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Reflexión 096

Mayo 8 2008

Compendio Doctrina Social de la Iglesia N° 72

Naturaleza de la D.S.I. (IV)

Conocimiento – Fe / Ideología

En la reflexión pasada repasamos los puntos esenciales del N° 72 del Compendio de la D.S.I, que versa sobre la naturaleza de la D.S.I., es decir, sobre qué clase de conocimientos nos proporciona la Iglesia en su Doctrina Social.

Vimos que cuando la Iglesia nos presenta su doctrina social entramos en un campo del conocimiento que pertenece a la fe; en su Doctrina Social, la Iglesia nos da la oportunidad de adquirir un conocimiento iluminado por la fe. Cuando estudiamos la D.S.I. no nos estamos informando o ilustrando acerca de una materia académica como pueden ser la sociología, la economía o la ciencia política. Cuando estudiamos la D.S.I. entramos en un campo del conocimiento que, para comprenderlo, necesitamos la luz de la fe. Sin la luz de la fe no se comprende la D.S.I. que no se basa en las ciencias humanas sino en el Evangelio. Para entender las ciencias puramente humanas, en cambio, es suficiente la razón.

Si revisamos lo que ha pasado en el mundo en, – digamos los últimos 100 años, – ya las ciencias humanas solas han ensayado resolver los problemas sociales sólo con filosofías y construcciones mentales puramente humanas como el marxismo, el fascismo y el capitalismo y han fracasado. Los problemas sociales continúan. Hoy hay más desarrollo material, pero sigue la pobreza, hay hambre, porque hay desarrollo, pero con inequidad. El marxismo, el fascismo y el capitalismo, para imponer sus teorías, han utilizado todas las herramientas a su alcance: las lícitas y las ilícitas y han fracasado. La única solución completa de los problemas del hombre en la sociedad que no se ha ensayado de verdad, está en el Evangelio. ¿Por qué no se intenta la solución del Evangelio? Porque toca profundamente los intereses personales, porque exige renuncia al bienestar personal, porque choca con el egoísmo, que se antepone al bien común. Ser justo, amar a los demás como Dios los ama, respetar el destino universal que dio Dios a los bienes de la tierra, exige renuncia, exige desprendimiento.

El hombre consigue tratar con Dios cuando logra tratar con los demás hombres, sus hermanos

A propósito del papel del Evangelio en la solución de los problemas sociales, – la oportuna llamada al aire de una de las oyentes, en el programa pasado, nos da la oportunidad de ahondar en esta idea sobre la D.S.I y su unión esencial, fundamental, con el Evangelio. Comentó nuestra oyente, con mucha razón, qué difícil de aceptar es la frase del Cardenal Ratzinger que leímos hacia el final del programa anterior; la frase que dice: El hombre consigue tratar con Dios cuando logra tratar con los demás hombres, sus hermanos. Porque es verdad, hay personas difíciles de tratar, algunas son muy difíciles de tratar, muy difíciles de amar. Y si para conseguir tratar con Dios, necesitamos aprender a tratar con los demás, llegar a un trato cercano con Dios se nos puede poner difícil.

Es aquí donde palpamos la necesidad de la gracia, la necesidad de vivir la fe. Con sólo medios humanos no podemos, con sólo nuestra fuerza de voluntad es imposible vivir el heroísmo que la fe a veces nos puede pedir. Y el Evangelio nos pide que, si queremos seguir en serio al Señor, amemos inclusive a nuestros enemigos. Porque amar a los amigos es fácil, anotó el Señor; que eso lo hacen también los pecadores, añadió.[1]

Comenté a nuestra oyente, que su reflexión sobre la dificultad práctica de tratar a ciertas personas, nos llevaba a un tema que requería por lo menos un programa completo. Yo creo que este asunto podría llevarse toda una serie de programas. Este tema, que tiene que ver con la naturaleza del amor cristiano, es central para comprender la D.S.I., especialmente la afirmación de Juan Pablo II en el N° 5 de su encíclica Centesimus annus, cuando dice que no existe verdadera solución para la «cuestión social» fuera del evangelio.

¿Qué sucede cuando me hago cristiano?

Reflexionemos primero sobre el trato con nuestros hermanos como camino para llegar a Dios y luego procuremos ahondar en el tema del Evangelio como solución de la cuestión social. Las dos cosas se relacionan íntimamente.

Empecemos por volver a leer las palabras del Cardenal Ratzinger que leímos en la reflexión anterior. Recordemos que estas palabras se encuentran en el libro Introducción al Cristianismo, en la página 79. Dice así el Cardenal Ratzinger:

¿qué sucede cuando me hago cristiano, cuando me someto al nombre de Cristo a quien confieso como hombre determinante, como norma de lo humano?, ¿qué cambio del ser tiene lugar ahí, qué actitud tomo respecto al ser humano’, ¿qué profundidad tiene ese acontecimiento?, ¿qué valor adquiere ahí lo real?

