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Reflexión 157 – Juan Pablo II y Desarrollo Integral (4)

 

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Populorum progressio en tres palabras

Hemos estado estudiando el pensamiento de Juan Pablo II sobre el desarrollo integral, como aparece en su primera encíclica, la  Redemptor hominis, Redentor del hombre, y de manera particular en Solicitudo rei socialis, La preocupación social de la Iglesia, escrita ésta para conmemorar los 20 años de la encíclica Populorum progressio, de Pablo VI, sobre el Desarrollo de los pueblos.

A quienes deseen revisar la encíclica Populorum progressio, los invito a repasar las reflexiones del número 108 al 117. Recordemos solamente que la encíclica Populorum progressio se puede resumir en tres palabras, que son: urgencia, acción y solidaridad. Las tres palabras se refieren a un desarrollo económico integral y solidario, que se requiere con urgencia y que hay que buscarlo de manera activa y solidaria: es urgente y requiere acción de todos, es decir que debe ser solidaria. También es esencial en la doctrina de Populorum progressio sobre el desarrollo, que éste debe ser integral, es decir que debe darse en la persona humana completa, no sólo en lo material, sino teniendo en cuenta su ser trascendente; el destino de la persona humana es la eternidad, su casa en la tierra es sólo temporal, de manera que no es conveniente buscar un desarrollo que caduque.

Una mirada global a Sollicitudo rei socialis

 

Hoy vamos a tratar de dar una mirada global a la encíclica Sollicitudo rei socialis, la Preocupación social de la Iglesia, de Juan Pablo II para que nos quede clara la orientación, el fin de la encíclica y sus partes más importantes.[1] 

El contexto histórico de Sollicitudo rei socialis nos lo ofrece la encíclica misma de los números 1-4.

Juan Pablo II empieza por explicar en la introducción, que su encíclica tiene dos objetivos: conmemorar el 20° aniversario de Populorum progressio y afirmar la continuidad y al mismo tiempo la renovación de la D.S.I., con lo cual se destaca su perenne validez.

 

El contenido de Sollicitudo rei socialis lo explica Juan Pablo II, anotando que el mundo, que vive en perpetua aceleración, ha sufrido notables cambios desde Populorum progressio y por eso es necesario continuar la reflexión sobre la dimensión moral del desarrollo y el alcance mundial de sus problemas.  Los continuos cambios en el mundo, con nuevos problemas, hacen necesaria una nueva reflexión sobre la dimensión moral, ética, de los problemas del desarrollo.

 

En la D.S.I. no se aborda el desarrollo desde el punto de vista económico, técnico, sino desde la fe y la ética. La situación del mundo hace necesario relanzar los valores fundamentales, sin los cuales no se puede conseguir un verdadero desarrollo humano.

 

El asunto del desarrollo, un verdadero desarrollo humano, era preocupación de Juan Pablo II desde el comienzo de su pontificado, como se puede apreciar en su primera encíclica, la Redemptor hominis. Y desde 1981, Juan Pablo II en varias oportunidades se manifestó en favor de la paz y de los derechos humanos. Muchas de esas ideas sobre la paz y los derechos humanos, forman parte, de manera organizada, de la encíclica Sollicitudo rei socialis, y así como en Redemptor hominis expuso su pensamiento sobre el desarrollo, en otras oportunidades lo hizo sobre la solidaridad.

 

La solidaridad mensaje central de Sollicitudo rei socialis

 

La llamada a la solidaridad es el mensaje central de Sollicitudo rei socialis. Desarrollo y solidaridad deben ir juntos.  Desarrollo solidario, porque, para que llegue a todos, se necesita el esfuerzo conjunto de toda la humanidad. Veamos algunos ejemplos del permanente interés de Juan Pablo II por la solidaridad. 

 

En el mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial de la Paz, el 1 de enero de 1987, en el N° 7 relacionó así Juan Pablo II los conceptos de desarrollo y solidaridad, claves para el logro de la paz:

 

…en el contexto de una verdadera solidaridad  no existe el peligro de explotación o de mal uso de los programas de desarrollo en beneficio de unos pocos. Por el contrario, el desarrollo viene a ser (…) un proceso que compromete a los diversos miembros de la familia humana, enriqueciéndolos a todos. Dado que la solidaridad nos da la base ética para actuar adecuadamente, el desarrollo se convierte en una oferta que el hermano hace al hermano, de tal manera que ambos puedan vivir plenamente dentro de aquella diversidad y complementariedad que son señal de garantía de una civilización humana.

