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Reflexión 123


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Compedio de la D.S.I. N° 79-80

¿Necesitamos
conocer mucho de religión para salvarnos?

Antes de comenzar el tema de hoy vamos a tomar un espacio para referirnos a la inquietud expresada al aire por una de nuestras radioescuchas. Merece toda nuestra atención. Las reflexiones de los oyentes nos ponen a pensar y nos ayudan mucho a todos.

Manifestaba nuestra oyente, la dificultad que presenta el estudio de la D.S.I., y decía que nuestros antepasados pudieron salvarse viviendo una fe sencilla, sin haber tenido la oportunidad de entrar en las profundidades de ella.Si duda nuestros antepasados pudieron salvarse viviendo su fe sencilla y deben estar gozando del Señor en la gloria. Hoy tenemos más oportunidades, más medios, para profundizar en el conocimiento de nuestra fe.Las emisoras católicas como Radio María, y la TV católica, la información que podemos conseguir en Internet, por ejemplo, llegan hasta nuestra casa. Algunas personas por falta de tiempo o por otras circunstancias, no pueden aprovechar éstas u otras oportunidades para estudiar a fondo la fe.

Todos los seres humanos tenemos la oportunidad de salvarnos, si, con la gracia de Dios, vivimos sencillamente, de acuerdo con la fe. El Señor tiene caminos que no conocemos, para llegar a todos. En nuestro caso, Él nos ha regalado la fe. Es verdad que no es indispensable conocer mucho de la religión para salvarse, sin embargo, unas palabras del Catecismo, en el N° 158, nos pueden ayudar a comprender la importancia del estudio de nuestra fe. Dice así:

es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a aquel en
quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un
conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más
encendida de amor. La gracia de la fe abre «los ojos del corazón»[1]
para una inteligencia viva de los contenidos de la Revelación…

Unas líneas más adelante cita el Catecismo estas palabras de San Agustín:

«Creo para comprender y comprendo para creer mejor».

Yo diría a nuestra oyente que no se preocupe, que ella está haciendo el esfuerzo por conocer mejor su fe. Nosotros tenemos que esforzarnos por explicarla de manera clara. No siempre lo conseguimos, pero tenemos que hacer el esfuerzo.

Al final de la reflexión anterior hicimos algunas consideraciones que debemos aplicar los que en alguna forma trabajamos en catequesis. Decíamos que para que una persona que me escuche llegue a comprender lo que trato de explicarle yo mismo tengo que haber encontrado antes, que lo que trato de explicar es coherente con mi visión del mundo, que cuadra con esa visión mía para comprender el mundo y que ese es el camino que debo seguir, que esa es mi opción de vida y trato de vivir de acuerdo con ella.Si quienes me escuchan descubren que mis palabras y mi acción van por caminos distintos pierdo credibilidad.

Comentábamos que el que explica tiene que encontrar el modo de ligar su modo de ver el mundo, de ver la vida, con el modo de ver el mundo de la persona que recibe la explicación. Eso es más importante si tratamos con no creyentes. Lograr ver el mundo con el modo de verlo la persona con quien hablo sería tender puentes, o si no, estaríamos entablando un monólogo, un diálogo entre sordos.

Corazón del proceso enseñanza-aprendizaje

Decíamos en la reflexión que es necesario tender puentes entre la mente del que explica y la del que escucha. El que enseña debe esforzarse por comprender en qué piso está parada la persona con quien habla, para que tenga sentido su mensaje. A veces podemos pecar por aparecer impositivos, dueños únicos de la
verdad. Otras veces podemos suponer que todo el mundo maneja el lenguaje técnico o teológico que se usa en los documentos de la Iglesia y esa no es la realidad. Para tender puentes, – en vez de romperlos, – se necesita una actitud de humildad. Para el maestro, el catequista, el predicador, tender puentes implica un esfuerzo grande para llegar a la mente del otro. Ese ejercicio nos lleva al corazón del proceso enseñanza-aprendizaje.

Estas ideas, sólo en teoría, se aceptan con facilidad, pero todos fallamos. Lo importante es tenerlas claras y hacer el esfuerzo.

El Señor no nos hará un examen de conocimientos

Y, mis queridos lectores, no nos preocupemos por nuestra salvación, si hay verdades que no alcanzamos a comprender. Sabemos que algunas son un misterio que supera a toda mente humana. Y, cuando rindamos cuentas, el Señor no nos va a hacer un examen a ver qué tanto sabemos de religión; la cuenta que vamos a rendir no es de conocimientos, sino de coherencia entre nuestra vida y la fe que decimos profesar; si nuestra vida se acomodó a las enseñanzas del Evangelio y en particular, si fuimos misericordiosos con nuestros hermanos.

