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Reflexión 85 Enero 31 2008

Compendio de la D.S.I. N° 69 (III)

Derecho y deber de una Doctrina Social propia

 

Estamos estudiando el capítulo 2° del Compendio de la D.S.I., que trata sobre la Misión de la Iglesia y la Doctrina Social. El tema de la reflexión anterior fue el N° 69 del Compendio, que nos explica por qué la Iglesia tiene el derecho y el deber de ofrecernos su propia doctrina social. Vimos allí que cuando la Iglesia presenta su doctrina social no invade competencias ajenas de los sociólogos o de los políticos ni persigue objetivos extraños a su misión, que es ayudar al hombre en el camino de la salvación. Aprendimos que, cuando la Iglesia presenta sus puntos de vistas obre asuntos que tienen que ver con la política o la economía, no lo hace desde el punto de vista técnico, sino desde la perspectiva del Evangelio. El papel de la Iglesia es el del profeta que anuncia el Reino y denuncia las incongruencias, en las conductas que se apartan del proyecto de Dios.

Aclaramos que cuando el Concilio, en el N° 76 de la Constitución pastoral Gaudium et spes afirma que La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno…y que La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno, y cuando nos enseña que la Iglesia no interviene en la política de partidos, se refiere a la Iglesia jerárquica, no a los laicos. Los laicos tenemos que cumplir nuestras obligaciones como ciudadanos en el campo de la acción política.

Acción política como expresión del compromiso cristiano

 

El documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe que comentamos la semana pasada, sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, documento del 24 de noviembre de 2002, más bien nos anima, – a los laicos, – a participar en la acción política, cuando dice que una de las maneras como se ha expresado el compromiso cristiano en el mundo, a lo largo de la historia, ha sido precisamente en la acción política. Comentábamos en el programa pasado que, según esto, la participación en la acción política puede ser precisamente una expresión del compromiso cristiano. Depende, claro, de la intención y de cómo se participe en política, porque nuestra participación, cuando haya que tomar decisiones que afecten al ser humano, tiene que ser coherente con la fe. Si un político apoya leyes contrarias a la fe o la moral no está expresando su compromiso con la fe, sino al contrario, su no compromiso, su incoherencia con lo que dice creer. Un ejemplo de cristiano comprometido con su fe en el ejercicio de la política, lo tenemos en Santo Tomás Moro, quien fue canciller de Inglaterra en el reinado de Enrique VIII. Es el patrono de los gobernantes y políticos.

El documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe que hemos mencionado, nos enseña que la conciencia cristiana bien formada  no permite a nadie favorecer con el propio voto  la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral. Ya que las verdades de fe constituyen una unidad inseparable, no es lógico el aislamiento de uno solo de sus contenidos  en detrimento de la totalidad de la doctrina católica.

El voto, ¿comprometido con la fe o con los jefes políticos?

Vimos que algunas leyes civiles que tienen que ver con principios morales, no admiten excepciones ni compromisos. En esos casos el político no puede apoyar normas contra principios morales o verdades de la fe, con la excusa de que no puede eludir el compromiso con su partido. Entre las leyes contra principios morales o verdades de la fe, enumera el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, las leyes en materia de aborto y eutanasia, que deben tutelar el derecho primario a la vida desde su concepción hasta el término natural, las leyes que deben salvaguardar la tutela y la promoción de la familia, la libertad de los padres en la educación de los hijos, la tutela social de los menores, la liberación de las víctimas de las modernas formas de esclavitud como la droga y la explotación de la prostitución. Igualmente señala las normas que se refieren al derecho a la libertad religiosa y al desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común, en el respeto de la justicia social.

La dignidad de la persona se maltrata también con leyes laborales injustas

La Iglesia es clara en estos puntos que no pocos de nuestros parlamentarios olvidan cuando votan proyectos de ley que tienen implicaciones de índole moral muy serias, como la dignidad de la persona; y debemos tener en cuenta que la dignidad de la persona se maltrata, no sólo con el aborto y la eutanasia sino también con normas laborales injustas y otras como las que abren el camino a tratos poco dignos en la atención de la salud y en las oportunidades de educación.

