Archive for the ‘Reflexión 092: !Pascua!’ Category.

REFLEXIÓN 92 Marzo 27 2008

¡PASCUA!

La semana de la esperanza

Hoy vamos a dedicar este espacio al tema de la Pascua. ¿Cómo no hacerlo? Cuando uno recibe una buena noticia no resiste al deseo de compartirla y la Pascua es la gran noticia.

Esta semana, como ninguna otra, por ser la semana de Pascua, es la semana de la esperanza. Es el tiempo del año que invita a la alegría, como ningún otro tiempo. La Iglesia nos invita a todos a la alegría. A la Virgen María la saluda ahora la Iglesia invitándola también a la alegría.


Podemos estar seguros de que, si alguien sintió una alegría inmensa al ver a Jesús Resucitado, fue María su Madre. Así lo entiende la Iglesia, y por eso cambia la oración del Ángelus con que la felicitamos todos los días, por haber sido escogida por Dios para encarnarse en su vientre, por la oración
Regina coeli, laetare, Reina del cielo, alégrate. Porque el que mereciste llevar en tu seno, Aleluya, ha resucitado según predijo, Aleluya.


¿También vosotros estáis sin entendimiento?


Es verdad que entre las apariciones del Señor Resucitado narradas por los Evangelios, no encontramos la aparición a su Madre Santísima. Pareciera extraño, pero San Ignacio de Loyola observa agudamente en los Ejercicios Espirituales, que aunque no se narre en la Escritura la aparición de Jesús resucitado a su Madre, es de sentido común que la primera persona a quien se debió aparecer el Señor Resucitado fue a su Madre. Dice San Ignacio que la Escritura supone que tenemos entendimiento, como está escrito: «¿También vosotros estáis sin entendimiento?»[1]


Nos podemos imaginar el momento del encuentro de Jesús Resucitado y su Madre, después de haber sido testigo, Nuestra Señora, de la horrenda pasión y muerte de su Hijo. Pasión que fue soledad, abandono de sus amigos más cercanos, sometido como fue Jesús a dolores innenarrables como los de la flagelación y la crucifixión. Soledad tan honda, que le arrancó aquellas palabras de desolación: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”. Aparentemente, Jesús había fracasado. Ahora, María lo abraza resucitado, glorioso para toda la eternidad.

Somos los cristianos gente privilegiada, sin mérito nuestro; podemos estar llenos de gozo porque tenemos esperanza, una esperanza fundada en quien no nos puede fallar: en nuestro Padre Dios.

Benedicto XVI escribió su segunda encíclica sobre la esperanza cristiana, la virtud teologal de la esperanza. Como recordamos, su primera encíclica fue sobre la virtud teologal de la caridad, la que empieza con las palabras Deus caritas est, Dios es Amor. En su segunda encíclica, sobre la esperanza, las palabras con que la comienza están tomadas de la carta de San Pablo a los Romanos, 8,24 y dicen: Spe salvi facti sumus, que traducen: En la esperanza fuimos salvados. Como el Papa observa allí, San Pablo dirigió esas palabras a los romanos y también a nosotros: En la esperanza fuimos salvados.

La visión cristiana de la existencia

La esperanza y la Pascua son inseparables. La esperanza y la fe en Jesucristo son inseparables. Sin la Pascua, sin la resurrección de Jesucristo, la fe y la esperanza no tendrían fundamento. La luz de la Pascua es la luz que ilumina nuestra vida en medio de la oscuridad que pareciera cubrirnos, cuando, unos más, otros menos, personalmente sufrimos en este mundo de dificultades; de dolor, de injusticia, de egoísmo, de incomprensión, de soledad. ¿Cómo vivir alegres en un mundo así, sin la fe en Jesucristo resucitado, sin la esperanza de que esta fe nos llena? La visión cristiana de la existencia, que es una visión optimista, no se entiende sin la buena noticia de Jesucristo Resucitado.