Va el Señor a pasar revista a nuestra vida, a ver si dimos de comer al hambriento, de beber al sediento, si visitamos al enfermo, si acogimos al forastero, si vestimos al desnudo. En una palabra, si lo reconocimos a Él en la persona del hermano en necesidad, y lo socorrimos.

Y nos vamos a llevar sorpresas en la otra vida: a los humildes, a los sencillos los podremos encontrar en puestos de privilegio, – por decirlo de alguna manera, – más cerca de Dios, que algunos doctores.

No el mucho saber ni hablar de religión garantiza la salvación. Sí, el acomodar nuestra vida a las enseñanzas de Jesús. En el noticiero de Radio María del lunes pasado, el pensamiento de San Agustín que para ese día propuso Margarita Suárez, nos viene bien en este momento. Decía algo así como que, “quien nos vea cuando estamos orando puede pensar que somos santos, pero ¿dirían lo mismo los que nos conocen porque viven cerca de nosotros?” Ni el saber mucho, ni la apariencia externa, cuando hablamos de Dios, por ejemplo, es garantía de nuestra verdadera cercanía al Señor.

De las gracias recibidas nos pedirán cuentas

Como lo hemos oído en repetidas ocasiones, sin la gracia de Dios no somos capaces de vivir nuestra fe. La fe misma la recibimos gratuitamente del Señor. Para conservarla y aumentarla tenemos que acercarnos a las fuentes de la gracia: al sacramento de la reconciliación y, claro, a la Eucaristía y a la oración. Y tenemos que dejar que la gracia obre en nosotros, porque la gracia del Señor no nos va a faltar, lo que sucede con frecuencia es que le ponemos obstáculos. Recibimos muchas gracias pero no las dejamos obrar en nosotros. Y tengamos en cuenta que también de las gracias recibidas, que son talentos recibidos, nos van a pedir cuentas.

Entonces, si el Señor no nos va a hacer un examen de religión, ¿por qué dedicar tanto tiempo y esfuerzo al estudio de nuestra fe? Como leímos hace un momento, en las palabras de San Agustín «Creo para comprender y comprendo para creer mejor». Si comprendemos mejor las verdades de nuestra fe, podremos creer mejor.

Tengamos presente que, especialmente hoy, también los creyentes podemos tener dudas. Si las tuvo Santa Teresita de Lisieux… En las últimas semanas de su pasión dejó escrito que la importunaban las ideas de los peores materialistas.

[2]

El océano de la inseguridad es el único lugar que se ha asignado al creyente para vivir su fe

Citamos en la reflexión anterior unas palabras del Cardenal Ratzinger, ahora Benedicto XVI, en su libro Introducción al Cristianismo.[3] Los creyentes vivimos, hoy quizás como nunca, un mundo que nos reta todo el tiempo. Los ataques directos o solapados a la religión en los medios de comunicación, en la literatura, hasta en las reuniones sociales y familiares son cómo nunca antes. No nos extrañemos de que eso suceda. El Cardenal Ratzinger en ese libro Introducción al Cristianismo, dice que …el creyente sólo puede realizar su fe en el océano de la nada, de la tentación y de lo problemático; el océano de la inseguridad es el único lugar que se le ha asignado para vivir su fe. Los que vivimos en el mundo, no podemos salir de ese medio y meternos, para estar aislados, en una burbuja de cristal.

Antes que
misioneros tenemos que ser discípulos

El mundo en que nos ha tocado vivir es el campo en el que tenemos que vivir
nuestra fe. Si estamos llamados a ser misioneros, a llevar a los demás la alegría de la Buena Nueva, tenemos que ser antes, discípulos. Nuestra vocación es de discípulos y misioneros. Nos puede atacar la tentación de la duda, de la perplejidad, de la confusión. Claro que primero tenemos que pedir la ayuda de la gracia, pero además, Dios espera que pongamos nuestra parte, que utilicemos los talentos que nos dio, que estudiemos nuestra fe.

