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Reflexión 6 Nº 20 Jueves 2 de febrero, 2006

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia Nº 20

 

En estas Reflexiones estudiamos la Doctrina Social de la Iglesia, tomando como libro de texto Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, preparado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz. Se ofrece allí una síntesis de las enseñanzas de la Iglesia en materia social, basadas en la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio. Es la doctrina oficial.

 

En la reflexión anterior terminamos de estudiar la Introducción del Compendio de la D.S.I., que lleva por título: Un Humanismo Integral y Solidario. Sabemos ahora qué es el Compendio, por qué fue preparado, cómo, por quién y para qué, qué contiene, qué fruto se espera que obtengamos del estudio de la D.S.I. Sobre el cómo y el para qué fue preparada esta obra, hay que destacar, que se presenta por la Iglesia en un espíritu de diálogo; que no es un código le leyes sino que el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia nos ofrece principios de reflexión, criterios de juicio y directrices de acción, que sirvan de base para promover en nuestras actividades, un humanismo integral y solidario.

 

Bases teológicas de la D.S.I.

 

Empezamos hoy el estudio de la Primera Parte del Compendio. Como primer paso vamos a reflexionar sobre la razón por la cual el Compendio comienza por sentar unas firmes bases teológicas, que es lo que hace este primer capítulo. Veamos:

Los problemas de la convivencia humana, que son un asunto que directamente toca a la doctrina social, no se resuelven teniendo en cuenta solamente las dimensiones biológica y psicológica, del hombre. Hay que tener en cuenta también su dimensión divina. No son suficientes las ciencias como la fisiología y la química, ni tampoco bastan la filosofía ni la sociología ni la psicología ni la economía ni todas ellas sumadas, para encontrar soluciones completas, integrales, a los problemas de la convivencia humana.

Como vimos ya en el ser humano hay una dimensión que trasciende inclusive la de la razón, y es la dimensión en la que el hombre se encuentra con Dios. Creado el hombre a su imagen, y encarnado Dios en la humanidad, -en la persona de Jesucristo,- las relaciones entre los hombres, necesariamente tienen que tener en cuenta el plan de Dios, que se nos ha manifestado por medio de su Palabra, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. No se puede prescindir de Dios. Por eso, la 1ª Parte del Compendio de la D.S.I., comienza con una cita de Juan Pablo II en la Centesimus Annus, Nº 55, que dice: La dimensión teológica se hace necesaria para interpretar y resolver los actuales problemas de la convivencia humana; y el primer capítulo del Compendio se intitula: El Designio de Amor de Dios para la Humanidad. Designio es lo mismo que propósito, plan. De manera que este primer capítulo nos habla del plan de Dios para el hombre, que, como veremos, es un plan de amor.

 

Se trata de un asunto de enorme alcance. Si alguno piensa que la Doctrina Social de la Iglesia es una cuestión política o sociológica, tiene que ir cambiando de enfoque. La D.S.I. está enmarcada en el campo de la teología moral social, y eso es distinto. Sus fundamentos, porque se trata de doctrina, hay que buscarlos en la Escritura. Por eso aclarábamos desde el principio, que la D.S.I. es la reflexión de la misma Iglesia, a través del tiempo, sobre lo que nos enseña la Palabra, acerca del hombre y de su relación con Dios y con sus hermanos. Esa reflexión de la Iglesia, sobre la doctrina que aparece en la Sagrada Escritura, se nos ha ido haciendo explícita en los escritos y predicación de los Padres y doctores de la Iglesia, en los documentos de los Concilios y de los Papas.

 

Hemos visto también, que, como nos enseña el Compendio, la orientación que se imprima a la existencia, a la convivencia social y a la historia, es decir la orientación que se imprima a la vida y a la sociedad, depende en gran parte, de las respuestas que se den a los interrogantes sobre el lugar del hombre en la naturaleza y en la sociedad. Si Dios está ausente de la relación entre los hombres, esa sociedad será muy distinta a la sociedad que se oriente con base en los planes de Dios.

Empecemos entonces el capítulo 1, que se encabeza con el título El Designio[1] de Amor de Dios para la Humanidad, y se divide en 4 partes. Vamos a ver la 1ª que se llama La acción liberadora de Dios en la historia de Israel.

