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Reflexión 219 Caritas in veritate Nº44-45 Junio 30 2011

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La Fundación Konrad Adenauer en acción

En la entrega anterior reflexionamos sobre la incidencia que en el desarrollo de los pueblos tiene el crecimiento demográfico, tema que trata la encíclica Caridad en la verdad en el Nº 44 del capítulo 4º,  titulado Desarrollo de los pueblos, derechos y deberes, ambiente. Hicimos también una corta presentación del foro organizado por la Fundación alemana Konrad Adenauer, sobre la encíclica Caritas in veritate, con la participación de cualificados panelistas, economistas y politicos, a quienes impactó positivamente esta encíclica, que es un nuevo aporte de la Iglesia Católica al desarrollo de los pueblos. La Fundación Konrad Adenauer está  desarrollando esa clase de actividades, para que no pase con la encíclica Caridad en la verdad, lo que desafortunadamente sucede con muchos documentos importantes de la Iglesia: cuando se publican se habla de ellos, se alaban, pero en poco tiempo se convierten en un libro más de la biblioteca que de vez en cuando se cita, a veces sin mayor desarrollo. La de esa fundación es una labor apostolica de  laicos, digna de encomio.

La Iglesia y su doctrina de paternidad y maternidad resposables

En la reflexión anterior, que trató sobre el crecimiento demográfico y su incidencia en el desarrollo, comentamos la crisis de nacimientos en Europa; nos referimos a la doctrina de la Iglesia sobre la paternidad y maternidad responsables, de lo cual trataron en profundidad Pablo VI y Juan Pablo II; vimos cómo la Iglesia no pasa por alto la consideración de las condiciones económicas y sociales en la decisión que toman los padres, sobre el número de hijos. Para la doctrina católica, se trata de una decisión tan seria, que la Constitución Gaudium et spes, del Concilio Vaticano II advierte: Este juicio, en último término, deben formarlo ante Dios los esposos personalmente. Y como vimos, Pablo VI añade en la encíclica sobre la Vida Humana, Humanae vitae, que la paternidad responsable se pone en práctica, tanto cuando se decide tener una familia numerosa, como cuando la decisión es evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido.

Leamos la segunda y última parte del Nº 44 de Caridad en la verdad, que trata sobre el crecimiento demográfico. Dice así:

La apertura moralmente responsable a la vida es una riqueza social y económica. Grandes naciones han podido salir de la miseria gracias también al gran número y a la capacidad de sus habitantes. Al contrario, naciones en un tiempo florecientes pasan ahora por una fase de incertidumbre, y en algún caso de decadencia, precisamente a causa del bajo índice de natalidad, un problema crucial para las sociedades de mayor bienestar. La disminución de los nacimientos, a veces por debajo del llamado «índice de reemplazo generacional», pone en crisis incluso a los sistemas de asistencia social, aumenta los costes, merma la reserva del ahorro y, consiguientemente, los recursos financieros necesarios para las inversiones, reduce la disponibilidad de trabajadores cualificados y disminuye la reserva de «cerebros» a los que recurrir para las necesidades de la nación. Además, las familias pequeñas, o muy pequeñas a veces, corren el riesgo de empobrecer las relaciones sociales y de no asegurar formas eficaces de solidaridad. Son situaciones que presentan síntomas de escasa confianza en el futuro y de fatiga moral. Por eso, se convierte en una necesidad social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la persona. En esta perspectiva, los estados están llamados a establecer políticas que promuevan la centralidad y la integridad de la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, célula primordial y vital de la sociedad[1], haciéndose cargo también de sus problemas económicos y fiscales, en el respeto de su naturaleza relacional.

Unos breves comentarios. Nos dice a encíclica que La disminución de los nacimientos, a veces por debajo del llamado «índice de reemplazo generacional», pone en crisis incluso a los sistemas de asistencia social, aumenta los costes, merma la reserva del ahorro y, consiguientemente, los recursos financieros necesarios para las inversiones, reduce la disponibilidad de trabajadores cualificados y disminuye la reserva de «cerebros» a los que recurrir para las necesidades de la nación.