La Iglesia
tiene que hablar al mundo en un lenguaje que el mundo entienda

Otras palabras del Cardenal Ratzinger, bien se pueden aplicar a nuestro papel de misioneros en la Iglesia. Explica el Cardenal Ratzinger, en el mismo libro Introducción al Cristianismo, que es necesario que la Iglesia entienda en qué piensa el mundo, de qué habla, cuáles son sus intereses, para que le hable en un lenguaje que el mundo entienda. Examinemos qué tan preparados estamos para llegar a los demás con el mensaje del Evangelio. Las personas con quienes tratamos tienen conocimientos propios, actitudes frente a los asuntos que los inquietan y ellas rechazan o construyen sobre los conocimientos y actitudes que tienen ya. No vamos a llenar un vaso vacío. Eso sería quizás menos difícil. Cuando hay que empezar por vencer prejuicios, por ejemplo, se complican las cosas.

Por mi parte, puedo decir que, el estudiar la doctrina social de la Iglesia, me ha
ayudado a darme cuenta de lo maravilloso de nuestra fe, me ha ayudado a amar
más a Jesucristo y a su Iglesia, a amar más mi fe y a darle gracias al Señor por haberme llamado a ella.

El libro
oficial de la Iglesia sobre la D.S.I.

Recordemos una vez más, que en nuestro estudio seguimos un libro oficial de la Iglesia sobre su doctrina social. Es un excelente libro, preparado por un equipo de especialistas, nombrado por Juan Pablo II. Este libro, que tiene como título Compendio de la D.S.I., es como el Catecismo, en cuanto se refiere a la doctrina social.

Continuemos el estudio de los números 79 y 80 de nuestro libro de texto, el Compendio de la D.S.I. Recordemos que estos números nos explican que la D.S.I. es la expresión del modo en que la Iglesia comprende a la sociedad. Y la Iglesia comprende a la sociedad según el Evangelio. A la familia, a la persona humana, a la sociedad, las comprende la Iglesia, como Dios, a través de su Palabra, nos las ha dado a conocer. Los creyentes defendemos por eso los modelos de familia, de persona humana, de sociedad, según lo que el Señor nos ha enseñado.

También el Compendio nos explica qué quiere decir la expresión Doctrina Social de la Iglesia. No estudiamos aquí la doctrina social de un movimiento político o filosófico, sino la doctrina social de la Iglesia. Veíamos que la D.S.I. no es la obra de un grupo de sabios, ni es tampoco una doctrina cerrada, terminada, pues tiene que renovarse en forma permanente, según las épocas y las regiones. En esa permanente renovación no se cambian los principios ni valores cristianos, según la situación, pero se puede cambiar el énfasis, se pueden modificar las expresiones, las orientaciones, según los lugares y los momentos.

Brevemente recordemos lo que aprendimos en el N° 79, del libro Compendio de la D.S.I. Nos enseña allí que

La doctrina social es de la
Iglesia
porque la Iglesia la elabora, la difunde y la enseña

Y, ¿cuál es la Iglesia que elabora la D.S.? Nos enseña el libro, que la elaboración de la D.S. no es el privilegio de un grupo particular de la comunidad eclesial, sino que la D.S. es obra de la comunidad eclesial entera. Dice el libro: Toda la comunidad eclesial —sacerdotes, religiosos y laicos— participa en la elaboración de la doctrina social, y aclara algo importante; nos dice que toda la comunidad participa en la elaboración de la doctrina social según la diversidad de tareas, carismas y ministerios.

Vimos antes que La Doctrina Social no se reduce a los documentos episcopales, ni tampoco a una disciplina teológica de teólogos especializados, pero también se nos aclaró que, aunque los teólogos y especialistas desempeñan un papel importante en la elaboración de la D.S.I., sólo el magisterio o sea los obispos en comunión con el Papa, pueden revestir de su autoridad una opinión. [4]

Entonces, cuando leemos libros sobre doctrina, escritos por expertos particulares, – así sean sacerdotes, – sus opiniones son eso, opiniones. Puede ser que sus aportes sean muy importantes, que ayuden a comprender mejor nuestra fe, y así, a creer mejor, pero tengamos en cuenta que sólo el magisterio o sea los obispos en comunión con el Papa, pueden revestir de su autoridad una opinión.

Escuchar con veneración a quienes tienen la asistencia del Espíritu
Santo

Recordábamos que La Constitución Lumen Gentium[5] del Vaticano II dice que
en la misión de enseñar, los obispos tienen la promesa y la asistencia del Espíritu Santo y que la predicación del Evangelio sobresale entre los deberes de los Obispos, los cuales deben ser escuchados con veneración.

