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Reflexión 156 – Juan Pablo II y el Desarrollo Integral

 

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Nuestra vocación al propio desarrollo y al del mundo

 

En la reflexión anterior continuamos estudiando el pensamiento de Juan Pablo II sobre el desarrollo integral, como lo expone especialmente en sus encíclicas Redemptor hominis y Sollicitudo rei socialis. Por cierto nos dejó el Santo Padre entusiasmados con su explicación sobre la vocación de todos los seres humanos a trabajar en el desarrollo, desde el mismo momento de la creación. Vamos a recordar siquiera algunas de sus enseñanzas.

 

Preguntaba Juan Pablo II si el desarrollo que ha alcanzado el mundo hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, «más humana»,  si ¿la hace más «digna del hombre»? Es decir si los seres humanos hemos cumplido con el llamamiento que el Creador nos hizo a continuar su obra creadora. Y respondía el Santo Padre que no se puede dudar de que en muchos aspectos el desarrollo sí hace la vida más digna; pero añadía que nos debemos hacer permanentemente esa pregunta,  en lo referente a lo esencial, es decir si en el progreso de nuestro tiempo el ser humano, en cuanto ser humano,  se hace de veras mejor. Y es que no es suficiente el progreso material para que el ser humano sea mejor en cuanto ser humano. Por ejemplo, el tener una mejor vivienda, el tener más comodidades, más y mejores bienes, no necesariamente significa que uno sea mejor como persona humana.

 

¿Qué es hacerse mejor?

 

Vale la pena repetir qué es hacerse mejor, según el pensamiento de Juan Pablo II. Dice en Redemptor hominis en el N° 15, que hacerse mejor es ser más maduro espiritualmente, más consciente de la dignidad de su humanidad, más responsable, más abierto a los demás, particularmente a los más necesitados y a los más débiles, más disponible a dar y prestar ayuda a todos. Son preguntas que nos podemos hacer en un buen examen de conciencia para, con la gracia de Dios, enderezar el camino.

 

Tener más no lo hace a uno más maduro espiritualmente, ni más consciente de su propia dignidad como persona humana. El tener más no necesariamente nos hace más responsables ni más abiertos a los demás ni más disponibles para ayudar a los otros, especialmente a los más débiles y necesitados.  Tener y ser  mejores no necesariamenter van juntos.

 

Tampoco los adelantos técnicos conducen siempre a que el mundo sea mejor para los seres humanos. Veíamos la semana pasada que, como explica el sociólogo y psicólogo Erich Fromm, pareciera que el cerebro humano estuviera en nuestro siglo, pero la voluntad estuviera todavía en la edad de piedra; parece, dice Fromm, que el desarrollo de las capacidades intelectuales del hombre han sobrepasado largamente el desarrollo de sus emociones. ¡Cuántos tienen, no sé si inteligencia, pero sí astucia para dañar a otros buscando su propio beneficio, y un corazón de hielo  para tratar a los demás…!

 

Se trata del desarrollo de las personas y no solo de la multiplicación de las cosas

 

Juan Pablo II nos pone a pensar si en este mundo de progreso material y técnico,  el hombre en cuanto hombre, ¿se desarrolla y progresa, o por el contrario retrocede y se degrada en su humanidad? ¿Prevalece entre los hombres, «en el mundo del hombre» que es en sí mismo un mundo de bien y de mal moral, el bien sobre el mal?

Las encíclicas Populorum progressio, de Pablo VI, Sollicitudo rei socialis de Juan Pablo II y Caritas in veritate de Benedicto XVI, tratan sobre el desarrollo integral, que es como, de acuerdo con la ética y con la fe se debe entender el desarrollo: desarrollo integral. Juan Pablo II desde el inicio de su pontificado, en su primera encíclica, la Redemptor hominis, en el N° 16, fijó su posición sobre cómo debe entenderse el desarrollo integral, cuando afirma que Se trata del desarrollo de las personas y no solamente de la multiplicación de las cosas, de las que los hombres pueden servirse. Se trata, dice,  no tanto de «tener más» cuanto de «ser más». 

