulo 13, especialmente en los vv. 4-8. Si nos queremos examinar en la práctica del amor cristiano en nuestras relaciones, hagámoslo contrastando nuestro comportamiento, con la caridad descrita por San Pablo. Sin duda es muy exigente, pero nunca olvidemos que el cristiano tiene, a través de los sacramentos, la ayuda del Espíritu Santo que es fuerza. Solos no podemos, pero no vivimos solos, no actuamos solos.

El hombre está llamado a existir «para» los demás, a convertirse en un don (Juan Pablo II)

Enla reflexión anterior nos detuvimos también en la Carta Apostólica Mulieris Dignitatem, sobre la dignidad de la mujer, en la cual Juan Pablo II, además de explicar bellísimamente el amor de los esposos, que aparece en el libro del Génesis como preludio de la autorrevelación de Dios, Uno y Trino: unidad viviente en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en palabras del Papa-,[19] también añade que la unión a la que el hombre y la mujer están llamados, no se refiere sólo a la unión en el matrimonio. Volvamos a este texto que nos ayuda mucho a comprender el amor cristiano. Dice así:

Esta verdad concierne también a la historia de la salvación. A este respecto es particularmente significativa una afirmación del Concilio Vaticano II. En el capítulo sobre la «comunidad de los hombres», de la Constitución pastoral Gaudium et spes, leemos: «El Señor, cuando ruega al Padre que “todos sean uno, como nosotros también somos uno” (Jn 17, 21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». (26)

Estas últimas palabras no las podemos ignorar; que “todos sean uno, como nosotros también somos uno, dice Juan Pablo II: no podemos encontrar nuestra plenitud si no es en la entrega sincera de nosotros mismos a los demás.[20]

Y poco más adelante añade Juan Pablo II:

Decir que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios quiere decir también que el hombre está llamado a existir «para» los demás, a convertirse en un don.

Esto es doctrina católica, es lo que creemos y sobre lo que debemos fundar nuestro comportamiento, nuestra vida.

Era muy importante releer, degustar otra vez esta doctrina fundamental. En la próxima reflexión, si Dios quiere, continuaremos con los Nº 33 y 34.

Fernando Díaz del Castillo Z.

Escríbanos a: reflexionesdsi@gmail.com


[1] Ejercicios Espirituales, 2

[2] Véase lo que el Cardenal Ratzinger dice sobre la teología como ocupación intelectual en Sal de la Tierra, Edición Palabra, Madrid, 5ª edición, Pg. 14

[3] Cfr. Cuestiones actuales de Cristología y Eclesiología, en la Pg. 273 y Pg. 275. Cita allí Dominum et vivificanten a este respecto: Imagen y semejanza (…) significa no sólo racionalidad y libertad como propiedades constitutivas de la naturaleza humana, sino además, desde el principio, capacidad de una relación personal con Dios ‘yo’ y ‘tú’ y, consiguiente capacidad de alianzaque tendrá lugar con la comunicación salvífica de Dios al hombre…

[4] Compendio Nº 27, Gaudium et Spes Nº 13

[5] Compendio Nº 26

[6] Ibidem Nº 28

[7]Cfr. Ratzinger, Dios y el Mundo, Pg. 250

[8] Cfr. Cuestiones Actuales de Cristología y Eclesiología, , Pg. 272. Dice el autor, citando a Sto. Tomás: En sentido esencial, el de amor es nombre común a las tres divinas personas, pero “si se toma personalmente, es nombre propio del Espíritu Santo” St. Th. I q. 37, a.1 in corpore

[9]Ibidem Pg. 273. Cita allí el Nº 34 de la encíclica Dominum et vivificantem

[10]La Escritura dice que nacemos de Dios (Jn 1,13), que somos reengendrados (Jn 3,5; i Pe 1,3.23; Sant 1,18); que somos hijos, lo que supone una cierta participación de la naturaleza del Padre (Gal 3,26; 4,6s, etc). Cfr La Sagrada Escritura, Nuevo Testamento III, BAC 214, Pg. 307

[11] Copio aquí el texto completo del Nº 10 de la encíclica Dominum et vivificantem, de mayo 18, 1986, Fiesta de Pentecostés: Dios, en su vida íntima, ” es amor “, amor esencial, común a las tres Personas divinas. El Espíritu Santo es amor personal como Espíritu del Padre y del Hijo. Por esto ” sondea hasta las profundidades de Dios “, como Amor-don increado. Puede decirse que en el Espíritu Santo la vida íntima de Dios uno y trino se hace enteramente don, intercambio del amor recíproco entre las Personas divinas, y que por el Espíritu Santo Dios ” existe ” como don. El Espíritu Santo es pues la expresión personal de esta donación, de este ser-amor. Es Persona-amor. Es Persona-don.

Tenemos aquí una riqueza insondable de la realidad y una profundización inefable del concepto de persona en Dios, que solamente conocemos por la Revelación. Al mismo tiempo, el Espíritu Santo, consubstancial al Padre y al Hijo en la divinidad, es amor y don (increado) del que deriva como de una fuente (fons vivus) toda dádiva a las criaturas (don creado): la donación de la existencia a todas las cosas mediante la creación; la donación de la gracia a los hombres mediante toda la economía de la salvación. como escribe el apóstol Pablo: ” El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”.

[12]Versiónd Radio Vaticano en su página en internet.

[13] Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Dei Verbum, 4

[14]Gaudium et Spes, últimas líneas del Nº 10

[15] Cfr. John L. McKenzie, opus cit., Pg. 230

[16]Hech 2, 42-46

[17] Opus cit., Pg. 229

[18] Cfr. Reflexión anterior, cita del Cardenal Martini en Las Tres Virtudes del Cristiano que vigila

[19]Cfr. Mulieris dignitatis, Nº 7 y reflexión anterior

[20]Parece, según esto, que sólo es posible llegar a la “plenitud” de la humanidad, como Dios la “ideó”, en la relación de amor con los demás.El amor a los hermanos tiene que ser entonces nuestro ideal en la tierra, para algún día gozar de la vida divina en el cielo.