 

 

Juan Pablo II en Chile

 

 

El tema de la solidaridad ocupa también un lugar privilegiado en los discursos de Juan Pablo II, el llamado Peregrino de la Paz, especialmente en sus viajes por nuestros países de América Latina. Unos pocos ejemplos:

 

En su viaje a Chile en 1987, Juan Pablo II presentó a la Iglesia como Madre solícita, solidaria; a los habitantes de la zona sur de Santiago les dijo:

 

Contad siempre con esta solicitud maternal de la Iglesia que se conmueve ante vuestras necesidades, por vuestra pobreza, por la falta de trabajo, por las insuficiencias en educación, salud, vivienda, por el desinterés de quienes, pudiendo ayudaros, no lo hacen; ella se solidariza con vosotros cuando os ve padecer hambre, frío, abandono. ¿Qué madre no se conmueve al ver sufrir a sus hijos, sobre todo, cuando la causa es la injusticia? ¿Quién podría criticar esta actitud? ¿Quién podría interpretarla mal?

 

En ese mismo discurso en Santiago de Chile, el Santo Padre apoya las manifestaciones de solidaridad en las organizaciones comunitarias con estas palabras:

 

…aquellas formas de organización popular que buscan mejorar el nivel de vida de los pobladores de los barrios: las asociaciones vecinales, los talleres laborales, los grupos de vivienda, los grupos de salud, de apoyo escolar, las ollas familiares, los comedores infantiles, los clubes juveniles y deportivos, los grupos de folclore y, en fin tantas manifestaciones de aquella solidaridad que debe caracterizar el noble empeño por la justicia.

 

Vemos que Juan Pablo II no habla de una solidaridad abstracta, teórica o sólo de palabras, sino de una solidaridad que podemos practicar todos en nuestro medio, por ejemplo en las Juntas de Acción Comunal, por nombrar algo que conocemos todos.

 

 

La solidaridad no es un sentimiento superficial

 

 

En el N° 38 de Sollicitudo socialis aclara el concepto de solidaridad cuando dice que no es un sentimiento superficial, sino que por el contrario, es una determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, por el bien de todos y cada uno.

 

Al mundo de la cultura lo exhortó, en la Universidad Católica, también en Santiago de Chile, a trabajar por la solidaridad, con estas palabras:

 

Vosotros, como elementos activos en la conciencia de la nación y compartiendo la responsabilidad de su futuro, debéis haceros cargo de las necesidades que toda la comunidad nacional ha de afrontar hoy. Os invito (…) a todos, hombres de cultura, constructores de la sociedad, a ensanchar y consolidar una corriente de solidaridad que contribuya a asegurar el bien común: el pan, el techo, la salud, la dignidad. El respeto a todos los habitantes de Chile, prestando oído a las necesidades de los que sufren.

 

 

Juan Pablo II también en Colombia

 

 

En su visita a Colombia, en 1986, Juan Pablo II habló de la necesidad y el significado de la solidaridad. En su mensaje del 5 de julio, en el estadio Atanasio Girardot, en la ciudad de Medellín, en su encuentro con sacerdotes y laicos comprometidos de parroquias pobres y obreras y delegaciones de los barrios populares, en representación de “sectores del país en los que se vive una particular situación de pobreza y marginación”  el Santo Padre se dirigió a todos nosotros.[2] Es muy profundo y bello este mensaje, en el que la solidaridad se trata de modo particular; vamos a leer algunos párrafos:

 

Compartir con los que nada o poco tienen

 

 

(…) la Iglesia, en su enseñanza social, advierte a los que tienen de sobra y viven en el lujo de la abundancia que salgan de la ceguera espiritual ; que la dignidad humana no está en el solo “tener”; que tomen conciencia de la situación dramática de quienes viven en la miseria y padecen hambre. Les pide por otra parte, que compartan lo suyo con los que nada o poco tienen para construir así una sociedad más justa y solidaria. “El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene” (Gaudium et spes, 35).

 

Al veros aquí tan numerosos  reunidos en  este estadio, traídos por el impulso de vuestra fe, me sale del corazón haceros un llamado a la solidaridad. La fe común en un Dios Padre y Misericordioso, la esperanza en una tierra nueva a cuya creación todos colaboramos con nuestra actividad, y el saber que, precisamente por ese Padre común somos todos hermanos en Jesucristo, debe impulsaros a buscar solidariamente las condiciones necesarias, para que lo que puede parecer una utopía se vaya haciendo realidad ya en la vida de vuestras comunidades.

 

 

Noble lucha por la justicia, que no es una lucha de hermano contra hermano, ni de grupo contra grupo

 

 

Será esto fruto de la “noble lucha por la justicia”, que no es una lucha de hermano contra hermano, ni de grupo contra grupo, sino que habrá de estar siempre inspirada en los principios evangélicos de colaboración y  diálogo, excluyendo, por tanto, toda forma de violencia. La experiencia de siglos ha demostrado, cómo la violencia genera mayor violencia y no es el camino adecuado para la verdadera justicia.

