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Reflexión 153 – Caritas in veritate (XI)

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Juzgar el desarrollo desde la fe

 

Hemos seguido el pensamiento que sobre el desarrollo de los pueblos, presenta Juan Pablo II en la encíclica La preocupación social de la Iglesia (Sollicitudo rei socialis). Recordemos que para su análisis, él utiliza la metodología VER-JUZGAR-ACTUAR. Después del primer paso, VER, la semana pasada comenzamos a estudiar el segundo: JUZGAR.

El objetivo del  primer paso, VER, es examinar en detalle una situación para comprenderla En las reflexiones anteriores estudiamos cómo veía Juan Pablo II la situación del desarrollo de los pueblos a los 20 años de la encíclica Populorum progressio, de Pablo VI, que trata también sobre el mismo tema. Después de tener  claridad sobre ella, en el paso JUZGAR el Santo Padre va a hacer un juicio sobre esa realidad.

Fue el aspecto moral, el que movió al Papa a abordar el tema del desarrollo. No  hace de él un juicio técnico, económico, sino que va a considerar el estado del desarrollo de los pueblos en sus  dimensiones ética y religiosa. El juicio de la realidad que hace Juan Pablo II en su dimensión ética, como su nombre lo indica se basa en la moral natural; que eso es la ética. Desde la perspectiva religiosa, es decir, desde la fe, el Santo Padre tiene como criterio el Evangelio: se examina si la situación de que se trata está de acuerdo con las enseñanzas del Evangelio; en qué sí está de acuerdo y en qué no y qué tan lejos está la situación, del ideal evangélico. 

 

La Iglesia propone lo que posee como propio: una visión global del hombre y de la humanidad

 

El Santo Padre afirma de manera clara,  que la Iglesia no propone sistemas o programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal de que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida(…) Como la Iglesia “es experta en humanidad”;[1] viviendo en la historia, ella debe “escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio”, como dice la constitución pastoral Gaudium et spes (Gozo y esperanza), del Vaticano II ( N° 4). Juan Pablo II comparte las mismas razones de Pablo VI / para abordar el tema del desarrollo: la Iglesia sufre al ver que el ser humano no satisface sus mejores aspiraciones  y desea ayudarle a conseguir su pleno desarrollo, porque ella propone lo que posee como propio: una visión global del hombre y de la humanidad (Populorum progressio, 13). Es decir, la Iglesia tiene la visión del Creador que Jesucristo nos transmitió.

 

Juan Pablo II nos enseña bellamente la visión del ser humano según el Creador, en la encíclica  Redemptor hominis:

El hombre tal como ha sido «querido» por Dios, tal como Él lo ha «elegido» eternamente, llamado, destinado a la gracia y a la gloria, tal es precisamente «cada» hombre, el hombre «más concreto», el «más real»; éste es el hombre, en toda la plenitud del misterio, del que se ha hecho partícipe en Jesucristo, misterio del cual se hace partícipe cada uno de los cuatro mil millones de hombres vivientes sobre nuestro planeta, desde el momento en que es concebido en el seno de la madre (13).

¿Por qué la Iglesia propone su punto de vista sobre el desarrollo?

 

En Sollicitudo rei socialis (41) Juan Pablo II explica  por qué la Iglesia propone su punto de vista sobre el desarrollo:

(…) la Iglesia tiene una palabra que decir, tanto hoy como hace veinte años, así como en el futuro, sobre la naturaleza, condiciones, exigencias y finalidades del verdadero desarrollo y sobre los obstáculos que se oponen a él. Al hacerlo así, cumple su misión evangelizadora, ya que da su primera contribución a la solución del problema urgente del desarrollo / cuando proclama la verdad sobre Cristo, sobre sí misma y sobre el hombre, aplicándola a una situación concreta. [2]

 

Vimos la semana pasada que la categoría propia, en la que se ubica  la D.S.I. no es técnica ni política. Juan Pablo II en el mismo N° 41 de Sollicitudo rei socialis nos explica lo que la Iglesia pretende con su D.S.:

 

Su objetivo principal es interpretar esas realidades (la situación social), examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, (su doctrina social) no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral.

 

 

La doble vocación del ser humano

 

 

Si alguien se pregunta qué tiene que ver el desarrollo con el Evangelio, Juan Pablo II le responde que el ser humano tiene una vocación trascendente y también una vocación terrena, de manera que  en ninguna parte mejor que en el Evangelio puede encontrar cómo orientar su conducta, de acuerdo con su doble vocación: terrena y trascendente. Y es que  el desarrollo, si se considera sólo desde el punto de vista económico, material, no es suficiente para satisfacer las aspiraciones del ser humano. La D.S.I. considera, por eso, el desarrollo integral, que abarca la totalidad de la persona humana.