Cuando los nacimientos disminuyen tanto, que los nuevos nacimientos no son suficientes para reemplazar a los que mueren, sucede lo obvio: la población empieza a disminuir. En España por ejemplo, hay pueblos enteros desocupados, por dos razones, por la emigración a las grandes ciudades, y por la disminución de los nacimientos. España necesita importar mano de obra.

En España, crecimiento negativo desde 2030

La siguiente información  nos pone en perspectiva. Desde 1976, con la disminución de los nacimientos disminuyó el crecimiento de la población española, de manera que prevén un crecimiento negativo desde el 2030. Como España ha permitido la llegada de inmigrantes desde finales de los noventa, se ha producido, a pesar de la disminución de los nacimientos, el aumento del número de habitantes de ese país, de forma que no había sucedido anteriormente en la historia de España. Ese crecimiento, que todavía es bajo, se debe a los hogares de los inmigrantes, sus nuevos residentes, que tienen más hijos. Ese problema no es propio sólo de España.

La siguiente información que tomé del diario argentino La Nación nos ayuda a comprender la importancia de esa situación. Corroborando la realidad del problema que de la disminución de la población surge a las naciones de ingresos más altos, esas naciones en un tiempo florecientes pasan ahora por una fase de incertidumbre crucial para las sociedades de mayor bienestar. Dice el diario que

De prolongarse esta situación, a mediados del siglo actual se llegaría a un punto crítico. Si bien la reducción de nacimientos se observa de modo generalizado en el mundo -aun en los países en vías de desarrollo-, en la Unión Europea y, particularmente, en Alemania, ese proceso se torna muy agudo.

Es citado, al respecto, el caso extremo de Cottbus, ciudad ahora de 105.000 habitantes y ubicada al sur de Berlín, cuya población ha ido decreciendo por el éxodo de los jóvenes y la declinación de los nacimientos. Durante una década en dicha ciudad no hubo alumbramientos. Como consecuencia, ciertas actividades esenciales y el mantenimiento de ciertos servicios han tenido que ser limitados. Eso ha ocurrido, por ejemplo, con la construcción de viviendas, los servicios educativos y la provisión de agua corriente. De ahí que, para mantener la infraestructura de dichos servicios, se haya convertido en ciudad subsidiada.

Ese cuadro se está extendiendo a regiones de Europa antes muy prolíficas, como lo fueron el sur de Italia o el norte de España. Según los datos del Centro Estadístico de la Unión Europea, el año último hubo más defunciones que nacimientos en el 43% de las 211 regiones en que se subdivide el territorio de los países que la componen. Se comprende así la inquietud de quienes miran al futuro y comprueban la disminución demográfica y el envejecimiento de la sociedad.

¿Qué sucede en Colombia?

Nos hemos detenido en las consideraciones del Santo Padre sobre el crecimiento demográfico y el desarrollo integral de los pueblos. Ante la situación de los países de Europa que sufren una constante disminución de su población, podemos preguntarnos: ¿Es importante esta información en nuestro país? En Europa se preveía esta situación desde la segunda mitad del siglo pasado. En Colombia ya no se encuentran familias numerosas, pero no parece preocupante la disminución.

Que en los países de Europa disminuyan los nacimientos puede favorecer la inmigración desde países con problemas económicos, como sucede con la menor dificultad para los suramericanos de emigrar a España, para los turcos que han emigrado en números considerables a Alemania, los africanos a Francia. Claro que los emigrantes tienen que sufrir la adaptación a nuevas costumbres, el cambio de idioma, con frecuencia tolerar un trato discriminatorio, además del sufrimiento por dejar a su países con todo lo que quieren. No olvidemos que por la crisis económica en España, ya no se consiguen fácilmente puestos de trabajo y  no pocos compatriotas han emprendido el regreso. El diario La Nación añade la siguiente consideración:

En este sentido, Europa ha recurrido a la aceptación de cuotas de inmigrantes turcos y africanos para poder cubrir los puestos de trabajo, por lo común no calificados, que iban quedando vacantes. Inversamente, ha crecido la franja de población de 60 o más años, con el consecuente acrecentamiento de las cargas de asistencia y seguridad social. Sin embargo, tanto en cuanto concierne a la interrupción del crecimiento demográfico como al descenso del (índice de fertilidad) IF, no se han podido establecer causas precisas. Lo cierto es que en medio siglo se ha producido una verdadera transición demográfica, que significa el paso de un estado de elevada mortalidad y natalidad a un estado en que una y otra se encuentran en baja.