Sobre el papel de los laicos y de los especialistas de las ciencias sociales y humanas, en la formación de la D.S., veíamos que los Papas y los obispos tienen muy en cuenta su aporte en los documentos que ofrecen a la comunidad de la Iglesia. Mencionamos, por ejemplo, el papel muy importante del sociólogo P. Louis-Joseph Lebret, de la Orden de Predicadores, en la preparación de la encíclica Populorum progressio, de Pablo VI.[6]

Volvamos al Compendio
de la D.S.I
., que amplía esta enseñanza sobre la elaboración de la D.S., en el mismo N° 79, que estamos estudiando:

Las aportaciones múltiples y multiformes —que son también expresión del «sentido sobrenatural de la fe de todo el puebloson asumidas, interpretadas y unificadas por el Magisterio, que promulga la enseñanza social como doctrina de la Iglesia.»[7] El Magisterio compete, en la Iglesia, a quienes están investidos del «munus docendi», es decir, del ministerio de enseñar en el campo de la fe y de la moral con la autoridad
recibida de Cristo. La doctrina social no es sólo fruto del pensamiento y de la obra de personas cualificadas, sino que es el pensamiento de la Iglesia, en cuanto obra del Magisterio, que enseña con la autoridad que Cristo ha conferido a los Apóstoles y a sus sucesores: el Papa y los Obispos en comunión con él.[8]

Detengámonos aquí un momento. Volvamos sobre algunas de las palabras que continúan la explicación sobre el papel de la comunidad de la Iglesia en la formación de la D.S. Nos dice que el Magisterio asume los aportes, múltiples, es decir muchos, y multiformes o sea de aportes que se hacen de muchas formas, como expresión de la fe de todo el pueblo; el magisterio toma esos aportes, los interpreta y los unifica, y el Magisterio, – el Papa y los obispos en unión con él, – promulgan la enseñanza social como doctrina de la Iglesia.

Sólo opiniones, no doctrina de la Iglesia

De manera que los aportes de los expertos son sólo opiniones y no doctrina de la Iglesia, mientras el Magisterio no los promulgue como doctrina de la Iglesia.

Es importante que tengamos esto claro: aunque toda la comunidad de la Iglesia aporta a la formación de la D.S., sólo el Magisterio tiene la autoridad de decirnos: esta es doctrina de la Iglesia.


En la Doctrina Social debemos tener un especial cuidado de no presentar como
doctrina de la Iglesia lo que es sólo nuestra interpretación personal, particular.

¿Por qué solo el Magisterio?

Leímos también, hace un momento, cual es la razón para que sólo el Magisterio tenga la autoridad de promulgar la doctrina como doctrina de la Iglesia. Volvamos a leer esas líneas del N° 79 del Compendio.  Nos dice que El Magisterio compete, en la Iglesia,es decir para enseñar en la Iglesia tienen autoridad – quienes están investidos del… ministerio de enseñar en el campo de la fe y de la moral con la autoridad recibida de Cristo. Y continúa así: La doctrina social no es sólo fruto del pensamiento y de la obra de personas cualificadas, sino que es el pensamiento de la Iglesia, en cuanto obra del Magisterio, que enseña con la autoridad que Cristo ha conferido a los Apóstoles y a sus sucesores: el Papa y los Obispos en comunión con él.

Continuemos ahora con el N° 80 del Compendio. Dice así:

En la doctrina social de la Iglesia se pone en acto el Magisterio en todos sus componentes y expresiones. Se encuentra, en primer lugar, el Magisterio universal del Papa y del Concilio: es este Magisterio el que determina la dirección y señala el desarrollo de la doctrina social. Éste, a su vez, está integrado por el Magisterio episcopal, que específica, traduce y actualiza la enseñanza en los aspectos concretos y peculiares de las múltiples y diversas situaciones locales.[9]
La enseñanza social de los Obispos ofrece contribuciones válidas y estímulos al magisterio del Romano Pontífice. De este modo se actúa una circularidad, que expresa de hecho la colegialidad de los Pastores unidos al Papa en la enseñanza social de la Iglesia. El conjunto doctrinal resultante abarca e integra la enseñanza universal de los Papas y la particular de los Obispos.

Todos los componentes y expresiones
del Magisterio

Nos explica este número 80 del Compendio, que en la formación de la D.S.I. actúa el Magisterio con todos sus componentes y expresiones. Enseguida enumera cuáles son los componentes y expresiones del Magisterio a que se refiere: nombra en primer lugar, como debe ser, al Magisterio universal del Papa y del Concilio. Y con toda claridad dice cuál es papel del Papa y del Concilio en esta materia de la formación de la D.S.; dice que es este Magisterio el que determina la dirección y señala el desarrollo de la doctrina social.