Uno de nuestros oyentes, decía al aire la semana pasada, que en estos temas de justicia social, a veces la Iglesia guarda silencio. Yo creo que muchas veces no es que la Iglesia guarde silencio, sino que no se oye o no se escucha su voz. No se oye, porque la Iglesia no tiene medios de comunicación con el suficiente poder para hacerse oír. Otras veces la oímos, pero no la escuchamos; cuando habla la Iglesia no se le pone atención; se ignora lo que dice. Se oyen las palabras de nuestros pastores como quien oye llover. Pero no se puede negar que igual que nuestro oyente, también otros quisiéramos oír más la voz autorizada de la Iglesia jerárquica, en temas como el manejo inequitativo de las leyes en materia laboral, las que regulan los servicios de salud y de la educación.

La Iglesia habla con frecuencia de esos temas sin descender a casos particulares; pero muchos piensan que ayudaría más que se pronunciara concretamente, también, sobre casos como el manejo de la salud, que en Colombia ya no se administra como un servicio, sino como un negocio, en el que se antepone el lucro a las necesidades de las personas; por eso al médico le han cambiado sus obligaciones profesionales; ahora le exigen que dedique más tiempo a las funciones de administrador de los servicios de salud que a las de diagnosticar y curar a sus pacientes. Además, les remuneran tan mal su trabajo, que con el tiempo, los jóvenes no van a tener interés en ser médicos.

La posición de la Iglesia sobre la primacía de la persona sobre la economía es muy clara. Ha sido contundente la afirmación de los Papas, de que la economía debe estar al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la economía. Estos asuntos del enfoque de la economía y de la política, desde la perspectiva de la Doctrina Social de la Iglesia, para ser tratados en profundidad, necesitan mucho más tiempo que el que le podemos dedicar ahora. Ya llegará su momento. El Compendio dedica la segunda parte a estos temas: el capítulo VII a la Vida Económica y el VIII a la Comunidad Política, de manera que a los interesados en estudiar estos temas en este momento, les sugiero utilicen el Compendio de la D.S.I. desde el N° 323 en adelante.

En este momento en que estudiamos por qué la Iglesia tiene el derecho y el deber de ofrecer su Doctrina Social, lo más importante es que nos quede claro que, cuando la Iglesia trata sobre temas de economía y de política, lo hace desde la perspectiva del Evangelio, por su obligación de contribuir a la construcción del Reino de Dios. Eso es, sencillamente, colaborar en que el mundo se rija por lo que Dios quiere que el mundo sea para el hombre: un reino de amor, de justicia y de paz, como nos los enseña el Evangelio.

En nuestra sociedad se entrelazan fenómenos económicos, políticos y religiosos

En la reflexión pasada dedicamos unos minutos a las palabras de Benedicto XVI en su discurso inaugural en Aparecida,[1] como ejemplo del enfoque de la Iglesia sobre la realidad por la que atraviesa nuestra sociedad.El Santo Padre presentó allí la realidad de nuestros pueblos de América Latina y del Caribe; nos hizo caer en la cuenta de que en nuestra realidad se entrelazan fenómenos políticos, económicos y religiosos; fenómenos económicos como la globalización, que aunque en ciertos aspectos positivos es un logro de la aspiración de la familia humana a la unidad, comporta riesgos como el de convertir el lucro en valor supremo, y dejó claro – el Papa – que la globalización, como todos los campos de la actividad humana, debe regirse también por la ética y ponerse al servicio de la persona humana.

Sobre los fenómenos políticos, mencionó el Papa la aparición en nuestros pueblos, de formas de gobierno autoritarias o sujetas a ideologías que no corresponden con la visión cristiana del hombre, y de nuevo, sobre los fenómenos políticos y económicos, se refirió a la economía neoliberal, en la cual no se tiene en cuenta la equidad, como se puede ver por la creciente pobreza en algunos sectores de nuestra sociedad.

Eso sobre los fenómenos económicos y políticos. Como uno de los fenómenos que conforman la realidad de nuestros pueblos es el fenómeno religioso, ¿qué dijo el Santo Padre sobre el fenómeno religioso en nuestra sociedad? Después de reconocer la notable madurez en la fe de muchos laicos y laicas activos y entregados al Señor, y la presencia de nuevos movimientos eclesiales, Benedicto XVI no dudó en llamar la atención sobre lo que llamó  un cierto debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad y de la propia pertenencia a la Iglesia católica debido al secularismo, al hedonismo, al indiferentismo y al proselitismo de numerosas sectas, de religiones animistas[2] y de nuevas expresiones seudorreligiosas.