De manera que cuando me hago cristiano, Cristo tiene que empezar a ser determinante en mi vida, tiene que ser mi norma, la norma de mi comportamiento, tiene que producirse un cambio en mí, la realidad la tengo que empezar a ver a través de los ojos de Jesucristo. Entre los muchos ejemplos de personas admirables a quienes la fe, es decir el encuentro con Cristo, transformó, se me ocurren dos, de santas muy conocidas, que comprendieron las exigencias del encuentro con Cristo; que no es otra cosa la fe, que un encontrarse con Él.[2]

El encuentro con Jesucristo las transformó

El primer ejemplo es Santa Teresita de Lisieux. El otro, el de la Beata Teresa de Calcuta. Empecemos por Santa Teresita. En el capítulo X de la Historia de un alma[3] relata Santa Teresita su reflexión sobre el amor cristiano.

Se pregunta Teresita cómo amó Jesús a sus discípulos y por qué los amó –cómo los amó, y por qué los amó – y hace esta reflexión:

No lo podían atraer (a Jesús, sus discípulos) por sus cualidades naturales: entre ellos y él había una distancia infinita. Él era la ciencia, la Sabiduría eterna, y ellos eran pobres pescadores, ignorantes y llenos de pensamientos terrenos. Sin embargo, Jesús los llama amigos suyos, hermanos suyos[4].

Unas líneas más abajo, después de comentar que ha comprendido qué imperfecto es su amor por sus hermanas religiosas, añade Santa Teresita:

Ahora comprendo que la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los otros, en no asombrarse por sus flaquezas, en edificarse[5] con los más pequeños actos de virtud que se les vea practicar

Y Teresita descubre que, cuando el Señor dio a sus apóstoles su propio mandamiento, habla de amar al prójimo como él, Jesús lo ha amado…Parecería un mandato imposible, amar a los demás como el Señor los ama; pero el Señor no manda nada imposible, continúa la reflexión de Teresita. Por lo tanto, conociendo el Señor su debilidad, (la de Teresita), conociendo Jesús nuestra debilidad, -decimos nosotros, – el Señor sabía que jamás podríamos amar a nuestros hermanos como Jesús los ama, a no ser que Él intervenga directamente para remediar nuestra imperfección. Y Teresita se inventa esa fórmula de que sea Jesús quien ame, en uno, a los demás. Las palabras textuales de Teresita al Señor, son:

…sabes muy bien que jamás podría amar a mis hermanas como tú las amas, si tú mismo, Jesús mío, no las amaras también en mí…

Es Jesús quien obra…

Santa Teresita sabe muy bien lo que dice, con su fórmula de que sea Jesús quien, en ella, ame a sus hermanas. Es claro que no pretende la santa carmelita descargar en el Señor el mandamiento del amor y ella, sin ningún esfuerzo propio, quedarse observando desde afuera, cómo el Señor actúa en ella, sin ella, porque, aunque dice: es Jesús sólo quien obra en mí, añade esta confesión que nos aclara bien su pensamiento:

Estoy convencida de que cuando ejercito la caridad, es Jesús sólo quien obra en mí: cuanto más unida a él estoy, tanto más amo a todas mis hermanas.

No sólo espectadores

Cuando ejercito la caridad, dice. Ella no se queda inactiva, no se queda de mera observadora, de espectadora, ella ejercita la caridad, y descubre que el secreto para que ese ejercicio de la caridad se torne en un amar a los demás como Jesús nos ama, es estar unidos a Él. Cuanto más unida a él estoy, tanto más amo a todas mis hermanas, son sus palabras. ¿Cómo podemos estar unidos a Él, si no es por la fe, por la gracia, por la oración permanente, insistente, por la Eucaristía? De manera que la manera como podemos conseguir que Jesús ame en nosotros a los demás, es permaneciendo unidos a Él.

Ni por un millón de dólares

Hasta aquí lo que se refiere a Santa Teresita. Vayamos ahora a las lecciones de la Beata Teresa de Calcuta. Su ejemplo es muy conocido. Recordemos que, según cuentan, cuando un periodista, al ver el amor con que la religiosa atendía a los leprosos, le dijo que él no haría eso ni por un millón de dólares; la Beata Teresa le respondió que ella tampoco lo haría por todo ese dinero. No era el dinero, no eran razones humanas las que le daban la fuerza de la caridad.