El Evangelio es la comunicación de esa maravillosa noticia: que nos hemos encontrado con Jesucristo Resucitado; y no se trata de una noticia más. En su libro Jesús de Nazaret (Pg. 74), Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, nos ofrece una interesante explicación de la palabra Evangelio, que viene muy bien en este momento. Dice allí, que a las proclamas de los emperadores romanos las llamaban evangelios, (buenas noticias), sin tener en cuenta si el contenido de esos mensajes era bueno o malo. Se daba por hecho que, por ser una información enviada por el emperador, no era una noticia más, sino que eran buenas noticias, salvadoras para el territorio a donde se enviaban. Por ser palabras del emperador romano, conducirían a transformar el mundo.

¿Qué tiene esto que ver con la esperanza cristiana, con la fe, con la Pascua? Intentemos una explicación.

 

¿Una noticia más? – No, es la gran noticia

En su encíclica En la esperanza fuimos salvados, Spe / salvi facti sumus, dice el Papa Benedicto XVI, que de acuerdo con la fe cristiana, la redención, la salvación, no es simplemente una noticia. En la versión latina de la encíclica dice: Redemptio, salus / in christiana fide non est simplex notitia. En español: La redención, la salvación, según la fe cristiana no es simplemente una noticia, una noticia más, como las que salen en la prensa todos los días.


Explica enseguida el Papa en su encíclica sobre la esperanza, que la salvación, la redención que Jesucristo nos ofrece, significa que nos da una esperanza segura, una esperanza digna de crédito, de la cual no es posible dudar. Se trata de una esperanza que nos garantiza que tenemos futuro; que aunque no conozcamos los detalles de ese futuro, sabemos que nuestra vida no acabará en el vacío
(Spe salvi, 2). Como vemos no se trata de una noticia más, sino de la gran noticia.

Con esta esperanza cierta, se hace más llevadera la vida presente. Por eso añade enseguida el Papa, que sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente (Ib). Sí; cuando podemos ver en el horizonte un buen futuro, un futuro feliz, se nos hace menos difícil el camino que debamos andar para alcanzarlo.


Esperanza que cambia la vida de modo radical

Como vemos, la buena noticia de la Resurrección de Jesucristo, que nos abre el futuro de nuestra propia resurrección, no es una noticia más, como tantas que podemos pasar por alto y no sucede nada. La fe, el cristianismo, no es simplemente una materia para estudiar y aprender; no es el cristianismo una información más que vale la pena conocer, sólo para estar bien informados; conocer las ciencias, la historia, la literatura de un país o del mundo es bueno, nos puede hacer personas mejor informadas, pero ese conocimiento no tiene el efecto de cambiar de modo radical nuestra vida. El cristianismo, la fe, vivida de modo coherente, sí nos cambia la vida. Nos dice el Papa en Spe salvi, que La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza -añade – vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva (N° 2).

La fe y la esperanza cristianas nos cambian la vida: con ellas podemos ver más allá de los sufrimientos de la vida presente. La fe y la esperanza nos abren la puerta del tiempo, del futuro, y podemos ver la gloria de Dios, que con certeza sabemos que también nosotros podemos esperar.


Una meta que justifica el esfuerzo del camino[2]


Cuando los montañistas expertos emprenden la ascensión a una de las cumbres mas altas de la tierra, – pensemos en lo que implica la ascensión al monte Éverest, por ejemplo, – saben que van a necesitar un esfuerzo gigantesco. Ellos saben del frío, de la dificultad para respirar en esa enrarecida atmósfera, de la fuerza muscular que tendrán que emplear, de la firmeza en sus brazos y piernas para no rodar por un precipicio, de la claridad mental de la que deberán gozar, para el momento de decidir si continúan el ascenso o si deben regresar sin llegar a la meta… Todo eso están dispuestos a aceptar porque conocen la felicidad que les espera al coronar la cima. Saben que bien merece la larga preparación y el agotador esfuerzo del ascenso.

Nuestra fe es coherente a lo largo del año litúrgico: vivimos la esperanza desde el Adviento,[3] cuando nos preparamos para celebrar la fiesta del nacimiento del Salvador. Nuestra esperanza se afirma en la roca de nuestra salvación, Cristo, Dios hecho hombre, muerto y resucitado, en la Pascua, y seguiremos llenos de esperanza, cuando celebremos la Ascensión, la venida del Espíritu Consolador, festividades todas que reavivan nuestra esperanza, hasta el día en que nos encontremos con el Señor en su gloria.