¿Y qué sucede en Francia?

Es interesante el dato que La Nación ofrece sobre lo que, al contrario de España, sucede en Francia, donde desde hace varios años, los gobiernos resolvieron, animar con subsidios, a las familias a tener más de un hijo, y eso como política de Estado.

Una de las excepciones a esa regla casi invariable se está dando en Francia. Tal como fue informado en LA NACION de ayer (27 de junio), ese país tiene un IF de 1,90 -sólo es superado por el de Irlanda, que llega a 1,97- y el año último su tasa de natalidad registró un aumento del 5%. Derivación previsible del hecho de que sucesivos gobiernos coincidieron en considerar que alentar la natalidad era -es- una política de Estado.

¿Por qué disminuye la natalidad?

Habría que analizar las causas de la general disminución de la natalidad  en el mudo, que son varias y diversas. Habría que considerar entre otras causas, la nueva situación de la mujer, quien ya no se dedica exclusivamente al cuidado de los hijos y a los trabajos domésticos, el que las parejas contraen ahora matrimonio más tarde, los mayores costos en  la educación y en la vivienda. Creo que además han cambiado las actitudes frente a la vida: nuestros padres estaban más dispuestos al sacrificio, a las privaciones, daban especial importancia a los valores de la familia, al calor familiar, a la solidaridad, en una palabra, al amor familiar que es incondicional y desinteresado. Una de las situaciones que tendrán que sufrir los ancianos en el futuro, cada vez más, es la soledad. El diario argentino La Nación señala la importancia de un valor que está de acuerdo con los valores cristianos:

En su fondo están comprometidas ciertas formas de vida fundamentales para la supervivencia de la sociedad: la valoración de la maternidad y la paternidad como modos prioritarios de realización humana en el seno de la familia.

El ser padre o madre no siempre se considera ahora una manera de realización humana. Y añade  el diario algo que sucede con ciertas campañas que también promueven en nuestro país:

Mientras Europa se preocupa por la disminución de la natalidad, nuestro gobierno anuncia un plan de reparto gratuito de anticonceptivos para impedir los embarazos no deseados y favorecer la planificación familiar. Toda una paradoja.

Ante esta situación ¿qué propone la DSI?

Volvamos a leer unas líneas del Nº 44 ya:

Son situaciones que presentan síntomas de escasa confianza en el futuro y de fatiga moral. Por eso, se convierte en una necesidad social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la persona. En esta perspectiva, los estados están llamados a establecer políticas que promuevan la centralidad y la integridad de la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, célula primordial y vital de la sociedad[2], haciéndose cargo también de sus problemas económicos y fiscales, en el respeto de su naturaleza relacional.

En este párrafo, la encíclica resume en alguna forma, la doctrina católica sobre la familia, que los padres y esposos católicos deberíamos conocer; de seguro una vez conocida en su maravillosa profundidad, amaríamos más nuestra vocación y estaríamos mejor preparados para defenderla.

Valores de la familia

El Concilio Vaticano II, en su decreto sobre el apostolado de los seglares, llamado Apostolicam actuositatem[3],  dedica el Nº 11 a la familia. No me resisto a leer algo de él:

11. Habiendo establecido el Creador del mundo la sociedad conyugal como principio y fundamento de la sociedad humana, convirtiéndola por su gracia en sacramento grande… en Cristo y en la Iglesia (Cf. Ef., 5,32), el apostolado de los cónyuges y de las familias tiene una importancia trascendental tanto para la Iglesia como para la sociedad civil.