 

La solidaridad a la que os invito hoy debe echar sus raíces más profundas y sacar su alimento cotidiano de la celebración comunitaria de la Eucaristía, el sacrificio de Cristo que nos salva. En la participación eucarística la exigencia de solidaridad y de compartir como expresiones de la maravillosa realidad de que todos somos miembros de una única familia: la Iglesia, Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo.

 

Leamos un último párrafo de este mensaje de Juan Pablo II en su visita a Colmbia:

 

Sé que hay entre vosotros cristianos ejemplares que llevan a cabo acciones comunes a favor de vuestros vecindarios y del bien común en general. A ello debe moveros la conciencia de vuestra propia dignidad que es el fundamento de vuestros derechos inalienables. Debe moveros, sobre todo, el amor  de los unos para con los otros. Cada mujer, cada hombre es un hermano, una hermana. Que también de vosotros pueda decirse como de los primeros cristianos: “mirad cómo se aman”. Tened un solo corazón y una sola alma. Compartid como verdaderos hermanos. Así mantendréis en vuestras parroquias y en vuestras comunidades el espíritu de los “pequeños”, a quienes viene revelado el mensaje del Reino. Así os haréis igualmente dignos de la bienaventuranza prometida por el Señor: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5,3).

 

En este espíritu solidario, conscientes de que todos formamos una gran familia, cada uno debe hacer frente a sus propias responsabilidades para que todos los colombianos puedan disfrutar de unas  condiciones de vida conforme con su dignidad de hijos de Dios y miembros de una sociedad que se precia de ser cristiana.

 

Al final de su mensaje en Medellín, Juan Pablo II dirigió algunas palabras a toda América Latina. Esto dijo:

 

(…) deseo invitar a los países de América Latina a que se empeñen en crear una auténtica solidaridad continental, que contribuya a encontrar vías de entendimiento en las graves cuestiones que condicionan su propio progreso y desarrollo en el ámbito de la economía mundial y de la comunidad internacional.

 

 

Significado y alcance de la solidaridad

 

Terminemos el tema de la solidaridad con unas aclaraciones de su significado y alcance, tomadas de las palabras de Juan Pablo II.[3]

 

-      Para poner en práctica la solidaridad tenemos que reconocer que el otro es una persona humana como nosotros.

 

-      Los poderosos tienen que sentirse responsables de los más débiles, dispuestos a compartir con ellos lo que poseen.

 

-      Los débiles no deben adoptar una actitud meramente pasiva o destructiva del tejido social y, al reivindicar sus derechos, deben realizar lo que les corresponde, para el bien de todos.

 

-      No se debe insistir con egoísmo sólo en nuestros intereses particulares, sino que se deben respetar los derechos de los demás ((N° 39).

 

-      “La Iglesia, en virtud de su compromiso evangélico, se siente llamada a estar junto a esas multitudes pobres, a discernir la justicia de sus reclamaciones y a ayudar a hacerlas realidad sin perder de vista el bien de los grupos en función del bien común (N° 39).

 

-      (…) las Naciones más fuertes y más dotadas deben sentirse moralmente responsables de las otras, con el fin de instaurar un verdadero sistema internacional / que se base en la igualdad de todos los pueblos y en el debido respeto de sus legítimas diferencias. Los Países económicamente más débiles, o que están en el límite de la supervivencia, asistidos por los demás pueblos y por la comunidad internacional, deben ser capaces de aportar a su vez al bien común sus tesoros de humanidad y de cultura, que de otro modo se perderían para siempre.

 

-      La solidaridad nos ayuda a ver al « otro » —persona, pueblo o Nación—, no como un instrumento cualquiera para explotar a bajo costo su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un « semejante » nuestro, una « ayuda » (cf. Gén 2, 18. 20), para hacerlo partícipe, como nosotros, del banquete de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios. De aquí la importancia de despertar la conciencia religiosa de los hombres y de los pueblos.

 

-      La paz es fruto de la solidaridad –“opus solidaritatis pax” – porque la paz verdadera exige la realización de la justicia y, la pedagogía solidaria favorece la convivencia, enseñándonos a vivir unidos para  construir juntos una sociedad nueva.

 

-      La fuente de la solidaridad es la caridad, porque de esta manera el prójimo no es solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo. Por tanto, debe ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que le ama el Señor, y por él se debe estar dispuestos al sacrificio, incluso extremo: « dar la vida por los hermanos » (cf. 1 Jn 3, 16).