Como vemos, la doctrina social se fundamenta y se enmarca desde el principio, en el amor de Dios al hombre, como lo encontramos en la Sagrada Escritura. La Iglesia nos ofrece su patrimonio invaluable, que es la Revelación, la Palabra, y en este caso, nos entrega lo que nos dice la Sagrada Escritura sobre el hombre y su relación con Dios y con sus hermanos.

 

Esta primera parte del Compendio es el fundamento de lo que seguirá más adelante. Los cimientos tienen que ser fuertes, de roca, no de arena. Tenemos que acostumbrarnos a entrar a fondo en nuestra doctrina.

Nuestro principal alimento en la vida espiritual es la doctrina. No podemos acostumbrarnos sólo a recetas sencillas. Recuerdo que un jesuita español, nos decía en el colegio,- yo era entonces un niño de primaria,- que a los bebés se empieza por darles alimentos suaves, pero que ha medida que van creciendo, hay que ir dándoles alimentos sólidos. “Tienen que aprender a comer pan con corteza”, decía él[2]; no sólo la parte blandita del pan. En la vida espiritual pasa lo mismo si queremos crecer. No nos dé miedo entrar a lo fundamental de la doctrina, porque si tenemos cimientos sólidos, no nos moverán de allí con palabras necias, ni con aparente sabiduría. No nos dé miedo, que el Espíritu Santo estará allí en nuestra ayuda. Pidámosle que nos acompañe mientras estudiamos la Doctrina Social de la Iglesia, que visite nuestras mentes y las ilumine.

Nuestro Dios es un Dios cercano

¿Cómo llegó Abraham a conocerlo?

 

Empecemos entonces a estudiar el Nº 20 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. La primera parte del primer capítulo, comienza hablándonos de la cercanía de Dios. Nuestro Dios es un Dios cercano; por cierto así nos lo presenta la Escritura. Vamos a leer despacio el Nº 20 del Compendio; es muy bello, pero es denso, no desperdicia palabras. Dice así:

Cualquier experiencia religiosa auténtica, en todas las tradiciones culturales, comporta una intuición del Misterio que, no pocas veces, logra captar algún rasgo del rostro de Dios.

 

Tomemos los elementos esenciales de estas líneas. Vamos a ir despacio, paso a paso, no tenemos prisa. Nos dice el libro que, en cualquier experiencia religiosa auténtica, hay una intuición del Misterio; es decir de Dios. En una experiencia religiosa auténtica, se logra captar algún rasgo del rostro de Dios.

Experiencia religiosa auténtica: Estamos hablando en serio. No se trata de pseudo experiencias religiosas, como tantas que se presentan ahora, y que son sólo un negocio. Una experiencia religiosa auténtica es una vivencia real, no ficticia, en que en alguna forma se siente la presencia de la divinidad. Menciona el Compendio, que esto pude suceder en todas las tradiciones culturales. No sólo se habla de las experiencias religiosas en las tradiciones culturales judías y cristianas. Veíamos hace una semana, que la humanidad a través de la historia, ha expresado por medio de la filosofía, de la literatura, del arte, su preocupación por conocer a fondo quién es y su papel en el universo. Ha tratado siempre de encontrar un sentido a la existencia y al misterio que la envuelve.

 

Parece que así llegó Abraham al conocimiento de Dios. Nuestro Padre en la fe, Abraham, venía de un ambiente religioso enfermo, corrompido-, el mismo de Sodoma y Gomorra-, ambiente difícil, en palabras del Cardenal Martini[3], quien añade que según algunos rabinos, Abraham llegó al conocimiento de Dios mirando el cielo estrellado. Así vivió una profunda experiencia religiosa: comprendió claramente que no son los astros los que deben ser servidos, sino el Dueño de los astros, el que los hizo. Fue una experiencia religiosa de carácter natural, (una) intuición (…) de la trascendencia, de la causalidad, del límite de las cosas, la que lo abrió al sentimiento de Dios.[4]

En la búsqueda de su razón de ser y de su papel en el universo, el hombre es capaz de tener una intuición del Misterio, nos dice el Compendio. Misterio es aquello que no estamos en capacidad de comprender, porque es superior a nuestra inteligencia. Pero nos dicen que puede el hombre tener una intuición del Misterio…

 

Tal vez una comparación nos ayude a entender la magnitud de lo que estamos hablando: cuando uno contempla por primera vez el mar, – esa inmensidad que se pierde en el horizonte, – suele sentir no sólo admiración, sino cierto estupor y hasta miedo, ante la experiencia nueva de no alcanzar a abarcarlo todo con la vista. Con la mirada escudriña uno la lejanía; trata de encontrarle límites, pero se pierde en esa enorme distancia, y en la profundidad que desaparece, porque es insondable a la vista. Un náufrago debe sentir pánico, en alta mar. Uno, habitante de la tierra firme, desde la orilla se asombra ante tanta grandeza, y entra en él con cierta reverencia.