Los cónyuges cristianos son mutuamente para sí, para sus hijos y demás familiares, cooperadores de la gracia y testigos de la fe. Ellos son para sus hijos los primeros predicadores de la fe y los primeros educadores; los forman con su palabra y con su ejemplo para la vida cristiana y apostólica, los ayudan con mucha prudencia en la elección de su vocación y cultivan con todo esmero la vocación sagrada cuando la descubren en los hijos.

Frente a las permanentes incursiones para debilitar a la familia, desde muchos frentes, utilizando los medios de comunicación, tenemos que estar bien fundamentados en nuestros argumentos de defensa de un valor tan preciado como lo es la familia.

El Papa en Caritas in veritate deja claro que las familias deben ser defendidas y promovidas por el estado. Leamos esas líneas de nuevo; dice que por ser la familia célula primordial y vital de la sociedad, el Estado se debe hacer cargo también de sus problemas económicos y fiscales, en el respeto de su naturaleza relacional. No se trata de quitar a los padres sus obligaciones, sino de hacerles llevaderas las cargas, por su naturaleza relacional, es decir, porque por su misma naturaleza, de las familias depende en gran medida la salud moral, del que llaman el tejido social, – de las familias depende que las relaciones entre la gente, – sean sanas y conduzcan al verdadero desarrollo integral.

La semana entrante, Dios mediante, continuaremos con el Nº 45 de Caritas in veritate, donde el Papa nos enseña que

Responder a las exigencias morales más profundas de la persona tiene también importantes efectos beneficiosos en el plano económico. En efecto, la economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona.


[1] Cf Conv. Ecum. Vati. II, Decret.Apostolican actuositatem, sobre el apostolado de los laicos, 11.

[2] Cf Conv. Ecum. Vati. II, Decret. Apostolican actuositatem, sobre el apostolado de los laicos, 11.

[3] Cf Vaticano II Documentos, BAC Minor, Madrid 1967, dice allí el Concilio en la introducción que el propósito del Concilio con ese decreto es “intensificar el diamismo apostólico del Pueblo de Dios, es específica y absolutamente necesaria en la misión de la Iglesia.


Reflexión 198- Caritas in veritate N° 35-36 (Charla 35)

Diciembre 16 de 2010

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Lo connatural del ser humano debería ser la generosidad

 

 

Vamos a continuar con el estudio del capítulo tercero de Caritas in veritate, Caridad en la verdad, la encíclica social de Benedicto XVI. En la reflexión anterior terminamos el estudio de la primera parte del número 35. Aprendimos allí asuntos muy interesantes, como que el lucro no es malo en sí mismo, sino cuando no es correcto en su obtención o en su uso; cuando se obtiene mal y si no tiene al bien común como fin último.

 

Hemos ido aprendiendo la importancia de tener en cuenta el bien común en el comportamiento social y que, en palabras de Benedicto XVI en el N° 21 de Caridad en la verdad, cuando el objetivo exclusivo del beneficio (es decir, del lucro, de la ganancia), es obtenido mal y sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza.

 

También comprendimos que lo connatural del ser humano debería ser la generosidad, porque somos creados a imagen de Dios que es AMOR y el amor es entrega, es DON; de manera que cuando nos portamos con egoísmo, con mezquindad, lo estamos haciendo mal inclinados. Sin el pecado original ese no sería nuestro comportamiento. Pero, por nuestra naturaleza humana finita, imperfecta y heridos por el pecado original obramos mal y necesitamos el perdón, la fuerza que nos da la gracia y que se nos comunica por medio de los sacramentos, a través de la Iglesia.

 

Las tres justicias

 

También en el N° 35 de Caridad en la verdad, Caritas in veritate, aprendimos que en las relaciones del mercado, e.d en los negocios, de acuerdo con la DSI se deben observar la justicia conmutativa, la distributiva y la justicia social. Y repasamos la diferencia entre estas tres clases de justicia.

 

Vimos que la Justicia Conmutativa es la virtud mediante la cual nos inclinamos a dar a cada cual lo que le corresponde, respetando por ejemplo el derecho a la propiedad, cumpliendo las obligaciones de los contratos, devolviendo lo que se nos ha prestado, etc. El Santo Padre nos explica que en los negocios se entablan relaciones para intercambiar bienes y servicios y que esas relaciones se rigen por la justicia conmutativa, la que regula la relación de dar y recibir entre iguales.