 

Juan Pablo II juzga la realidad del desarrollo desde la dimensión ética, racional, y también tiene en cuenta la perspectiva religiosa, teológica; la  dimensión religiosa del ser humano no se puede omitir porque se haría una reflexión incompleta, al no tener en cuenta la totalidad del ser humano. Mal haría la Iglesia si dejara las enseñanzas de Jesucristo a un lado, para ofrecer su contribución sobre lo que debe ser el desarrollo de las personas y de los pueblos.

 

El humanismo ateo y su inadecuada concepción del hombre

 

 

Sugiero leer el discurso con que Juan Pablo II inauguró la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Puebla, México, el 28 de enero de 1979, en particular el N° 1,9 en que expone la Verdad sobre el hombre. Cita allí el Papa el N° 22, de la constitución pastoral Gaudium et spes, donde el Concilio toca “el fondo del problema” de la inadecuada concepción del hombre en nuestra civilización, debida al humanismo ateo. Dice la Gaudium et spes que, “El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado”. Nos ayudaría también mucho, leer la encíclica Redemptor hominis, El Redentor del hombre, que empieza con las palabras: EL REDENTOR DEL HOMBRE, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia. Recordemos que esta encíclica Redemptor hominis, la publicó Juan Pablo II el 4 de marzo de 1979,  al comienzo de su pontificado.

 

Si queremos argumentos que expliquen por qué la Iglesia tiene interés en opinar sobre el desarrollo nos vendría bien leer la Redemptor hominis. Extractemos siquiera unas líneas de allí. Después de recordar que Jesucristo es nuestro camino “hacia la casa del Padre” como leemos en Jn 14, 1ss, Juan Pablo II afirma, en el N° 13:

 

En este camino que conduce de Cristo al hombre, en este camino por el que Cristo se une a todo hombre, la Iglesia no puede ser detenida por nadie. Esta es la exigencia del bien temporal y del bien eterno del hombre. La Iglesia, en consideración de Cristo y en razón del misterio, que constituye la vida de la Iglesia misma, no puede permanecer insensible a todo lo que sirve al verdadero bien del hombre, como tampoco puede permanecer indiferente a lo que lo amenaza.

 

(…) se trata (…) del hombre en toda su verdad, en su plena dimensión. No se trata del hombre « abstracto » sino real, del hombre « concreto », « histórico ». Se trata de «cada» hombre, porque cada uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno se ha unido Cristo, para siempre, por medio de este ministerio. Todo hombre viene al mundo concebido en el seno materno, naciendo de madre / y es precisamente por razón del misterio de la Redención por lo que es confiado a la solicitud de la Iglesia. Tal solicitud afecta al hombre entero y está centrada sobre él de manera del todo particular. El objeto de esta premura es el hombre en su única e irrepetible realidad humana, en la que permanece intacta la imagen y semejanza con Dios mismo (Gen 1, 27).

 

La época del antropocentrismo es la de más hondas angustias del hombre respecto de su identidad y su destino

 

Afirma Juan Pablo II en el discurso de Puebla, que la nuestra es la época en que más se ha escrito y hablado sobre el hombre, la época de los humanismos y del antropocentrismo (e.d. la época en que se pone al ser humano como el centro del universo),  y sin embargo es la época de las más hondas angustias del hombre respecto de su identidad y su destino.

 

Algunas afirmaciones más de Juan Pablo II en Puebla, en cuanto a la verdad sobre el hombre:

 

-La Iglesia posee, gracias al Evangelio, la verdad sobre el hombre.

-La afirmación primordial de esta antropología  (de la visión cristiana de la persona humana) es la del hombre como imagen de Dios, irreductible a una simple parcela de la naturaleza… (Es decir que por ser el hombre imagen de Dios, no se puede reducir a sólo su naturaleza material)

-Cita el Papa a San Ireneo, quien afirma: La gloria del hombre es Dios, pero el receptáculo de toda acción de Dios, de su sabiduría, de su poder, es el hombre. [3]

(La) verdad completa sobre el ser humano constituye el fundamento de la enseñanza social de la Iglesia, así como es la base de la verdadera liberación. A la luz de esta verdad, no es el hombre un ser sometido a los procesos económicos o políticos, sino que esos procesos están ordenados al hombre y sometidos a él.