Escrita de modo indeleble en el corazón

La víspera del primer domingo de Adviento, en diciembre del año pasado, el Santo Padre terminó su homilía con estas palabras: en el corazón del ser humano está escrita indeleblemente la esperanza, porque Dios nuestro Padre es vida, y hemos sido creados para la vida eterna y bienaventurada.

Demos gracias a Dios, porque, sin merecerlo, gozamos de esos dones que no tienen precio: de la fe y de la esperanza. Es triste, es doloroso, contemplar el mundo que nos rodea, cada vez con menos fe, por eso, sin esperanza y también sin amor. Cuántos creen que Dios les sobra, y acaban hundidos en la desesperanza. Es dramática la situación del mundo alejado de Dios. Como Dios es amor, al alejarse de Dios se alejan del verdadero amor. Qué triste es un mundo sin amor: es el mundo de la indiferencia, del odio, de la destrucción, de la desesperanza.

La esperanza, como la fe y el amor, son virtudes para vivirlas, no sólo para admirarlas y hablar de ellas. En su encíclica sobre la esperanza, Benedicto XVI nos explica que A lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los períodos de su vida [4]). Y nos dice que a veces nos puede parecer, que llenar una de esas esperanzas nos puede llenar del todo y no necesitamos más. Menciona cómo para el joven la esperanza de un amor, de una posición o de una profesión, uno u otro éxito en su vida, pueden parecerle suficiente satisfacción; pero cuando esas esperanzas se cumplen…se descubre que en realidad, eso no lo es todo; es claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá alcanzar.


El reino del hombre, el reino de Dios


Y continúa su reflexión el Santo Padre, mostrándonos cómo la época moderna ha desarrollado la esperanza de instaurar un mundo perfecto que se podría lograr gracias a los conocimientos de la ciencia y a una política fundada científicamente. Así, la esperanza bíblica del reino de Dios ha sido reemplazada por la esperanza del reino del hombre, por la esperanza de un mundo mejor que sería el verdadero «reino de Dios». Nos muestra el Papa a continuación, cómo esa concepción del mundo perfecto gracias a la ciencia y la política ha sido sólo un mundo imaginario, que se ve alejarse cada vez más. Y es que se ha proyectado un reino del hombre que no es para todos, es contra los demás o sin los demás, y un mundo sin libertad. Un mundo sin libertad no sería en absoluto un mundo Bueno.


El Reino que los cristianos estamos llamados a desarrollar desde ahora, tiene que ser un mundo de esperanza, de justicia, de amor, de paz y para todos. Yendo a lo práctico, el Papa en su encíclica dedica del N° 32 al 48, a lo que él llama
Los lugares para aprender y practicar la esperanza.

¿Dónde aprender y practicar la esperanza?


No es extraño que
Benedicto XVI señale primero la oración, como escuela de esperanza. La forma como presenta este lugar de aprendizaje de la esperanza, es perfecto para los secuestrados, los que se sienten abandonados de cualquier forma; los que parece no tuvieran esperanza. Leamos las palabras de Benedicto XVI, en el N° 32 de Spe salvi:

32. Un lugar primero y esencial de aprendizaje de la esperanza es la oración. Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar–, Él puede ayudarme.[5] Si me veo relegado a la extrema soledad…; el que reza nunca está totalmente solo. De sus trece años de prisión, nueve de los cuales en aislamiento, el inolvidable Cardenal Nguyen Van Thuan nos ha dejado un precioso opúsculo: Oraciones de esperanza. Durante trece años en la cárcel, en una situación de desesperación aparentemente total, la escucha de Dios, el poder hablarle, fue para él una fuerza creciente de esperanza, que después de su liberación le permitió ser para los hombres de todo el mundo / un testigo de la esperanza, esa gran esperanza / que no se apaga ni siquiera en las noches de la soledad.