Preguntaron a la Madre Teresa si le resultaba fácil hacer su trabajo entre los pobres y ella respondió:

No sería fácil sin una intensa vida de oración y un espíritu de sacrificio. Tampoco sería fácil si no viéramos en los pobres a Cristo, que continúa sufriendo los tormentos de Su pasión.[6]

De manera que No sería fácil sin una intensa vida de oración y un espíritu de sacrificio. No pretendamos conseguir tratar y menos amar, a las personas difíciles, por el camino fácil; según la Madre Teresa, para lograr esta clase de trato amable, amoroso, hacia personas que de otra manera rechazaríamos, necesitamos una intensa vida de oración y espíritu de sacrificio.

¿Cómo explicar qué es tener espíritu de sacrificio? Podemos decir que es tener una actitud de aceptar de buen grado, sin repugnancia, el esfuerzo que se necesita hacer para realizar una acción. Si uno no tiene espíritu de sacrificio le saca el cuerpo, le repugna lo que implique esfuerzo, lo que implique soportar la fatiga o el dolor; dolor que puede ser físico, pero quizás con más frecuencia se trata de aceptar el dolor psicológico, como el sentirse humillado, como ese sentimiento tan difícil que supone perdonar o el que implica agachar la cabeza y conceder con humildad y con sinceridad, que uno se equivocó y el otro tuvo la razón…

Los disfraces de Cristo

Preguntaron también a la Madre Teresa qué le daba fuerza para realizar su trabajo. Su respuesta fue:

Desde el primer momento se nos enseña a descubrir a Cristo bajo el penoso disfraz de los pobres, los enfermos y marginados. Cristo se presenta bajo todos los disfraces (dijo): los moribundos, los paralíticos, los leprosos, los inválidos, los huérfanos. Es la fe la que hace fácil o más soportable nuestro trabajo, el cual exige tanto una preparación especial como una vocación especial. Sin la fe, nuestro trabajo podría ser un obstáculo para nuestra vida religiosa, ya que en todo momento nos enfrentamos a la blasfemia, la maldad y el ateísmo.[7]

El camino que nos enseña la Madre Teresa es el de una intensa vida de oración, y el espíritu de sacrificio, y la fe. Tengamos presente que la vocación de la Madre Teresa y de su comunidad es una vocación especial, porque su preferencia es los más pobres de los pobres, los más abandonados, aquellos que no tienen a nadie que cuide de ellos, los huérfanos, los moribundos, los leprosos.[8]

Si la Madre Teresa y las religiosas de su comunidad son llamadas a una vocación especial, de todos modos, por ser cristianos, también nosotros estamos llamados a amar a los demás como el Señor nos ama… Si nos fijamos en las palabras de la Madre Teresa, la fe que permite descubrir a Cristo bajo tan diversos disfraces, no siempre hace fácil, sino más soportable, el ejercicio del amor a los demás. Esfuerzo vamos a tener que hacer siempre, ayudados de la gracia.

Criterios que formen nuestra conciencia

Sigamos ahora con el repaso del programa anterior y ahondemos en aquello de que los problemas del hombre en la sociedad sólo tienen una solución completa en el Evangelio[9] .

Vimos que la D.S.I. es una doctrina basada en el Evangelio. No es una doctrina basada en el pensamiento político de movimientos de derecha ni de izquierda. Juan Pablo II nos enseñó que la D.S.I. pertenece al campo de la evangelización, de manera que en la nueva evangelización se debe incluir el anuncio de la D.S.I. entre sus elementos esenciales. El mismo Papa, además de afirmar que no existe verdadera solución para la «cuestión social» fuera del evangelio, añade también que las situaciones nuevas, los problemas nuevos, encuentran siempre respuesta en los principios, valores y criterios basados en el Evangelio, que nos ofrece la D.S.I.

Vimos que la doctrina social de la Iglesia nos enseña cuál debe ser la conducta del cristiano ante los problemas que se presentan en la vida en sociedad; nos ofrece los criterios que deben formar nuestra conciencia, para que actuemos de acuerdo con el mensaje evangélico y sus exigencias. Es como si, ante situaciones nuevas nos preguntáramos: ante esta situación ¿qué habría dicho, qué habría hecho Jesús?

¿Por qué la D.S.I. no es una ideología?

Repasamos también en la reflexión anterior lo que significa la palabra ideología, porque la Iglesia nos dice que la D.S.I. no es un sistema ideológico. Vimos que las ideologías tienen que ver esencialmente con la interpretación de la realidad social. La ideología es la imagen que alguien se forma de la realidad social y la interpretación que hace de ella. Las ideologías interpretan la realidad social e intervienen en ella, para organizar la sociedad de acuerdo con su pensamiento político.

Cuando la Iglesia nos dice que su doctrina social no es un sistema ideológico, quiere decir que el conocimiento que adquirimos de la realidad social y la interpretación que los católicos hacemos de ella, – siguiendo los lineamientos de la Doctrina Social de la Iglesia,- son un conocimiento y una interpretación de la realidad social, iluminados por la fe, por el Evangelio. La D.S.I. no interpreta la realidad social de acuerdo con el pensamiento político de derecha ni de izquierda, ni del socialismo ni del capitalismo. Los creyentes conocemos e interpretamos la realidad social iluminados por la fe. Tratamos de ver la realidad a través de los ojos de Jesús.