 

 

Contenido jurídico de la solidaridad

 

 

Es más fácil hablar de solidaridad que practicarla, especialmente si se trata de la solidaridad cristiana. Algunos reducen la solidaridad al paternalismo, a la lástima por los demás y se sienten solidarios si ocasionalmente dan una limosna. Como hemos visto, eso no es solidaridad cristiana de verdad. El P. Tony Mifsud, en su libro Moral Social ofrece algunas consideraciones sobre la solidaridad que nos ponen a reflexionar sobre un concepto que no podemos tomar a la ligera.

 

Dice el P. Mifsud, que la palabra solidaridad tiene un contenido jurídico; como todos los seres humanos, individual y colectivamente considerados, hacemos parte de la humanidad, todos somos responsables de todos; la solidaridad es una obligación que todos compartimos frente a la humanidad.

 

El contenido jurídico de la solidaridad consiste en que la solidaridad entre los seres humanos, es como la que se da en las obligaciones legales, en las que varias personas contraen una obligación “in solidum”, eso significa que todas esas personas comparten la obligación de responder por la obligación, y no sólo alguna, en caso de  alguien falle.  Todos tienen que responder.

 

No nos podemos escudar en que otros sean solidarios; es obligación de todos los que compartimos la naturaleza de seres humanos. La solidaridad entre todos es un requisito de nuestra propia existencia; si no nos hacemos responsables de lo humano, corre peligro nuestra propia humanidad; nos condenamos a la autodestrucción. ¿No es acaso la falta de solidaridad generalizada la que destruye a la sociedad?

 

El individuo humano es un ser social

 

 

La definición del ser humano es el fundamento de la obligatoriedad de la solidaridad. El individuo humano es un ser social: nace en una comunidad, crece en sociedad y se descubre a sí mismo junto a los demás. No podemos pensar en un ser humano sin referencia a un grupo, de manera que la dimensión social del ser humano pertenece a la misma estructura humana. La naturaleza social es parte de la definición del ser humano.

 

Esto va más hondo; a pesar de su íntima vocación comunitaria, el ser humano conserva su individualidad, no es parte de un grupo amorfo, anónimo. La comunidad humana está conformada por individuos con su propia personalidad y características. La persona humana es al mismo tiempo individuo y miembro de la sociedad.

 

Veamos las implicaciones de esto: si se tiene en cuenta sólo la individualidad de las personas, se reduce la sociedad a una simple suma de individuos, disgregados.  Si se tiene en cuenta sólo la totalidad de los individuos, sin considerar la individualidad, el colectivismo reduce a los individuos a rostros sin nombres.

 

 

El diálogo entre nuestra individualidad y nuestro ser comunitario

 

En nosotros como seres humanos viven en diálogo nuestro ser individual y nuestro  ser comunitario. Si cortamos el diálogo con la comunidad nos hacemos daño, quedamos solos, aislados, sin posibilidad de que otros nos den una mano y de darla nosotros a los demás. Al aceptar nuestra naturaleza individual y comunitaria, comprendemos que somos al mismo tiempo individuos, es decir, personas independientes y también miembros de una comunidad. Entendemos la comunidad como un conjunto de personas que se saben y sienten responsables de los demás. Dice el P. Mifsud: Un individuo sin comunidad es la destrucción del ser humano, una totalidad social sin individuos es la destrucción de la sociedad humana.

 

El reconocerse humano implica la exigencia de la solidaridad. La solidaridad no es algo que puedo aceptar o no; es algo propio de nuestro ser como humanos. Ser solidario es ser humano. La solidaridad es una condición de vida, un estilo de vida, es la misma vida humana en su necesidad de crecer y realizarse. (Pg 256s) Según esto no ser solidario es ser menos humano.


[1] Para este resumen de la encíclica Sollicitudo rei socialis he utilizado las siguientes obras: Tony Misfud, S.J., Moral Social, Lectura solidaria del continente, CELAM, 2° ed., especialmente el Cap. 6, La solidaridad como proyecto ético, Pg. 245ss; Juan Souto Coelho (coord..), Doctrina Social de la Iglesia, manual abreviado, BAC, Madrid 2002, Cap. II Desarrollo Histórico de la DSI. Pricipales documentos. Contexto histórico y contenido, Pg 87ss;  Ildefonso Camacho, S.J., Doctrina social de la Iglesia, una aproximación histórica, San Pablo, Pg 493ss.

[2] Mensajes de S.S. Juan Pablo II a los Colombianos, Julio 1 a 7 de 1986, Segunda edición, Comité Ejecutivo Nacional, Secretariado Permanente del Episcopado Colombiano- SPEC – 1986

[3] Cf Toy Mifsud, S.J. opus cit, Pg 247ss