 

Sobre la Justicia Distributiva aprendimos que, como su nombre lo indica, es la que obliga a la autoridad a distribuir equitativamente los bienes y las cargas entre sus subordinados. El Estado da trabajo y legisla sobre él; define las cargas de impuestos, da trabajo, legisla sobre salarios, sobre sistemas de salud, otorga contratos, maneja el presupuesto… La Justicia Conmutativa y la Distributiva obligan también a la autoridad y hay autoridades que no las cumplen. Además de estar sometida la sociedad a las justicias conmutativa y distributiva, lo está también a la Justicia Social.

 

Aprendimos que la Justicia Social es más amplia que las justicias conmutativa y la distributiva. Que en los N° 52 y 53 de la encíclica Divini Redemptoris, encontramos la explicación de lo que es la Justicia Social, cuando nos enseña Pío XI que mientras la Justicia conmutativa  regula las relaciones entre particulares, “lo propio de la justicia social (es) exigir a los individuos todo lo que es necesario para el bien común” (DR 52.)

 

¿Qué es el Bien Común?

 

 

En la vida en sociedad es muy importante que tengamos en cuenta cómo estamos obligados a respetar el bien común. Somos egoístas y anteponemos generalmente en todo, nuestro bien personal. El Estado, ante todo, debe respetar y hacer respetar el bien común, que se entiende como un conjunto de condiciones a las que cada persona debe tener acceso efectivo: supone, por consiguiente, que se dé “a cada parte y a cada miembro, lo que  necesita para ejercer sus funciones propias.”[1]

 

Veamos un ejemplo:que se cumpla con el salario pactado en un contrato con tal o cual trabajador es propio de la justicia conmutativa, que se refiere al bien particular de una u otra persona, pero la justicia social defiende no sólo que se practique la justicia conmutativa en uno u otro caso, sino que haya un orden social general justo. La justicia social  tiene entonces en cuenta, además de las obligaciones cubiertas por las justicias conmutativa y distributiva las obligaciones con la comunidad, con la sociedad, es decir el bien común.

                     La justicia social en los negocios

 

La última parte del primer párrafo del N° 35 de Caridad en la verdad nos hace ver la importancia de la práctica de la justicia social en los negocios, cuando dice:

 

(…) la doctrina social de la Iglesia no ha dejado nunca de subrayar la importancia de la justicia distributiva y de la justicia social para la economía de mercado, no sólo porque está dentro de un contexto social y político más amplio, sino también por la trama de relaciones en que se desenvuelve. En efecto, si el mercado se rige únicamente por el principio de la equivalencia del valor de los bienes que se intercambian, no llega a producir la cohesión social que necesita para su buen funcionamiento. Sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado, y esta pérdida de confianza es algo realmente grave.

 

Si no tenemos en cuenta el bien de la sociedad, el bien común, sino que sólo buscamos el bien personal, no contribuimos a la cohesión social, a la solidaridad y a la confianza. Cuando cada quien lucha sólo por sí mismo y no tiene en cuenta a los demás, el tejido social se despedaza.

 

 

El segundo párrafo del N° 35 de Caridad en la verdad, Caritas in veritate

 

Pablo VI subraya oportunamente en la Populorum progressio que el sistema económico mismo se habría aventajado con la práctica generalizada de la justicia, pues los primeros beneficiarios del desarrollo de los países pobres hubieran sido los países ricos (N° 49). No se trata sólo de remediar el mal funcionamiento con las ayudas. No se debe considerar a los pobres como un «fardo»[2], sino como una riqueza incluso desde el punto de vista estrictamente económico. No obstante, se ha de considerar equivocada la visión de quienes piensan que la economía de mercado tiene necesidad estructural de una cuota de pobreza y de subdesarrollo para funcionar mejor. Al mercado le interesa promover la emancipación, pero no puede lograrlo por sí mismo, porque no puede producir lo que está fuera de su alcance. Ha de sacar fuerzas morales de otras instancias que sean capaces de generarlas.