 

Para conocer al hombre verdadero,  hay que conocer a Dios

 

La Iglesia conoce el «sentido del hombre» gracias a la Revelación divina. «Para conocer al hombre, el hombre verdadero, el hombre integral, hay que conocer a Dios», decía Pablo VI, citando luego a Santa Catalina de Siena, que en una oración expresaba la misma idea: «En la naturaleza divina, deidad eterna, conoceré la naturaleza mía». Esta cita de Pablo VI es de su homilía en la última sesión pública del Concilio Vaticano II, el 7 de diciembre de 1969.

De manera que no es posible llegar a una comprensión completa del hombre, si no se tiene en cuenta su origen en el Creador. No es posible conocer al ser humano completo, integral, si se desconoce a Dios.

 

Proclamar la Verdad sobre el hombre, que la Iglesia recibió de su maestro Jesucristo

Las siguientes palabras de Juan Pablo II en el citado discurso en Puebla, nos ayudan a comprender por qué tiene perfecto sentido la visión del desarrollo desde el Evangelio:

 

Frente a otros tantos humanismos, frecuentemente cerrados en una visión del hombre estrictamente económica, biológica o síquica, la Iglesia tiene el derecho y el deber de proclamar la Verdad sobre el hombre, que ella recibió de su maestro Jesucristo. (1, 9, Pg 24)

 

Como vimos la semana pasada, nos dijo el Papa que un desarrollo, concebido simplemente como la acumulación de bienes y servicios, es un enfoque parcial, pues no considera al ser humano en su totalidad. La mera acumulación de bienes materiales No conduce a la felicidad.

 

 

El SER y el TENER

 

 

Nos viene bien recordar  aquí la reflexión de Juan Pablo II sobre el ser y el tener. Nos enseña el Papa que  

 

El  mal no consiste en el « tener » como tal, sino en el poseer que no respeta la calidad y la ordenada jerarquía de los bienes que se tienen. Calidad y jerarquía que derivan de la subordinación de los bienes y de su disponibilidad al «ser» del hombre y a su verdadera vocación.

 

(…) Cuando (…) un Pastor de la Iglesia anuncia con claridad y sin ambigüedades la Verdad sobre el hombre, revelada por aquel mismo que “conocía lo que en el hombre había” (Jn 2,25), debe animarlo la seguridad de estar prestando el mejor servicio al ser humano.

 

Aprendimos que hay personas que poseen muchos bienes materiales pero que no llegan verdaderamente a «ser», porque, por una inversión de la jerarquía de los valores, se encuentran impedidos por el culto del «tener». Otros en cambio, no consiguen realizar su vocación humana fundamental, al carecer de los bienes indispensables.

 

De manera que algunos no logran la plenitud como seres humanos, porque toda su vida gira alrededor de los bienes materiales. Y hay otros muchos que ni siquiera tienen lo indispensable para vivir de acuerdo con su dignidad.

 

Repasemos la diferencia entre  tener y  ser, como Juan Pablo II la presenta. El tener se identifica con los bienes materiales, con los valores económicos, pero esos bienes no se pueden entender como fines, como el objetivo de la vida. Hay personas que tienen como el fin de su vida, que piensan y viven, sólo para conseguir dinero. Piensan que si tienen logran su plenitud.

 

Los bienes materiales son sólo instrumentos, no son fines, son necesarios en cierta medida, no es que sean inútiles o despreciables, pero solos no son suficientes para lograr la felicidad. No basta tener bienes materiales para alcanzar la plenitud a la que aspira el ser humano.

 

El ser de la persona tiene que ver con sus aspiraciones más hondas, con el fin para el cual existe. Es distinto ser alguien a tener algo. Ser es algo interno, parte constitutiva de uno. Lo que se tiene es algo externo. Por eso cuando una persona muere se va con lo que ES y no con lo que TIENE.

 

Con el ser de la persona, con su vocación, tiene que ver su dignidad y sus derechos personales, sociales, económicos y políticos, por lo tanto tiene también que ver con su libertad. Ampliemos algo estas ideas del desarrollo integral, total.

 

 

El ser humano se encuentra siempre en un proceso de desarrollo, de maduración

 

 

Los psicólogos se han ocupado de estudiar las prioridades en el desarrollo de las personas. El ser humano se encuentra siempre en un proceso de desarrollo, de maduración, y para alcanzar su pleno desarrollo es necesaria su acción personal; no puede cruzarse de brazos y esperar que su desarrollo completo llegue, como maduran las frutas. El ser humano necesita poner de su parte y también necesita a los demás, que le pueden ayudar a alcanzar su desarrollo. Los padres y los educadores ocupan un lugar principalísimo. Algunas personas con quienes interactúa, infortunadamente también pueden dificultar y en cierta medida hasta impedir que alcance el desarrollo.