Siguiendo la explicación de lo que significan las ideologías y cómo la Doctrina Social de la Iglesia no está comprometida con ellas, – con pensamientos políticos, – sino con los principios y criterios que nos da el Evangelio, nos detuvimos a estudiar la relación ideología / fe. Vimos que la fe no es una ideología porque no es una interpretación de la realidad social basada en un pensamiento político. La fe, decíamos recordando la explicación de Benedicto XVI, es una experiencia de encuentro con una persona. La fe es una experiencia radical, en el sentido de experiencia que va hasta la raíz de la persona. Radical viene de raíz. La fe es una experiencia radical, en el sentido de una experiencia que invade todo nuestro ser, mediante la cual adherimos a Dios. La experiencia de la fe es el encuentro con una persona, como nos lo enseña Benedicto XVI en Deus caritas est, (N°1) y ¡con qué persona!

¿Cómo se expresa en nosotros el encuentro con Cristo?

Ahora bien la fe cristiana, el encuentro con Dios, se expresa por la conversión, por la celebración y el comportamiento. Quien se ha encontrado con Dios, por la fe empieza a ver el mundo desde una nueva perspectiva y empieza a vivir tratando de hacer realidad el proyecto divino para el hombre. Lo que sucede a veces, es que la conversión la entendemos de un modo individualista y, como vamos a ver, la conversión tiene que ver también con nuestra vida de comunidad, con nuestra vida social. Este asunto es tan importante, que le vamos a dedicar un buen espacio en la próxima reflexión: la fe no la podemos vivir sólo en lo oculto de nuestra conciencia, en nuestra íntima oración personal, sino que necesariamente nuestra conversión por la fe, se tiene que reflejar también en nuestra vida en comunidad.

Quien mira la realidad con la luz de la fe, la interpreta teniendo como guía la Palabra de Dios, y con esa guía ve la realidad social de modo integral. Ve a la persona humana, no como un ser transitorio que hoy es y mañana desaparece en la nada, sino como un ser amado por Dios, creado para la eternidad. Por eso los creyentes comprendemos que en nuestra sociedad Dios no puede faltar o le faltaría algo esencial. Y claro, lo natural es que el creyente quiera cumplir en su vida y que se cumpla en la sociedad, el proyecto de Dios creador del hombre y del universo. Para una persona que ha tenido la experiencia del encuentro con Dios, la realidad social no tiene sentido si en ella se quiere prescindir de Dios. ¿Cómo prescindir de Dios?, si en Él vivimos, nos movemos y existimos, como explicó San Pablo a los Atenienses. [10] Recordemos esas palabras del Apóstol:

26 El creó, de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra fijando los tiempos determinados y los límites del lugar donde habían de habitar,
27 con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros;
28 pues en él vivimos, nos movemos y existimos, como han dicho algunos de vosotros: “Porque somos también de su linaje.”

Volvamos a leer las palabras del Cardenal Ratzinger en el libro Introducción al Cristianismo. Nos dice allí que, cuando la fe llega al ser humano, no sólo cambia la relación del nuevo creyente con Dios, sino con los demás, a quienes empieza a ver como sus hermanos. Las palabras textuales del Cardenal son:

¿qué sucede cuando me hago cristiano, cuando me someto al nombre de Cristo a quien confieso como hombre determinante, como norma de lo humano?, ¿qué cambio del ser tiene lugar ahí, qué actitud tomo respecto al ser humano’, ¿qué profundidad tiene ese acontecimiento?, ¿qué valor adquiere ahí lo real?

Continuaremos este tema, Dios mediante, en la próxima reflexión.

Escríbanos a: reflexionesdsi@gmail.com


[1] Cf Lc 6,27-38 En aquel tiempo Jesús dijo a sus discípulos: «Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que los aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos. «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».

[2] Cf Enc. Deus caritas est, 1

[3] Teresa de Lisieux, Historia de un Alma, San Pablo, Cap. X, La Prueba de la Fe, ¿Qué es la caridad?, Pg 356ss

[4] Cf Jn 15,15

[5] Edificarse, edificar, son términos muy utilizados en la vida espiritual. El diccionario define edificar, en su segunda acepción, como Infundir en alguien sentimientos de piedad y virtud.

[6] Madre Teresa, El amor más grande, Recopilado por Becky Benenate y Joseph Durepos, URANO, Pg 189

[7] Madre Teresa, El amor más grande, Pg 192

[8] Ibidem, Pg 193

[9] Juan Pablo II, Centesimus annus, 5

[10] Hch 17, 26-28