 

Benedicto XVI cita una vez más la encíclica Populorum progressio, esta vez cuando Pablo VI en la segunda parte de su encíclica sobre el desarrollo de los pueblos, se refiere a la responsabilidad de los países ricos, que tienen el deber de ser solidarios con el desarrollo de los pueblos pobres.

Esta vez la solidaridad que reclama Pablo VI es la solidaridad de toda la sociedad, no sólo la solidaridad de los individuos. El momento que vivimos por los estragos del invierno nos aclara esta idea: a los colombianos nos piden que seamos solidarios con nuestros hermanos que sufren la consecuencias de las inundaciones y cada uno de nosotros debe ser solidario aportando su contribución en dinero o en especie, según sus posibilidades; además se pide la solidaridad de la comunidad, de la sociedad: a eso aportamos por medio de eventos comunitarios que se desarrollan con ese fin de ayudar a los damnificados y deberemos aportar por medio de  los impuestos que van a ser necesarios para la reconstrucción de las viviendas dañadas o perdidas, la restauración del campo que ha perdido sus cultivos y animales y las carreteras y puentes destruidos. El esfuerzo tiene que ser respaldado por la solidaridad de toda la comunidad.

 

De acuerdo con las enseñanzas del  Vaticano II, Pablo II insiste en que no sólo los individuos sino la sociedad entera debe garantizar las condiciones para el desarrollo de todos. Es una manera de enfocar el bien común, como hemos visto.

 

Esto se extiende al desarrollo de toda la humanidad, no solo a la solidaridad de la sociedad en el desarrollo interno de cada país o en las calamidades públicas. Según las enseñanzas de Pablo VI, el desarrollo solidario necesita asumir la responsabilidad colectiva de las naciones en el progreso conjunto de la humanidad.

 

Especial responsabilidad de los países ricos

 

Los problemas sociales han tomado proporciones mundiales. El hambre es mundial. Pablo VI insiste en la especial responsabilidad de los países ricos, es decir de las sociedades que componen los países ricos. En el N° 44 de Populorum progressio insta a los países ricos a que tomen la iniciativa, que puede ser en la forma de asistencia a los países pobres, cediendo parte de sus riquezas o también modificando los mecanismos  del comercio internacional  de manera que tengan en cuenta los intereses de los países pobres.

 

Como vemos, se pide desprendimiento, fraternidad operante, e.d., solidaridad cristiana. El desarrollo así conseguido es del que se dice que el desarrollo es el nuevo nombre de la paz. No al simple crecimiento económico de algunos. 

 

El desarrollo es el nuevo nombre de la paz

 

Recordemos la conexión entre desarrollo y paz, como lo presenta Pablo XI al final de Populorum progressio (76):

 

Las diferencias económicas, sociales y culturales demasiado grandes entre los pueblos, provocan tensiones y discordias, y ponen la paz en peligro. Como Nos dijimos a los Padres Conciliares a la vuelta de nuestro viaje de paz a la ONU, «la condición de los pueblos en vía de desarrollo debe ser el objeto de nuestra consideración, o mejor aún, nuestra caridad con los pobres que hay en el mundo —y estos son legiones infinitas— debe ser más atenta, más activa, más generosa»[3]. Combatir la miseria y luchar contra la injusticia, es promover, a la par que el mayor bienestar, el progreso humano y espiritual de todos, y por consiguiente el bien común de la humanidad. La paz no se reduce a una ausencia de guerra, fruto del equilibrio siempre precario de las fuerzas. La paz se construye día a día, en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres[4].

 

¿Cuál es desarrollo que se debe buscar?