Los invito a leer también en la encíclia Spe salvi, los nn 33 y 34 sobre la oración, lugar de aprendizaje y ejercicio de la esperanza.

El actuar y el sufrir, escuela de la esperanza

El segundo lugar para aprender y ejercitar la esperanza, que propone el Papa, es El actuar y el sufrir. Se refiere el Santo Padre a nuestro propio sufrimiento y a lo que podemos hacer para aliviar el sufrimiento de los demás. Nos dice el Papa que colaborar con nuestro esfuerzo para que el mundo llegue a ser un poco más luminoso y humano, y se abran así también las puertas hacia el futuro, es practicar la esperanza. Nos aclara el Papa que


Podemos tratar de limitar el sufrimiento, luchar contra él, pero no podemos suprimirlo. Precisamente cuando los hombres, intentando evitar toda dolencia, tratan de alejarse de todo lo que podría significar aflicción, cuando quieren ahorrarse la fatiga y el dolor de la verdad, del amor y del bien, caen en una vida vacía en la que quizás ya no existe el dolor, pero en la que la oscura sensación de la falta de sentido / y de la soledad / es mucho mayor aún. Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito.[6]


Modos de sufrir que son decisivos para su humanidad

El N° 39 de Spe salvi es para meditarlo, especialmente quienes deben atender a personas que sufren. Leamos algunas líneas:

Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo. Pero una vez más surge la pregunta: ¿somos capaces de ello? ¿El otro es tan importante como para que, por él, yo me convierta en una persona que sufre? ¿Es tan importante para mí la verdad como para compensar el sufrimiento? ¿Es tan grande la promesa del amor que justifique el don de mí mismo? En la historia de la humanidad, la fe cristiana tiene precisamente el mérito de haber suscitado en el hombre, de manera nueva y más profunda, la capacidad de estos modos de sufrir que son decisivos para su humanidad. La fe cristiana nos ha enseñado que verdad, justicia y amor no son simplemente ideales, sino realidades de enorme densidad.

El Juicio, imagen decisiva de esperanza

Además de la oración, la acción por los demás y el propio sufrimiento, ofrece Benedicto XVI otro lugar de aprendizaje y ejercicio de la esperanza. Nos puede extrañar, pero es muy positivo: se trata del Juicio. Quizás no estamos acostumbrados a ver el Juicio con ojos de esperanza, pero, dice el Papa en el N° 41 de la encíclica Spe salvi, que la imagen del Juicio Final originalmente no era de terror sino de esperanza. En el N° 41 dice que

La imagen del Juicio final no es en primer lugar una imagen terrorífica, sino una imagen de esperanza; quizás la imagen decisiva para nosotros de la esperanza. ¿Pero no es quizás también una imagen que da pavor? Yo diría: es una imagen que exige la responsabilidad.

María, la Estrella de la Esperanza

La encíclica termina con una invocación a la Virgen María, la Estrella de la Esperanza. Es bellísima, para terminar esta reflexión sobre la esperanza, en la semana de Pascua. Leamos las palabras del Papa:

Con un himno del siglo VIII/IX, por tanto de hace más de mil años, la Iglesia saluda a María, la Madre de Dios, como « estrella del mar »: Ave maris stella. La vida humana es un camino. ¿Hacia qué meta? ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida/ son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él / necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María / podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su « sí » abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)?

50. Así, pues, la invocamos: Santa María, tú fuiste una de aquellas almas humildes y grandes en Israel que, como Simeón, esperó « el consuelo de Israel » (Lc 2,25) y esperaron, como Ana, « la redención de Jerusalén » (Lc 2,38). Tú viviste en contacto íntimo con las Sagradas Escrituras de Israel, que hablaban de la esperanza, de la promesa hecha a Abrahán y a su descendencia (cf. Lc 1,55). Así comprendemos el santo temor que te sobrevino / cuando el ángel de Dios entró en tu aposento / y te dijo que darías a luz a Aquel que era la esperanza de Israel y la esperanza del mundo. Por ti, por tu « sí », la esperanza de milenios debía hacerse realidad, entrar en este mundo y su historia. Tú te has inclinado ante la grandeza de esta misión y has dicho « sí »: « Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra » (Lc 1,38).