 

 

Las bases bíblicas del desarrollo

 

 

 Si es verdad que Juan Pablo II basa su concepto del desarrollo tanto en razones naturales como en la fe, para los creyentes tienen enorme importancia, de manera particular,  los argumentos basados en la Sagrada Escritura, y Juan Pablo II nos presenta las bases bíblicas del desarrollo, cuando expone que este mundo ha salido de las manos de Dios pero la creación no debe entenderse como una obra acabada, sino en una perspectiva dinámica. Es decir, que es al hombre al que corresponde desarrollar ese germen que Dios le confió en los comienzos: eso significa el encargo de dominar la tierra para alcanzar su plenitud como ser humano. En ese sentido el desarrollo es “la expresión moderna” de una dimensión esencial de la vocación del hombre. Son plabras de Juan Pablo II en Sollicitudo rei socialis, 30.

De manera que los seres humanos estamos llamados a continuar la obra que empezó Dios Creador en el mundo material y en nosotros mismos. Con su ayuda, claro está, – siempre necesitamos la ayuda de su gracia, – debemos realizar la tarea que Él nos encomendó:  nuestro desarrollo personal, el de nosotros como personas, y el del mundo material que Él nos entregó para que nos sirvamos de él de tal manera que nos ayude a conseguir el fin para el que fuimos creados.[1] No ignoremos esas palabras de Juan Pablo II; dice que Dios nos confió el encargo de dominar la tierra, para alcanzar nuestra plenitud como seres humanos. Nos desarrollaremos plenamente como seres humanos, en el proceso de dominar la tierra. Como vamos a ver enseguida, eso lo conseguiremos si seguimos el plan de Dios.

 

 Juan Pablo II explica cuál es la tarea que Dios nos encomendó cuando dice: La tarea es   « dominar»  a  las demás creaturas, «cultivar el jardín»;  pero hay que hacerlo en el marco de obediencia a la ley divina y, por consiguiente, en el respeto de la imagen recibida, fundamento claro del poder de dominio, concedido en orden a su perfeccionamiento (cf. Gén 1, 26-30; 2, 15 s.; Sab 9, 2 s.).  La imagen que hemos recibido en nosotros es la de Dios.

 

De especial interés es la afirmación de que debemos continuar la obra de Dios de manera coherente con nuestra condición de imágenes suyas, en el marco de la Ley divina, es decir de acuerdo con sus planes. Si nos apartamos de los planes de Dios hacemos daño al mundo y a nosotros mismos. No podemos cultivar el jardín mejor que el Gran Jardinero que lo ideó y dotó de todos los elementos.

 

Lo que sucede cuando empañamos la imagen de Dios en nosotros

En Sollicitudo rei socialis, en el N° 30, dice Juan Pablo II que Cuando el hombre desobedece a Dios y se niega a someterse a su potestad, entonces la naturaleza se le rebela y ya no lo reconoce como señor, porque ha empañado en sí mismo la imagen divina.

 

Un superdesarrollo inaceptable

 

Recordemos también lo que Juan Pablo II llama el superdesarrollo y por qué es inaceptable. Afirma el Papa que el superdesarrollo es inaceptable al lado de las miserias del subdesarrollo y por ser contrario al bien y a la auténtica felicidad. Y nos explica cómo entiende el superdesarrollo; nos dice que consiste en la excesiva disponibilidad de toda clase de bienes materiales para algunas categorías sociales, (que) fácilmente hace a los hombres esclavos de la « posesión » (esclavos del tener) y del goce inmediato, sin otro horizonte que la multiplicación o la continua sustitución de los objetos que se poseen por otros todavía más perfectos. Es la llamada civilización del « consumo » o consumismo, que comporta tantos « desechos » o « basuras ».