 

Este sendero para el verdadero desarrollo lo presenta también Juan Pablo II en su encíclica Centesimus annus, en el Centenario de la encíclica Rerum novarum, de León XIII. En el N° 29 explica cuál es desarrollo que se debe buscar:

 

(…) el desarrollo no debe ser entendido de manera exclusivamente económica, sino bajo una dimensión humana integral[5]. No se trata solamente de elevar a todos los pueblos al nivel del que gozan hoy los países más ricos, sino de fundar sobre el trabajo solidario una vida más digna, hacer crecer efectivamente la dignidad y la creatividad de toda persona, su capacidad de responder a la propia vocación y, por tanto, a la llamada de Dios. El punto culminante del desarrollo conlleva el ejercicio del derecho-deber de buscar a Dios, conocerlo y vivir según tal conocimiento [6]. En los regímenes totalitarios y autoritarios se ha extremado el principio de la primacía de la fuerza sobre la razón. El hombre se ha visto obligado a sufrir una concepción de la realidad impuesta por la fuerza, y no conseguida mediante el esfuerzo de la propia razón y el ejercicio de la propia libertad. Hay que invertir los términos de ese principio y reconocer íntegramente los derechos de la conciencia humana, vinculada solamente a la verdad natural y revelada. En el reconocimiento de estos derechos consiste el fundamento primario de todo ordenamiento político auténticamente libre [7].

 

Es conveniente para la economía que los pobres dejen de serlo

Benedicto XVI, como sus antecesores Pablo VI y Juan Pablo II apelan a la solidaridad entre los pueblos para que se produzca el desarrollo integral que alcance a todos. Llaman la atención los Pontífices sobre la conveniencia del desarrollo de los pueblos pobres, no solo para esos pueblos sino para toda la comunidad mundial. Citando palabras de Juan Pablo II en Centesimus annus, vimos que Caridad en la verdad nos dice que No se debe considerar a los pobres como un «fardo», sino como una riqueza incluso desde el punto de vista estrictamente económico. La manera más sencilla de entender esta afirmación es que si los pueblos pobres tienen capacidad económica para su propio desarrollo, el mercado se amplía para todos. Habrá más compradores.

Responsabilidad de la comunidad política

Continuemos el desarrollo del pensamiento de Benedicto XVI en el N° 36 de Caridad en la verdad

36. La actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales ampliando sin más la lógica mercantil. Debe estar ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política. Por tanto, se debe tener presente que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios.

La comunidad política debe dirigir la actividad económica hacia el bien común

En resumen, nos dice Benedicto XVI que la actividad económica por sí sola no puede resolver los problemas sociales y que la comunidad política debe dirigir la actividad económica hacia el bien común. De manera que nuestros políticos no deben dejar que los dueños de las actividades económicas marchen sueltos, buscando sólo su propio beneficio, sino que deben orientar esas actividades hacia el bien de la sociedad. Si eso hicieran los miembros de nuestra comunidad política, las entidades financieras, por ejemplo, se pondrían límites más generosos en las altas tarifas que cobran por sus servicios. Pondrían límites a sus ganancias que esas sí, son muy altas. Continúa Caritas in veritate analizando a la actividad social:

Las ideologías orientan los negocios

La Iglesia sostiene siempre que la actividad económica no debe considerarse antisocial. Por eso, el mercado no es ni debe convertirse en el ámbito donde el más fuerte avasalle al más débil. La sociedad no debe protegerse del mercado, pensando que su desarrollo comporta ipso facto la muerte de las relaciones auténticamente humanas. Es verdad que el mercado puede orientarse en sentido negativo, pero no por su propia naturaleza, sino por una cierta ideología que lo guía en este sentido. No se debe olvidar que el mercado no existe en su estado puro, se adapta a las configuraciones culturales que lo concretan y condicionan. En efecto, la economía y las finanzas, al ser instrumentos, pueden ser mal utilizados cuando quien los gestiona tiene sólo referencias egoístas. De esta forma, se puede llegar a transformar medios de por sí buenos en perniciosos. Lo que produce estas consecuencias es la razón oscurecida del hombre, no el medio en cuanto tal. Por eso, no se deben hacer reproches al medio o instrumento sino al hombre, a su conciencia moral y a su responsabilidad personal y social.

