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Reflexión 169 – Caritas in veritate (7)

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Sentido y fundamentos teológicos de Caritas in veritate

La introducción tiene 9 números y en ellos el Santo Padre explica el sentido  y pone los fundamentos teológicos de esta encíclica social que contribuye  a ofrecer, desde la fe, una respuesta a la crisis económica y social por la que atraviesa el mundo.

Repasemos las enseñanzas que nos ofrece el N° 2:

Nos enseña Benedicto XVI que la caridad es el criterio supremo y universal de toda la ética social. La caridad se presenta no sólo como la principal virtud cristiana, sino como un principio, como el criterio y norma más importante de la ética social.

Tengamos presente que la ética social trata de los comportamientos de los individuos, que tienen consecuencias importantes en la sociedad; así, el que una sociedad sea justa o no, se funda en las decisiones y comportamientos de personas individuales. Nuestro voto, por ejemplo, es una decisión individual que puede tener graves consecuencias en la sociedad. Los corruptos se abren paso al congreso de la república gracias a decisiones individuales de quienes votan por ellos, sin tener en cuenta el bien o el mal de la sociedad, sino su beneficio particular. Esos congresistas corruptos serán legisladores de la república. ¿De ellos se pueden esperar leyes que se funden en la caridad, en la verdad y en la justicia?

 

Principios pemanentes de la Doctrina Social de la Iglesia: expresión de la verdad íntegra sobre el hombre

Para comprender el alcance de la afirmación de que el amor, la caridad, es el principio y criterio supremo y universal de la ética social, tengamos en cuenta cuáles son los principios de la doctrina social católica.

 En los números 160 a 208 el Compendio de la DSI presenta los principios permanentes de la doctrina social; de ellos dice que son expresión de la verdad íntegra sobre el hombre conocida a través de la razón y de la fe. No son unos principios generales, abstractos, basados  sólo en la filosofía, sino que brotan « del encuentro del ser humano real, con el mensaje evangélico y (…) sus exigencias —comprendidas en el Mandamiento supremo del amor a Dios y al prójimo y en la Justicia— con los problemas que surgen en la vida de la sociedad»[1].

Nos enseña el Compendio de la DS, que  La Iglesia, en el curso de la historia y a la luz del Espíritu, reflexionando sabiamente sobre la propia tradición de fe, ha podido dar a tales principios permanentes de la doctrina social una fundación y configuración cada vez más exactas, clarificándolos progresivamente, en el esfuerzo de responder con coherencia a las exigencias de los tiempos y a los continuos desarrollos de la vida social.

Los cinco principios permanentes de la DSI

El Compendio nombra primero al principio de la dignidad de la persona humana. La DSI se basa en la persona, en su dignidad, por ser creada a imagen y semejanza de Dios. En éste encuentra su fundamento cualquier otro principio y contenido de la DSI.

El segundo principio es el del bien común. Benedicto XVI trata el del bien común desde la introducción, en el N° 7. El principio del bien común se refiere a la exigencia que tenemos de buscar  de manera constante también el bien de los demás, el bien de todos, y no sólo el bien propio.

El tercer principio de la DSI es el destino universal de los bienes y el derecho a la propiedad privada, que como nos enseña el Concilio Vaticano II en la constitución pastoral Gaudium et spes, (69), consiste en que Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajola égida (la protección) de la justicia y con la compañía de la caridad. La propiedad privada, por otra parte, asegura a cada cual una zona propia, necesaria para la autonomía personal y social y se considera una extensión del derecho a la libertad.[2]

En el principio del destino universal de los bienes y la propiedad privada se unen la  caridad, – el amor, como criterio supremo y universal de toda la ética social y la justicia como protección de la equidad.

El cuarto principio de la DSI es el de subsidiaridad. Este principio protege a las personas e instituciones, del monopolio de la iniciativa de parte de las instituciones de orden superior, de las formas de exagerada centralización, de burocratización y de la presencia injustificada del estado y del aparato público.[3] Se refiere el principio de subsidiaridad a que  la autoridad debe resolver los asuntos en las instancias más cercanas a los interesados. Por tanto, la autoridad central asume una función sólo de manera subsidiaria, – de reemplazo, – cuando  por alguna razón esa función no la pueda asumir de modo eficiente la instancia más inmediata.