 Permanentemente la publicidad nos induce a que cambiemos lo que tenemos, y que todavía nos presta un buen servicio, por algo más moderno, y muchos bienes todavía útiles se van a la basura para ceder su puesto a lo nuevo, supuestamente de mejor calidad. El mundo del superdesarrollo se está llenando de deshechos que contaminan y no se sabe bien cómo manejarlos. Es una consecuencia del consumismo. Es la enfermedad del consumo, que nos empuja a consumir más, con el argumento de mover así más la economía… Esto nos hace pensar que la economía está estructuralmente mal concebida. Tiene que haber un camino distinto al consumismo para que el mundo se desarrolle y progrese con justicia y equidad.

 

Recordemos también que el Santo Padre Juan Pablo II afirma que vivimos en un mundo sometido a estructuras de pecado. Explica el Santo Padre a qué se refiere al hablar de estructuas de pecado, en el contexto del desarrollo. Dice que esas estructuras, que se caracterizan por el excesivo afán de ganancia y por la sed de poder (SRS 37), son un mal moral, que se origina en los pecados personales, – en nuestros muchos pecados personales, – especialmente en nuestro afán de dinero y de poder, que construyen y sostienen lo que el Papa llama estructuras de pecado en la sociedad.

 

Antivalores convertidos en actitudes de la sociedad y que rigen el mundo

 

Tengamos en cuenta que el entender de esa forma las estructuras de pecado a que está sometido el mundo, – basadas en nuestros pecados personales, – especialmente en el afán de lucro y en el ansia de poder, – no excluye esas otras estructuras como las entienden las ciencias sociales, es decir esos mecanismos económicos, financieros y sociales que funcionan en el mundo de la economía y del mercado, y contribuyen a la concentración de las riquezas en unos pocos y a la pobreza de gran parte de la humanidad. Son seres humanos los que movidos por el deseo del lucro y de poder crean y manejan esos mecanismos económicos y financieros, tanto en los gobiernos como en las empresas y que son otra clase de estructuras que también podríamos decir que son de pecado.

Dice Juan Pablo II que esas dos actitudes extendidas  en nuestro mundo: el afán de lucro y la sed de poder, han llegado a conformar una mentalidad que a todos les parece natural, que es lo normal y por ella se rige el comportamiento general. La voracidad económica y política, – el afán de ganancia y la sed de poder, – se juzgan  normales y son la explicación de que exista la tragedia de la enorme distancia entre los pueblos que viven en la opulencia y los que carecen de lo necesario.[2]  Se acepta tranquilamente que exista esa distancia entre los muy ricos y los muy pobres, aunque en algunas regiones esa distancia signifique una vida cómoda para unos pocos y enfermedad y hambre para un gran número de hermanos nuestros.

 

La avaricia y el ansia de poder  se han covertido en los valores que hoy rigen al mundo.  Como afirma Juan Pablo II, se trata de un problema moral, no sólo de moral individual sino de moral social, porque esos valores, o más bien podríamos llamarlos antivalores, los comparte la sociedad. Se trata de comportamientos individuales de los dirigentes políticos y de los centros del poder económico, así como también de las personas del común, que vivimos de acuerdo con esos antivalores. Como son  comportamientos generalizados y aceptados sin controversia, se convierten en códigos de conducta aceptados, no sólo por los individuos, sino por los Estados y las organizaciones internacionales.

 

La respuesta a la injusticia social es la solidaridad

 

Ante la situación de injusticia social que se debe a comportamientos generalizados en la sociedad, – el afán de lucro y el ansia de poder, – la respuesta que propone Juan Pablo II en Sollicitudo rei socialis no pretende proponer acciones particulares, concretas, sino a vivir en sociedad de acuerdo con unos valores nuevos, cuyo eje sea la solidaridad, que es una virtud evangélica.[3] 

Recordemos que al comienzo de su encíclica Juan Pablo II nos habló de la interdependencia que existe entre los pueblos, que asimilamos a las consecuencias de la ahora llamada globalización; a los pueblos, hoy no les es posible aislarse; dependen unos de otros para bien o para mal.