 

Tiene el mar en su inmensidad apenas una lejana semejanza con el Misterio que es Dios, pero en alguna forma nos ayuda a comprender lo que, de lo incomprensible, puede captar nuestra inteligencia. Las comparaciones fallan siempre por algo, no son la realidad, pero es la única manera de imaginarnos en alguna forma a Dios. De esa contemplación natural de la inmensidad del mar, en el hombre puede saltar una chispa, que le permita aproximarse al Hacedor del mar.

 

El Salmo 104, en pura poesía, describe así la acción de Dios

 

¡Yahvé, Dios mío, qué grande eres!

Vestido de esplendor y majestad,

arropado de luz como de un manto,

tú despliegas los cielos lo mismo que una tienda,

levantas sobre las aguas tus altas moradas;-

haciendo de las nubes carro tuyo, -sobre las alas del viento te deslizas,

tomas por mensajeros a los vientos, a las llamas del fuego por ministros.

Sobre sus bases asentaste la tierra, -Inconmovible para siempre jamás.

Del océano, cual vestido, la cubriste,

Sobre los montes persistían las aguas; – Al increparlas tú, emprenden la huída,

De tu trueno a la voz se precipitan,- Y saltan por las montañas, descienden por los valles, -hasta el lugar que tú les asignaste;

un término les pones que no crucen, – porque no vuelvan a cubrir la tierra.

 

En ninguna parte, si no en la Biblia, podemos encontrar descripciones más bellas de los esplendores de la creación,  un reflejo de lo que es Dios. No leímos sino 9 versículos y son 35, del Salmo 104. Leámoslo luego todo, oremos con él.

 

La intuición de Dios en una experiencia religiosa auténtica

 

Y volvamos al Compendio. Nos dice que Cualquier experiencia religiosa auténtica, en todas las tradiciones culturales, comporta una intuición del Misterio, de manera que, no pocas veces, el ser humano logra captar algún rasgo del rostro de Dios.

 

En su búsqueda del sentido de la existencia, el hombre puede llegar a tener una intuición del misterio de la divinidad, porque Dios nos dio esa capacidad de aproximarnos a Él. La intuición de la que hablamos, es como un fogonazo en medio de la noche, una iluminación repentina, instantánea, en la cual, sin necesidad de razonamiento, alcanza el ser humano a captar algún rasgo de Dios. Nos dice el Compendio que en su búsqueda del sentido de la existencia, el hombre puede llegar a tener una intuición del misterio de la divinidad.

Los creyentes sabemos que Dios está presente y activo en cada momento en todas las criaturas. De modo que no es raro que una persona, de cualquier cultura, pueda tener una intuición de la divinidad a través de la creación que lo rodea. Como el ser humano es creado a imagen de Dios, tenemos una especie de conexión con lo divino, porque, como nos explica el Génesis, en la creación del hombre, Dios le insufló su espíritu; le insufló aliento de vida, dice la Escritura. El Cardenal Ratzinger, en el libro “Dios y el Mundo”, dice que: El ser humano lleva el aliento de Dios. Ha sido creado a imagen y semejanza de Dios… Es único. Está en los ojos de Dios y unido a Él de manera especial.”[5]

Si Dios está en todas partes, y el hombre está unido a él de una manera especial, porque lleva su aliento, su espíritu, tiene que ser posible esa intuición, ese encuentro, con un rasgo de Dios. En el salmo 139, 7s se lee:

¿A dónde podré ir –¿ lejos de tu espíritu? – ¿dónde podré huir lejos de tu presencia? Si subo a las alturas allí estás, si bajo a los abismos de la muerte, allí también estás…si tomo las alas de la aurora, si voy a parar a lo último del mar, también allí tu mano meconduce, tu mano me aprehende.