Veamos dos ejemplos: la educación de los hijos es un deber y un derecho de los padres de familia; cuando los padres no están en capacidad de hacerlo, les ayuda, los subsidia, el estado. En el caso de los servicios públicos, el estado subsidia a los ciudadanos cuando no pueden pagarlos. Pero el Estado no debe reemplazar a los ciudadanos, si ellos pueden cumplir directamente con su obligación.

El deber de participación ciudadana

Una consecuencia del principio de subsidiaridad es el deber de participación ciudadana. No nos podemos desentender del manejo de los intereses de la comunidad y esperar que todo lo haga el “papá” estado. Este no es sólo un deber cívico, considerado en la Constitución política,[4] sino un principio de la DSI. No enseña la Iglesia que

La participación en la vida comunitaria no es solamente una de las mayores aspiraciones del ciudadano, llamado a ejercitar libre y responsablemente el propio papel cívico con y para los demás, sino también uno de los pilares de todos los ordenamientos democráticos,[5] además de una de las mejores garantías de permanencia de la democracia. El gobierno democrático, en efecto, se define a partir de la atribución, por parte del pueblo, de poderes y funciones, que deben ejercitarse en su nombre, por su cuenta y a su favor; es evidente, pues, que toda democracia debe ser participativa.[6] Lo cual comporta que los diversos sujetos de la comunidad civil, en cualquiera de sus niveles, sean informados, escuchados e implicados en el ejercicio de las funciones que ésta desarrolla (Compendio 189-191).

El quinto principio permanente de la DSI es el de la solidaridad. Este principio, que adquiere una clara importancia en la situación actual de crisis económica  y de desastres naturales en nuestros países vecinos, lo hemos tratado ya, especialmente cuando estudiamos la encíclica Sollicitudo rei socialis, de Juan Pablo II, quien centró esa encíclica en la solidaridad, a la que presentó no sólo como una actitud civil, ética, sino como virtud cristiana, pues el cristiano entiende la solidaridad como una actitud permanente hacia los demás seres humanos, como a miembros de su propia familia, hijos del mismo Padre celestial y redimidos por su Hijo unigénito, Jesucristo. 

La solidaridad no se puede dejar solo en manos del estado

Benedicto XVI ha vuelto a tomar en Caritas in veritate, el deber y derecho de la participación en la comunidad civil, y el principio de solidaridad. Una consecuencia de la interdependencia de las naciones en el mundo globalizado, es que hace indispensable la solidaridad. Lo que ocurre a un pueblo afecta en mayor o menor grado a los demás.

En el capítulo tercero de Caritas in veritate, Benedicto XVI trata sobre Fraternidad, Desarrollo Económico y Sociedad Civil y dice que La solidaridad consiste en primer lugar en que todos se sientan responsables de todos; por lo tanto no se la puede dejar solamente en manos del Estado. Benedicto XVI adhiere así a la definición que de solidaridad, nos ofreció Juan Pablo II en Sollicitudo rei socialis en el N° 38. Nos dice allí que

La solidaridad es también una verdadera y propia virtud moral, no « un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos ». La solidaridad se eleva al rango de virtud social fundamental, ya que se coloca en la dimensión de la justicia, virtud orientada por excelencia al bien común, y en « la entrega por el bien del prójimo, que está dispuesto a “perderse”, en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, y a “servirlo” en lugar de oprimirlo para el propio provecho (cf. Mt 10,40-42; 20, 25; Mc 10,42-45; Lc 22,25-27) ».[7]

 

Todos los principios de la DSI presuponen la caridad

 

Hemos aprendido en estas reflexiones sobre la DSI en Caritas in veritate, la estrecha relación de la caridad con la verdad, la justicia y la libertad y acabamos de ver que los principios permanentes de la DSI presuponen todos, la caridad, el amor, para que no sean letra muerta; y una caridad actuante, no sólo de palabra.

Esto lo hemos entendido mejor con la explicación de que la caridad da forma, articula entre sí, a las demás virtudes. Sin la caridad todo se convierte en palabrería sin substancia o mejor, sin verdad.

Como la caridad es indispensable para articular toda nuestra vida, aprendimos que son necesarias la caridad social y  la caridad política, como lo leímos en el N° 207 del Compendio de la DSI, donde nos dice que para edificar la paz, en el contexto de un mundo cada vez más complejo

es necesario que se muestre la caridad no sólo como inspiradora de la acción individual, sino también como fuerza capaz de suscitar vías nuevas para afrontar los problemas del mundo de hoy y para renovar profundamente desde su interior las estructuras, organizaciones sociales y ordenamientos jurídicos.