 

Los dos antivalores de que hablamos, el afán de lucro y el ansia de poder, son parte de un sistema de manejo de la economía y del mercado que tiene como base la competencia, la rivalidad para conseguir lo que se quiere, antes de que se apodere de eso el otro, al que se llama “la competencia”. Eso sucede todos los días en un mundo interdependiente, en el que todos juegan en el mismo campo y todos tratan de llegar antes que el otro.

 

Un ejemplo doméstico es lo que pasó con la decisión del presidente Chávez, de Venezuela, cuando por motivos políticos decidió no importar bienes de Colombia. La presidenta de Argentina no dudó en tomar esa porción del negocio, – los vehículos, – a costa de Colombia, antes la tomó como una gran oportunidad: llegar a tiempo, antes de que otro país, quizás el Brasil, se hiciera al negocio.

 

Solidaridad frente a competencia

 

La interdependencia de los países es una realidad; frente a ella se puede asumir una actitud de competencia u otra, evangélica, de solidaridad. Juan Pablo II expone su pensamiento en la quinta parte de Sollicitudo rei socialis, que trata sobre UNA LECTURA TEOLÓGICA DE LOS PROBLEMAS MODERNOS. Se puede afirmar que el mensaje central de Juan Pablo II en Sollicitudo rei socialis es su llamada a la solidaridad y es una llamada a creyentes y a no creyentes. Aunque unos y otros entiendan la solidaridad de manera diferente, Juan Pablo II busca un terreno común  en el que se puedan unificar los esfuerzos de todos los hombres de buena voluntad para trabajar por el auténtico desarrollo de la humanidad.[4]

 

Lo que es y no es la solidaridad

 

En el N° 38 nos explica su idea de solidaridad. Dice que la solidaridad no es

 un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de compromerse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos.[5]

 

La solidaridad no se queda en sentimientos y manifestación de solidaridad sólo de palabra: soy solidario contigo, pero no hago nada al respecto. Lo más importante de la solidaridad y el mayor contraste con la actitud de competencia, es el llegar a sentirse y a ser todos responsables de todos. Mientras la competencia nos enfrenta uno a otros, la solidaridad nos une.

 

Según el pensamiento de Juan Pablo II, y en sus propias palabras en el N° 38 de Sollicitudo rei socialis

 

lo que frena el pleno desarrollo es (el) afán de ganancia y (la) sed de poder… Tales « actitudes y estructuras de pecado » solamente se vencen —con la ayuda de la gracia divina— mediante una actitud diametralmente opuesta: la entrega por el bien del prójimo, que está dispuesto a « perderse », en sentido evangélico, por el otro  en lugar de explotarlo, y a « servirlo » en lugar de oprimirlo para el propio provecho (cf. Mt 10, 40-42; 20, 25; Mc 10, 42-45; Lc 22, 25-27).

 Parece difícil que los no creyentes entiendan las expresiones entregarse por el bien del prójimo o estar dispuesto a « perderse », en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, y a « servirlo » en lugar de oprimirlo para el propio provecho.

 Por eso Juan Pablo II explica que la solidaridad no es sólo una actitud ética, es decir basada en la moral natural, sino que es también una virtud cristiana. Por eso dice, como lo acabamos de leer, que, Tales « actitudes y estructuras de pecado » solamente se vencen —con la ayuda de la gracia divina.

 Como vimos en alguna otra oportunidad, la moral y la ética se pueden diferenciar en que la ética trata sobre los mínimos que debe cumplir el ser humano para ser correcto en su comportamiento con los demás. De modo que la ética trata sobre cómo vivir en armonía con nosotros mismos y con los demás. La moral cristiana no pide sólo los mínimos para que reine la armonía, sino que nos enseña cómo nos debemos comportar los creyentes, de acuerdo con la ley evangélica.[6]  

 

La solidaridad como virtud cristiana

 

En el N° 40 de Sollicitudo rei socialis, Juan Pablo II nos da una catequesis excelente sobre la solidaridad como virtud cristiana.  Dice:

La solidaridad es sin duda una virtud cristiana. Ya en la exposición precedente se podían vislumbrar numerosos puntos de contacto entre ella y la caridad, que es signo distintivo de los discípulos de Cristo (cf. Jn 13, 35).