Encuentro con Dios en Jesucristo y en los otros seres humanos

 

No sólo en las maravillas del paisaje aparece en alguna forma el rostro de Dios. Algunas personas alcanzan a verlo en la sonrisa de un niño, en el enfermo a quien asisten, en el pobre que extiende la mano, en la persona que nos da la mano en el momento oportuno. Al fin y al cabo toda persona es imagen de Dios.

Quizás ni es necesario decirlo, pero de todos modos aclaremos, que cuando el Compendio menciona que se logra captar algún rasgo del rostro de Dios, lo dice de una manera figurada. Dios no tiene un rostro como el nuestro. Por eso, para dársenos a conocer, se encarnó y tomó nuestra figura en Jesucristo.

Es muy ilustrativa la explicación que el Cardenal Ratzinger dio al periodista alemán Peter Seewald, sobre la imagen de Dios, en una respuesta a la pregunta ¿Cómo es Dios? El hoy Papa Benedicto XVI, dijo entonces que él respondería a esa pregunta diciendo que uno se puede imaginar a Dios, tal como lo conocemos a través de Jesucristo. Cristo dijo una vez: “quien me ve a mí, ve al Padre”. Y explicó:

(…)” si después analiza la historia de Jesús, empezando por el pesebre, por su actuación pública, por sus grandes y conmovedoras palabras, hasta llegar a la última cena, a la cruz, a la resurrección y a la misión del apostolado (…) entonces uno puede atisbar el rostro de Dios. Un rostro por una parte serio y grande. Que desborda con creces nuestra medida. Pero, en última instancia, el rasgo característico de Él es la bondad; Él nos acepta y nos quiere.

Con esto podemos dejar ya la frase del Compendio sobre la posibilidad de que en todas las culturas, en una auténtica experiencia religiosa, se puede captar algún rasgo del rostro de Dios, que por lo que acabamos de leer del Cardenal Ratzinger, se caracteriza sobre todo por la bondad. Por lo visto el Santo Padre, que es un gran teólogo, tiene muy presente en todo momento que Dios es bondad, que Dios es amor.

¿Qué rasgos de Dios podemos imaginar?

Sabiendo entonces, como creyentes, que uno se puede imaginar a Dios a través de Jesucristo, ¿qué rasgos podemos captar del rostro de Dios? Bien puede ser por la contemplación de la naturaleza, o por la bondad de Dios conocida a través de la bondad de los hombres, de una Madre Teresa, por ejemplo.

De todos modos, será sólo algún rasgo, o algunos rasgos, porque a Dios no lo podemos abarcar del todo. El Compendio nos dice en el Nº 20, que Dios aparece, por una parte, como origen de lo que es, (es decir origen de todo lo que existe), también como presencia que garantiza, a los hombres, las condiciones fundamentales de vida, poniendo a su disposición los bienes necesarios; por otra parte aparece también como medida de lo que debe ser, como presencia que interpela la acción humana,- tanto en el plano personal como en el plano social,-, acerca del uso de esos mismos bienes en la relación con los demás hombres.

Es muy interesante e importante esto. Veamos: en esa intuición de Dios, el hombre puede captar que ese Ser es el origen de lo que es, es decir, que es el origen de él mismo y de todo lo que lo existe. También alcanza a ver que Dios garantiza a los hombres las condiciones fundamentales de la vida, poniendo a su disposición los bienes necesarios. De manera que al tener esa intuición de que fuimos creados por ese Ser, Dios, es posible barruntar también, que no fuimos dejados solos en medio de un desierto. Tenemos toda la creación para nuestra ayuda. Y algo más, nos es posible ver que, Él, Dios, es la medida de lo que debemos ser, tanto en el plano personal como en nuestras relaciones con los demás, acerca del uso de los bienes que pone a nuestra disposición.

Y concluye el Compendio en el mismo Nº 20: En toda experiencia religiosa, por tanto, se revelan como elementos importantes, tanto la dimensión del don y de la gratuidad, captada como algo que subyace a la experiencia que la persona humana hace de su existir junto con los demás en el mundo, como las repercusiones de esta dimensión sobre la conciencia del hombre, que se siente interpelado, – es decir requerido – a administrar convivial y responsablemente el don recibido.