Cuando llena de santa alegría fuiste aprisa por los montes de Judea, para visitar a tu pariente Isabel, te convertiste en la imagen de la futura Iglesia que, en su seno, lleva la esperanza del mundo por los montes de la historia. Pero junto con la alegría que, en tu Magnificat, con las palabras y el canto, has difundido en los siglos, / conocías también las afirmaciones oscuras de los profetas / sobre el sufrimiento del siervo de Dios en este mundo.Sobre su nacimiento en el establo de Belén brilló el resplandor de los ángeles / que llevaron la buena nueva a los pastores, pero al mismo tiempo se hizo de sobra palpable la pobreza de Dios en este mundo.

El anciano Simeón te habló de la espada que traspasaría tu corazón (cf. Lc 2,35), del signo de contradicción que tu Hijo sería en este mundo. Cuando comenzó después la actividad pública de Jesús, debiste quedarte a un lado / para que pudiera crecer la nueva familia que Él había venido a instituir / y que se desarrollaría con la aportación de los que hubieran escuchado y cumplido su palabra (cf. Lc 11,27s). No obstante toda la grandeza y la alegría de los primeros pasos de la actividad de Jesús, ya en la sinagoga de Nazaret experimentaste la verdad de aquella palabra / sobre el « signo de contradicción » (cf. Lc 4,28ss). Así has visto el poder creciente de la hostilidad y el rechazo que progresivamente fue creándose en torno a Jesús hasta la hora de la cruz, en la que viste morir como un fracasado, expuesto al escarnio, entre los delincuentes, al Salvador del mundo, el heredero de David, el Hijo de Dios. Recibiste entonces la palabra: « Mujer, ahí tienes a tu hijo » (Jn 19,26). Desde la cruz recibiste una nueva misión. A partir de la cruz te convertiste en madre de una manera nueva: madre de todos los que quieren creer en tu Hijo Jesús y seguirlo.

La espada del dolor traspasó tu corazón. ¿Había muerto la esperanza? ¿Se había quedado el mundo definitivamente sin luz, la vida sin meta? Probablemente habrás escuchado de nuevo en tu interior en aquella hora / la palabra del ángel, con la cual respondió a tu temor en el momento de la anunciación: « No temas, María » (Lc 1,30). ¡Cuántas veces el Señor, tu Hijo, dijo lo mismo a sus discípulos: no temáis! En la noche del Gólgota, oíste una vez más estas palabras en tu corazón. A sus discípulos, antes de la hora de la traición, Él les dijo: « Tened valor: Yo he vencido al mundo » (Jn 16,33). « No tiemble vuestro corazón ni se acobarde » (Jn 14,27). « No temas, María ». En la hora de Nazaret el ángel también te dijo: « Su reino no tendrá fin » (Lc 1,33). ¿Acaso había terminado antes de empezar? No, junto a la cruz, según las palabras de Jesús mismo, te convertiste en madre de los creyentes. Con esta fe, que en la oscuridad del Sábado Santo fue también certeza de la esperanza, te has ido a encontrar con la mañana de Pascua. La alegría de la resurrección ha conmovido tu corazón y te ha unido de modo nuevo a los discípulos, destinados a convertirse en familia de Jesús mediante la fe. Así, estuviste en la comunidad de los creyentes que en los días después de la Ascensión oraban unánimes en espera del don del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14), que recibieron el día de Pentecostés. El « reino » de Jesús era distinto de como lo habían podido imaginar los hombres. Este « reino » comenzó en aquella hora y ya nunca tendría fin. Por eso tú permaneces con los discípulos como madre suya, como Madre de la esperanza. Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino.



 

[1] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales y Autobiografía, Ediciones Mensajero, Bilbao, N° 299

 

[2] Benedicto XVI, Spe salvi, 1

 

[3] Véase la homilía de Benedicto XVI el 1 de diciembre de 2007, en las vísperas del primer Domingo de Adviento.

 

[4] Spe salvi, 32

 

[5] Cf Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2657

 

[6] Spe salvi, 37