A la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí misma, al revestirse de las dimensiones específicamente cristianas de gratuidad total, perdón y reconciliación. Entonces el prójimo no es solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo. Por tanto, debe ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que lo ama el Señor, y por él se debe estar dispuestos al sacrificio, incluso extremo: « dar la vida por los hermanos » (cf. 1 Jn 3, 16).

Entonces la conciencia de la paternidad común de Dios, de la hermandad de todos los hombres en Cristo, « hijos en el Hijo », de la presencia y acción vivificadora del Espíritu Santo, conferirá a nuestra mirada sobre el mundo un nuevo criterio para interpretarlo. Por encima de los vínculos humanos y naturales, tan fuertes y profundos, se percibe a la luz de la fe un nuevo modelo de unidad del género humano, en el cual debe inspirarse en última instancia la solidaridad. Este supremo modelo de unidad, reflejo de la vida íntima de Dios, Uno en tres Personas, es lo que los cristianos expresamos con la palabra « comunión ». Esta comunión, específicamente cristiana, celosamente custodiada, extendida y enriquecida con la ayuda del Señor, es el alma de la vocación de la Iglesia a ser « sacramento », en el sentido ya indicado.

Por eso la solidaridad debe cooperar en la realización de este designio divino, tanto a nivel individual, como a nivel nacional e internacional. Los « mecanismos perversos » y las « estructuras de pecado », de que hemos hablado, sólo podrán ser vencidos mediante el ejercicio de la solidaridad humana y cristiana, a la que la Iglesia invita y que promueve incansablemente. Sólo así tantas energías positivas podrán ser dedicadas plenamente en favor del desarrollo y de la paz. Muchos santos canonizados por la Iglesia dan admirable testimonio de esta solidaridad y sirven de ejemplo en las difíciles circunstancias actuales. Entre ellos deseo recordar a San Pedro Claver, con su servicio a los esclavos en Cartagena de Indias, y a San Maximiliano María Kolbe, dando su vida por un prisionero desconocido en el campo de concentración de Auschwitz-Oswiecim.

 A esos santos añadamos a la beata Teresa de Calcuta y a San Damián de Molokai, el apóstol de los leprosos. En la homilía de su canonización, el pasado 11 de octubre (2009) dijo Benedicto XVI:

 

«Siguiendo a san Pablo, san Damián nos impulsa a elegir las buenas batallas (cf 1 Tim 1,18). No aquellas que llevan a la división, sino las que unen. Nos invita a abrir los ojos sobre las lepras que, aún hoy, desfiguran la humanidad de nuestros hermanos y que apelan más que a nuestra generosidad, a la caridad de nuestra presencia de servicio». 

Esa es la clase de solidaridad, como virtud cristiana, que se espera de nosotros.

La solidaridad es para nosotros, creyentes, una tarea que compartimos todos porque somos Iglesia y como dice el Concilio Vaticano II al comienzo de Lumen gentium, La Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano.  Señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano. Nuestra vocación es ser instrumentos de unidad, de solidaridad, no de división, no de competencia ni dispersión.

 

 


[1] Cf San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, Principio y Fundamento, 23

[2] Cf Ildefonso Camacho, Doctrina social de la Iglesia, una aproximación histórica, San Pablo, Pgs 515ss

[3] Cf ibídem, Pg 517, 8. La solidaridad como clave de un nuevo sistema de valores.

[4] Estas ideas están tomadas de Ildefonso Camacho, opus cit

[5] Benedicto XVI en Caritas in veritate, 18, adopta la misma definición de solidaridad: que todos nos sintamos responsables de todos.

[6] Estos conceptos se trataron en los programas de la serie  “La alegría de trabajar”, transmitidos  por Rdio María los días 6 y 13 de febrero de 2003