Miremos esto despacio: cuando el hombre entra en ese contacto, que puede ser fugaz, en una rápida intuición del Ser Trascendente,- Dios,- alcanza a captar que ha recibido gratuitamente la existencia. Existe porque ese Otro, Dios, le ha comunicado el ser. Y como experimenta que él vive con otros, que también han recibido el mismo don, alcanza a ver que la creación que lo rodea, no es un don para él solo, y que por lo tanto tiene que administrarla responsablemente, teniendo en cuenta a los demás. Tiene que administrar la creación en comunión, – de manera convivial, – es la palabra que usa el Compendio. Es decir como en un convite al que todos están invitados.

La “Regla de Oro”

Termina el Nº 20 diciendo que hay un testimonio universal de este trato amable, de amigos, que todos esperamos de los demás, y es la aceptación general de la llamada Regla de Oro, que está formulada en el Evangelio de San Mateo, 7,12 y se aplica siempre en las relaciones humanas: Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos. Esa es la formulación de la Regla de Oro en el Cristianismo.

Es tan universal esta regla, que se encuentra en todas las culturas, aunque no se exprese exactamente con las mismas palabras. De todos modos, el sentido que se da a la frase coincide en todas. Veamos algunos ejemplos: [6]

En el Confucianismo dicen: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti.”

En el Budismo: Busca para los demás la felicidad que deseas para ti. No hagas daño a los otros con aquello que te hace sufrir a ti.

En el Hinduismo: Todas tus obligaciones están incluidas en esto: No hagas a los demás nada que te haría sufrir a ti si te lo hicieran.

En el Judaísmo: No hagas a los demás lo que te ofende a ti.

En el Islam: Que ninguno de ustedes trate a su hermano como él mismo no quisiera ser tratado. Ninguno de ustedes es un creyente hasta cuando ame para su hermano lo que ama para sí mismo.

En el Taoismo: Mira la ganancia de tu vecino como tu propia ganancia, y la pérdida de tu vecino como tu propia pérdida.

Como vemos, lo normal debería ser que nos tratáramos bien unos a otros. Eso es lo que está en lo íntimo de todo ser humano; pero hay una contradicción en la forma como nos comportamos. Por una parte buscamos la solidaridad y estamos dispuestos a ofrecerla cuando los demás nos necesitan. Pero por otra parte, miramos sólo lo que nos conviene, aunque perjudique a los demás. El mundo vive en continuas guerras.

Es sin embargo notoria la necesidad que todos sentimos, de ser parte de algo mayor que nosotros. De allí el sentido de unión que tenemos desde niños: entre compañeros de curso, en el colegio y a través de toda la época de estudios, y después, con la organización de asociaciones de ex alumnos. Nos unimos alrededor de un equipo de fútbol, de un partido político, de la acción comunal, en los grupos apostólicos, cantamos con entusiasmo el himno nacional y buscamos a nuestros compatriotas si estamos en el extranjero. Podríamos decir que buscamos cualquier disculpa, para sentirnos parte de una comunidad, pero al mismo tiempo nos destrozamos como si fuéramos enemigos.

Somos contradictorios. Sin duda tenemos dentro ese gusano, cuya acción describió San Pablo en Rom. 7, 15, donde dice: Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Es que el plan de Dios para el hombre se rompió con el pecado. Por eso el desequilibrio. Y por eso vino Dios en la persona de Jesucristo a recomponer ese plan.

Estamos en un mundo en crisis, en el cual vivimos en contra de lo que el hombre íntimamente desea, que es la unidad. En lo más hondo del ser humano, parece estar muy arraigada la necesidad de unidad, de integración, en todo, empezando por nosotros mismos como personas: quisiéramos que hubiera coherencia entre nuestros pensamientos, creencias y acciones; pero no actuamos conforme a lo que decimos creer; de nosotros muchas veces podrían decir lo que Jesucristo dijo de los fariseos: que los demás hagan lo que decimos que se debe hacer, pero que no obren como obramos nosotros. Quisiéramos que también entre nuestras emociones y nuestras creencias hubiera integración; y que esa unión reinara con los demás, en la familia, en el trabajo, en la lucha por lograr el bien común. Y si falla la integración las cosas salen mal. Parece que la integración, la unidad de todos y finalmente en Dios, es algo que tiene que darse para que últimamente se llegue a la perfección. Mientras llega el día vivimos en la lucha.