Recordamos así que, la DSI tiene qué decir en la política, ante la necesidad de renovar profundamente desde su interior las estructuras, organizaciones sociales y ordenamientos jurídicos y esto hay que hacerlo desde la política.

A todos estos principios les da forma, el principio y criterio supremo y universal de la ética social, que es la caridad, el amor. Sin amor no se ve cómo se pueden volver principios vivos, actuantes. Su práctica nos va a exigir siempre el amor, que depone toda clase de egoísmos.    

El amor, hace creíble la fe que decimos profesar

 

Repasemos otros asuntos muy importantes que hemos aprendido en Caritas in veritate:

- Nos explica Benedicto XVI que el Amor es el más grande regalo que nos ha hecho Dios. Él nos ama con amor infinito, como se demuestra al crearnos a su imagen y semejanza, y nos dotó de la capacidad de amar y de ser amados. No hay nada más grande.

- También nos ha quedado claro, que la práctica de la caridad, del amor, hace creíble la fe que decimos profesar. No hay mejor testimonio de nuestra fe, que la práctica de la caridad en la verdad. Si amamos en la verdad, – es decir, de verdad, hay coherencia entre nuestras creencias y nuestra vida.

-Comprendimos también ya, a qué se refiere el término de la “economía” de la caridad: que es la manera como Dios entiende que debe ser la práctica del amor, en el plan de Dios para la humanidad. La historia de la salvación es la historia del amor misericordioso de Dios; Jesucristo en su predicación, y especialmente con su vida, nos enseñó cómo debemos amar, y cumplir su mandamiento nuevo, por cuya práctica el mundo reconocerá a sus seguidores. Esa es la caridad que debemos practicar como cristianos, un amor capaz de comprometerse, de entregarse, como el amor de Dios, expresado en la creación y la encarnación, la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo; no una caridad reducida a sentimentalismos y apenas expresada en palabras.

- El Papa nos dice que en la práctica de la caridad se debe expresar la verdad, y añade que a su vez, se ha de entender, valorar y practicar la caridad a la luz de la verdad. Quizás nos ayude a comprender qué es el amor sin verdad, el beso de Judas. En estas explicaciones el Papa, como profundo teólogo, integra la fe y la razón.

Continuemos con la lectura de la encíclica Caritas in veritate, que nos amplia estas maravillosas ideas de la DSI.

 

El número 3 de Caritas in veritate

 

En el N° 2 el Santo Padre nos había advertido de las desviaciones y la pérdida de sentido que ha sufrido y sufre la caridad (…). De aquí la necesidad de unir no sólo la caridad con la verdad (…) tanto en el sentido de verdad en la caridad, como en el sentido complementario de caridad en la verdad. Termina el número 2 Benedicto XVI, afirmando que esto no es algo de poca importancia hoy, en un contexto social y cultural, que con frecuencia relativiza la verdad, bien desentendiéndose de ella, bien rechazándola. Cada día parece que se da menos importancia a la verdad.

Leamos ahora  el N° 3:

Por esta estrecha relación con la verdad, se puede reconocer a la caridad como expresión auténtica de humanidad / y como elemento de importancia fundamental en las relaciones humanas, también las de carácter público. Sólo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente. La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad. Esta luz es simultáneamente la de la razón y la de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la verdad natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su significado de entrega, acogida y comunión. Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor / en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario. La verdad libera a la caridad / de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal. En la verdad, la caridad refleja la dimensión personal y al mismo tiempo pública de la fe en el Dios bíblico, que es a la vez «Agapé» y «Lógos»: Caridad y Verdad, Amor y Palabra.

La caridad practicada de verdad, una expresión auténtica de humanidad, fundamental en las relaciones humanas

La caridad practicada de verdad, es una expresión auténtica de humanidad y es fundamental en las relaciones humanas tanto privadas, personales, como públicas. Hoy se habla mucho de humanidad, de derechos humanos, pero a veces son palabras, que esconden tras su fachada un mero sentimentalismo o un envoltorio vacío / que se rellena arbitrariamente, en palabras de Benedicto XVI.

Se presentan algunos como defensores de los derechos humanos, cuando en realidad buscan con sus palabras que se abra el camino a sus propósitos políticos, ideológicos, que están lejos de la práctica de los derechos humanos. Esa es una caridad sin verdad, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario.