Si tomamos el documento conclusivo de Aparecida, veremos que nuestros obispos estudiaron la realidad de América Latina y el Caribe, confrontaron esa realidad con lo que debería ser de acuerdo con el Evangelio y propusieron las acciones necesarias para que nuestro continente viva de acuerdo con el proyecto de Dios. Esos temas, que el Santo Padre había señalado en su discurso de inauguración de Aparecida, los estudiaron nuestros obispos y los tratan en su documento final, recorriendo los tres pasos: VER-JUZGAR-ACTUAR.

Nuestra realidad afectada por el pecado original

Como nos había enseñado ya el Compendio en el N° 49, el proyecto de Dios para el mundo es instaurar en él su Reino. No es una labor fácil, porque la realidad de nuestro mundo está, de modo innegable, afectada por el pecado original. Vivimos ahora una experiencia fatigosa, dolorosa, de cruz.

Jesús pasó por la pasión y la muerte y resucitó. Allí está nuestro modelo: tenemos que poner nuestra parte, nuestro pedazo de pasión, que es la que falta a la pasión de Cristo, y esto es aporte nuestro a la instauración del Reino de Dios. Los enfermos, los que padecen injusticia, los que vivimos cualquiera de la experiencias dolorosas de esta realidad imperfecta, podemos estar así colaborando en la construcción del Reino, pero con la esperanza de que también un día resucitaremos y viviremos con Cristo en su gloria.[3]

Un esperanza que justifica el esfuerzo del camino

Esta perspectiva llena de esperanza no la podemos perder. Por eso es oportuno referirnos en este momento a la segunda encíclica de Benedicto XVI, que tiene como título En la esperanza fuimos salvados (SPE SALVI facti sumus):

Según la fe cristiana, la «redención», la salvación, no es simplemente una noticia sobre un suceso. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado esperanza, una esperanza en la que se puede confiar, gracias a la cual podemos hacer frente a nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan sublime que justifique el esfuerzo del camino.[4]

Los marxistas leninistas acusaban a la religión de ser el opio del pueblo. Según ellos, la religión adormece a la gente, para que no luche por la revolución, con la excusa de una vida futura, donde encontrará la felicidad. Es un enfoque pesimista, muy de acuerdo con el ateísmo. ¿El ateo qué esperanza puede tener si no logra ser feliz en la tierra? A los cristianos, la fe NO nos insta a que no luchemos por un mundo de justicia, al contrario, nos deja clara nuestra responsabilidad de colaborar en la construcción del Reino que se debe ir perfeccionando y se consumará al final de los tiempos. Tenemos una clara tarea mientras vivamos en la tierra y tratamos de cumplirla, llenos también de esperanza en la vida futura. Por eso la vida del cristiano es alegre, no es amargada ni desesperada. Los ateos en cambio, no tienen esperanza más allá de la muerte. Su esperanza después de la muerte, es el vacío, es la nada.

El Evangelio: comunicación que produce hechos y transforma la vida

A este propósito también es oportuno leer estas palabras de la misma encíclica En la esperanza fuimos salvados (Spe salvi), en el N° 2. Cita allí el Santo Padre la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses 4,13, donde les dice: «No os aflijáis como los hombres sin esperanza »y luego continúa:

En este caso aparece también como elemento distintivo de los cristianos el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo no es solamente una « buena noticia », una comunicación de una información hasta entonces desconocida. En nuestro lenguaje de hoy podemos decir que el mensaje cristiano no es sólo «informativo», sino «performativo». Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta. Quien tiene esperanza vive de otra manera porque se le ha dado una vida nueva.[5]

Nos dice el Papa que el Evangelio no es simplemente una comunicación de asuntos interesantes que valen la pena conocer, sino una comunicación que produce hechos y transforma la vida (Evangelium non est tantum communicatio rerum quae sciri valent, sed communicatio quae actus edit vitamque transformat).[6] Nos tenemos que convencer de que el Evangelio no lleva a la pasividad, sino a la acción por el Reino.