La actividad económica no es intrínsecamente mala. El dinero no es malo en sí mismo, sino que es un instrumento que puede ser bien o mal utilizado. El buen o mal uso de ese instrumento es que lo hace bueno o malo. No siempre el dinero es “estiércol del diablo”, como lo llama Papini. Depende del uso que se le dé. A esos instrumentos, a la economía y a las finanzas, les dan forma las culturas, que a su vez son creación de las personas humanas. Los que formulan las reglas que regulan los bancos son personas y esas reglas responden a concepciones humanas de la economía y las finanzas. Los que manejan la planeación del desarrollo de un país son personas que se han formado según una ideología e interpretan la realidad de acuerdo con ella. De manera que es gente, son personas las responsables de que el mundo económico marche bien o mal.

Lo que la DSI piensa sobre la actividad económica

Las palabras de Caritas in veritate, Caridad en la verdad, que siguen, nos dicen lo que la DSI piensa sobre la actividad económica:

La doctrina social de la Iglesia sostiene que se pueden vivir relaciones auténticamente humanas, de amistad y de sociabilidad, de solidaridad y de reciprocidad, también dentro de la actividad económica y no solamente fuera o «después» de ella. El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente.

Los que hemos trabajado en diversas empresas a lo largo de la vida, podemos contar experiencias de ambientes humanos creados por los jefes, los administradores y propietarios que hicieron de nuestro trabajo una experiencia que si fue exigente, al mismo tiempo fue alegre y de crecimiento personal y comunitario que nos dio satisfacciones inolvidables; también podemos contar los ratos amargos que algunos jefes nos hicieron pasar o hicieron pasar a otros. La empresa en sí misma no es ni buena ni mala; son los que la manejan y trabajan en ella los que la hacen un buen o mal lugar para vivir la experiencia tan humana, del trabajo. Sigue así Benedicto XVI.

No se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la trasparencia, la honestidad y la responsabilidad

El gran desafío que tenemos, planteado por las dificultades del desarrollo en este tiempo de globalización y agravado por la crisis económico-financiera actual, es mostrar, tanto en el orden de las ideas como de los comportamientos, que no sólo no se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la trasparencia, la honestidad y la responsabilidad, sino que en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo.

No hace falta explicar esas palabras. Repitamos solamente que no se pueden olvidar ni tampoco dar poca importancia a los principios tradicionales de la ética social como la trasparencia, la honestidad y la responsabilidad.

 

La actual crisis económica y financiera que tan fuertemente ha golpeado a los países desarrollados, nos demuestra que el sistema moral o ético, es decir nuestras creencias sobre lo que es bueno y lo que es malo tiene que estar por encima y dirigir el sistema económico. Nuestro sistema de valores debe ser el fundamento del sistema económico y el marco dentro del cual funcione. En situaciones como la que vive hoy el mundo nos podemos dar cuenta a dónde conduce la conducta de la sociedad que olvida sus sistemas de valores; el sistema económico sin valores, – sin los valores cristianos, – puede destruir a la sociedad misma. A eso lleva la idolatría del dinero.[8]

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Esta fue nuestra última reflexión sobre Caridad en la verdad, Caritas in veritate, por este año 2010. El próximo jueves dedicaremos este espacio a la Navidad. Y otros días tendremos por lo menos un programa más sobre otro tema, antes de interrumpir nuestra colaboración para unos días de descanso. Si Dios quiere  continuaremos el año 2011.


[1] Cf Ildefonso Camacho, S.J., Doctrina Social de la Iglesia, Una aproximación histórica, 3° ,Ed. San Pablo, Pg 177

[2] Cf Juan Pablo II, Centesimus annus, 28

[3] Cf AAS 57 (1965) 896

[4] Cf Juan XXIII, Pacem in terris, 11 abril 1963: AAS 55 (1963) 301

[5] Cf enc. Sollicitudo rei socialis, 27-28; Pablo VI Populorum progressio 43-44

[6]Cf enc. Sollicitudo rei socialis, 29-31

[7] Cf. Acta de Helsinki y Acuerdo de Viena; León XIII, Enc. Libertas praestantissimum: l. c., 215-217.

 [8] Cf  Jim Wallis, Rediscovering Values On Wall Street, Main Street, and Your  Street, Howard Books, 2010