El Cardenal Ratzinger expone magistralmente esta situación de contradicción en que vivimos. Voy a leer unos párrafos de Dios y el Mundo[7], que he citado ya.

La fe cristiana está convencida de que hay una perturbación en la creación, dice el Cardenal. La existencia humana no es como salió realmente de las manos del creador. Está lastrada (es decir sobrecargada) con un factor que, además de la tendencia (…) hacia Dios, también dicta otra, la de apartarse de Dios. En este sentido, el ser humano se siente desgarrado entre la adaptación original a la creación y su legado histórico.

Esta posibilidad, ya existente en la esencia de lo finito, de lo creado, se ha conformado en el curso de la historia. Por una parte el ser humano ha sido creado para el amor. Está aquí para perderse a sí mismo, para darse. Pero también le es propio negarse, querer ser solamente él mismo. Esta tendencia se acrecienta hasta el punto de que por un lado puede amar a Dios, pero también enfadarse con él y decir: “En realidad me gustaría ser independiente, ser únicamente yo mismo.”

Continúa así el hoy Benedicto XVI: Si nos examinamos con atención, también observaremos esta paradoja, esta tensión interna de nuestra existencia. Por una parte consideramos correcto lo que dicen los diez mandamientos. Es algo a lo que aspiramos y que nos gusta. Concretamente ser buenos con los demás, ser agradecidos, respetar la propiedad ajena, encontrar el gran amor en la relación entre los sexos que implicará una responsabilidad mutua que durará toda la vida, decir la verdad, no mentir…

Más adelante dice: esta paradoja muestra una cierta perturbación interna en el ser humano que, lisa y llanamente, le impide ser lo que querría ser.

Esa desintegración que empieza en cada uno de nosotros, se refleja en las familias, en los grupos en los que trabajamos, se manifiesta en los países, basta ver la violencia entre compatriotas; se observa en las políticas internacionales: se quiere globalización, tratados comerciales, integración, pero no se tiene en cuenta la equidad, que es tener en cuenta a los otros. Es el individualismo el que se trata de imponer.

El plan de Dios con el hombre, como hemos visto, y lo encontramos en Efesios, 1, 3-23, se realizará completamente en la plenitud de los tiempos, cuando se dará la unión del mundo entero, de toda la creación, en Cristo, primogénito de toda criatura y centro de la historia. Ya vimos antes lo que se espera de nosotros, laicos, sacerdotes y religiosos, como instrumentos en la construcción del Reino, que será un Reino de amor. Algunos nos acusan equivocadamente a los creyentes, de esperar pasivamente la felicidad sólo en la otra vida. Es verdad que la felicidad completa, eterna, sólo será realidad cuando vivamos la vida definitiva.

Como dice el Catecismo (1024): El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha. Pero mientras tanto tenemos una tarea muy importante en la tierra. El ConcilioVaticano II nos enseña en la Constitución Gaudium et spes, que Cristo Resucitado no sólo despierta el deseo del mundo futuro, sino también el propósito de hacer más humana la vida presente.[8]

Oremos con las líneas finales de la plegaria a la Virgen María, con que Juan Pablo II terminó la exhortación Christifideles laici:

Virgen Madre, guíanos y sosténnos para que vivamos siempre como auténticos hijos e hijas de la Iglesia de tu Hijo y podamos contribuir a establecer sobre la tierrala civilización de la verdad y del amor, según el deseo de Dios y para su gloria. Amén.

 

Fernando Díaz del Castillo Z.

reflexionesdsi@gmail.com


    (1) Diseño: es lo mismo que proyecto, plan, concepción 0riginal de un objeto, es decir es el pensamiento o propósito del entendimiento, según el DRAE

[2] El H. Dimas Huidobro, S.J., en el Colegio de San Francisco Javier, en Pasto

[3]  Carlo María Martini, “Vivir con la Biblia“, Planeta Testimonio, Pg. 19

[4] Ibidem

[5] Joseph Ratzinger, “Dios y el Mundo“, Galaxia Gutenmerg,  Círculo de Lectores, Pg. 72s

[6] Estas formulaciones la he tomado y traducido de Tom Morris, “If Aristotle Ran General Motors”, Henry Holt and Company, New York, Pg.146s

  [7] Ratzinger, “Dios y el Mundo“, Pg. 43

[8] “Gaudium et spes“, 38