La verdad libera a la caridad de una emotividad estrecha, egoísta si no se  tienen en cuenta las relaciones con los demás. El amor verdadero tiene un horizonte universal, no estrecho y limitado sólo a los intereses personales.

 

El amor en la fe y en la razón

 

La caridad, acompañada de la verdad, está libre de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal. Es que detrás de las palabras caridad, amor, si no son amor, caridad, en la verdad, se pueden esconder falacias, engaños. La verdad, la razón y la fe se apoyan entre sí. El amor cabe en la fe y en la razón; lo aceptamos los creyentes en Dios Amor y los no creyentes tienen también la capacidad de amar. Hay no creyentes que se sacrifican por los demás. Es que el amor tiene un horizonte humano y universal, nos dice el Papa.

El fideísmo es una tendencia o un movimiento, que limita el poder de la razón en el conocimiento de las verdades de orden moral y religioso. El Papa parece decirnos que, si el amor es una exigencia de la fe[8], por la que creemos en Jesucristo, que nos pide lo encontremos en nuestros hermanos que necesitan nuestra ayuda, también la razón nos puede conducir a entender la necesidad de un amor universal.

Las palabras de Benedicto XVI son una invitación a que ahondemos en el conocimiento de nuestra fe, cuando dice que el Dios bíblico en el que creemos es a la vez «Agapé» y «Lógos», es decir Amor (eso significa agapé) y Lógos, que significa Verdad y también Palabra.

Estos conceptos: amor o agapé, verdad o logos o palabra, razón, verdad, todos aplicables a Dios, son un indicio de la infinitud de Dios que no alcanzamos a abarcar y nos indican que en nuestra propia vida tenemos que tender a integrarlos, para en alguna forma conseguir obrar como imágenes de Dios. Nuestra vida tiene que expresar la verdad y el amor que sintetizan lo que es Dios.

 

El amor  ve lo que permanece inaccesible para la razón

 

En su catequesis del miércoles 17 de marzo de 2010, al comparar la teología de Santo Tomás de Aquino y la de San Buenaventura, explicaba Benedicto XVI, que el pensamiento de Santo Tomás sigue más la línea de la razón, de la búsqueda de la verdad; el ser humano quiere por medio de la teología, conocer a Dios cada vez más y luego actuar según Dios. Según San Buenaventura el camino es inverso: quien ama quiere conocer más y mejor al amado. La acción es una respuesta al amor.

Santo Tomás sigue más la línea de la razón, San Buenaventura la línea del afecto, pero los dos se encuentran.

Santo Tomás y San Buenaventura definen de modo distinto el destino último del hombre, su felicidad plena: para santo Tomás el fin supremo, al que se dirige nuestro deseo, es ver a Dios. En este sencillo acto de ver a Dios encuentran solución todos los problemas: somos felices, no necesitamos nada más.

Para san Buenaventura el destino último del hombre es en cambio: amar a Dios, el encuentro y la unión de su amor y del nuestro. Ésta es para él la definición más adecuada de nuestra felicidad.

El amor y la verdad, si son genuinos, se encuentran. Recordemos la frase que se atribuye a Blas Pascal El corazón tiene razones que la razón no comprende. En esa misma catequesis, explica Benedicto XVI que para San Agustín, la última categoría del conocimiento es ver con la razón y el corazón, pero San Buenaventura encontró en Dionisio, un teólogo sirio del siglo VI, una visión que le pareció más importante:

en la subida hacia Dios se puede llegar a un punto en que la razón ya no ve más. Pero en la noche del intelecto  el amor ve aún – ve lo que permanece inaccesible para la razón. El amor se extiende más allá de la razón, ve más, entra más profundamente en el misterio de Dios.

Fernando Díaz del Castillo Z.

 

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[1] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis conscientia, 72: AAS 79 (1987) 585

[2] Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 71; León XIII Rerum novarum, 103-104; Pío XII, Radiomensaje por el 50°  aniversario de Rerum novarum, AAS 33 (1941) 199; Id., Radiomensaje de Navidad (24 dic. 1942): AAS 35 (1943) 17; Radiomensaje (1 sept. 1944): AAS 36 (1944); Juan XXIII, Carta enc. Mater et magistra: AAS 53 (1961) 428s

[3] Cfr Compendio de la DSI, N° 185ss

[4] En la Constitución colombiana Cfr Art. 2, 79, 49, 45, 342

[5] Cf Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris, 278

[6] Cf Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 46

[7] Cfr Compendio de la DSI, 193

[8] Cfr Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2005, Pg.176s