En la instauración del Reino de Dios ocupa un lugar esencial la renovación, la transformación de las relaciones sociales. En el N° 54 del Compendio, aprendimos que la ley del mandamiento del amor está llamada a convertirse en medida y regla última de todas las dinámicas conforme a las cuales se desarrollan las relaciones humanas.[7]

El Reino: el proyecto de Dios

Decíamos más arriba que el proyecto de Dios para el mundo es instaurar en él su Reino; que nosotros tenemos como tarea colaborar en la construcción del Reino, lo cual no es una labor fácil, porque la realidad de nuestro mundo está, de modo innegable, afectada por el pecado. No es necesario repetir que el Reino de Dios es un Reino de paz, de justicia, de amor. No se trata de establecer un Reino como los de este mundo, que hemos conocido en la historia. Construir el Reino según el proyecto de Dios no es fácil. Este Reino tiene muchos opositores.

Somos conscientes de que vivimos ahora una experiencia fatigosa, dolorosa, de cruz. El camino para que llegue el Reino nos lo mostró Jesús: Él pasó por la pasión y la muerte y resucitó. Allí está nuestro modelo: tenemos que poner nuestra parte, que es la que faltó a la pasión de Cristo, y recorrer este camino con la esperanza de que, con nuestro aporte, va a llegar el Reino de Dios; que un día viviremos con Él de una manera que ni siquiera nos podemos imaginar. Dice San Pablo en 1 Cor 2,9: como dice la Escritura, anunciamos: lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman.

No es lo mismo ser Maestro que ser científico o ser profesor

A propósito de nuestra misión de ayudar a construir el Reino de Dios, quiero compartir con ustedes una experiencia que tuve ayer, 30 de enero de 2008, que me hizo dar gracias a Dios porque existe gente maravillosa, entre tanta mediocridad como parece que reinara en el mundo. No todo es mediocridad, ni maldad; hay personas extraordinarias.

Asistí ayer a las exequias del doctor Alfredo Rubiano Caballero, en el campus de la Universidad Nacional de Colombia. La capilla de la universidad fue insuficiente para recibir a la multitud. Era una multitud de quienes fueron sus alumnos y colegas. El doctor Rubiano fue director del Departamento de Morfología, de la Facultad de Medicina. Trabajó por más de 40 años en ese Departamento, donde se palpa lo que somos biológicamente. Su campo era la histología. Conocía por eso, hasta lo más pequeño de nuestros tejidos orgánicos, sólo visible a través del microscopio. El doctor Rubiano fue un gran científico, un gran profesor y sobre todo un gran Maestro. Eso quiere decir que fue un gran hombre. No todos los científicos se destacan como buenos profesores ni todos los profesores alcanzan la dimensión de lo que es un Maestro. El profesor puede destacarse por su habilidad para comunicar conocimientos. El Maestro enseña además a vivir, por su ejemplo. A imitación del Evangelio, el Maestro no sólo informa, no sólo comunica conocimientos, sino que su modo de vivir produce cambios en sus discípulos.

Los avisos de la universidad, que salieron en la prensa para invitar a sus exequias decían: El Profesor Emérito y Maestro, Doctor Alfredo Rubiano Caballero descansó en la paz del Señor.

La homilía del Capellán de la Universidad fue extraordinaria. Dí gracias a Dios también, porque la Iglesia cuenta con predicadores del Evangelio, que lo hacen con tánta sabiduría y porque saben acompañar en el camino a sus feligreses. No se trató de un elogio del difunto, sino de una explicación sobre cómo las enseñanzas de la Escritura que acabábamos de oír, – San Pablo, el Salmo de David, el Evangelio, – habían sido vividos por un hombre sabio, de profunda fe y practicante de esa fe. Era imposible esa homilía sin haber estado muy cerca del personaje.

Un médico constructor del Reino de Dios

Alfredo Rubiano, el Maestro, fue un obrero del Reino: con su sabiduría, que supo comunicar a muchas generaciones de médicos, contribuyó al avance de la ciencia, a formar médicos conocedores de su disciplina, y con su ejemplo los orientó para que fueran responsables y humanos. Eso es colaborar en el desarrollo del Reino de Dios. Y no trabajó en un ambiente fácil.