 

 

Primer escalón: las necesidades fisiológicas

 

 

Si las necesidades del ser humano en el proceso de desarrollo se organizan en forma de una escalera (como lo hace Maslow en su pirámide), las necesidades que ocupan el primer peldaño, el inferior, son las necesidades materiales, las que se satisfacen cuando se poseen y se utilizan;  son entre otras las necesidades de alimento, de bebida, de oxígeno, de salud, de un techo. Necesitamos TENER los bienes que satisfacen nuestras necesidades primarias, empezando por las necesidades fisiológicas. Quedan satisfechas si tenemos alimento, bebida, aire, etc.

 

 

Segundo escalón: la necesidad de seguridad

 

 

En un segundo escalón en el proceso de desarrollo, está la necesidad de seguridad, que consiste en estar libre de heridas físicas y emocionales, en la estabilidad en el hogar, en el trabajo, en tener protección frente a los que nos pueden hacer daño / a nosotros como personas o a lo que poseemos.

 

Tercero: las necesidades sociales

 

 

El tercer escalón en el proceso de desarrollo lo forman necesidades sociales: el ser aceptados y estimados por los demás, el sentirnos parte de una comunidad, de una familia, de un grupo. En eso interviene nuestro comportamiento; lo que hacemos para ganarnos la aceptación de los demás.

 

Cuarto: la autoestima

 

 

Un paso adelante, el 4° escalón en las necesidades de desarrollo, es la necesidad de autoestima. La persona humana necesita sentir que es valiosa, necesita quererse. Tiene muchos motivos para sentir que es valiosa,  empezando porque Dios la ama y la acepta como es. Como dicen por ahí, a uno Dios no lo ama por lo que uno es sino por lo que Él es: Dios es Amor. Nos ama tanto que nos hizo a imagen suya. Las pruebas de que Dios nos ama son innumerables, empezando por llamarnos a la vida, a la fe y basta mirar el día anterior, para darnos cuenta de lo mucho que tenemos que agradecerle  todos los días.

 

Las necesidades anteriores, las fisiológicas, las de seguridad, las necesidades sociales, la de autoestima,  tienen que ver con el TENER. Tenerlas produce bienestar.

 

 

El escalón más alto: llegar a ser todo lo que uno puede llegar a SER

El peldaño más alto en la escala de nuestro desarrollo es llegar a SER todo lo que uno puede ser. Es alcanzar la plenitud del potencial del que Dios nos dotó. Es la realización completa del plan de Dios en nosotros. Como vemos, ese paso final sólo se dará cuando lleguemos a gozar de Dios, pero tenemos que cumplir parte de la tarea acá en la tierra. En esa tarea se necesita, primero la gracia de Dios; además nuestro esfuerzo personal y también una mano de los demás. No es posible que lleguemos a la plenitud solos. Los demás intervienen para bien o para mal y nosotros intervenimos en el desarrollo integral de los demás, para bien o para mal.

 

Al escalón más alto es muy difícil llegar si no se satisfacen las necesidades materiales. Algunos piensan que antes de subir al escalón siguiente, se tienen que satisfacer las necesidades del escalón anterior. Yo creo que hay que ir trabajando en todos los frentes. Uno puede sufrir privaciones materiales y ser, sin embargo un ser humano admirable. Es posible TENER poco y sin embargo SER mucho.

 

Es de gran importancia tener trabajo, alimento, salud, respeto de parte de los demás. Sin una sociedad justa y que sepa amar y servir, el desarrollo es imposible. ¿Cómo puede desarrollar todo su potencial la persona que pasa hambre, que padece de desnutrición? Y es medio planeta el que sufre de ese mal. Los países que han llegado al máximo del TENER no se pueden considerar desarrollados si fallan en la solidaridad y en el amor. Les sobran bienes materiales,  pero carecen de lo más importante. Las siguientes palabras de la encíclica Redemptor hominis, en el N° 10, nos pueden aclarar estas ideas:

 El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor (…), revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es —si se puede expresar así— la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad.

Qué buena introducción nos hace Juan Pablo II a las encíclicas Dios es amor y Caridad en la verdad.

Fernando Díaz del Castillo Z.

Escríbanos a: reflexionesdsi@gmail.com

 

 



[1] Pablo VI, Discurso a la ONU, 5,10,1965

[2] Cf discurso de apertura de la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano (28 denero de 1979): AAS 71 (1979) 71, Pg. 189-196, PUEBLA, Pg 17.

 

[3] San Ireneo, Tratado contra las herejías, L. III, 20, 2-3