Tengamos esto siempre presente; son el Papa y el Concilio (el Concilio es el Papa reunido con los obispos), quienes determinan la dirección y señalan el desarrollo de la doctrina social. Y luego aclara el papel de los obispos. Nos dice que el Magisterio universal está integrado, además del Santo Padre y el Concilio, por los señores obispos, es decir, por el Magisterio episcopal. Por los obispos que actúan en sus diócesis particulares.

El Magisterio episcopal específica, traduce y actualiza la enseñanza en los aspectos concretos y peculiares de las múltiples y diversas situaciones locales. Resalta la importancia de la enseñanza de los obispos al decir que La enseñanza social de los Obispos ofrece contribuciones válidas y estímulos al magisterio del Romano Pontífice… expresa de hecho la colegialidad de los Pastores unidos al Papa en la enseñanza social de la Iglesia. El conjunto doctrinal resultante abarca e integra la enseñanza universal de los Papas y la particular de los Obispos.

Papel de los Obispos en la formación de la Doctrina Social

De manera que es papel de nuestros obispos, como miembros del Magisterio, especificar, traducir y actualizar la enseñanza social de la Iglesia en los aspectos concretos y peculiares de las múltiples y diversas situaciones locales. Es lo que nuestros obispos, por medio de la Conferencia episcopal hacen: nos enseñan cómo debemos entender y aplicar la doctrina social en nuestra situación concreta. Fue el caso de la Conferencia de Aparecida, que se reunió para examinar la situación de nuestros países de América Latina y del Caribe y darnos su orientación para responder a los retos que presenta a la Iglesia.

Un ejemplo cercano nos ayuda a entender la forma como los obispos especifican, traducen y actualizan la D.S. en los aspectos concretos de la situación de cada región. En estos días y hasta mañana, viernes 13 de febrero de 2009, estarán reunidos nuestros obispos de Colombia en Asamblea episcopal, y
como lo han hecho en otras oportunidades, analizarán la situación de nuestro país para precisar los criterios y líneas de acción con los que la Iglesia enfrentará pastoralmente los retos que plantean las condiciones actuales.


Informa la Conferencia Episcopal que

La Asamblea va a analizar la realidad colombiana / mediante la metodología del VER, JUZGAR y ACTUAR:

* VER: tener una visión amplia de la realidad, integrando elementos aportados
por las Jurisdicciones Eclesiásticas y otras fuentes.

* JUZGAR: analizar la realidad haciendo énfasis en los hechos y situaciones / que constituyen retos y
desafíos para la acción pastoral.

*ACTUAR: aportar criterios y sugerencias (de acción).

La Octogésima sexta Asamblea c uenta con la presencia de unos 90 Obispos y
Arzobispos, en representación de las 76 Jurisdicciones Eclesiásticas de
Colombia.

Esa actividad de nuestros obispos nos da a entender cuál es papel del magisterio episcopal: ellos nos dirán cómo debemos entender y aplicar la doctrina social en
nuestra situación concreta.


[1] Ef 1,18

[2] Teresa de Lisieux,
Historia de un Alma, San Pablo, Cap. X, Pg. 343
: Cuando quiero
que mi corazón fatigado descanse de las tinieblas que lo rodean evocando el
recuerdo del país luminoso al que aspiro, mi tormento arrecia. Me parece que
las tinieblas, apropiándose la voz de los pecadores, se burlan de mí
diciéndome: “Sueñas con la luz, con una patria perfumada con las más suaves
fragancia; sueñas con la posesión eterna del Creador de todas esas maravillas,
crees que algún día saldrás de las brumas que te rodean. ¡Adelante!, ¡adelante!
Alégrate por la muerte, que te dará, no lo que esperas, sino una noche aún más
oscura, la noche de la nada”.
Véase también Joseph Ratzinger, Introducción
al Cristianismo, 12° edición, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2005, Pg 41s

[3] Joseph Ratzinger, Introducción al Cristianismo,
Ediciones Sígueme, Salamanca 2005, Pg 41-43

[4] Cfr Memorias del Congreso Latinoaméricano de la D.S.I. antes
citado, Pg 727

[5] Lumen Gentium 24-25

[6] Véase Reflexión anterior

[7] Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen Gentium, 12: AAS
57 (1965) 16.

[8] Cf Catecismo de la Iglesia Catolica, 2034

[9] Cf Pablo VI, Carta ap. Octogesima adveniens, 3-5: AAS 63
(1971) 402-405