El celebrante de la Eucaristía nos hizo notar que en el Padre nuestro pedimos: “Venga a nosotros tu Reino, hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo.” Pedimos que venga el Reino, no sólo que nosotros vayamos a su Reino, al final de nuestra vida. Para que venga el Reino ahora, se necesita, claro, la gracia de Dios, y se necesita también nuestra colaboración. Así lo quiso Dios. Y pedimos que se haga Su Voluntad, la Voluntad de Dios, no la nuestra. La Voluntad de Dios, su proyecto para el hombre, es que viva en un mundo de justicia, de amor y de paz. Si hacemos un examen de conciencia sobre nuestra colaboración para que nuestro mundo, el pequeño mundo en que vivimos, esté de acuerdo con lo que Dios quiere, ¿cómo nos iría? hacemos lo que Él quiere, ¿o nuestra vida es ante todo complacer nuestros deseos?

El ser humano: biología y biografía

Comentaba el Capellán de la Universidad nacional, que en algún estudio sobre la vida y la muerte, que habían llevado a cabo varios profesores con el doctor Rubiano, en el cual pudieron responder muchas preguntas, pero otras tantas se quedaron sin responder, habían concluido, entre otras cosas, que el hombre es biología y biografía. Yo pensaba: la biología del doctor Rubiano termina por ahora en cenizas, luego de la cremación. ¿Qué pasará con esa biología cuando resucite con Cristo?, no lo sabemos; es parte del misterio; pero su biografía quedó para siempre entre los que tuvieron el privilegio de estar a su lado, y continúa, porque sigue vivo en la eternidad.

Decíamos hace un momento, que colaborar en la construcción del Reino,no es una labor fácil, porque la realidad de nuestro mundo está, de modo innegable, afectada por el pecado, y que somos conscientes todos, de que vivimos ahora una experiencia fatigosa, dolorosa, de cruz. Añadíamos que el camino para que llegue el Reino nos lo mostró Jesús: Él pasó por la pasión y la muerte y resucitó; y decíamos que tenemos que poner nuestra parte, que es la que faltó a la pasión de Cristo, y recorrer este camino con la esperanza de que, con nuestro aporte, va a llegar el Reino de Dios; y que un día viviremos con Él de una manera tan maravillosa, que ni siquiera nos podemos imaginar.

El doctor Rubiano murió luego de un cáncer doloroso. Pasó por el dolor y la muerte, con profunda fe. Se despidió de sus amigos con sencillez, porque para él, – nos lo dijo el Capellán, – la muerte no tenía por qué ser algo furtivo, no tiene uno por qué irse “a hurtadillas”. Amante de la música y de la literatura, una de las obras favoritas del doctor Rubiano era la Pasión según San Mateo, de Bach y aquel soneto de autor desconocido, que algunos atribuyen, entre otros, a Santa Teresa y a San Juan de la Cruz:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

 


 

[1] Las citas sobre este discurso de Benedicto XVI en Aparecida se encuentran en la reflexión anterior, del 24 de enero, 2008.

[2]Animismo: Del latín anima, “alma”, “espíritu”. El término fue ampliamente utilizado antaño para designar la creencia, frecuente en pueblos menos desarrollados, de que ciertas plantas y objetos materiales están dotados de espíritu o alma. Diccionario abreviado de teología, por Gerald O’Collins, S.J. y Edgard G. Farrugia, S.J., Editorial Verbo Divino, 2002


3] Son motivo de reflexión las palabras de San Pablo en Col 1,24: Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia- Se puede uno preguntar cómo pudo faltar algo a la pasión de Cristo, pues como vemos en Jn 19, 30, Jesús, antes de expirar dijo: «Todo está cumplido.» E inclinando la cabeza entregó el espíritu.La parte de Dios se cumplió a cabalidad, con abundancia, pero falta nuestra parte, nuestra unión al sacrificio de Cristo. Que esa es la Voluntad de Dios nos la explica San Agustín con su frase: Dios que te creó a ti sin ti no te salvará a ti sin ti (Sermón 169, 11,13).

[4] Benedicto XVI, Spe salvi, 1 No me he ceñido a la traducción al español de la página del Vaticano, porque no la considero excelente. La versiónen español del Vaticano está en cursiva.

[5] Me he tomado la libertad de cambiar levemente la traducción al español porque la que aparece en la página web del Vaticano no me deja satisfecho.

[6] Tomado de la versión latina del Vaticano: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20071130_spe-salvi_lt.html

[7] Véase la Reflexión 60, del 7 de junio, 2007